La historia perdida de Eva Fuentes 4 #2
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Margo inspiró bruscamente, tratando de calmarse. La adrenalina que le recorría el cuerpo tomó el mando de la situación, porque estaba claro que ella no tenía ni idea de lo que hacía.

Conectó el altavoz y dejó el móvil en el suelo mientras la teleoperadora le indicaba lo que tenía que hacer hasta que llegara la ambulancia.

Presionó con ambas manos la herida como le dijo para tratar de detener la hemorragia, pero sin mucho éxito. La sangre salía a borbotones, imposible de contener. Se quitó la bufanda de un tirón y la apretó contra la herida.

Volvió a notar el desagradable olor de antes y se le revolvió el estómago otra vez.

El hombre tenía los ojos cerrados, pero hizo un gesto de dolor cuando Margo apretó con más fuerza.

—Perdone… Ya sé que duele. Tenemos que detener la sangre. Ya vienen los médicos.

Se oyó un golpe sordo en algún lugar de la librería, y otro.

«Menos mal».

—Ya los oigo, acaban de llegar —le dijo a la teleoperadora.

—¡Estamos aquí detrás! —gritó Margo—. ¡Socorro!

—Están a tres minutos —respondió la teleoperadora, con calma frente a la voz aterrorizada de Margo. Y de pronto su voz adoptó un tono de advertencia que, aunque sutil, consiguió abrirse paso hasta el cerebro de Margo—. ¿Hay alguien más en la librería?

El silencio en la librería…

Los libros por el suelo…

El golpe sordo que había oído al entrar procedente de la trastienda…

La cafetera rota en el suelo…

La sangre pegajosa que tenía en las manos.

—No… no lo sé —susurró medio atragantándose.

—Dos minutos —dijo la teleoperadora—. No sueltes el teléfono.

Dos minutos se le antojaba una eternidad.

¿Y si no estaban solos?

Se oyó una campanilla, el alegre sonido totalmente fuera de lugar dada la situación.

El corazón se le aceleró.

Era la puerta de la tienda. El informal sistema que el señor Thornton había instalado para que lo avisara cuando entraba un cliente. La misma campanilla que había sonado cuando había entrado ella minutos antes.

¿Sería alguien que entraba o que salía? ¿Estaban solos o el atacante estaba ahora en la parte delantera de la tienda?

Margo trató de recordar si había mirado en todas las estanterías… ¿Y si había alguien escondido en un rincón? Era una tienda pequeña, pero eso no significaba que no hubiera huecos donde poder ocultarse.

Miró a su alrededor en la desorganizada trastienda buscando un arma por si tenía que defenderse.

Había un cúter en la estantería metálica del fondo y un par de cajas de libros abiertas al lado, como si el señor Thornton hubiera estado desembalando algún envío y lo hubiera dejado en la estantería al oír que entraba alguien, un conocido o tal vez un cliente nuevo en busca de un libro.

Margo se levantó y agarró el cúter. No es que tuviera mucha idea de cómo defenderse, pero algo haría.

El señor Thornton abrió levemente los ojos.

Margo se sintió aliviada.

—Aguante un poco más —lo instó—. Va a ponerse bien. Ya llega la ambulancia. Aguante un poco más. No está solo. Estoy aquí. Va a ponerse bien.

—Ma… Margo —susurró con voz áspera.

—Sí, soy Margo.

—¿Está consciente? —preguntó la teleoperadora.

—Muy poco —respondió Margo, bajando la voz.

No quería decirlo en alto delante de él, no quería que se asustara y se pusiera peor, pero con la cantidad de sangre que estaba perdiendo…

—Están fuera —dijo la telefonista con el mismo tono calmado, como si supiera que Margo estaba a punto de venirse abajo.

—Ya casi están —informó Margo al hombre—. Se va a poner bien.

El hombre inspiró profundamente y empezó a toser del esfuerzo.

Un hilo de sangre le salió por la boca.

¿Cuánta sangre podías perder y aun así sobrevivir? No tenía ni idea. Le parecía que había perdido muchísima.

¿Quién le habría hecho algo así?

—Margo —repitió el librero con voz más fuerte, insistiendo con urgencia. Le agarró la mano y le puso algo en la palma.

—Estoy aquí, no lo dejaré solo —le prometió ella, mirándolo a los ojos.

—Ten cuidado —susurró entrecortadamente.

—Están en la librería —dijo la teleoperadora—. Lo has hecho muy bien, Margo.

—Quieren el libro —susurró el hombre.

Las puertas se abrieron de forma impetuosa y el servicio de emergencias entró en la trastienda con la camilla.

Margo oyó a la telefonista, que seguía hablándole con voz calmada, notó que la apartaban suavemente del señor Thornton y la ayudaban a levantarse, pero todo le parecía irreal, y no podía quitarse de encima la sensación de que estaba dentro de una pesadilla especialmente horrible.

Se metió las manos en el abrigo. El borde metálico del objeto que le había dado el librero se le clavó en la palma, y un escalofrío la recorrió. Le temblaban los brazos y la vibración le llegó hasta las yemas de los dedos.

—¿Ha sido usted quien lo ha encontrado?

Margo pestañeó varias veces y enfocó la vista en el policía uniformado que tenía delante.

Asintió.

—Sí. He sido… yo. Había quedado aquí con él. He saludado y al ver que no me respondía, he venido a buscarlo.

¿Qué habría pasado si hubiera llegado antes? ¿Habría podido evitarlo? ¿O los habrían herido a los dos?

El policía sacó una libreta y un boli del bolsillo.

—¿Y su nombre es…?

—Margo Reynolds.

Le dio todos los datos al policía, que se identificó como agente Matthews, y le explicó la relación que tenía con el señor Thornton.

—¿Había alguien más cuando llegó usted? —preguntó el agente.

—No lo sé. No vi a nadie, pero tampoco presté mucha atención.

Hace unos minutos, mientras hablaba con la teleoperadora de emergencias, me pareció oír un ruido fuera, en la parte delantera.

Si había alguien, habrá salido por la puerta.

Puede que estuviera en la calle cuando han llegado ustedes.

Oí la campanilla de la puerta. No sé si era alguien que entraba o salía.

El agente anotó la información.

—Ha tenido usted suerte. Ha habido robos en varios comercios de la zona. Parece que ha interrumpido a los ladrones. La próxima vez, llame antes de ponerse a investigar por su cuenta. Podría haber acabado como él si hubiera llegado unos minutos antes.

Un nuevo escalofrío le recorrió el cuerpo.

—Yo no… No sabía que le había pasado algo malo. Pensé que estaría aquí trabajando. No me di cuenta de lo que había ocurrido hasta que lo vi en el suelo.

¿Tendría que haber llamado a la policía antes? ¿Nada más ver los libros tirados en el suelo? ¿Se había percatado del peligro en ese momento? Había sacado el móvil, eso sí lo recordaba. Sabiendo lo que sabía ahora, costaba no repasar lo ocurrido y cuestionarse las decisiones que había tomado…

¿Cómo iba a pensar que había pasado algo terrible en la librería? No lo hizo hasta que vio al señor Thornton.

Se acercó otro policía.

—Parecen los mismos que robaron en la panadería la semana pasada —dijo.

El agente Matthews asintió con la cabeza dándole la razón.

—Me dijo que tuviera cuidado —los interrumpió Margo al recordar las palabras del librero. Antes, entre el alivio al ver entrar a los servicios de emergencias y la preocupación por su amigo, no había prestado mucha atención, pero en ese momento…

Los dos policías se volvieron hacia ella.

—El señor Thornton me dijo que tuviera cuidado. —Margo trató de hablar con calma y no dejarse llevar por el pánico. Sabía que no la creían, se les notaba en el lenguaje corporal, en la expresión de su rostro—. Dijo que querían el libro…

El agente Matthews la miró con escepticismo, por decirlo suavemente.

—¿Quién quiere el libro? ¿Qué libro?

—No sé quién lo quiere. El libro se llama Tiempo para olvidar . El señor Thornton me estaba ayudando a localizarlo para un cliente. Por eso habíamos quedado esta tarde.

—¿Sabía alguien más que habían quedado?

—No sé. Mi asistente. No sé a quién se lo habrá dicho.

—¿Cómo se llama su asistente?

—Bea Carlyle. Pero Bea no ha tenido nada que ver.

El policía no le hizo caso y siguió anotando en su libreta.

—¿Y el libro es valioso? —preguntó.

—No especialmente dentro del ámbito de los libros raros… O no creo.

El agente Matthews y su compañero se miraron. Margo reconoció rápidamente la mirada porque la habían mirado así en innumerables ocasiones. Con menosprecio.

—¿Está segura de que fue eso lo que le dijo? —preguntó el agente Matthews—. Había mucho ruido, ¿no es así? Puede que no lo oyera bien.

¿Estaba segura de lo que había dicho el señor Thornton?

Creía que sí, pero viendo cómo la miraban los policías, como si no fuera un testigo fiable, le entraron dudas.

¿Había oído al señor Thornton decirlo? Se había asustado mucho, había sido aterrador, todo había pasado muy deprisa, el señor Thornton hablaba con mucha dificultad. Pero el agente seguía…