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MARGO
Margo se detuvo delante de la librería de Notting Hill haciendo malabares con el móvil en una mano y el café en la otra. El señor Thornton había cambiado el escaparate; no eran los mismos libros del día anterior.
Le sonó una notificación en el móvil y bajó el dedo por la pantalla para leer el correo electrónico de una antigua clienta.
Se conocieron tiempo atrás, cuando le encargó que buscara un cuadro para su marido.
Treinta años antes, la pareja había ido de luna de miel a una villa en Italia y ambos se habían quedado prendados del cuadro que había en el dormitorio del lugar donde se hospedaron.
En su momento no pudieron comprarlo porque no estaba a la venta, pero décadas más tarde, fallecidos tiempo atrás los propietarios y con los herederos decididos a esquilmar la propiedad y llenarse los bolsillos, salió a subasta en Roma.
El hombre quedó muy contento con su regalo.
A veces, eso de rastrear objetos ocultos de gran valor y adquirirlos era un juego implacable dominado por la avaricia y el ego.
Pero otras —sus favoritas, en realidad— tenía la oportunidad de devolver a alguien objetos familiares perdidos generaciones atrás, encontrar artículos cuyo valor sentimental trascendía el económico, brindar felicidad a las personas y recibir a cambio su agradecimiento.
Había estudiado Economía porque sabía que tenía que encontrar un trabajo que le permitiera devolver el préstamo para pagar los estudios, ya que, al contrario que muchos compañeros, ella no tenía un colchón por si las cosas no le iban bien.
Pero pese a las consideraciones prácticas, había cursado también optativas de Historia del Arte porque eran las que más le gustaban, un respiro entre tanta asignatura de contabilidad, que a veces se le hacía muy agobiante.
Había salido de la universidad endeudada y con la desagradable sensación de que el mercado laboral era mucho más competitivo de lo que imaginaba, y no impresionaría a nadie con su grado en Economía cuando había mucha gente que tenía varias titulaciones superiores, así que decidió hacer un posgrado.
Un máster en Gestión del Mercado del Arte era la forma perfecta de mezclar la parte práctica de sus estudios y la vocacional.
El máster se cursaba en Londres y brindaba, además, la posibilidad de hacer contactos laborales.
Mientras estudiaba la carrera puso en marcha un pequeño negocio relacionado con las antigüedades para sacarse algo de dinero, y fue ganando presencia en las redes sociales en un momento en el que la gente se sentía atraída por imágenes de objetos preciosos, que guardaba como inspiración para artículos que quería tener en su propia vida.
El máster le permitió mejorar algunas cosas y también ganar confianza, hacer contactos y reunir el conocimiento para convertir Reynolds Acquisitions en algo de lo que se sentía inmensamente orgullosa.
Lanzarse al mundo empresarial ella sola había sido la mejor decisión de su vida. Aterradora, cierto, pero también muy gratificante en el sentido de que era ella quien decidía su propio camino. El éxito o el fracaso sería solo cosa suya.
Su vida consistía en hojas de cálculo, no lienzos, y a menudo se preguntaba para qué valía tanta columna y tanto número.
Al final, todo eso daba igual, mientras que los artículos que perseguía y encontraba —obras a las que los artistas se habían dedicado en cuerpo y alma, objetos queridos para alguien que habían ido pasando de generación en generación— sí que importaban, y ese era el impacto que quería producir.
El papel que tenía en la vida y la historia de la gente era pequeño, pero a ella le bastaba.
Margo se guardó el móvil en el bolso y se olvidó de las frustraciones del día mientras abría la puerta de la librería con la otra mano.
Oyó sobre su cabeza la campanilla que anunciaba su llegada, pero avisó al librero de viva voz igualmente.
—Soy Margo —dijo y miró la hora—. Perdone, llego un poco pronto. Había terminado lo que estaba haciendo en la oficina y decidí venir.
Las casas de subastas con las que se había puesto en contacto no sabían nada del libro. Nadie había oído hablar de él ni de Eva Fuentes. Esperaba que el señor Thornton hubiera descubierto algo, porque hasta el momento ella solo se había encontrado con callejones sin salida.
Se dirigió hacia la mesa que había en la parte delantera de la tienda. El librero seleccionaba los títulos como un jardinero mimaba sus flores, y lo veía rotar la selección con entusiasmo para emparejar los libros con los lectores.
El libro que se había llevado el día anterior era una delicia: una historia de misterio ambientada en Barcelona que la había tenido en vilo hasta el final.
Se había quedado leyendo hasta casi las dos de la madrugada.
Su intención en un principio había sido leer un par de capítulos antes de dormir, pero no había sido capaz de dejarlo.
El protagonista era un detective cascarrabias que tenía que interrumpir sus vacaciones por culpa de un asesinato.
Había devorado las páginas sintiendo todo el rato que lo que necesitaba de verdad era irse de vacaciones a España (sin el cadáver, desde luego) y, claro, no había podido dejarlo.
Le pasaba lo mismo cuando hacía pilates.
Siempre le costaba muchísimo ir; se le ocurrían todo tipo de excusas cada vez que el día se le complicaba, lo que inevitablemente pasaba a menudo.
Pero los días que iba, se alegraba mucho de haber hecho el esfuerzo, agradecía los cincuenta minutos tumbada en el reformer con los ojos cerrados, sintiendo cómo fluía la respiración y la tensión desaparecía.
Con la lectura le pasaba lo mismo; era como entrar en otro mundo, dejarse consumir en cuerpo y alma. Lo necesitaba más de lo que creía.
Oyó un golpe sordo en la trastienda.
—¿Señor Thornton? —gritó Margo, dirigiéndose hacia el ruido.
Margo solo había estado un par de veces en el sanctasanctórum del señor Thornton, pero sí había visto las torres de libros y cajas que ocupaban literalmente todo el espacio.
Le decía en broma que tenía que buscarse un ayudante para las tareas administrativas, pero él siempre respondía entre gruñidos que nadie conocía la librería como él, y ella no podía decir nada, porque también le costaba delegar.
Bea era genial, pero no todo el mundo tenía la suerte de dar con alguien así.
Margo se paró en seco.
Todos los libros de una de las estanterías de la librería estaban desperdigados por el suelo, unos de canto sobre el lomo de piel, otros abiertos, dejando a la vista el papel amarillento.
Dejó el café en el suelo y se agachó para recogerlos y colocarlos de nuevo en el estante, desordenados, sin duda, pero ya los colocaría bien el señor Thornton.
—¿Señor Thornton? —repitió—. ¿Está usted bien?
¿Le habría ocurrido algo? Puede que la trastienda estuviera hecha un desastre por lo general, pero la librería estaba siempre inmaculada. Había tantas probabilidades de que dejara los libros fuera de sitio como de que se paseara desnudo por el lugar.
Sacó el móvil del bolso y continuó hacia la trastienda, mirando a su alrededor por el camino. Había más libros en el suelo, pero esta vez no se detuvo a recogerlos. El corazón le latía a toda velocidad y el miedo le atenazaba las extremidades.
Se paró en seco.
Por un momento sintió como si lo estuviera viendo todo desde fuera de su cuerpo, como si estuviera en una película o en las páginas de la novela de la noche anterior, gritándole mentalmente al personaje que no diera un paso más, que no investigara cuando todo indicaba que iba a pasar algo muy malo.
Pero a lo mejor sí había una razón por la que todos daban un paso más en las películas, una razón por la que no actuaban como dictaba el sentido común, que era pedir ayuda al ver que pasaba algo raro.
La naturaleza del ser humano era tener curiosidad, preguntar, cuestionarse las cosas, y tal vez sentir una invencibilidad totalmente inoportuna que hacía pensar que las cosas malas que ocurrían en la ficción no podían —no deberían— pasar en la vida real.
Avanzó un poco más.
Lo primero que notó fue el olor. Una mezcla de café y algo más que no lograba identificar, pero que le revolvió el estómago.
—Señor Thornton…
El tratamiento formal sonaba un poco absurdo dada la situación, pero ella siempre lo había tratado de usted, siempre con respeto, porque era un hombre que inspiraba solemnidad, por decirlo de alguna forma.
Se quedó muda.
La jarra de cristal de la cafetera estaba rota en el suelo y el líquido, derramado por el parqué.
Se extendía hacia un charco creciente de color rojo oscuro…
Gritó.
El señor Thornton yacía bocabajo, a poca distancia del café derramado, sobre un charco de sangre.
Corrió hacia él y se arrodilló a su lado. Le temblaban las piernas y el corazón le latía muy deprisa.
El hombre tenía la cabeza girada hacia un lado y los ojos cerrados. Margo le puso dos dedos en el cuello para comprobar si tenía pulso.
—Por favor, por favor…
Tenía, débil, pero tenía.
Apartó la mano aliviada y, a continuación, le sujetó la cabeza con un brazo y lo tumbó de espaldas para examinarle las heridas.
Ahogó un grito. El librero tenía el cuello de la camisa blanca cubierto de rojo y una herida muy fea cerca del corazón.
Lo habían apuñalado.
Su cerebro iba a mil por hora, ni rastro del pensamiento ordenado y lógico del que solía hacer gala. Costaba pensar cuando se estaba aterrorizada.
Llamó al servicio de emergencias con dedos temblorosos. Con tanta sangre…
Recitó de un tirón la dirección a la teleoperadora de emergencias, tratando de mantener la calma mientras le explicaba la naturaleza de la situación y respondía a lo que le preguntaban.
—Ya vienen a ayudarnos, se lo prometo —le dijo al librero.
¿La oiría acaso?
—Una ambulancia está de camino. A cinco minutos —le confirmó la teleoperadora.