La historia perdida de Eva Fuentes 3 #2
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Al finalizar la guerra de Independencia en 1898, Cuba había quedado bajo la ocupación militar de Estados Unidos.

Los estadounidenses afirmaban querer ayudar a la reconstrucción de Cuba tras la devastación sufrida después de años de lucha contra España, pero a muchos la situación les resultaba demasiado familiar, ya que pese a que el país había conseguido independizarse pagando un alto precio, lo único que había conseguido había sido sustituir a los españoles por los estadounidenses, lo que convertía la independencia en un concepto esquivo.

Si bien Eva no conocía personalmente al nuevo supervisor, le habían comentado que se proponía abrir más colegios y contratar a más profesores, decisiones que a ella no le parecían mal.

Eva había nacido a finales de la guerra de los Diez Años; su madre había crecido en un país en conflicto y su padre había muerto en la batalla nada más concebirla.

Los primeros recuerdos que tenía eran de su madre paseando con ella de la mano por las calles de la ciudad, ayudándola con las tareas diarias, siempre juntas.

En los períodos de guerra y exilio posteriores, Eva comprendió que el terreno que pisaba era cambiante, inestable y con frecuencia hostil hacia las mujeres.

La guerra había definido su vida, y ahora que había terminado, ahora que se suponía que Cuba caminaba hacia la libertad, que la búsqueda de independencia real representaba algo mucho más importante que ella misma, tenía la obligación de hacer más.

Sus compatriotas mujeres habían conseguido grandes logros durante el conflicto, habían servido como mensajeras, espías, enfermeras y habían luchado por la independencia.

El suyo había sido un papel minúsculo en comparación.

Había ayudado a su madre, la había cuidado cuando enfermó.

Como profesora, siempre había tratado de dar a sus alumnas esperanzas y estabilidad en la vida para ayudarlas a construir un futuro, brindarles las herramientas que habrían de utilizar para ganarse la vida, puesto que muchas de ellas no tenían a nadie.

Sobre todo, no quería que se sintieran indefensas o asustadas como le pasaba a ella muchas veces.

Tardó un momento en descifrar lo que le decía el director, en comprender que esas personas de las que le hablaba, cuyas vidas estaban tan alejadas de la suya, tal vez tuvieran algo que ver con ella.

¿Le estaba hablando de Harvard? ¿Que ella fuera a Harvard?

No podía ser. Había oído hablar de esa universidad y su cacareada reputación, claro.

La oportunidad y la distancia eran algo casi inconcebible.

—¿Por qué? ¿Por qué Harvard?

—Frye y Wood estudiaron allí. Y ambos creen que enviar a nuestros profesores a estudiar a los Estados Unidos durante el verano reforzará las relaciones entre los dos países. Estoy seguro de que esperan que los profesores enseñen lo aprendido al volver a Cuba.

«Ah. Claro». Muchos sospechaban que, tras el nombramiento de un supervisor estadounidense, se ocultaba la intención de integrar los rasgos y costumbres de su país en el sistema educativo cubano.

No sabría decir qué opinaba el director del asunto solo por su tono.

Como muchos otros académicos, García había protestado contra el dominio español sobre Cuba durante la lucha por la independencia hasta que se exilió a Nueva York.

Ahora que los españoles ya no estaban y él había regresado a La Habana, sus sentimientos hacia los estadounidenses resultaban mucho menos claros, y Eva no estaba segura de si el tiempo que había vivido allí no le habría hecho cambiar de opinión sobre Estados Unidos.

—Tengo que mandar a una profesora, y creo que tú serías la ideal —terminó.

—¿Por qué yo? Se me ocurren otros mucho más cualificados.

Ella era de las más jóvenes del profesorado del centro.

—Sí, confieso que he pensado en tu grado de experiencia a la hora de elegir a alguien. He hablado con algunas compañeras que llevan más tiempo enseñando, pero voy a serte sincero: no tienen interés en formar parte de la delegación de docentes. Tienen una vida, una pareja, hijos.

Y ella no tenía nada de eso.

—He pensado que tú tienes menos responsabilidades que te impidan irte a pasar el verano.

Las cosas han sido muy difíciles en los últimos años.

No todo el mundo puede viajar a Estados Unidos avisándolos con tan poco tiempo.

Pero no ha sido solo por eso, Eva. Me he fijado en tu forma de enseñar, en cómo conectan contigo tus alumnas.

Las chicas te escuchan. Te respetan. Y se nota que te apasiona la educación.

Eres la candidata ideal para representar a la escuela, y a mí.

El corazón de Eva empezó a latir con fuerza al oír el elogio.

—¿Qué van a enseñarnos?

—Varias materias académicas, además de inglés, que tú ya sabes hablar, ¿no es así? ¿No viviste en Estados Unidos cuando eras más joven?

Como muchos cubanos, su familia se había exiliado durante la guerra.

Su tío vivía en Cayo Hueso y, al morir su padre, su madre y ella se fueron a vivir con él.

Estuvieron allí solo unos años y luego regresaron a Cuba cuando Eva tenía cinco años, pero durante el tiempo que estuvieron con él, su tío le enseñó a hablar, leer y escribir en inglés, aparte de que allí se movía en un ambiente en el que se hablaba ese idioma.

Después, de regreso en La Habana, su tío siguió escribiéndole cartas en inglés y la instó a responder de la misma forma.

Estuvieron carteándose hasta su muerte un par de años atrás, pues él siempre creyó que Estados Unidos tendría un papel importante en el futuro político de Cuba, quisieran los cubanos o no, y por ello la animó a hablar la lengua, para no quedarse atrás.

—No lo hablo muy bien —se excusó, aunque no era verdad.

Técnicamente, hablaba con fluidez, pero le faltaba confianza cuando se comunicaba en ese idioma, y no le salían las palabras cuando más las necesitaba.

Leer le resultaba un poco más fácil y cómodo, lo mismo que escribir, porque ambas actividades se realizaban en la intimidad, y solo ella veía los errores que cometía.

—Tonterías. Con un poco de práctica, seguro que lo harás fenomenal durante el tiempo que estés en Harvard.

No hay nada como un curso de inmersión en el país para mejorar el conocimiento de un idioma.

A mí me ayudó muchísimo cuando estuve en Nueva York.

Además, varios traductores acompañarán a la delegación.

Tienen intención también de enseñar historia y política de Estados Unidos.

Se trata de un programa amistoso, un intento de que entendamos mejor a los estadounidenses, y de que ellos también aprendan de nosotros. Esperemos que así sea.

Pero no había dicho nada de un programa en el que los docentes estadounidenses fueran a Cuba a estudiar.

—Sé que algunos profesores tienen reservas sobre el proyecto.

Creen que es un ejemplo más de la intromisión de Estados Unidos en los asuntos de Cuba —suspiró—.

Es una oportunidad para ti. La posibilidad de viajar y estudiar en una gran universidad.

Mi recomendación es que vayas y aproveches al máximo la experiencia.

No pienses en los motivos que puedan ocultarse tras el programa.

Si quieren impresionarnos con sus métodos pedagógicos y sus instituciones académicas, muy bien.

Demostrémosles quiénes somos y de lo que somos capaces.

Al fin y al cabo, aquí seguimos después de todo lo que ha pasado en los últimos años, ¿no?

La delegación constará de más de mil docentes. Haced que nos sintamos orgullosos.

Sintió sobre ella el peso de sus palabras, la indirecta en su tono de voz y su mirada, que sugería que había que tener en consideración más cosas, no solo sus sentimientos o los beneficios que pudiera conseguir.

Pero ella no lo veía solo como una experiencia que exprimir al máximo y disfrutar de la aventura.

Tenía que pensar en la enorme responsabilidad.

Estaría allí no solo en representación propia o de su escuela o del sistema educativo cubano o de las mujeres cubanas, sino de todos sus compatriotas en un momento en que necesitaban desesperadamente que los estadounidenses reconocieran el derecho de Cuba a la independencia, su capacidad de gobernar su propio país.

Tras siglos de control español sobre la isla y décadas de lucha, los sueños de Cuba de ganarse el derecho a gobernarse habían quedado en suspenso por culpa de la intervención de Estados Unidos.

Así y todo, ahora que la propuesta del señor García estaba ahí, a la vista, a Eva no le cabía ninguna duda de que quería ir, de que esa era la aventura que llevaba esperando desde hacía tanto tiempo.

Parecía bastante improbable que volviera a encontrarse con una oportunidad de salir de la isla, y mucho menos una de corte educativo como esa.

Y puede que aquella fuera también una oportunidad de servir a su país, de hacer algo bueno, en un momento en que Cuba necesitaba de todo después de los estragos de la guerra.

—Gracias por pensar en mí. Será un honor asistir a la Escuela de Verano de Harvard.