3
EVA
Cuando las últimas alumnas abandonaron el aula, Eva cogió su cuaderno.
Retazos de la conversación de las niñas llegaron a sus oídos: se quejaban del número de páginas que les había mandado leer, les preocupaba el examen de la semana siguiente.
Y con las preocupaciones académicas se entretejían los planes de fin de semana, la fiesta de cumpleaños de una de ellas a la que todas estaban deseando ir.
Era habitual que sus alumnas tuvieran una vida más emocionante que la suya, y su alegría de vivir, su entusiasmo, le servían de inspiración.
Cuando una sufría por culpa de algún chico que, probablemente, no merecía la pena, Eva se preocupaba por ella.
Cuando otra sacaba una buena nota en un examen, se alegraba por ella.
Pasaba tanto tiempo con las jóvenes que cuando terminaban los estudios estaba siempre deseando que fueran a visitarla o que le escribieran alguna carta.
Guardaba las cartas en el tocador, atadas con una cinta azul claro que había sido de su madre.
Con frecuencia se inspiraba en sus alumnas para los personajes que creaba en sus libros, aunque la versión final acababa siendo tan distinta de la inicial que ni las madres las reconocerían en las páginas.
Pero en ese momento estaba pensando en otra cosa, en la última línea del tercer capítulo de su novela. Se le había ocurrido mientras daba clase.
Repitió la línea mentalmente para que no se le olvidara. Las palabras se le ocurrían en los momentos más peregrinos: cuando se estaba bañando, dando clase, haciendo la compra o los domingos mientras preparaba la comida para la semana.
Vivía entre dos mundos: era Eva Fuentes, profesora de literatura en una clase de quince chicas, y era cada uno de los personajes de sus novelas, y cambiaba de personalidad como quien cambiaba de chaqueta.
Sus creaciones mantenían conversaciones interminables en su cabeza mientras ella dirigía sus triunfos y tragedias con papel y pluma.
Eran a la vez su familia y sus amigos, compañeros inseparables.
«¿De dónde sacas las ideas?», le preguntaban sus compañeras, incapaces de ocultar la perplejidad que les producía comprobar la cantidad de tiempo que se pasaba imaginando personajes ficticios e inventando historias.
Eva trataba de explicarles que las ideas no eran el problema.
Estaban ahí desde siempre, desde que era pequeña, como una melodía que sonaba de fondo.
Al principio, no se había dado cuenta de lo inusual que era, no se había fijado en que no todo el mundo iba por ahí con personas que moldeaba en su mente como si fueran pedazos de barro y a las que dotaba de una personalidad y una historia, de modo que sabía exactamente lo que dirían, entendía sus pensamientos mejor que los propios.
Para ella eran reales de un modo que no siempre conseguía describir a los demás.
Tal vez fuera porque dejaba una parte de sí misma en cada uno de sus personajes, incluso en los malos de la historia, y ella los quería porque a menudo contenían las partes de sí misma que no compartía con los demás.
Trasladaba a sus personajes sus propios secretos.
Eva anotó la frase en la página; su cerebro iba más rápido que su mano.
A veces era un poco así: una carrera para expresar las palabras que llegaban en tromba, listas para alegrar la página.
Y otras veces —demasiadas, para ser sincera—, le costaba mucho esfuerzo, era una batalla entre la pluma y el papel en blanco y las palabras, que se negaban a salir.
Pero quizá fuera eso lo que más le gustaba de escribir: que pese a todos los momentos en los que le costaba hacerlo y estaba segura de que no iba a terminar el dichoso libro, había otros en los que la magia se producía y le salían las palabras perfectas.
—Veo que sigues escribiendo.
Se giró sorprendida ante la interrupción y la pluma resbaló, dejando la palabra a medias.
Levantó la cabeza.
El director del colegio estaba a poca distancia de su mesa con una sonrisa en la cara.
El señor García caía bien a alumnas y profesoras.
Era un director justo, aunque no uno fácil, sino más bien el tipo de persona que espoleaba a todos los que lo rodeaban para que dieran lo mejor de sí mismos.
Durante los primeros meses, Eva creyó que no le caía bien, hasta que poco a poco se había dado cuenta de que llevaba tiempo ganarse su respeto, pero una vez que lo tenías, el señor García demostraba ser un defensor infatigable.
—¿Puedo? —preguntó con la mano extendida hacia el cuaderno.
El gesto de asentimiento fue automático, producto de más de dos décadas obedeciendo a su familia, profesores y mayores; más de dos décadas mostrándose obediente y servicial, de modo que para ella el instinto de agradar, de someterse para evitar el conflicto, era tan natural como respirar.
El hombre cogió el cuaderno y ella sintió que se le encogía el estómago y que un atisbo de queja asomaba desde el fondo de su mente.
Eva se echó hacia delante y, al inclinarse con el movimiento, las gafas se le escurrieron por la nariz.
El señor García abrió mucho los ojos y soltó el cuaderno en actitud reflexiva, bastante sorprendido sin duda ante la feroz reacción de Eva.
Ella lo agarró al vuelo, y un intenso alivio la invadió al cerrar los dedos en torno al lomo.
Las mejillas le ardían de vergüenza.
—No está terminado —dijo sin pensar, mirándolo a los ojos—. No se lo… No se lo he enseñado a nadie.
El hombre intentaba no reírse.
—Eso dices siempre. Como no te has negado a que lo viera, pensé que ya lo habías terminado.
—No… Aún no está. Sigo…
No sabía cómo explicarle lo que pasaba, que el lunes por la mañana escribía diez páginas en la hora que había conseguido arañar antes de que empezaran las clases y el miércoles las páginas acababan en la papelera hechas una pelota.
El problema era que sabía que tenía una historia en su interior, sabía que había palabras que quería expresar y que pugnaban por salir, pero cuando intentaba ponerlas todas juntas sobre el papel, sentía que se le escapaban entre los dedos, que se alejaban más y más de ella hasta el punto de que ya no reconocía la historia que había pretendido contar en un principio.
Y esos eran los días buenos, aquellos en los que las palabras fluían, aunque no fueran las adecuadas.
Otros, se despertaba a la hora de escribir ante una página en blanco que se burlaba de ella, el flujo de las palabras seco.
Era un proceso absolutamente enloquecedor, y en ocasiones se preguntaba por qué querría alguien escribir una novela.
—Me sorprende —respondió él—. Con todo el tiempo que le has dedicado, con todo lo que te has esforzado, pensé que ya estaría listo para los lectores.
García no lo dijo con maldad, y Eva no se lo tomó mal. Su incapacidad para terminar la novela estaba empezando a ser muy frustrante.
—No sé si llegará el día en que me parezca que está listo —admitió, dando voz a uno de sus mayores miedos.
Era una verdadera audacia compartir sus escritos con los demás, como si de verdad creyera que merecía la pena que se leyeran.
¿Cómo iba a saber ella cuándo estaba listo el libro?
¿Cómo iba a saber si era lo bastante bueno?
¿Cómo iba a saber si ella era lo bastante buena?
—Seguro que ese miedo es algo habitual en todos los artistas —respondió él—.
Pero he visto lo mucho que has trabajado en la novela, la cantidad de tiempo que le has dedicado.
Creo que dice mucho de tu determinación de mejorar.
Sé la clase de profesora que eres, la clase de persona que eres.
Tengo una fe inquebrantable en que harás bien todo lo que te propongas.
Eva se sonrojó.
—Gracias.
—Puede que un cambio de escenario, una experiencia nueva, una aventura, en cierto modo, te proporcione la inspiración que buscas. Por no hablar del tiempo para concentrarte en el libro lejos del aula.
Una aventura sonaba de maravilla, pero era tan poco probable como llegar a ver su novela terminada. Las cosas que leía en los libros que tanto amaba —travesías en barco, grandes romances, secretos y escándalos— no podrían estar más alejadas de su vida real.
Eva escribía sobre cosas que no había experimentado.
—Te estoy dando la oportunidad —continuó el señor García.
Nada más escuchar la palabra «oportunidad», Eva sintió un hormigueo de emoción, un cambio en el ambiente; como si la brisa hubiera abierto la puerta del aula para susurrarle al oído palabras nuevas.
¿Habría quedado un puesto libre en otra escuela?
Llevaba toda la vida en La Habana y la posibilidad de ver otra parte de la isla, otra ciudad o incluso el campo, la llenaba de esperanza.
Echaría de menos a sus alumnas, por supuesto, pero no tenía ataduras familiares, puesto que sus padres habían muerto, y por mucho que echara de menos a las amigas que había hecho, lo cierto era que tantas habían seguido con su vida —se habían casado y tenido hijos, por lo que sus prioridades habían cambiado para adaptarse a sus nuevas responsabilidades—, que muchas veces sentía que la habían dejado atrás.
—El gobernador militar estadounidense, Leonard Wood, nos ha propuesto enviar profesores cubanos a estudiar a Estados Unidos. A Harvard. El proyecto inicial se le ocurrió al actual supervisor escolar, Alexis Frye.