La historia perdida de Eva Fuentes 2 #4
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«Hasta que vuelvas», terminó para sí, pero no lo dijo.

Cuando Fidel Castro llegó al poder, los cubanos huyeron pensando que sería un exilio temporal, que los actos de unos pocos centenares de revolucionarios no llegarían a nada y la Revolución se vendría abajo.

Al fin y al cabo, no sería la primera vez en la historia reciente de Cuba que un régimen político tomaba el poder y fracasaba después.

Pero habían ido pasando los años y Castro seguía en el poder, y cada vez requería más esfuerzo creer que fuera algo temporal.

Costaba tanto tener esperanza como conseguir carne en esos tiempos.

—Gracias —respondió Zenaida—. Y hay otra cosa… Sé que es mucho pedir, pero ¿podrías devolvérselo a la autora, Eva Fuentes?

Pilar se quedó sorprendida. La gente le pedía ayuda para proteger sus libros con la esperanza de recuperarlos algún día. Jamás le habían pedido que devolviera un libro a su autor. Eva Fuentes tendría más ejemplares de su libro, ¿no? ¿Qué tenía de especial esa edición?

—Mi madre y Eva perdieron el contacto cuando yo nací —continuó Zenaida—.

No llegué a conocerla. Creo que mi madre siempre quiso devolver el libro a su amiga, pero murió antes de poder hacerlo.

Intenté dar con Eva una vez, pero mi madre solo tenía una dirección en La Habana Vieja y, cuando fui, había otras personas viviendo allí y me dijeron que se había mudado.

Desconocían su nueva dirección, pero creían que seguía en Cuba.

Era profesora. Tenía intención de seguir buscándola, pero…

Gesticuló con las manos como queriendo dar a entender lo inútil de tratar de hacer planes o afrontar la vida entre tanta incertidumbre y tanta agitación. Pilar conocía perfectamente la sensación, puesto que le habían desbaratado los planes que tenía para su vida cuando se llevaron a su marido.

—La vida no me daba para más. Poco después, mi hijo se metió en problemas y la angustia de que pudiera ocurrirle algo me quitaba el sueño. Me olvidé del libro. Y no volví a acordarme hasta que me puse a recoger nuestras cosas. —Agachó la cabeza—. Me da vergüenza no haber intentado dar con ella, no…

Pilar le tomó un momento la mano y la apretó suavemente para tranquilizarla.

—Por favor —terminó Zenaida con una mirada.

¿Qué podía decir? ¿Cómo no iba a ayudarla?

Pilar asintió con la cabeza.

—Haré todo lo posible por encontrarla.

—Gracias.

Por un momento, guardaron silencio las dos, el espacio entre ambas rebosante de todas las cosas que no se habían dicho, las verdades que sabían, pero eran incapaces de verbalizar, o no querían hacerlo. Las envolvió la pérdida, un sentimiento que impedía que se sintieran completas.

—Está en inglés —dijo Zenaida—. Pero Enrique mencionó una vez que tú lo hablabas. Léelo si quieres. Sé que te gustan mucho los libros. Tiene que ser muy duro estar aquí sola.

Pilar notó que le escocían los ojos. Zenaida era orgullosa. Todos lo eran. Seguro que habría dudado mucho antes de acudir a ella. Y allí estaba, ofreciéndole algo valioso: una historia para alguien que amaba los libros por encima de todas las cosas.

—Gracias —dijo Pilar.

Tumbada en la cama horas más tarde, Pilar revivió el momento, la decisión que la había llevado a acercarse a su vecina y abrazarla.

Era tan impropio de ella que le sorprendió la intimidad del acto y, al final, llegó a la conclusión de que lo había hecho porque había reconocido el dolor silencioso que Zenaida llevaba a cuestas.

En cierto modo, las dos habían perdido su hogar, físico y emocional, por culpa de la Revolución.

El gesto había sorprendido a Zenaida al principio, pero después, puede que al darse cuenta de lo mucho que lo necesitaban las dos, se relajó y la tensión que le atenazaba el cuerpo se disipó mientras se abrazaban con el libro entre ambas.

Debieron de estar así un minuto, tal vez dos, y al final se separaron al oír al vecino de abajo que llegaba a casa, la puerta al cerrarse y los pasos amortiguados.

Zenaida tenía cosas que hacer.

Se despidieron apresuradamente, con palabras que, inevitablemente, no estuvieron a la altura de la seriedad de la situación.

Al fin y al cabo, ¿cómo podía alguien expresar de forma adecuada una emoción tan honda?

¿Qué podías decir que hiciera más soportable la realidad de tener que abandonar el único hogar que conocías?

Pese a todo, pese al entendimiento que había surgido entre ellas, en realidad no eran más que vecinas, poco más que meras desconocidas, si no fuera porque el destino había querido que vivieran en pisos contiguos.

Pero las dos eran cubanas.

Ya está.

Cuando se metió en la cama, Pilar se concentró en la novela que le había confiado su vecina.

Tiempo para olvidar , de Eva Fuentes.

Existía un pacto entre autor y lector. Un acuerdo que comenzaba cuando el lector cogía el libro, observaba la cubierta y veía el nombre del autor, y después lo abría y pasaba las primeras páginas, señal de que el trato se había cerrado.

«Léeme y te contaré todos mis secretos».

Al lector se le daba la posibilidad de sumergirse en otro mundo, de escapar de sus problemas, el peso de la vida se aligeraba durante unos minutos, unas horas o varios días.

Ante sí tenía una historia, una ficción, un truco de magia, una reorganización de las letras que alteraba la realidad.

Y, sin embargo, en ese mundo imaginario, el lector buscaba la verdad, palabras que resonasen en su interior, personajes que le permitieran ser visto, un cordón al que aferrarse, que el libro lo llevara de la mano a vivir una aventura inolvidable.

Y empezó a leer.