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Pero alguien le había dejado un flan en la puerta días más tarde y, aunque estaba tan triste que casi no lo había probado, incapaz de saborear el dulzor del caramelo, sabía lo preciados que eran los ingredientes en esos tiempos y entendió que se lo había dejado alguien que de verdad se preocupaba por ella.
No estaba sola.
Zenaida inspiró profundamente.
—Hace mucho tiempo, prometí mantener a buen recaudo este libro. No puedo llevármelo y no quiero que lo encuentren cuando vengan a registrar nuestro piso.
Desenvolvió el paquete y se lo tendió.
Pilar lo cogió. El peso le resultaba familiar, el aroma del cuero, el papel y la tinta, reconfortante.
Los libros tenían algo irresistible. Con ellos podías establecer una intimidad que resultaba difícil en cualquier otra parte, un entendimiento silencioso, encontrar un refugio, una válvula de escape de los problemas cotidianos.
Durante el día, en el trabajo, Pilar solía distraerse con las historias que colocaba en los anaqueles.
Cuando empezó a trabajar en la pequeña biblioteca tres años atrás, se preguntó si su pasión por los libros cambiaría estando rodeada por ellos todo el tiempo.
De niña, los libros eran un verdadero lujo, de forma que los pocos que tenía los había leído y releído amorosamente hasta que se aprendió las historias de memoria y era capaz de recitar sus párrafos favoritos de corrido.
El primer día como bibliotecaria, diez años atrás —al principio en una de las bibliotecas municipales más grandes y ahora en una pequeña de barrio que estaba cerca de casa—, había sido mágico.
De repente, su mundo pasó de los cuatro libros que tenía en casa, los que leía en el colegio y los que sacaba de la biblioteca cuando sus padres la llevaban, a tener cientos de ellos a su cuidado.
Pilar se dedicó a conocerlos como si fueran amigos nuevos, leía todos los que podía en su tiempo libre y se los llevaba a casa, donde pasaba las noches en la cama con una novela en la mano.
Nunca perdieron la magia. Al contrario, su pasión aumentaba a medida que su vida se fundía con ellos. La mayor felicidad y la paz más inmensa era tumbarse en la cama junto a su marido y leer en silencio una de sus historias favoritas.
—¿Puedo? —preguntó a Zenaida, con curiosidad por el misterioso libro.
La otra asintió con la cabeza.
A simple vista parecía un ejemplar que se había leído y había viajado mucho, con el cuero de la cubierta ligeramente gastado en algunas zonas y la tinta dorada de algunas letras del título borrada.
TIEMPO PARA OLVIDAR
Miró el nombre de la autora.
Eva Fuentes
Pilar no había oído hablar del libro ni de su autora, y comprender que era un libro inédito le produjo un escalofrío de emoción.
Muchas de sus novelas favoritas las habían escrito mujeres, autoras como Gertrudis Gómez de Avellaneda, María Luisa Dolz, Dulce María Loynaz o Cristina Ayala.
Había algo en el poder de sus palabras, en la forma de sortear los problemas de la vida y la identidad en la Cuba de los difíciles años cincuenta, que le proporcionaba consuelo e inspiración.
Pilar provenía de una familia pequeña, sus padres habían muerto hacía mucho, y esas autoras se convirtieron en sus antepasados adoptivos, las mujeres cuyas palabras le daban fuerza cuando más la necesitaba.
Puede que Eva Fuentes llegara a ser otra de esas escritoras para ella.
El libro estaba en inglés y, aunque sus conocimientos de la lengua estaban un poco oxidados por la falta de uso, sintió curiosidad por el título y por cómo había llegado a manos de Zenaida.
—¿Qué es lo que te gusta de él? —preguntó Pilar con la sensación incómoda de estar preguntando algo tan íntimo, pero se moría de ganas de saberlo…
«¿Por qué este libro? De todos los que podrías haber salvado, ¿por qué has elegido precisamente este? ¿Qué significa para ti y por qué debería arriesgar mi libertad —y por qué arriesgas tú la tuya— por protegerlo?».
Al fin y al cabo, todo era del Estado, y robar al Estado era un delito.
—No lo sé —respondió Zenaida—. No lo he leído. —Parecía avergonzada—. No soy muy lectora.
Dijo esto último casi a modo de disculpa, como si pensara que para Pilar decir algo así era equivalente a una blasfemia.
En verdad no era así.
A la biblioteca iban todo tipo de personas.
Algunos eran lectores, otros no, y otros no lo eran todavía, estaban esperando el libro perfecto que les cambiaría la vida.
A veces esos eran los usuarios que más le gustaban, los que se llevaban un libro casi con reticencia y lo devolvían a la semana siguiente con una determinación en los ojos que Pilar conocía muy bien: como si hubieran descubierto un secreto y estuvieran ansiosos por compartirlo.
Lo bonito de las bibliotecas era que ofrecían un hogar tanto al lector ocasional como al empedernido o al no lector.
—Eva y mi madre eran amigas —explicó Zenaida—. Dieron clase juntas. Antes de que mi madre falleciera, me pidió que cuidara del libro. Eva lo escribió y se lo confió a ella. Mi madre no me dijo por qué era importante para ella, y yo no lo cuestioné.
No, claro que no. Eso era lo que hacían los unos por los otros: preservar historias, ayudar a los amigos, honrar a los antepasados. No hacía falta ninguna explicación.
—Yo te lo guardaré —prometió Pilar.