La historia perdida de Eva Fuentes 2 #2
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Estados Unidos había impuesto un embargo comercial a Cuba que había dañado de manera irreversible la que históricamente había sido una relación estrecha, y ahora Fidel Castro se había hecho muy amigo de la Unión Soviética.

La invasión de Playa Girón —Bahía de Cochinos, como preferían los estadounidenses— no salió bien: Castro había sobrevivido, sin saber ni cómo, a los innumerables intentos de acabar con su vida, y la crisis de los misiles había dejado a ambos países —y al resto del mundo— al borde de la guerra.

Ya no reconocía su hogar, ya no era un lugar que la acogiera, un lugar en el que quedarse y del que poder salir también.

Estaba allí y, a la vez, no, atrapada entre los políticos y sus juegos.

Costaba saber a qué versión de la realidad aferrarse.

La realidad cotidiana en la que iba a trabajar y tomaba café aguado para compensar la falta de sueño, y colocaba libros en sus correspondientes estanterías y hacía cola para comprar alimentos con su cartilla de racionamiento y se quedaba dormida en el sofá con un libro abierto en el regazo, deseando soñar con su marido cuando eran felices, o la realidad en la que el mundo que ella conocía podía venirse abajo en cualquier momento sin que pudiera evitarlo.

—Nada será lo mismo sin ti —dijo Pilar, buscando las palabras adecuadas para ese momento.

Ella siempre se había sentido más cómoda con los personajes de sus libros que con las personas de carne y hueso que se cruzaban en su vida diaria.

No es que no tuviera sentimientos, algo de lo que la había acusado un antiguo novio, sí que los tenía, y muy hondos, pero no era capaz de expresarlos.

Esa era una de las cosas que más la habían atraído de Enrique: su asombrosa habilidad para entender a las personas, para comprender sus puntos fuertes y sus debilidades, para conocer y ser conocido.

En Enrique había encontrado a alguien a quien no tenía que explicarle cómo era, alguien con quien no le hacía falta embellecer ningún aspecto de su personalidad o esforzarse para que la aceptara. Con él podía ser como era en realidad, y no había nada más potente que saberse amada tal como era.

—¿Adónde vais a ir? —preguntó.

—A Madrid. A casa de mi prima.

Era evidente que la decisión estaba ya tomada, y aun así la vacilación en su voz resonaba en el silencio nocturno, un signo de interrogación suspendido al final de la frase, como si no se lo creyera.

Pilar estaba delante de una mujer atrapada entre dos épocas, dos lugares.

Una parte de Zenaida ya había pasado página, había abandonado Cuba tiempo atrás —o, dicho con más precisión, Cuba la había abandonado a ella— y ahora se aferraba a sus recuerdos, un cordón que la ataría a la isla para siempre.

—No podemos quedarnos —añadió, como dando una explicación, una disculpa, cuando no hacía falta nada de eso. Puede que simplemente intentara convencerse de lo inevitable de la situación.

«No podemos quedarnos».

¿Cuántas veces le había susurrado Pilar esas mismas palabras a Enrique? ¿Cuántas veces las había sentido retumbar en su pecho como una advertencia a la que al final no había hecho caso?

Ahora no podía quedarse ni tampoco irse. No cuando su marido era un prisionero político encerrado en algún lugar de Cuba.

Cuando Enrique le dijo que trabajaba contra el régimen, que ayudaba a las personas amenazadas, todos sus miedos emergieron.

Se movía por la isla aterrorizada, su único momento de respiro era cuando Enrique entraba por la puerta.

Nunca le contó lo que hacía o quiénes componían la red de lucha contra el régimen.

Era como si supiera que si le contaba demasiado, solo conseguiría que se preocupara aún más, y no cabía duda de que también lo había hecho para protegerla.

Entonces le había agradecido que la mantuviera al margen, pero ahora tenía más preguntas que respuestas.

¿Por qué se habían fijado en Enrique? ¿Lo habría traicionado alguien?

—El frigorífico se lo va a quedar la señora Padilla —continuó Zenaida—. El suyo es un poco más viejo.

La señora Padilla era una buena elección.

Era una persona muy querida por las veinte familias que vivían en el edificio.

Sus hijos se habían ido a vivir a Miami, y ella se había quedado para cuidar a su madre anciana, que había dicho que, para lo poco que le faltaba para morir, quería pasar sus últimos días en Cuba aunque no pudiera soportar al tipo de la barba.

Regalar bienes personales a otros era una práctica común antes de abandonar la isla, algo que Pilar había visto hacer bajo la protección de la oscuridad del edificio, un ejercicio en el que las posesiones y las vidas cambiaban de habitación como los actores en una obra de teatro.

Era cuestión de supervivencia y también una demostración de ingenio y resistencia muy cubana, una forma privada de restregárselo en las narices al gobierno.

Podían intentar despojarlos de toda dignidad, pero al menos en eso el pueblo tenía la última palabra.

Cuando abandonaran el aeropuerto huyendo de la Revolución, lo harían sabiendo al menos que, aunque los secuaces de Castro tenían registrado un frigorífico de 1958 en su inventario, cuando entraran en su casa verían que en realidad había uno de 1955, y en ese momento el más nuevo lo estaría disfrutando otra persona.

Era una pequeña victoria, sí, pero cuando había tan pocas probabilidades y tanto en juego, esas pequeñas victorias alimentaban el alma.

—Temo por mi hijo —dijo Zenaida, persignándose con la facilidad que daba la práctica.

Fidel estaba decidido a expulsar la religión de Cuba, aunque muchos se aferraban a ella en los tiempos difíciles—.

El mayor. Siempre dice lo que piensa, tiene opinión sobre todo. Eso no es bueno. Aquí no. Ahora no.

Oyeron una serie de explosiones a lo lejos.

Zenaida agarró aún más fuerte el paquete.

Las explosiones se habían convertido en toque de difuntos, el sonido de los disparos que resonaba por toda la ciudad.

Antes de que se llevaran a Enrique, Pilar se había acostumbrado al sonido de las ejecuciones, todos lo habían hecho.

Ahora le avergonzaba admitir que en algún momento se habían convertido en una parte normal de sus días, que se había acostumbrado a los disparos hasta que se llevaron a su marido a la cárcel, y entonces empezó a preguntarse si sería Enrique el que estaría frente al cañón de un rifle.

—Tenemos a tu marido en nuestras oraciones, todos en el edificio lo hacen —añadió Zenaida como si acabara de percatarse, con retraso, de con quién estaba hablando, de que Pilar conocía mejor que nadie los peligros de tener un ser querido que decía lo que pensaba y que «tenía opinión sobre todo»—.

Lamento lo que estás pasando —susurró—. Y lamento darte más preocupaciones, pero me he enterado…

—calló un momento, pero luego retomó el hilo con determinación—. He oído lo que haces con los libros.

Pilar sintió un peso en el estómago.

—Los salvas —continuó Zenaida de una forma que le daba a entender que lo que hacía era importante, cuando a ella le preocupaba no estar haciendo suficiente.

«Salvar» era un término audaz para describir el hecho de que se había convertido en guardiana de los libros de los cubanos que huían de la isla.

Como Pilar, los libros habitaban una especie de espacio de transición: sus dueños no podían llevarlos consigo o se arriesgaban a que se los confiscaran en el aeropuerto, y, desde luego, lo que no querían era que el régimen se quedara con ellos.

No cuidaba solo de libros que tenían un valor inmenso, era también la custodia temporal de las historias de la gente, de las vidas y las pasiones contenidas en las páginas de los libros que amaban.

Y es que un libro era mucho más que papel y tinta, contenía parte del alma del autor y del lector.

«Fue el primer libro que leí en mi vida.

Mis padres me lo regalaron en mi cumpleaños.

Recuerdo a mi madre sentada a mi lado en la cama, rodeándome los hombros con el brazo mientras lo leíamos juntas.

Mi madre falleció este año y siempre que miro la cubierta, me acuerdo de ella y de lo segura que me sentía en sus brazos».

«Mi familia anotaba los cumpleaños al principio de la Biblia. Contiene cientos de años de la historia de nuestra familia. A lo mejor encontramos la manera de que nos la envíes cuando lleguemos a Miami».

A veces no decían nada, simplemente se los entregaban, en una demostración de confianza de un amante de los libros a otro.

—Yo no hago gran cosa —dijo Pilar, que temió que no fueran las palabras adecuadas y a la vez era lo único que podía hacer dadas las circunstancias.

Salvar libros no le parecía ni mucho menos suficiente en un mundo en el que los escuadrones de fusilamiento eran el pan de cada día, y, sin embargo, si no los salvaban, si no hacían todo lo posible para preservar sus historias, sus recuerdos, las cosas que modelaban sus almas, ¿qué les quedaba?

El régimen castrista ya estaba haciendo todo lo habido y por haber para moldear el pensamiento y los sentimientos de los cubanos.

Algunos libros estaban prohibidos, mientras que otros se publicaban bajo el nuevo brazo editorial del Estado como propaganda para adoctrinar a los niños en los colegios.

—Necesito tu ayuda —repuso Zenaida.

Había llegado el momento de enseñar sus cartas, de mostrar su vulnerabilidad, de ir más allá de la relación normal de vecinas cuyas vidas no habían tenido oportunidad de cruzarse más que para saludarse o preguntar por algún problema de mantenimiento del edificio.

Cuando se llevaron a Enrique, Zenaida no fue a ver a Pilar, aunque esta no se lo había tenido en cuenta.

Todos hacían lo que podían para sobrevivir.