2
PILAR
Se despertó al oír que llamaban a la puerta.
Al principio no sabía si era un sueño, parte de la pesadilla que la perseguía desde el día que aporrearon la puerta y se llevaron a su marido.
Pero el sonido esta vez era distinto, traslucía cierta vacilación. No eran los golpes autoritarios de la policía secreta, sino el llanto lastimero de alguien que sabía que las paredes de los hogares de La Habana oían.
Pilar se levantó de la cama y agarró la bata que reposaba sobre la silla del escritorio del pequeño piso en el que Enrique y ella soñaron una vez que formarían una familia.
Por entonces todas sus preocupaciones se limitaban a si pintar la cocina de azul o de verde, o si el sofá quedaría mejor junto a la ventana o mirando hacia el exterior.
Se decantaron por lo segundo, de modo que, cuando se acurrucaban los dos juntos a leer —ella una novela, él poesía—, no tenían más que levantar la vista para ver las calles de La Habana y, con suerte, contemplar de pasada el resplandor luminoso de la luna sobre los edificios.
No había vuelto a sentarse en el sofá desde la noche en que se lo llevaron; sobre el brazo reposaba aún el libro de poesía que estaba leyendo.
A Pilar le gustaba pensar que los poemas estaban esperándolo, que el punto de lectura le estaba guardando el sitio, que las páginas conservaban aún el calor de sus manos.
A veces abría el libro y pasaba las yemas de los dedos sobre el papel nuevecito, acariciando levemente las palabras que tan importantes eran para él, resucitando a su marido letra por letra, palabra por palabra.
Habían pasado seis meses y no había esperanza alguna de que fuera a celebrarse un juicio por sus presuntos «delitos».
Pero los libros eran mágicos y si las páginas podían contener la esencia de uno, el alma de uno, entonces quería pensar que los libros de Enrique esperaban su regreso tanto como ella.
Y aunque él no pudiera insuflarle fuerzas en ese momento, no pudiera estar a su lado como había hecho a lo largo de casi siete años de matrimonio, esa parte de su ser seguía allí, inaccesible para los hombres de Fidel Castro.
Podían llevarse a su marido, pero no podrían borrar sus sueños.
Pilar recorrió el piso silencioso tratando de no hacer ruido para que sus vecinos de abajo no se preguntaran qué hacía despierta a esas horas.
En Cuba, en los pisos diminutos, resultado de la subdivisión de los edificios, de los restos de la vida de otros, del hogar de otros, de los sueños de otros, los suelos también oían.
Llegó a la puerta y se inclinó hacia delante. Apoyó la mano en la madera fría, la pintura estaba desconchada en algunos puntos, pero pensar en restaurarla, aun en el caso de que consiguiera los materiales, se le antojaba extenuante.
Miró por la mirilla. Era Zenaida, la vecina de al lado. Le costó porque le temblaban los dedos, pero a la segunda consiguió quitar la cadena de seguridad.
Nunca había sido muy valiente. Enrique era el apasionado, el visionario audaz, el hombre que se quitaba el pan de la boca para dárselo a alguien que lo necesitaba más.
Esos rasgos del carácter de su marido estaban en algún lugar dentro de ella, aunque en un estado incipiente, digamos; podía contar con ellos en caso de extrema necesidad, pero no era algo que desprendiera de forma natural.
Por eso la gente siempre acudía a su marido cuando necesitaba ayuda, fuera la hora que fuera, lo que había terminado mandándolo a la cárcel, sin duda.
A lo largo de los años, Pilar se había acostumbrado a que fuera Enrique quien saliera a investigar el origen de ruidos extraños por la noche, quien se enfrentara a los peligros potenciales que amenazaban las cuatro paredes de su hogar.
Pero ahora Enrique se había ido y ella se había quedado.
Inspiró profundamente para tranquilizarse, giró la llave en la cerradura y abrió la puerta.
Zenaida dejó caer los hombros y parte de la tensión se relajó en cuanto cruzaron la mirada.
Al contrario que Pilar, Zenaida seguía vestida con la ropa de calle, el conocido vestido azul de flores que se ponía siempre el día de hacer la colada.
La mujer era muy querida en el edificio; su habilidad con la aguja resultaba de lo más útil cuando un vestido se le quedaba pequeño a una niña y no había más remedio que sacar el dobladillo y arreglarlo porque no tenían dinero para comprar uno nuevo.
Se había bordado unas flores en el escote del vestido, colores vivos que añadían una nota alegre a una prenda muy usada.
Pilar no le había preguntado nunca de dónde sacaba el hilo, pero sabía que la gente pagaba la atención médica de su marido con lo que tuviera por casa, ya que el dinero escaseaba, y no le cabía ninguna duda de que muchas prendas viejas encontraban una nueva vida en los hábiles dedos de Zenaida.
Cuanto más duras para los ciudadanos eran las medidas del gobierno —cartillas de racionamiento, nacionalización de bienes y empresas, confiscación de los bienes personales de quienes abandonaban el país o desafiaban al gobierno de algún modo—, más había que esforzarse para encontrar el modo de sobrevivir fuera del sistema oficial.
Aunque eso significara arriesgar la libertad e ir a la cárcel por algo tan simple como conseguir un poco más de comida para tus hijos.
—¿Ha pasado algo? —susurró Pilar.
Menuda estupidez. Nadie llamaba a tu puerta en plena noche si no pasaba nada.
Zenaida se removió inquieta y lanzó una rápida ojeada a uno y otro lado. Llevaba un bulto envuelto en tela entre las manos.
—¿Puedo entrar?
Le dio más vergüenza de lo que le gustaría admitir el segundo de vacilación al oír la pregunta, el impulso de cerrar la puerta, volver a la cama y taparse con las mantas.
Le entraron ganas de decirle que ya tenía bastantes problemas desde la detención de su marido, que era bastante probable que la estuvieran vigilando también a ella, y lo último que necesitaba era llamar más la atención hacia su precaria situación.
Últimamente, la gente se encontraba en la paradoja de echar una mano y temer la que te echaban los demás.
Nunca sabías si era una trampa, si alguien a quien considerabas amigo podría estar espiándote o si la persona equivocada veía u oía algo, y te sacaban a rastras de tu casa en plena noche y nadie volvía a saber nada de ti.
«Venga ya, no puedes pensar algo así. ¿Cómo vamos a soportar esto?, ¿cómo vamos a sobrevivir si no nos ayudamos entre nosotros? Somos cubanos, por mucho que los castristas se empeñen en dividirnos».
Oía mentalmente la voz de Enrique tan alta y clara como si lo tuviera al lado, infundiéndole los ánimos que necesitaba, recordándole esa parte de sí misma que había ido desapareciendo desde la Revolución.
Era imposible vivir, prosperar, respirar siquiera en un país en el que no paraba de crecer el miedo y la desconfianza.
A veces el mayor acto de resistencia era mantener a raya ese miedo, negarse a convertirse en la versión de uno mismo que ellos querían que fuese.
Pilar asintió con la cabeza y se hizo a un lado para dejarla pasar.
Cerró la puerta rápidamente y, con dedos temblorosos, echó de nuevo los cerrojos, como si con eso bastara para impedir que Castro entrara en su piso.
—Nos vamos de La Habana —anunció Zenaida con un leve temblor en la voz. Aferró con fuerza el paquete envuelto hasta que se le pusieron los nudillos blancos. Daba la sensación de que conseguía guardar la compostura gracias a la fuerza de voluntad y al paquete que llevaba en las manos.
No era ninguna sorpresa que se marcharan; muchos se habían visto obligados a abandonar su hogar en los últimos siete años, pero aun así… De repente, ya no le parecían tan llamativas las flores bordadas; los colores se volvieron borrosos en sus ojos húmedos.
—Te vamos a echar de menos. Mucho —dijo Pilar.
Zenaida asintió con la cabeza.
—Yo también voy a echar de menos este edificio. Y a todos vosotros.
Aunque Zenaida no le había dicho nunca su edad, y Pilar jamás se habría atrevido a preguntar, debía de rondar los cincuenta y muchos o sesenta y pocos años.
¿Cómo sería empezar de cero a una edad en la que lo normal sería estar pensando en la jubilación?
Zenaida y su marido vivían en el edificio antes de la Revolución, por entonces recién casados, como Pilar y Enrique.
Sus hijos habían nacido allí, sus nietos iban de visita.
Más de una vez en vacaciones habían oído las risas alegres, el ruido de las voces y la música chillona que atravesaba las paredes que separaban los dos pisos.
—Pensé que terminaría mis días en este edificio —añadió Zenaida. Lo dijo con perplejidad, la misma confusión que acosaba a Pilar desde que se llevaron a Enrique.
¿Cómo había ocurrido algo así? ¿Cómo habían llegado a ese lugar donde su vida se había vuelto irreconocible? Y tan deprisa. Sentía como si hubiera despertado de una pesadilla, con la mente turbia por lo incomprensible que le parecía el mundo que la rodeaba.
—Esperemos que lo hagas. —Pilar inspiró profundamente y trató de reunir el coraje para hablar en un país en el que las palabras podían conllevar la muerte—. Esperemos que pase todo esto —susurró con una honda tristeza ante la futilidad del sentimiento.
Costaba trabajo conservar las esperanzas.
Pilar se encontró diciendo cosas en las que no creía mucho últimamente.
No era mentir —y en todo caso, se estaba mintiendo sobre todo a sí misma—, era simplemente que el mundo estaba al revés y ya no sabía qué pensar de la realidad.
Habían vivido siete vidas en los siete años transcurridos desde que estalló la Revolución, y la realidad había adoptado la forma que quería Fidel Castro.