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En su profesión, era importante aprender a leer a la gente, entender la conducta humana para poder predecir sus deseos y necesidades, y también sus vulnerabilidades.
El señor Thornton tenía un don para leer a las personas, pero lo hacía de un modo que resultaba profundamente calmante.
Puede que al conseguir libros para los demás hiciera realidad también sus sueños.
—Pareces distraída. Como si estuvieras dándole vueltas a un problema que no sabes muy bien cómo resolver. Trabajas demasiado.
—Yo podría decir lo mismo de usted —bromeó ella.
El hombre se rio.
—Muy cierto. ¿Vamos a embarcarnos en otra aventura libresca?
—Es posible. Necesito ayuda —admitió.
—A ver si lo adivino. Un cliente te ha pedido un libro imposible de encontrar.
—No sé si es imposible, pero sí tengo un cliente que busca un libro que se supone que van a subastar y quiere que yo lo consiga antes de que eso ocurra. Dice que tiene un valor sentimental para él. Pero no sé ni por dónde empezar y al parecer solo existe un ejemplar.
El librero silbó y esbozó una amplia sonrisa.
—Eso sí que es un desafío.
Margo sonrió también.
—Tenía el presentimiento de que lo aceptaría. Cuando necesito un libro, usted es la primera persona que me viene a la mente.
—Es un honor.
Lo dijo más como una formalidad que otra cosa. Los dos sabían que se había ganado una reputación y el respeto que la acompañaba.
Margo sacó el papel doblado del bolso y se lo entregó. El hombre lo desdobló y leyó el contenido.
—Interesante —dijo y levantó la vista para mirarla con ojos brillantes.
—¿Qué es lo que le parece interesante? ¿Ha oído hablar del libro? —preguntó Margo emocionada.
¿De verdad iba a ser tan fácil? Había ido a verlo pensando que si alguien podía encontrar el libro era él, pero como era un ejemplar inusual, no quería tener la esperanza de que lo conociera personalmente.
—Hace un mes vinieron preguntando por este mismo libro.
El corazón de Margo empezó a latir con fuerza.
—¿Era un tal William Greer? ¿Tenía acento estadounidense?
—Era un hombre, pero no era estadounidense. No recuerdo cómo se llamaba.
¿Había alguien más tras el libro? ¿Lo habrían encontrado?
—Algo mayor que tú, tal vez —contestó el librero—. Sobre los cuarenta.
—¿Dijo por qué lo buscaba?
—No que yo recuerde.
—¿Pudo localizarlo?
—No, y no encontré gran cosa. La autora era cubana. Ya no vive. Lo escribió en inglés y lo publicó una pequeña editorial de Boston que ya no existe. Apunté el nombre. Puedo buscártelo. A ver si lo encuentro. Le di todo lo que tenía, y no he vuelto a saber nada de él.
—¿Me deja ver lo que averiguó sobre el título?
—Por supuesto. A ver si lo encuentro —dijo con una mueca—. Mis archivos están hechos un…
—Desastre —terminó Margo con una sonrisa.
El librero se rio.
—Me conoces bien. Te confieso que he estado muy liado con un envío que he recibido de Amberes.
La parte de la librería de cara al público estaba impecable, pero no podía decirse lo mismo de la trastienda, donde realizaba las tareas de administración.
Era casi como si agotara toda su capacidad organizativa catalogando los libros y no le quedaran fuerzas para labores tan anodinas como las facturas.
—¿Cuánto cree que tardará en reunir la información? —preguntó Margo—. Sé que está ocupado.
—Pásate por aquí mañana. Te prometo que tendré algo. ¿Hacia las seis te va bien? Cuando cierre. Nos tomamos un té y charlamos un rato.
—Perfecto, aquí estaré. Y gracias por el libro —dijo con un gesto hacia la novela que le había regalado—. Estoy deseando empezarlo.
Se lo guardó en el bolso y salió de la librería con el teléfono en la mano. Si alguien más había ido a ver al señor Thornton para preguntarle por el libro, tenía que darse prisa.
Por suerte había dejado de nevar cuando llegó al metro, que seguía lleno de gente, entre turistas y locales.
Al llegar, lo que más la atrajo de Londres fue que era una ciudad que nunca dormía, en la que siempre había algo que hacer, de día o de noche.
Algo de ese asombro se había disipado, en parte por el ritmo de lo cotidiano y las obligaciones, pero seguía sintiendo la energía vital de la ciudad.
Se abrió paso entre la multitud en dirección al andén justo cuando se oía el estruendo familiar del tren entrando en la estación.
Subió al vagón quejándose para sí por lo abarrotado que iba esa tarde; ni un sitio libre. Se había hecho ilusiones de sentarse y empezar su libro, pero parecía que iba a hacer el viaje de pie.
Consiguió hacerse un hueco entre dos mujeres trajeadas, rozándose unas con otras tratando de encontrar la posición para no caerse.
Al cerrarse las puertas, se fijó en la cara de los pobres viajeros que habían perdido el tren por los pelos; una mujer golpeó las puertas que se le cerraron en las narices.
Margo ahogó una exclamación.
El hombre de la chaqueta negra estaba allí también, de pie en el andén. Los separaban las puertas del vagón.
El recuerdo le llegó fragmentado, pero era el mismo hombre, el que había visto en la calle después de su reunión con Greer.
Margo se fijó en cómo escudriñaba el interior de los vagones hasta que… la localizó.
Y el tren se la llevó de allí.