La historia perdida de Eva Fuentes 1 #3
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—¿Y la reunión? —volvió a preguntar Bea—. ¿Tenemos un encargo nuevo?

—Bien. Me he reunido con un intermediario. Su cliente quiere que le busquemos un libro.

—No será muy complicado.

—Es lo que pensaría cualquiera, pero al parecer solo hay un ejemplar en el mundo.

—Será una broma.

—No es broma. Recuérdame luego que lo que más me gusta de este trabajo es que nunca me aburro.

—Eso es verdad.

Margo oía por el móvil el ruido de fondo en su pequeña oficina de Chelsea. Avanzó entre la multitud bajo la nevada, que empezaba a arreciar. Iba a ser complicado conseguir un taxi.

Alguien la empujó por detrás y se volvió a mirar.

Dos chicas adolescentes iban escribiendo en el móvil, con varias bolsas de acabado satinado colgando de las muñecas de ambas.

Se mostraban tan indiferentes a la nieve como a ella.

Margo ojeó por detrás de ellas y su mirada se cruzó con la de un hombre con chaqueta negra que caminaba unos pocos pasos por detrás de las chicas.

No miraba caer los copos, sino al frente, directamente a las chicas, que parecían completamente ajenas a su presencia.

Era un tío grande como un armario, corpulento y mucho más alto que ella, que medía uno sesenta y ocho. Llevaba el pelo rubio muy corto, casi rapado.

Margo aflojó el paso ligeramente para dejar pasar a las chicas y esperó a ver si el hombre hacía algo para seguirlas.

No lo hizo.

Mejor. Tal vez hubiera sido una reacción exagerada, pero como mujer joven y soltera que era había aprendido a ser cautelosa en la gran ciudad. También a ella la habían protegido otras mujeres, así que era justo que ahora hiciera ella lo mismo. En los últimos tiempos, estaban robando muchos móviles…

—Margo…

La voz de Bea la hizo volver a la realidad.

—¿Sí?

—Transferencia confirmada. Ya tenemos el dinero en la cuenta.

—Habrá que ponerse a trabajar, entonces.

—¿Vas a volver a la oficina hoy?

—No, voy a Notting Hill —respondió ella.

—¿Vas a ver al señor Thornton?

—Creo que es quien más me puede ayudar a localizar el libro. Seguro que agradece el desafío.

Margo giró por una calle mucho menos concurrida. Aún tenía que andar un poco para llegar a la estación de metro, pero por lo menos por allí no había tantos turistas como en la calle principal.

Se volvió a mirar una vez más mientras caminaba, ahora con zancadas más largas.

Las adolescentes habían desaparecido y en su lugar vio a una familia, la madre discutiendo con sus hijos sobre la necesidad de subirse la cremallera del abrigo porque estaba nevando. El hombre de la chaqueta negra iba cincuenta metros por detrás de la familia.

Llevaba la cabeza baja para que no pudiera verle la cara, pero avanzaba por la acera con determinación.

Pero entonces, ¿por qué de repente aflojaba el paso?

Margo vaciló un momento con inquietud. También ella redujo un poco el paso para dejar que la adelantara.

No lo hizo.

Margo volvió a mirar hacia atrás.

La familia seguía allí, justo detrás de ella, pero no se veía al hombretón por ninguna parte.

Respiró aliviada y se le calmó el pulso.

A los pocos meses de instalarse en la ciudad le robaron en plena calle.

Ocurrió tan rápido que no se dio ni cuenta hasta que fue a pagar un café y se fijó en que no tenía la cartera.

Entonces recordó que alguien la había rozado al pasar junto a ella y que el asa del bolso se le había caído del hombro.

Aunque no le pasó nada, más allá de la pesadez de cancelar las tarjetas de crédito y renovar el documento de identidad, empezó a tener más cuidado por la calle.

Dobló una esquina y vio la señal del metro.

Seguro que iría a tope, sobre todo siendo hora punta. Tomaría la línea Victoria hasta Oxford Circus y allí haría transbordo a la línea Central, que la llevaría a Notting Hill Gate.

La librería estaba escondida en un rinconcito de Notting Hill, con su toldo verde y su puerta del mismo color, invitando al público a cruzar los adoquines y entrar a descubrir las aventuras que aguardaban entre las páginas de un libro para cambiarle la vida para siempre.

El señor Thornton llevaba décadas al frente de la librería y era una pieza clave en la comunidad literaria londinense.

Era la persona a la que acudir cuando buscabas un libro especial.

Puede que en su tarjeta de visita se leyera «librero», pero en la práctica era un historiador de libros.

Conocía todos los secretos y nunca le había fallado cuando tenía que encontrar uno particularmente difícil.

También era una especie de mentor para ella, uno de los colegas en su ámbito de trabajo que más admiraba por su dedicación, profesionalidad y pasión. Siempre había sido amable y servicial con ella, incluso cuando estaba empezando y poca gente la tomaba en serio por ser joven e inexperta.

Margo había empezado en redes sociales y se había especializado en encontrar antigüedades únicas que vendía gracias a su presencia en el ámbito online.

No consiguió saldar apenas nada del préstamo de estudios, pero sí le había servido para ganar seguidores y contacto con una clientela que constituían los cimientos de su empresa.

Uno de sus primeros clientes le llegó por una recomendación y la contrató para que le consiguiera una serie de libros de Dickens bastante raros.

Por entonces, Margo necesitaba con urgencia ingresos para levantar la empresa.

Había pedido ayuda a uno de sus profesores de la universidad, y fue él quien le recomendó que preguntara en la librería Thornton.

Jamás olvidaría la ayuda que le prestó y cómo la trató.

No era la primera vez que sufría un ataque del síndrome del impostor, y tampoco sería la última, pero hubo un momento en su carrera en que sintió que no iba a triunfar y que tendría que abandonar, y aquel librero la animó a seguir.

Margo abrió la puerta y la envolvió el familiar aroma a libro antiguo y a limón de la cera para pulir los muebles, mientras la campanilla dorada de la puerta avisaba de su llegada.

—Un momento —dijo una voz desde la trastienda, y, aunque no lo veía desde la puerta, Margo lo imaginó inclinado sobre un libro en su mesa de caoba.

En una ciudad en constante movimiento como Londres, le encantaban esos sitios tranquilos, esos pequeños refugios que te transportaban nada más entrar, donde las pequeñeces de la vida diaria desaparecían.

Margo se entretuvo examinando detenidamente las estanterías, tratando de recordar la última vez que había leído un buen libro.

Era uno de sus propósitos de Año Nuevo todos los años: leer más, ir en el transporte público desde su piso en Kensington hasta la oficina en Chelsea escuchando un audiolibro, apuntarse a un club de lectura, empezar de una vez por todas la interminable lista de libros que había ido apuntando mentalmente, por recomendación del señor Thornton y otras personas.

Cuando era más joven adoraba leer y pasar horas en librerías y bibliotecas.

Le encantaban los libros de misterio y se imaginaba que se colaba entre las páginas y ocupaba el lugar del protagonista.

Las aventuras que leía se convertían en propias y, aunque siempre había vivido en Virginia, en su desbordante imaginación viajaba a través del tiempo y el espacio, atravesando océanos y siglos.

¿Cuándo había cambiado su hábito de leer?

¿Cuándo había perdido la capacidad de imaginar?

¿En el máster tal vez? ¿Antes? Los estudios le habían quitado las ganas de leer por el placer de hacerlo.

Recordaba hacerlo para los exámenes, la cantidad de marcadores que había gastado subrayando las finísimas páginas de los libros de texto, el estrés de pensar que, si sus notas bajaban, perdería la beca.

Se acordaba de que leía de noche hasta que las letras se volvían borrosas y la cabeza le dolía de agotamiento.

No recordaba la última vez que había leído por placer.

Alargó la mano y acarició el lomo del libro que tenía delante.

—Ese es muy bueno. Creo que te gustaría.

Margo levantó la vista y se sorprendió al ver al señor Thornton de pie ante ella con cara de perplejidad.

Era imposible que pudiera ver las letras doradas del título desde donde se encontraba, pero no le sorprendió que supiera qué libro era solo por su posición en la estantería.

Conocía al dedillo cada ejemplar de su tienda.

—Te lo regalo —añadió el librero al tiempo que se acercaba a la estantería y sacaba la novela para entregársela.

La sensación familiar del libro en las manos encendió una chispa en su interior, el recuerdo de cuando era pequeña y su madre la llevaba a la biblioteca después del colegio.

Por entonces el hecho de poder hojear todos aquellos libros y llevárselos gratis a casa para estudiarlos le parecía cosa de magia.

Margo sonrió.

—Gracias.

—Un placer. Tienes pinta de necesitar un buen libro.

—¿Cómo lo sabe?