La historia perdida de Eva Fuentes 1 #2
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—Señor Greer —respondió ella, sosteniéndole la mirada.

Puede que él hubiera elegido el lugar, pero Margo se negaba a dejarse acobardar solo porque estuvieran en su terreno.

No tenía ningún interés en un cliente que iba a ser una pesadilla; mejor dejarle claro que su capacidad de aguantar el egocentrismo era limitada.

Un amago de sonrisa asomó a los labios del hombre. No se molestó en devolverle la mirada, como si ya hubiera visto todo lo que necesitaba saber de ella.

La mayor parte de la clientela le llegaba por referencias de personas que habían trabajado con ella anteriormente y otros contactos profesionales, lo que aseguraba un cierto grado de fiabilidad.

A Greer se lo había recomendado un marchante de arte de Nueva York con quien había colaborado en varias ocasiones.

Le había dicho que tenía mucho dinero y era conocido por su discreción.

No había visto nada objetable en su email, nada ilegal o inmoral, de modo que había accedido a reunirse con él.

Margo se sentó en la silla que le ofrecía y él hizo lo propio a continuación.

El maître se retiró sin hacer ruido, y en su lugar apareció un camarero que les tomó nota de la bebida y desapareció rápidamente.

—Tengo que encontrar algo que necesita mi jefe —dijo el hombre sin entretenerse en los cumplidos de rigor. Por algún motivo, el efecto no fue tan molesto como hubiera podido pensar. Encajaba con esa impaciencia que parecía irradiar.

Algunos clientes se habían convertido en amigos.

Le enviaban tarjetas navideñas y se interesaban por su vida, y últimamente alguno había intentado emparejarla con hombres que no le interesaban en absoluto.

Con otros la relación era puramente de negocios.

No tenía una preferencia. Cada tipo tenía sus beneficios.

En ocasiones agradecía poder hacer su trabajo y olvidarse.

En otras —cuando encontraba una reliquia familiar desaparecida o conseguía un regalo para una persona muy querida— se implicaba en la vida de sus clientes, como si tuviera un lugar en la periferia de sus vidas.

Porque Margo dedicaba tanto tiempo a trabajar y tan poco a su vida personal que, si le quitaban los contactos profesionales, la lista de personas en su móvil era muy pequeña.

Entonces, Greer era un intermediario. No le extrañaba que hubiera encontrado tan poca información sobre él. Apostaría lo que fuera a que era su jefe quien pertenecía al club. ¿Sabría el marchante de arte que había otra persona detrás de las adquisiciones? Por alguna razón pensó que no.

Había algo en su voz, una brusquedad que no encajaba con la elegancia del club. Le costaba ubicar su acento. Era estadounidense, sí, pero no conseguía asociarlo con una región concreta. O no había vivido mucho tiempo en un mismo sitio o se había esforzado en borrar las huellas de su origen.

Si el contacto que le había dado su referencia no se había dado cuenta de que se trataba de un intermediario, ¿qué otros detalles se le habrían escapado?

—No acepto encargos de artículos ilegales. Supongo que el señor Mitchell se lo habrá dicho. Tampoco participo en asuntos turbios. Dormir bien por la noche no está pagado con dinero. Yo decido el tipo de objetos que voy a adquirir.

No sería la primera vez que se lo sugiriesen.

El problema de ese negocio era que, en ocasiones, la gente se olvidaba de la integridad cuando deseaba algo con todas sus fuerzas y estaba dispuesta a lo que fuera con tal de conseguirlo.

Los coleccionistas podían obsesionarse realmente con aquello que deseaban, y Margo se había preguntado no pocas veces qué haría ella en su lugar, si habría algo por lo que estuviera dispuesta a hacer lo que fuera. No era capaz de imaginarlo.

Buscar objetos raros y valiosos tenía un lado peligroso.

Al fin y al cabo, algunos de los objetos que quería la gente valían muchísimo dinero, y cuando había dinero de por medio, las personas eran capaces de todo.

Ella tenía cuidado con los clientes que aceptaba y las piezas que debía buscar.

Había rechazado uno o dos encargos —a veces deseaba que hubieran sido más— en los que las cosas se adentraban en territorios en los que no se sentía cómoda.

Pese a la preocupación de su ex, Margo no era una persona temeraria que pusiera en peligro su seguridad, y su ambición personal no la había llevado nunca a aceptar encargos involucrados en asuntos turbios como el contrabando o el robo.

Greer volvió a sonreír.

—Por supuesto. Como muchos de sus clientes, mi jefe es un ávido coleccionista, el tipo de hombre que aprecia la belleza.

En los últimos tiempos, le interesan mucho los libros.

Y hay uno que tiene un valor sentimental para él.

Lleva tiempo buscándolo, pero es un título relativamente desconocido y no ha tenido mucho éxito.

Le gustaría que se encargara usted de encontrarlo.

Aquello la pilló por sorpresa. No se esperaba un libro.

Si bien había adquirido ediciones raras en alguna ocasión, los libros no eran su especialidad ni mucho menos. Pero no le pareció un encargo difícil, sobre todo cuando conocía a alguien que podía ayudarla a encontrarlo.

—Mi jefe ha autorizado veinte mil libras —añadió el hombre.

No era la cantidad más alta que le habían ofrecido por buscar un objeto, pero tampoco era baladí, teniendo en cuenta que el propio Greer había dicho que no era un título muy conocido.

—Veinte mil libras es una buena suma para algo que solo tiene un valor sentimental.

—Mi cliente es un hombre sentimental. Y reservado también. Nos han dicho que comprende usted bien la necesidad de discreción en estos asuntos.

—Así es.

El hombre sacó una hoja de papel doblada del bolsillo de la chaqueta y se la entregó sin decir palabra.

En el centro, escrito con letra negra mecanografiada, se leía el título seguido del nombre de la autora.

TIEMPO PARA OLVIDAR

Eva Fuentes

Jamás había oído hablar del libro ni de la autora.

—El asunto es un poco urgente. Se rumorea que el libro podría salir a la venta y que hay otras personas interesadas. Mi jefe quiere tenerlo antes de que salga a subasta y el precio suba de forma considerable o pierda la oportunidad por completo.

No era inusual que un cliente quisiera adquirir un objeto antes de que llegara a subastarse para evitar una guerra de pujas, como tampoco era extraño ocultar el interés en un artículo para evitar que llamara demasiado la atención. Pero tendría que darle algún otro dato, ¿no?

—Entiendo que a su jefe solo le interesa la primera edición. ¿Sabe cuántas copias del libro hay en circulación?

—Una.

—¿Una?

Margo estaba empezando a comprender por qué aquel hombre estaba dispuesto a pagarle el doble de su tarifa.

Greer asintió con la cabeza.

—Como le he dicho, no es un título muy conocido.

—Y aun así hay varias personas interesadas.

—Sí.

El primer objeto que había conseguido para un cliente fue un juego antiguo de mesa y sillas de comedor al que había seguido la pista por dos continentes.

Investigar el historial de ventas, localizar las piezas y notificar al cliente la buena noticia la había hecho sentir un poco como una detective.

La búsqueda había sido de lo más estimulante, puede que más si cabe que la satisfacción final de haberlo logrado.

Se le daba bien lo que hacía porque le encantaba.

—¿Cuándo se publicó? —preguntó Margo.

—En 1901.

—¿Cómo saben que todavía existe?

—Existe. Creemos que estuvo en Cuba en un momento dado, pero no volvió a saberse más tras la Revolución. Hasta ahora.

Le estaba ocultando algo, pero ella no se había creado una reputación a base de presionar a sus clientes para que le dieran información.

Le molestaba que no fuera transparente del todo con ella, pero no era ni mucho menos la primera vez que le ocurría, y tampoco sería la última.

Tendría que unir las piezas del puzle ella sola.

—¿Y si el precio sube? ¿O el dueño no está dispuesto a vender el libro antes de la subasta? ¿Hasta qué punto desea su jefe hacerse con él?

—Lo suficiente como para contratarla, señora Reynolds.

Su reputación la precede. Igual que su discreción.

Mi cliente no quiere que se difundan sus negocios personales.

Ni que la gente se entere de quién es y arriesgarse a que suba el precio.

Consígale el libro por una cantidad justa y estará contento.

Este podría ser el comienzo de una relación comercial beneficiosa para ambos.

Considérelo una prueba. Si todo va bien, tal vez la contrate para que adquiera más obras de arte valiosas para él. ¿Trato hecho?

Margo pensó en ello detenidamente. La perspectiva de trabajar más veces para ese cliente, el dinero que podía ganar… era tentador, y la emoción de la búsqueda la atraía como el canto de una sirena.

El cliente quería que le consiguiera un libro. ¿Qué peligro podía entrañar?

—Trato hecho.

—¿Qué tal la reunión? —le preguntó Bea por teléfono.

Bea llevaba trabajando con ella tres años, y Margo no se imaginaba la vida sin ella.

Había vacilado mucho antes de contratar a una asistente.

Después de llevar toda la vida ocupándose personalmente de sus cosas, le costaba mucho delegar responsabilidades en otra persona, confiarle detalles de su empresa, vital para su existencia.

Pero Bea era extraordinaria y en ningún momento había lamentado la decisión de contratarla.

Margo se apoyó el móvil en el cuello mientras se abrochaba los botones del abrigo.

Se había puesto a nevar de verdad durante la reunión y los copos empezaban a cuajar sobre el pavimento.

Soltó una palabrota sin poder evitarlo.

—¿Estás bien? —preguntó Bea.

—Sí, es que se ha puesto a nevar en serio.

Bea era londinense de pura cepa, por lo que entendía mejor que nadie lo que eso implicaba cuando estabas en una zona turística de la ciudad.

Por delante de Margo, la gente se paraba en medio de la acera, alucinada con los copos que caían.