La historia perdida de Eva Fuentes
© inepub.com
1
MARGO
Llegaba tarde.
No tarde para lo que suele considerarse normal —cuando Margo Reynolds miró el reloj Cartier de segunda mano que llevaba en la muñeca, comprobó con alivio que aún faltaban cinco minutos para la reunión—, pero sí para lo que era habitual en ella.
Aunque siempre tenía en cuenta lo impredecible de los desplazamientos por Londres a la hora de calcular el tiempo —retrasos en el metro, aceras llenas de turistas contemplando el paisaje, que se le atascara el tacón en una rejilla de la calle y tuviera que entrar en Harrods a comprarse otros zapatos—, no se le había ocurrido pensar que podían darse las tres cosas.
De modo que, a pesar del día frío y húmedo de diciembre, estaba sudando dentro del abrigo mientras caminaba a un ritmo a medias entre el paso ligero y el trote para llegar a su cita por fuerza de voluntad.
Algo húmedo le cayó en la cabeza.
Apartó la vista de delante un momento y miró al cielo, rogando que fuera un error, que no estuvieran ya ante la primera nevada del invierno.
El margen de cinco minutos se reducía cada vez más.
Otro copo de nieve —si es que podía llamarse nieve a esa mezcla aguada— le dio de lleno en la cara.
Tendría que haber pedido un taxi.
—¡¿Está nevando?! —exclamó una mujer.
Margo hizo una mueca al oír el chillido de emoción a su lado y la forma en que la palabra se extendió entre la multitud, con el mismo entusiasmo desaforado que se desataba entre los viajeros de un autobús turístico de dos plantas al ver a un famoso justo delante del vehículo.
Puede que Margo no fuera londinense de nacimiento, pero sí lo era por elección y, aun así, en días como ese, cuando las riadas de turistas abarrotaban las aceras, tenía que admitir que lo suyo con la ciudad era una relación de amor-odio.
Pero ¿acaso no pasaba lo mismo con todas las ciudades?
No te ponían fácil amarlas. No, exigían sacrificio, que tuvieras que currártelo para poder darte el gusto de decir que era tuya, tu casa.
Y justo cuando tenías un día horrible y pensabas: «Tendría que irme a vivir a un sitio más tranquilo y fácil», te regalaban un momento de pura magia en forma de precioso escaparate navideño o de comida perfecta o de conexión inesperada con un desconocido, y quedabas atrapado sin remedio.
Londres la tenía bien agarrada, quisiera ella o no.
Margo giró por la primera calle y lo vio allí delante, a la derecha, tal y como se lo había descrito Bea, su asistente, cuando le dio los datos de la reunión.
No había número ni nombre en la entrada, tan solo una sencilla puerta negra sin pretensiones, con un portero delante vestido con un impecable abrigo negro que desafiaba a los copos de nieve a rozarlo siquiera.
Margo inspiró profundamente para tranquilizarse y miró el reloj una vez más.
Tres minutos.
No era ni mucho menos lo ideal, pero nadie podría decir que era una tardona.
Se acercó a la puerta del club y contuvo la tentación de atusarse el pelo, no fuera a habérselo estropeado el copo de nieve.
Los pequeños inconvenientes del día desaparecieron en un instante; las inseguridades que la incordiaban hasta altas horas de la noche quedaron arrinconadas en los confines de su mente.
No era lugar para que le entrase un ataque de síndrome del impostor, ni momento para especular si la tomarían en serio por ser joven y mujer, como tendían a hacer muchos de sus clientes.
Margo se había ganado a pulso su reputación y cada vez que se encontraba en esa situación, a punto de entrar e impresionar, se animaba recordándose que se había esforzado mucho para llegar donde estaba, y eso nadie podría arrebatárselo.
Dio su nombre al hombre de la puerta, y su acento estadounidense le pareció un poco fuera de lugar en aquel bastión de todo lo que parecía representar el territorio de la alta sociedad británica.
Había clubes como ese repartidos por la ciudad, donde atendían todas las necesidades de una clientela que buscaba en muchos casos marcar distancias.
Margo siempre sería una intrusa allí, pero había conseguido aceptar su posición con los brazos abiertos en vez de rehuirla.
Si la reunión la hubiera organizado ella, habría elegido un lugar donde pudiera vigilar los detalles, donde se sintiera cómoda y consciente de que era ella quien controlaba la situación, pero el cliente le había pedido que se acercara a su club alegando discreción, y a veces se hacían concesiones.
Sobre todo cuando aún no había terminado de pagar el crédito de estudios, y eso que hacía seis años que había salido de la universidad.
Siempre era igual antes de la reunión de presentación con un cliente.
Adquirir objetos de valor —obras de arte, joyas, antigüedades y otras cosas por el estilo— no era una batalla campal, pero, teniendo en cuenta algunas negociaciones en las que había participado, el escozor de la derrota y también el orgullo de la victoria, a veces lo parecía.
Cuando dirigías tu propio negocio, cuando eras tu propia marca, tus éxitos y tus fracasos descansaban sobre tus hombros.
A veces resultaba empoderador, como si tuviera el poder de decidir su propio futuro.
Otras, la presión amenazaba con hundirla.
Había intentado por todos los medios reducir los gastos generales de su empresa, Reynolds Acquisitions.
Tenía solo una empleada, su asistente Bea, y una oficina alquilada en Chelsea para dar buena imagen a los clientes, como el reloj que llevaba en la muñeca y la ropa que había seleccionado con mucho cuidado.
El hombre de la puerta la condujo hasta otro que le pidió que lo acompañara por un estrecho pasillo revestido de madera con retratos enmarcados a ambos lados, de antiguos miembros quizá.
Desde luego, tenían todo el aspecto de la clase de hombres que frecuentarían un club como ese; su evidente desprecio era capaz de atravesar el óleo y el lienzo.
Por dentro, el sitio era tan pequeño como parecía desde fuera, claro que teniendo en cuenta que estaban en un barrio céntrico de la ciudad, las propiedades inmobiliarias se habían puesto por las nubes, incluso para los asquerosamente ricos.
La asaltó de inmediato el olor que asociaba con las tiendas de antigüedades, los artículos de lujo y los clubes exclusivos como ese.
Era el olor de la historia y el dinero, y la certeza de que debajo de todas aquellas capas de madera, cítricos y humo se escondían secretos y escándalos.
Al final del pasillo aguardaba otro hombre, vestido con traje verde, que le quitó el abrigo negro bajándoselo por los hombros hábilmente, con la práctica de quien lo había hecho miles de veces.
Se respiraba una callada eficiencia, un aire de riqueza que había notado nada más llegar ante la puerta lacada.
Sus tacones nuevos repiqueteaban en el suelo de madera.
Inspiró profundamente una, dos veces, y consiguió liberar un poco la rigidez del cuello y los hombros.
Llevaba siglos sin ir a pilates por las exigencias de una agenda colmada de viajes, y la tensión era un indicador de que necesitaba descansar.
La elección del lugar para reunirse dejaba bien claro que era un cliente con contactos. El informe que llevaba consigo era más fino de lo que le habría gustado, pero a veces eso pasaba en el terreno en el que se movía.
Además, la cantidad de dinero que le estaba poniendo delante era tremendamente alta, igual que el coste de la vida en Londres.
Margo entrelazó las manos, tratando de contener la mezcla de ansiedad y expectación que le recorría el cuerpo. Se tocó el dedo anular con la intención de hacer girar el anillo de compromiso y la alianza, pero no encontró nada.
Divorciarse también era tremendamente caro.
En su profesión, el secretismo a veces estaba justificado —un cliente importante ansioso por ocultar su identidad—, y a veces era más una imaginación portentosa, un deseo envuelto en un halo de misterio, lo que impulsaba la necesidad del posible comprador.
Algunos clientes se limitaban a escribirle austeros correos electrónicos de una línea sin preocuparse por las pesquisas necesarias, centrados únicamente en el objetivo final.
En cambio, otros parecían disfrutar más con la investigación que con la adquisición del artículo en sí, lo veían como una especie de búsqueda del tesoro y les encantaba exaltar el romanticismo y la intriga de la misión, como si para ellos fuera una placentera forma de evasión del tedio de la vida cotidiana.
Cuando llegaron al final del pasillo, el hombre la acompañó hasta un acogedor comedor con media docena de mesas redondas cuidadosamente distribuidas. Solo dos estaban ocupadas: una por un grupo de hombres cuyas risas se oían en toda la sala; la otra, por una sola persona.
Supuso que sería su nuevo cliente.
El hombre estaba de espaldas a la pared y miraba hacia la puerta.
Vestía un traje gris azulado de apariencia cara y camisa blanca, pero el botón del cuello estaba desabrochado y no llevaba corbata, lo que dejaba a la vista un tono bronceado que, desde luego, no había podido adquirir en el sombrío invierno londinense.
Se levantó con expresión expectante. Margo estaba segura de que él también se habría documentado sobre ella y que habría conseguido más información que ella sobre él, pues pareció reconocerla al instante.
El hombre —William Greer, según había apuntado Bea en su agenda— tendría unos diez años más que ella, cuarenta y pocos tal vez; el pelo muy corto dejaba a la vista algunas canas en las sienes.
La postura, la forma de seguirlos con la mirada a ella y al resto de los presentes en el comedor y el cuerpo tenso y alerta, incluso en ese ambiente relajado, le daban un aire militar.
No parecía que se hubiera criado entre clubes privados como ese.
Desde luego, no se lo veía muy cómodo pese a haber sido él quien había sugerido que se reunieran allí.
—Señora Reynolds —saludó con acento estadounidense.