CAPÍTULO XX #2
—No empieces.
—Tienes razón.
Aquello me sorprendió.
No intentó convertirlo en una señal.
No intentó explicar nada.
Simplemente guardó silencio.
Abrí el manuscrito.
—Está aquí.
Ernest miró las páginas.
—¿Argos?
—Todos.
Pasé algunas.
—Samuel. Sara. AnaBel. Personas que ni siquiera llegaste a conocer.
—¿Y yo?
Lo miré.
—También.
Su rostro cambió.
—¿Has escrito mi nombre?
—Sí.
—¿Por qué?
Cerré el libro.
—Porque esta historia no consiste en borrar a los culpables. Consiste en que nadie pueda esconder lo que hizo.
Ernest bajó los ojos.
—¿Quieres que te perdone? —pregunté.
Negó.
—No tengo derecho a pedírtelo.
—No sé si podré hacerlo.
—Lo entiendo.
—No. Tampoco conviertas esto en algo que te haga sentir mejor.
Levantó la mirada.
—Tienes razón.
Por primera vez no vi al anciano, ni al hombre de la fotografía, ni siquiera al padre que había conocido.
Vi las tres cosas a la vez.
Y entendí que aquello era precisamente lo difícil.
Me levanté.
Ernest permaneció sentado.
—Estoy orgulloso de ti —dijo.
Me detuve junto a la puerta.
Aquella frase, pronunciada años antes, habría significado muchísimo.
Entonces significaba otra cosa.
Me volví.
—Pues deberías haberme dado motivos para estar orgulloso de ti.
No respondió.
Puse la mano sobre el pomo.
—Adiós, papá.
Sus labios temblaron.
—Adiós, Arian.
Salí.
No lo abracé.
Tampoco lo odié.
Y cuando cerré la puerta comprendí que no acababa de despedirme de mi padre. Me había despedido del hombre que durante toda mi vida había creído que era.
Ernest seguía vivo. Lo que había muerto era la necesidad de inventarlo.
Laura llamó una semana después.
Hacía mucho que nuestras conversaciones se reducían a los hijos, cumpleaños, horarios y esas cuestiones prácticas con las que dos personas demuestran que han aprendido a quererse de otra manera.
—Clara dice que estás escribiendo un libro.
—Clara habla demasiado.
—Eso viene de ti.
—Entonces Daniel debería ser mudo.
Laura comenzó a reír.
—Quieren verte.
Aquello me sorprendió.
—Pueden venir cuando quieran.
Hubo una pausa.
—Arian, llevan tiempo pudiendo.
No había reproche en su voz.
Y quizá por eso me dolió más.
—Ya.
—Has estado bastante lejos últimamente.
Miré hacia el rincón vacío del salón.
—Lo sé.
Clara y Daniel vinieron aquel domingo.
Mis hijos entraron casi al mismo tiempo, pero Clara fue la primera en mirar hacia el lugar donde solía dormir Argos.
—Se hace raro.
—Sí.
Daniel dejó una bolsa sobre la mesa.
—He traído sus chuches.
Después pareció darse cuenta.
—Joder. Perdón.
Negué.
—Déjalas.
Las dejó junto al armario donde había guardado el cuenco.
No pregunté por qué.
Nos sentamos los tres.
Al principio hablamos de cualquier cosa menos del libro. Después Clara terminó señalando el manuscrito.
—¿De qué va?
Pensé en la respuesta.
—De gente que no quería desaparecer.
—¿Y tú sales?
—Demasiado.
Sonrió.
—Entonces quiero leerlo.
—Eso debería disuadirte.
Daniel cogió un taco de páginas.
—¿Puedo?
—Cuando esté acabado.
—¿Y cuándo va a estarlo?
Miré todo lo que todavía quedaba por escribir.
—Cuando deje de tener miedo de poner el último punto.
Clara me observó durante un instante.
—Pues ponlo.
No lo hice aquel día.
Pero empecé a creer que podría.
Samuel murió unas semanas después.
Fue tranquilo.
Dormido.
AnaBel me llamó por la mañana.
No lloré al recibir la noticia.
Lloré cuando abrí el libro y encontré su nombre.
Ya estaba allí.
También Sara.
También AnaBel.
También Ernest.
También Argos.
Entonces comprendí para qué estaba escribiendo. No podía impedir que murieran. Podía impedir que desaparecieran del todo.
Terminé La historia olvidada una madrugada. Más de doscientas páginas. La última historia que revisé fue la de Argos.
No porque fuera la más importante. Porque era la única que todavía no era capaz de leer sin detenerme.
Cuando acabé miré la hora del teléfono.
3:15.
Sonreí.
—Claro.
Ya hablaba solo con bastante naturalidad. Supongo que Argos me había dejado esa costumbre.
Corregí una frase.
3:16.
Puse el último punto.
Después esperé.
3:17.
No ocurrió nada.
La luz permaneció encendida.
Ningún reloj se detuvo.
No apareció nadie al otro lado de la habitación.
El viejo reloj de bolsillo continuó funcionando sobre la mesa.
3:18.
Me eché hacia atrás.
Y entonces lo entendí.
Durante todo aquel tiempo había pensado en las 3:17 como una señal, una puerta o una hora imposible que intentaba conducirme hacia algo.
No.
Era una herida.
El momento en que Ernest había regresado a Valdemora, pronunciado nombres que llevaban décadas enterrados y escrito el mío junto a H.K.
Todos habían quedado atrapados allí de alguna manera.
Ernest. Fina. AnaBel. Samuel.
Incluso yo, aunque hubiera tardado casi cuarenta años en recordarlo.
Mi trabajo nunca había consistido en averiguar cómo detener el reloj a las 3:17. Había consistido en conseguir que siguiera avanzando.
Me levanté para preparar café.
Entonces recordé las palabras de Ernest. Cuando termines el libro, vuelve a leer la primera frase.
Busqué entre mis notas la copia que había hecho del verso del primer libro y la coloqué delante de mí.
Leí:
«Cuando el viento frío venga a buscarte, siéntate a mi lado y no le hables. Cuando el viento álgido quiera llevarte, cierra los ojos y no te levantes. Cuando el viento helado finalmente te atrape, abre los ojos, quizás al otro lado encuentres la llave».
Lo había leído decenas de veces.
Aquella madrugada fue la primera en que dejó de parecerme un acertijo.
El viento frío era el olvido.
Siéntate a mi lado. Samuel. Sara. AnaBel.