CAPÍTULO XX
E nterramos a Argos al día siguiente.
AnaBel no necesitó preguntarme dónde quería hacerlo.
Cuando llegamos a Valdemora caminó directamente hacia la higuera bajo la que habíamos hablado por primera vez y señaló un espacio de tierra a pocos metros.
Samuel y Sara estaban allí. También don Marcos y Abel.
Naira vino conmigo. Fina continuaba ingresada y todavía no podía permanecer demasiado tiempo despierta, pero cuando le conté lo ocurrido cerró los ojos y lloró en silencio.
—Era… bueno —consiguió decir.
—Sí, mamá.
Movió una mano hasta encontrar la mía.
—Mucho.
—Mucho.
Después guardó silencio durante un momento.
—Cuídalo.
No pude responder enseguida.
—Ya no puedo.
Fina negó despacio.
—Historia.
Entonces entendí.
—Sí. Esa sí puedo cuidarla.
Asintió.
Se lo prometí.
En Valdemora envolvimos a Argos en la manta azul de la habitación 317.
No quise poner nada más. Ningún collar especial, ninguna placa, ninguna de las cosas que los humanos necesitamos cuando intentamos convencer al mundo de que alguien nos perteneció.
Antes de cubrirlo saqué una copia de la página del libro donde había escrito su nombre y la dejé junto a él.
ARGOS
Se quedó cuando los demás tuvieron miedo.
Me agaché.
Durante varios segundos fui incapaz de hacer nada.
Después apoyé una mano sobre la manta.
—Esta vez sé volver solo.
Cogí un puñado de tierra.
Lo dejé caer.
Samuel fue el siguiente. Permaneció frente a la tumba durante mucho tiempo y, cuando terminó, dijo algo que me acompañaría durante meses.
—Los perros buenos siempre vuelven.
Sara le acarició el brazo.
Yo miré la tierra recién removida. Quizá.
Pero Argos ya había vuelto demasiadas veces.
Tenía derecho a descansar.
Las semanas siguientes escribí.
Al principio pensé que el silencio de mi apartamento sería insoportable, pero descubrí que el problema no era el silencio.
Eran algunas costumbres. Abrir la puerta y apartar automáticamente la pierna para dejar espacio.
Mirar hacia el rincón del salón antes de recordar que ya no había nadie allí.
Guardar un trozo de comida y descubrir, segundos después, por qué lo había hecho.
Durante varios días dejé su cuenco donde estaba.
No porque creyera que iba a volver.
Simplemente todavía no quería moverlo.
Después una mañana lo lavé, lo sequé y lo guardé en un armario.
Lloré más haciendo aquello que el día que lo enterramos.
Supongo que las despedidas funcionan así. Las grandes ocurren una vez. Las pequeñas continúan durante mucho tiempo.
Seguí yendo a Valdemora. Sara me habló de una mujer que le enseñó a esconder pequeños papeles en el forro de la ropa. AnaBel abrió cajas que llevaba décadas sin tocar y don Marcos me entregó documentos que nunca había enseñado fuera de aquel lugar.
Había cartas.
Fotografías.
Dibujos infantiles.
Billetes de tren.
Una cinta para el pelo.
Una receta escrita a mano.
Un botón envuelto cuidadosamente en papel.
Aquellos objetos fueron los que terminaron cambiando mi forma de escribir.
Hasta entonces había pensado demasiado en víctimas.
Dejé de hacerlo.
Antes de ser víctimas habían sido hijos, madres, hermanos, amigos. Personas que se enamoraban de quien no debían, discutían por estupideces, se quedaban dormidas, perdían trenes, tenían comidas favoritas y soñaban con trabajos que nunca llegaron a ejercer.
No quería escribir solamente cómo sufrieron. Quería escribir que habían vivido.
A partir de entonces el libro empezó a parecerse menos a un archivo y más a una historia. La suya.
Fina mejoraba despacio. Muy despacio.
Había días en que conseguía construir varias frases seguidas y otros en los que una palabra parecía demasiado pesada.
Naira y yo dejamos de fingir que nuestras visitas coincidían por casualidad.
Empezamos tomando café juntos en la cafetería del hospital.
Después llegamos a sentarnos a la misma mesa sin necesitar una excusa.
No solucionamos veinte años en una semana.
Tampoco hacía falta.
Una tarde, mientras Fina dormía, Naira me miró por encima de su vaso.
—Sigues teniendo la misma cara cuando estás preocupado.
—¿Qué cara?
—La de papá.
La frase me molestó más de lo que debería.
Naira lo notó.
—No he dicho que seas él.
—Ya.
—Pero has pensado que lo decía.
No respondí.
Mi hermana dejó el vaso.
—Arian, parecerte a alguien no significa convertirte en él.
Aquellas palabras me recordaron las de nuestra madre.
Tú eliges.
Días después fue la propia Fina quien terminó de explicármelo. Estábamos solos cuando consiguió pronunciar una frase casi completa.
—Te pareces… demasiado a él.
—¿A papá?
Asintió.
Esta vez no aparté la mirada.
—¿Eso es malo?
Fina negó.
Me cogió la mano.
—Tú eliges… distinto.
Comprendí entonces algo que durante semanas me había negado a aceptar.
Ernest era mi padre.
Podía querer al hombre que me había criado y condenar al hombre que había existido antes. Una cosa no convertía la otra en mentira.
No necesitaba hacerlo inocente para conservar mis recuerdos.
Tampoco necesitaba odiarlo para demostrar que sabía lo que había hecho.
Y mucho menos perdonarlo para continuar viviendo.
Solo había algo que todavía debía hacer.
Hablar con él.
Esperé hasta haber escrito casi ciento ochenta páginas.
Quizá fue otra excusa.
Conduje hasta el pequeño pueblo de Toledo donde vivía Ernest una mañana gris.
Durante todo el trayecto tuve el impulso de dar media vuelta varias veces, pero después de atravesar media España persiguiendo estaciones, teatros, faros y sanatorios, huir de una casa con dos macetas junto a la puerta habría sido difícil de justificar incluso para mí.
Llamé al timbre. Tardó en abrir.
Cuando lo hizo me pareció más pequeño que la última vez.
—Arian.
Sus ojos bajaron hasta la mochila.
No sonrió.
—Pasa.
Entré.
La casa seguía igual. El reloj del salón marcaba las once y veinte y me sorprendí comprobando automáticamente que avanzaba.
Ernest señaló el sofá.
—¿Quieres café?
—No.
—¿Algo de comer?
—No he venido a comer.
Asintió despacio.
Como si hubiera esperado aquellas palabras durante muchos años. Saqué el manuscrito de la mochila y lo dejé sobre la mesa.
Mi padre lo miró.
—Lo has encontrado.
Negué.
—No. Lo he escrito.
Ernest cerró los ojos un instante.
—Entonces ya sabes.
—Sé bastante.
Me senté frente a él.
—He estado en Valdemora.
Sus manos se tensaron.
—AnaBel.
—Sigue viva.
—¿Samuel?
—También.
—¿Sara?
—También.
Respiró hondo.
—Me alegro.
Sentí aparecer la rabia.
—¿Te alegras?
—No tengo derecho a hacerlo. Pero sí.
Saqué una copia de la fotografía y la dejé delante de él.
—Sé quién fuiste.
No intentó apartarla.
—Sé lo que hiciste.
—No sabes todo.
—Por eso estoy aquí.
Silencio.
—¿Marcaste personas?
Ernest bajó la cabeza.
—Sí.
Aquella palabra fue pequeña.
Demasiado pequeña.
—¿Las torturaste?
Tardó en responder.
—Participé en cosas que ningún ser humano debería hacerle a otro.
—Eso no responde.
Levantó los ojos.
—Sí.
No sentí nada durante unos segundos.
Después sentí demasiado.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
—Toda mi vida te defendí.
—Lo sé.
—Cuando mamá se separó de ti me puse de tu lado.
—Lo sé.
—Dejé de escucharla por ti. Me alejé de Naira por ti.
—Lo sé.
Me giré.
—¡Deja de decir que lo sabes!
Ernest agachó la cabeza.
Esperé hasta recuperar el control.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
Tardó mucho.
—Porque quería que me quisieras.
Aquello hizo más daño que cualquier documento.
Volví a sentarme.
—¿Eso es todo?
—No.
—Pues sigue.
—También tenía miedo.
—¿De ir a la cárcel?
Negó.
—De que me miraras como me estás mirando ahora.
—¿Y qué esperabas?
—Nada. Eso era lo cobarde.
Lo observé durante unos segundos.
—Volviste a Valdemora en 1987.
—Sí.
—Me llevaste contigo.
—Sí.
—¿Por qué?
Ernest cerró las manos.
—Porque tú todavía no sabías odiarme.
Me quedé inmóvil.
—Eso fue miserable.
—Sí.
No intentó justificarse.
—Te utilicé para entrar allí siendo algo más que el hombre que ellos recordaban. Quería que alguien me mirara y viera a un padre.
—Tenía nueve años.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Mi voz salió mucho más baja.
—Porque yo llevo casi cuarenta años intentando recordar una noche que tú elegiste por mí.
Ernest empezó a llorar.
No me moví.
—Fina llegó después.
Asintió.
—Descubrió adónde te había llevado y nos siguió. Cuando te vio allí quiso sacarte inmediatamente.
—Y tenía razón.
—Sí.
—¿Qué ocurrió a las 3:17?
—Se fue la luz.
—Eso ya lo sé.
Ernest miró hacia la mesa.
—Yo acababa de escribir tu nombre.
—Junto a H.K.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque había entendido lo que aquellas letras habían terminado significando.
—Un relevo.
Asintió.
—Yo no podía serlo.
—¿Por qué?
Me miró.
—Porque habría escrito cada página intentando justificarme.
No esperaba esa respuesta.
—Conservar sus historias no podía convertirse en mi forma de limpiar la mía.
Señalé el manuscrito.
—Así que decidiste que lo hiciera yo.
—No.
—Escribiste mi nombre.
—Esperé que algún día quisieras hacerlo. No tenía derecho a decidirlo.
—Pero preparaste cosas.
—Sí.
—La caja.
—Sí.
—El reloj.
—Sí.
—Algunos documentos.
—Sí.
—¿La placa?
Asintió.
—¿La estación?
Dudó.
—Sabía cosas sobre ella. No preparé lo que tú viste allí.
—¿El teatro?
—No.
—¿El observatorio?
—No.
—¿El sanatorio?
—Conocía su existencia. Nada más.
Me incliné hacia delante.
—¿El primer libro verde?
Su expresión cambió.
—No.
—¿Nunca lo tuviste?
—Nunca.
—¿Sabes de dónde salió?
—No.
—¿Quién escribió el verso?
—No.
—¿Quién utilizó H.K. por primera vez?
—Tampoco.
—¿Y Argos?
Por primera vez apareció auténtico miedo en sus ojos.
—No.
Tragué saliva.
—Conociste un perro en 1987.
—Conocí a uno igual.
—¿Era él?
Ernest negó despacio.
—Si te dijera que sí, estaría mintiendo.
—¿Qué recuerdas?
No necesitó pensar.
—Que apareció cuando volvió la luz. Que estabas llorando y dejaste de hacerlo cuando se sentó a tu lado. Y que cuando Fina consiguió sacarte de allí tú no querías separarte de él.
Miré hacia el suelo.
—Argos murió.
Ernest cerró los ojos.
Tardó varios segundos en volver a abrirlos.
—Lo siento.
No respondí.
—Lo enterramos en Valdemora.
Una lágrima bajó por la mejilla de mi padre.
—Entonces volvió.