CAPÍTULO XIX
A quella noche dormí en el suelo.
No fue una decisión consciente. Me había sentado junto a Argos después de regresar de la biblioteca y terminé apoyado contra el sofá, con una mano sobre su costado.
En algún momento debí quedarme dormido porque, cuando abrí los ojos, la luz de la mañana entraba entre las persianas y tenía el cuello completamente rígido.
Argos seguía allí.
Durante unos segundos aquello fue suficiente.
—Buenos días.
Movió ligeramente la cola.
—No te esfuerces. Tampoco es que yo haya hecho mucho más.
Intenté incorporarme y entonces me di cuenta de que algo no iba bien.
Normalmente bastaba con que yo me levantara para que él hiciera lo mismo. A veces incluso antes, como si cualquier movimiento mío pudiera terminar de forma imprevisible en un paseo, comida o alguna nueva decisión estúpida.
Aquella mañana no se movió.
Me agaché.
—Vamos, compañero.
Le acaricié detrás de las orejas. Abrió los ojos e intentó levantarse.
Las patas delanteras respondieron, pero las traseras apenas pudieron sostenerlo. Dio un paso y volvió a tumbarse.
Sentí un frío inmediato.
—No.
No sé por qué dije aquello.
Como si negarlo pudiera cambiar algo.
Fui a por agua y acerqué el cuenco. Bebió muy poco. Después dejó caer el hocico sobre la manta. La manta azul.
La misma que habíamos sacado de la habitación 317.
La había extendido junto a él la noche anterior casi sin pensarlo y, por primera vez, comprendí que quizá nunca había sido simplemente una manta.
Cogí el teléfono.
La veterinaria nos recibió antes de abrir la clínica.
No preguntó demasiado cuando me vio entrar con Argos en brazos.
—Déjalo aquí.
Lo tumbamos sobre la mesa.
Argos no protestó.
Aquello me asustó más que cualquier otra cosa.
Le tomó el pulso, escuchó el corazón durante mucho tiempo y después pidió varias pruebas. Yo permanecí a su lado mientras las hacía, acariciándole la cabeza y diciéndole tonterías que probablemente solo servían para que yo pudiera seguir respirando.
—Te dije que nada de aventuras.
Argos abrió los ojos.
—Exactamente. Ahora no me mires así.
La veterinaria volvió con los resultados.
No necesitó sentarse para que yo supiera que no eran buenos.
—Arian…
—Dímelo.
Miró a Argos.
—Su corazón está muy débil.
—¿Por la herida?
—No.
—¿Entonces?
Tardó unos segundos.
—No sé cómo explicártelo sin sonar extraña.
Eso, después de las últimas semanas, ya no me preocupaba demasiado.
—Inténtalo.
—Su organismo presenta un desgaste que no corresponde con la edad que figura en la documentación.
La miré.
—¿Qué significa?
—Que, si me limitaras a enseñar estas pruebas sin decirme nada del perro, pensaría que estoy viendo un animal muchísimo más viejo.
—¿Cuánto?
Negó.
—No puedo darte una edad. No funciona así.
Miré a Argos.
—Ayer estaba bien.
—Probablemente llevaba tiempo compensándolo.
—¿Se puede hacer algo?
La veterinaria guardó silencio.
Ya tenía la respuesta.
—Algo habrá.
—Podemos intentar estabilizarlo. Medicación, ingreso, oxígeno… quizá conseguir algo de tiempo.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—¿Días?
No respondió.
—¿Horas?
Me miró.
—Puede ser.
Bajé la cabeza.
Argos tenía los ojos abiertos.
No parecía asustado.
Era yo quien lo estaba.
—¿Le duele?
—No parece tener dolor. Está cansado. Cansado.
La palabra me destrozó más que cualquier diagnóstico.
Durante semanas lo había llevado detrás de mí por estaciones abandonadas, carreteras, teatros, montañas, un faro, un acantilado y un sanatorio oculto junto al mar.
Había cruzado puertas antes que yo, había entrado en habitaciones que me daban miedo y se había quedado a mi lado cada vez que mi primera reacción había sido salir corriendo.
Y estaba cansado.
—Puedo ingresarlo —dijo la veterinaria—. Pero si decides llevártelo contigo, tampoco sería una mala decisión.
Levanté la vista.
—¿Qué harías tú?
Me respondió sin esconderse detrás de ninguna frase profesional.
—Si fuera mío, me quedaría con él.
Asentí.
—Entonces viene conmigo.
Lo llevé en brazos hasta el coche.
No pesaba menos que otras veces.
Pero me pareció que sí.
Lo acomodé en el asiento trasero sobre la manta azul y me quedé un momento con la puerta abierta.
—Tenemos que ir a un sitio.
Movió la cola apenas unos centímetros.
—Uno solo.
Arranqué.
Durante el camino pensé en Valdemora, pero algo me hizo continuar.
No quería llevarlo allí todavía.
Había otro lugar.
El primero que realmente había compartido con él.
La biblioteca.
Llamé a don Marcos desde el coche.
—Necesito entrar.
—Está abierta.
—No a la biblioteca.
Silencio.
—A la sala.
Marcos comprendió.
—¿Argos?
No sé qué escuchó en mi voz.
—Sí.
No preguntó nada más.
—Estaré esperando.
Abel fue quien abrió la puerta lateral.
Cuando me vio bajar con Argos en brazos dejó de hablar.
—No hace falta que digas nada —le dije.
Asintió.
Se acercó para ayudarme.
—Puedo llevarlo.
—No.
Me salió demasiado rápido.
—Perdona.
—No pasa nada.
Entramos.
La biblioteca estaba casi vacía. Subimos hasta la octava planta en silencio.
Había hecho aquel recorrido cientos de veces, pero nunca me había parecido tan largo.
Argos permanecía inmóvil entre mis brazos, con la cabeza apoyada contra mi pecho.
Cada número que se iluminaba sobre la puerta del ascensor parecía tardar demasiado en desaparecer.
Cuando llegamos a la octava planta, las puertas se abrieron y don Marcos nos esperaba junto al corredor que conducía a la Sala de los Libros Olvidados.
Miró a Argos y después a mí.
—El veterinario…
—El corazón.
No necesité explicarle más.
Marcos bajó la mirada.
—Arian…
—No.
Me detuve.
—Necesito preguntarte algo.
—Lo que sea.
—¿Argos formaba parte de todo esto?
Marcos tardó menos de un segundo.
—No.
Lo miré.
—Dímelo otra vez.
—Él no formaba parte del plan. Nunca.
Aquello era lo único que necesitaba escuchar.
Seguí caminando.
Abel abrió la puerta de la Sala de los Libros Olvidados y después se apartó.
—Estaremos fuera.
No contesté.
Entré con Argos.
La sala había cambiado mucho desde la primera vez que la vi. Ya no era aquel lugar lleno de polvo, cajas y libros amontonados sin ningún orden. Seguía oliendo a papel viejo, pero ahora podía caminar entre las estanterías sin tropezar cada tres pasos.
Me pareció injusto que estuviera tan ordenada.
Como si el mundo no tuviera derecho a seguir colocando las cosas en su sitio.
Extendí la manta azul en el suelo y lo tumbé sobre ella.
Después me senté a su lado.
Durante un rato no hice nada.
No necesitaba hacerlo.
Argos respiraba despacio.
Yo tenía una mano sobre su pecho.
—¿Sabes que nunca llegué a averiguar quién eres?
Abrió los ojos.
Sonreí.
—Sí. Ya sé que te importa bastante poco.
Le acaricié la cabeza.
—Treinta y nueve años. Cinco. Siete. Cien. A estas alturas podrías decirme que estabas con Colón y tampoco me sorprendería.
Su respiración cambió ligeramente.
—Aunque te aviso de que no pienso investigar eso.
Me quedé callado.
El silencio de la sala ya no me resultaba incómodo.
—Al principio pensé que habías aparecido para llevarme a algún sitio.
Tragué saliva.
—Después pensé que eras otra pista. Algo que tenía que resolver.
Argos mantenía los ojos cerrados.
—Qué idiota.
Pasé los dedos por su cabeza.
—No eras ninguna pista.
Me costó continuar.
—No necesito saber si eras aquel perro de 1987. No necesito saber cómo llegaste a Valdemora, por qué conocías el sanatorio ni cómo demonios encontraste tantas veces el camino antes que yo.
Respiré profundamente.
—Eres mi perro.
Abrí la boca y tuve que esperar unos segundos.
—Eres mi amigo. Y con eso me basta.
Argos abrió los ojos.
Aquella mirada era la misma de siempre.
No había misterio.
No había años imposibles.
Solo él.
Y yo.
—¿Te acuerdas del parque?
Movió ligeramente una oreja.
—Yo intentando rodearte como un imbécil y tú mirándome como si ya supieras que ibas a acabar conmigo.
Sonreí entre lágrimas.
—Supongo que me elegiste entonces.
Apoyé la frente contra la suya.
—Buena elección tampoco fue.
Su cola golpeó una vez la manta.
Una.
Me reí.
—Eso ha sido ofensivo.
Permanecimos así mucho tiempo.
No sé cuánto.
En algún momento saqué el libro negro de la mochila y lo dejé junto a nosotros.
No lo abrí.
Por primera vez no quería escribir.
Quería recordar.
Argos corriendo delante de mí.
Argos esperando frente a una puerta.
Argos con aquel impermeable rosa que jamás me perdonaría haberle comprado.
Argos durmiendo junto al sofá.
Argos mirando por la ventanilla.
Argos entrando primero donde yo no quería entrar.
Argos volviendo la cabeza para comprobar que yo seguía detrás.
Siempre hacía eso.
Avanzaba.
Y después miraba.
Como si necesitara asegurarse de que no me había perdido.
Noté que su respiración se hacía más lenta.
—Eh.
Abrió los ojos.
—Estoy aquí.
Deslicé una mano debajo de su cabeza.
—No te preocupes.
No sé si se lo decía a él.
—No tienes que llevarme a ningún sitio más.
Las palabras salieron casi en un susurro.
—De verdad.
Me incliné hacia él.
—Ya he llegado.
Argos me miró.
Después cerró los ojos.
No ocurrió nada extraordinario.
Ninguna luz parpadeó.
Ningún reloj se detuvo.
No apareció ninguna frase escrita en una pared ni escuché voces donde no debía haberlas.
Simplemente dejó de respirar.
Y durante unos segundos seguí acariciándolo porque mi mano todavía no sabía lo que acababa de pasar.
Después apoyé la cabeza sobre la suya.
—Gracias.
Eso fue todo.
No quería despedirme con ninguna otra palabra.
No sé cuánto tiempo permanecí allí.
Cuando abrí la puerta, don Marcos y Abel seguían en el pasillo.
Ninguno preguntó.
Marcos miró la manta.
Después bajó la cabeza.
Abel se acercó y me puso una mano en el hombro.
No dijo que lo sentía.
Se lo agradecí.
Hay momentos en los que las palabras solo sirven para estorbar.
—Quiero llevarlo a Valdemora —dije.
Marcos asintió.
—AnaBel encontrará un lugar.
—Debajo de la higuera.
Me miró.
—Creo que a ella le gustaría.
Volví a entrar.
Antes de levantar a Argos vi el libro negro sobre el suelo.
Lo abrí.
Las páginas que había empezado a llenar con los recuerdos de Samuel, Sara y AnaBel estaban al principio. Busqué la siguiente página en blanco.
Cogí el bolígrafo.
Me quedé un momento con la punta apoyada sobre el papel.
Después escribí un nombre.
ARGOS
No puse ninguna fecha.
No sabía cuál habría sido la correcta.
Debajo escribí una sola frase:
Se quedó cuando los demás tuvieron miedo.
La releí.
No añadí nada.
No hacía falta.
Cerré el libro y lo guardé.
Después envolví a Argos en la manta azul y lo cogí en brazos por última vez.
Al salir de la Sala de los Libros Olvidados miré hacia las estanterías.
Durante semanas había pensado que aquel lugar guardaba historias de personas que el mundo había olvidado.
Ahora entendía que no todas las historias necesitaban cientos de páginas.
Algunas cabían en un nombre.
En una frase.
En el recuerdo de una puerta detrás de la que alguien ya no volvería a esperarte.
Seguí caminando.
Pesaba lo mismo que siempre.
Esta vez no me pareció poco.
Y mientras lo llevaba conmigo comprendí que había una diferencia enorme entre perder a alguien y dejarlo atrás.
A Argos acababa de perderlo.
Dejarlo atrás era algo que no pensaba hacer jamás.