CAPÍTULO XVIII
V olví a la biblioteca dos días después.
Durante aquellas cuarenta y ocho horas escribí más de lo que había escrito en años. No porque supiera exactamente qué estaba haciendo, sino porque por primera vez tenía claro que las páginas en blanco no eran una amenaza. Eran espacio.
Samuel me había contado dos historias. Sara, una. AnaBel había empezado a ordenar nombres, fechas y documentos para que yo pudiera trabajar con algo parecido a una cronología. No intenté convertirlo todo en una novela ni en un informe. Solo escribí lo que ellos recordaban.
Cuando no sabía algo, lo dejaba en blanco.
Cuando dos recuerdos se contradecían, escribía ambos.
Cuando una persona no quería hablar, no insistía.
Aquello también era una forma de respeto.
Argos permanecía casi siempre cerca. Su pata ya estaba prácticamente curada, aunque seguía cansándose más de lo habitual. Me decía que era por todo lo que habíamos pasado. Necesitaba creerlo.
A las nueve de la mañana crucé la entrada de la biblioteca con el libro negro dentro de la mochila.
Abel estaba detrás del mostrador.
—Has vuelto.
—Eso parece.
—Pensaba que te habías fugado.
—Lo intenté. Me encontraron.
Me miró durante un instante.
—¿Cómo está Argos?
—Bien.
Asintió.
—Me alegro.
Di dos pasos.
Me detuve.
—Abel.
—¿Sí?
—Quiero hablar contigo.
Su expresión cambió muy poco.
Lo suficiente.
—Eso nunca empieza bien.
—Con Marcos también.
—Eso empieza peor.
—Está en su despacho.
—Lo sé.
No pregunté cómo.
Subimos juntos.
Don Marcos estaba revisando unos documentos cuando entramos. Al verme junto a Abel comprendió inmediatamente que aquello no era una visita normal.
Cerró la carpeta.
—Siéntense.
—Prefiero estar de pie —dije.
Abel me miró.
—Yo no. Tengo una edad.
Se sentó.
Aquello consiguió romper la tensión durante exactamente dos segundos.
Saqué de la mochila una hoja.
Había dibujado un esquema.
La biblioteca.
La Sala de los Libros Olvidados.
La estación.
El teatro.
El observatorio.
El faro.
Cartagena.
El sanatorio.
Valdemora.
Lo dejé sobre la mesa.
—Un camino.
Don Marcos no respondió.
—Fina me dijo que conocías una parte —continué—. AnaBel también. Quiero saber cuál. Marcos miró el papel.
—Arian…
—No.
Señalé el esquema.
—Esta vez no quiero otra mitad de una respuesta. Quiero saber qué preparaste tú.
Silencio.
Después miré a Abel.
—Y qué preparaste tú.
Abel dejó de fingir que aquello no iba con él.
Don Marcos se quitó las gafas.
—Cierre la puerta.
Abel obedeció.
Al regresar a la silla arrastró ligeramente el pie izquierdo.
Me quedé mirándolo. Un sonido. Un roce.
Algo que había escuchado antes.
En una estación. En un teatro. En un pasillo.
Abel se dio cuenta.
No dijo nada.
—Tú —murmuré.
Me incorporé un poco.
—El teatro.
Abel respiró hondo.
—Sí.
—El piano.
Asintió.
Sentí que algo empezaba a encajar demasiado deprisa.
—La estación.
—También.
—¿El observatorio?
No respondió inmediatamente.
—Estuve allí.
Me levanté.
—Hijo de puta.
—Arian —intervino Marcos.
—No. Déjame.
Miré a Abel.
—¿Cuántas veces?
—Varias.
—¿Eras tú el hombre de la tienda?
Negó.
—No.
Aquello me descolocó.
—¿Seguro?
—Sí.
—La voz…
—Puede que se pareciera.
—¿El faro?
—No estuve en el faro.
Miré a Marcos.
—¿Y el hombre que apareció allí?
—No era Abel.
—¿El del observatorio?
Abel negó lentamente.
—Estuve en el edificio, pero no fui el hombre que viste sentado junto a las escaleras.
Me quedé inmóvil.
—Entonces ¿quién era?
Ninguno respondió.
—Claro.
Solté una risa seca.
—Hay cosas que tampoco sabéis.
Marcos levantó la mirada.
—Sí.
Aquella vez lo admitió sin rodeos.
Volví a señalar el esquema.
—Empieza desde el principio.
Don Marcos apoyó las manos sobre la mesa.
—S.L.O.
—La Sala de los Libros Olvidados.
—Existía mucho antes de que usted llegara.
—Eso ya lo sé.
—No fue creada para usted.
—Pero me pusiste allí.
—Sí.
La respuesta llegó limpia.
—¿La auditoría?
—Real.
—¿El problema de personal?
—Real.
—¿Y yo?
—Elegido.
Sentí rabia.
—¿Por qué?
—Porque ya sabía quién era usted.
—Desde hacía bastante tiempo.
—Sí.
—¿Por AnaBel?
—Por ella y por los documentos.
—¿Y por Ernest?
Marcos dudó.
—Indirectamente.
Me acerqué a la mesa.
—Explícate.
—Durante años fui reuniendo material que mi abuela conservaba. Nombres, fotografías, cartas, copias de archivos. Encontré referencias a Ernest. Después apareció su nombre.
—El mío.
—Sí.
—¿Y decidiste jugar conmigo?
—No.
—Eso parece exactamente lo que hiciste.
—Preparé un camino.
Sentí un golpe extraño.
La frase de Fina.
Camino… sí.
—¿Todo?
—No.
Marcos mantuvo mi mirada.
—Preparé los escenarios, Arian. No la historia.
Silencio.
Aquella frase quedó suspendida entre nosotros.
—¿Qué significa?
—Que algunos lugares ya existían. Algunas pistas también. Yo solo me aseguré de que pudiera llegar hasta ellas.
—¿La estación?
—Sí.
—¿El teatro?
—Sí.
—¿El observatorio?
—En parte.
—¿Cartagena?
Marcos respiró hondo.
—Sabía que había documentación relacionada con esa zona.
—¿La vacante?
—Era real.
—¿Joao se echó atrás de verdad?
—Sí.
—¿Y me elegiste a mí porque sabías que terminaría allí?
—Esperaba que encontrara algo.
—Eso no es lo mismo que saberlo.
—Exacto.
Miré a Abel.
—¿Y tú qué hacías?
—Abría puertas.
—Muy poético.
—Literalmente.
No sonrió.
—Algunos lugares estaban cerrados. Otros necesitaban permisos. Había documentos que Marcos sabía dónde colocar para que los encontraras sin darte una carpeta y decirte «aquí está todo».
—¿Por qué no hacerlo?
Marcos respondió.
—Porque no me habría creído.
—Podías haberlo intentado.
—Habría ido directamente a hablar con Ernest.
No contesté.
—Y él habría tenido tiempo de explicárselo todo a su manera —continuó—. Una versión preparada durante décadas.
—¿Y tú querías que llegara a él con mi propia versión?
—Quería que llegara con suficientes hechos como para poder escuchar sin obedecer.
Aquello me dolió porque tenía sentido.
—¿La tienda de antigüedades?
Marcos negó.
—No.
—¿El primer libro verde?
—Nunca lo vi.
—¿Nunca?
—Nunca.
Miré a Abel.
—¿Tú?
—Tampoco.
—¿La frase inicial?
Ambos negaron.
—¿H.K.?
Marcos apoyó una mano sobre el papel.
—Conocíamos las letras. No su origen.
—¿Y el libro negro?
Abel habló.
—Ese sí.
Lo miré.
—¿Lo colocaste tú en el teatro?
—Sí.
Aquello consiguió enfurecerme de nuevo.
—¿Y la fotografía?
—También.
—¿El reloj de bolsillo?
—No.
—¿La caja de Ernest?
—No.
—¿El sanatorio?
Marcos intervino.
—Sabíamos que existía. No sabíamos que encontraría la habitación 317.
—¿La manta?
—No.
—¿La fotografía de Argos contigo y AnaBel?
Negó.
—No sabía que seguía allí.
Aquello me hizo callar.
—¿Argos formaba parte del plan?
Abel negó antes que Marcos.
—No.
Marcos lo confirmó.
—Nunca.
Miré hacia la ventana.
Por primera vez en semanas había una diferencia clara entre las piezas.
Unas habían sido preparadas.
Otras no.
—Entonces cuando Abel aparecía en los lugares…
—No siempre era Abel —dijo Marcos.
Me giré.
—Explícate.
—Algunas veces sí. Otras no.
Abel se inclinó hacia delante.
—En la estación fui yo. En el teatro también. En el observatorio estuve, pero no fui quien te habló junto a las escaleras. Nunca fui a la tienda de antigüedades y no estuve en el faro.
—Pero la voz…
—No sé qué decirte.
—¿Y el hombre del teatro?
Abel me sostuvo la mirada.
—Ese sí era yo.
Recordé el piano.
El reloj.
La silueta.
La frase.
—¿Por qué el piano?
Por primera vez pareció incómodo.
—Porque sé tocar.
—Eso ya lo había deducido.
—Estudié en el conservatorio cuando era joven.
No sabía aquello.
—¿Y lo dejaste?
—Hace muchos años.
—¿Por qué?
Abel miró a Marcos.
Después a mí.
—Porque hubo una época en la que dejé casi todo.
No pregunté.
Él continuó.
—Tenía veintidós años cuando conocí a AnaBel. Yo estaba bastante perdido. Un día aparecí en Valdemora por una casualidad que no viene al caso y ella me preguntó si tenía hambre.
—¿Eso fue todo?
—No me preguntó qué había hecho. Ni por qué estaba allí. Solo si tenía hambre.
Bajó la mirada.
—A veces basta con que una persona haga una pregunta diferente.
Comprendí entonces por qué estaba involucrado.
No era solo lealtad a Marcos.
Era AnaBel.
Y las personas de Valdemora.
—¿Por eso aceptaste ayudar?
—Sí.
—¿Y por eso me diste la llave de S.L.O.?
Abel asintió.
—Marcos me pidió que te la entregara yo.
—¿Y aquellas vitaminas?
Abel frunció el ceño.
—¿Qué vitaminas?
—Las pastillas que me recomendaste.
—Eran vitaminas.
Lo observé.
—¿Seguro?
—Arian, por favor. Hasta yo tengo límites.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
Necesitaba una.
Marcos volvió al esquema.
—Hay algo más.
—Siempre lo hay.
—No controlábamos cuándo avanzaba. Solo podíamos preparar accesos y esperar.
—¿Esperar qué?
—Que eligiera seguir.
—¿Y si no lo hubiera hecho?
—Habríamos parado.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y los días libres?
—Los sugerimos porque estaba agotado.
—Qué considerados.
—También porque necesitaba tiempo.
—Eso suena más creíble.
Marcos aceptó el golpe.
—¿Y qué esperabais que encontrara al final?
Esta vez tardaron en contestar.
Abel miró hacia la puerta.
Marcos hacia mí.
—No lo sabíamos.
—Eso no tiene sentido.
—Esperábamos que llegara a Valdemora.
—¿Y después?
—Que escuchara.
—¿Nada más?
—Nada más.
Saqué el libro negro de la mochila.
—Pues ahora estoy escribiendo.
Abel lo miró.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—AnaBel me llamó.
Asentí.
—Claro.
Marcos se levantó.
—Entonces el camino ha terminado.
Negué.
—No.
—¿No?
—El vuestro sí.
Guardé el libro.
—El mío acaba de empezar.
Don Marcos no respondió.
Antes de salir me detuve junto a la puerta.
—Una última cosa.
Miré a los dos.
—Si vosotros no dejasteis el primer libro, ni estuvisteis en todos los lugares, ni sabéis quién empezó H.K…
—No —dijo Marcos.
—Entonces todavía hay alguien más.
—O algo más —murmuró Abel.
Lo miré.
—Eso ayuda muchísimo.
Abel se encogió de hombros.
—Nunca dije que fuera bueno explicando misterios.
Abrí la puerta.
Antes de salir escuché a Marcos.
—Arian.
Me volví.
—Lo siento.
No esperaba aquello.
—¿Por qué parte?
—Por haber decidido que debía descubrirlo de esta manera.
—¿Te arrepientes?
Pensó.
—De algunas cosas.
—¿Y del camino?
—No.
Asentí.
—Yo todavía no lo sé.
Salí.
Al bajar las escaleras pasé junto al corredor de la Sala de los Libros Olvidados.
Me detuve.
Durante semanas había creído que todo había empezado allí.
Ya no estaba tan seguro.
Quizá aquel camino había comenzado mucho antes.
En 1944.
En 1987.
En una residencia llamada Valdemora.
En una caja olvidada.
En un perro que aparecía donde no debía.
O quizá había comenzado cuando alguien escribió dos letras al final de una historia que no podía terminar.
H.K.
Y dejó espacio para que otra persona continuara.
Volví a casa.
Argos estaba dormido junto al sofá.
No levantó la cabeza cuando entré.
Aquello me extrañó.
—Argos.
Movió una oreja.
Me acerqué.
—Eh, compañero.
Abrió los ojos despacio.
Me miró.
Movió ligeramente la cola.
Me tranquilicé.
Solo estaba cansado.
Eso me dije.
Me senté en el suelo junto a él y apoyé una mano sobre su costado.
Respiraba.
Más despacio de lo habitual.
—Mañana descansamos.
Argos cerró los ojos.
—Nada de estaciones. Nada de faros. Nada de gente misteriosa.
Abrió uno.
—Y nada de mirarme así. Hablo en serio.
Lo cerró de nuevo.
Me quedé a su lado.
Aquel día había descubierto quién había construido parte del camino.
Pero no quién había colocado la primera piedra.
Y mientras acariciaba a Argos comprendí que quizá ya no necesitaba saberlo todo.
Todavía no.
Lo único que no sabía era que, por primera vez desde que había empezado aquella historia, el siguiente golpe no iba a llegar en forma de una pista.
Iba a llegar mucho más cerca. Y no iba a estar preparado.