La historia olvidada CAPÍTULO XVII
80%

CAPÍTULO XVII

A la mañana siguiente volví a Valdemora.

No dormí prácticamente nada. El reloj de bolsillo había seguido funcionando toda la noche sobre la mesa del salón y, aunque sabía que era absurdo, me desperté varias veces solo para comprobar que las agujas continuaban avanzando.

Argos descansó junto al sofá, con la pata bastante mejor, y cuando cogí la correa se levantó antes de que pudiera decidir si debía dejarlo en casa.

—No hagas que me arrepienta.

Movió la cola.

—Eso no es una respuesta.

Esta vez no lo dejé atrás.

Cuando llegamos a Valdemora, AnaBel estaba en el mismo jardín donde la había conocido. Samuel y Sara se encontraban con ella. don Marcos no estaba. Por alguna razón agradecí su ausencia.

AnaBel vio la caja en mi mano antes de verme a mí.

Después miró el reloj.

Su expresión cambió.

—Pensé que Ernest lo había destruido.

Me acerqué.

—Estaba guardado entre sus cosas.

Samuel se incorporó lentamente. Cuando vio que las agujas avanzaban, su rostro perdió color.

—Funciona.

—Le di cuerda.

Negó.

—No me refería a eso.

No pregunté.

Dejé la caja sobre la mesa y saqué los papeles. El primero, con H.K. El segundo, firmado únicamente con una E.

AnaBel los leyó despacio.

—Quiero saber qué ocurrió aquella noche.

Nadie respondió de inmediato.

Miré a los tres.

—Tengo nueve años dentro de un recuerdo que no consigo completar. Mi padre está allí. Mi madre llega después. Hay tinta, un reloj detenido y un libro donde ya aparece mi nombre. Creo que ya he esperado bastante.

AnaBel miró a Samuel.

Después a Sara.

—Sí —dijo—. Ya es hora.

Nos sentamos bajo la higuera. Argos se tumbó junto a mis pies y, durante unos segundos, nadie habló. El viento movía suavemente las hojas sobre nuestras cabezas.

AnaBel fue la primera.

—Ernest llegó a Valdemora el 12 de noviembre de 1987 poco antes de medianoche.

—Conmigo.

—Sí.

—¿Por qué?

AnaBel tardó en responder.

—Porque llevaba años huyendo de lo que había hecho y aquella noche decidió dejar de hacerlo.

—Eso no explica por qué llevó a un niño de nueve años.

Samuel intervino.

—Precisamente porque eras un niño.

Lo miré.

—No lo entiendo.

—Los adultos que estábamos aquí ya sabíamos quién había sido. Cuando Ernest entró por aquella puerta, ninguno de nosotros vio a un hombre que venía a pedir perdón. Vimos al hombre que había formado parte de aquello.

Sara bajó la mirada.

—Tú no.

Samuel asintió.

—Tú solo veías a tu padre.

Sentí una presión extraña en el pecho.

—¿Me utilizó?

AnaBel no suavizó la respuesta.

—Sí.

La palabra dolió más porque no intentó disfrazarla.

—Creyó que si venía acompañado de su hijo sería capaz de decir la verdad sin esconderse detrás de excusas.

—Eso fue cobarde.

—Lo fue.

Agradecí que nadie lo defendiera.

—¿Qué llevaba consigo?

AnaBel señaló la caja.

—Documentos. Fotografías. Listados. Copias de archivos. Nombres que había conservado durante décadas.

—¿Por qué los guardó?

Sara respondió.

—Al principio, para protegerse.

—¿De qué?

—De quienes podían señalarlo.

AnaBel continuó.

—Después empezó a buscar más. Algunos documentos los consiguió años después de la guerra.

—¿Para reparar lo que había hecho?

Sara negó.

—No se repara algo así.

—Entonces ¿para qué?

—Para devolver nombres.

Miré su brazo.

Sara bajó lentamente la manga.

—A algunos nos quitaron demasiadas cosas. Cuando Ernest regresó, traía información sobre personas que creíamos desaparecidas. Hermanos. Padres. Niños.

—¿Pidió perdón?

—Sí.

—¿Se lo disteis?

Sara me miró.

—No.

La respuesta me produjo un alivio extraño.

No quería que aquel capítulo de la vida de mi padre terminara con una redención fácil.

—Entonces ¿por qué lo escuchasteis?

AnaBel respondió.

—Porque escuchar una confesión no significa perdonar a quien la hace. A veces significa recuperar algo que te pertenece.

Miré el reloj.

—¿Qué pasó a las 3:17?

Samuel cerró los ojos.

—Ernest empezó a leer los nombres.

—¿Qué nombres?

—Los que había recuperado. Personas que algunos llevábamos cuarenta años buscando.

AnaBel abrió una carpeta que tenía preparada y fue colocando varios documentos sobre la mesa.

En todos aparecía H.K.

La escritura cambiaba.

El símbolo, no.

Un círculo incompleto atravesado por una línea.

—No era una persona —dije.

AnaBel negó.

—No.

—Entonces ¿qué significa?

—El significado original se perdió.

Solté el aire.

—Después de todo esto seguimos sin saberlo.

—No sabemos qué querían decir literalmente esas letras —explicó—. Pero sí sabemos para qué se utilizaban.

Señaló el documento más antiguo.

—Cuando alguien conseguía conservar una historia, un nombre o una prueba y sabía que quizá no viviría para completarla, dejaba H.K.

—¿Como una firma?

—No.

Samuel levantó la vista.

—Como un relevo.

AnaBel pasó al siguiente documento.

Junto a las iniciales había una anotación añadida años después por otra mano.

Luego otro. Y otro.

—Alguien continuaba donde otro se había quedado —dijo Sara—. Añadía lo que sabía y volvía a dejar H.K.

Miré los papeles.

—Entonces significaba algo parecido a «esto no termina conmigo».

Samuel asintió.

—Eso es lo que acabó significando.

—¿Y mi padre?

AnaBel respiró profundamente.

—Aquella noche comprendió que él tampoco podía ser el último.

Miré el papel que había encontrado en la caja.

Cuando llegues hasta aquí, deja de buscar quién soy. Empieza a preguntarte por qué te estaba esperando.

—Escribió mi nombre.

—Sí.

—¿En el libro?

AnaBel asintió.

—¿Por qué yo?

—Porque eras su hijo.

—Eso no basta.

—Y porque estabas allí.

—Seguimos en lo mismo.

Samuel me observó.

—Ernest no eligió H.K. por ti. Dejó tu nombre junto a esas letras porque esperaba que algún día pudieras elegirlo tú.

Me quedé callado.

—No tenía derecho.

—No —dijo Sara—. Y creo que él lo sabía.

Aquella respuesta me gustó más.

—¿Qué pasó después?

AnaBel miró el reloj.

—Ernest siguió leyendo.

Cerré los ojos.

Algo empezó a moverse dentro de mi memoria.

Una habitación blanca. Una mesa. Personas sentadas. Mi padre de pie. Un libro abierto. Un olor fuerte. Tinta.

Abrí los ojos.

—Yo estaba allí.

—Sí.

—Recuerdo una mesa.

—Estabas sentado al fondo al principio.

—¿Y mamá?

—Llegó después.

—¿Por qué?

—Había descubierto adónde os habíais ido.

Samuel bajó la cabeza.

—No fue una visita tranquila.

Eso no me sorprendió.

—¿Discutieron?

—Mucho —dijo AnaBel—. Fina quería sacarte de allí inmediatamente.

—¿Y papá?

—Insistía en terminar.

Las imágenes regresaban a tirones.

Una voz.

Una puerta.

Mi madre llorando.

Una mano sujetándome del hombro.

—Recuerdo tinta en mis manos.

Sara me miró.

—Eso sí lo recuerdo yo.

Me volví hacia ella.

—¿Qué pasó?

Sonrió con tristeza.

—Volcaste el tintero.

No entendí.

—¿Yo?

—Ernest estaba escribiendo. Tú te acercaste demasiado al libro y tiraste un pequeño frasco.

Entonces apareció una imagen nítida.

Mis dedos negros y una mujer limpiándome las manos con un pañuelo.

Miré a Sara.

—Fuiste tú.

Asintió.

Sentí que me faltaba el aire.

No era una visión.

No era una alucinación.

Era un recuerdo.

Me pasé las manos por la cara.

—¿Y el reloj?

AnaBel señaló el que había llevado conmigo.

—A las 3:17 se fue la luz.

—¿Solo eso?

—No exactamente.

—¿Qué pasó?

—El reloj de pared se detuvo. También el de Ernest.

Miré el de bolsillo.

—¿Por eso todos recordáis la hora?

—En parte.

Samuel miró a Argos.

—Y porque ocurrió otra cosa.

Noté que el perro levantaba la cabeza.

—¿Qué?

Samuel no respondió enseguida.

—Apareció un perro.

Miré a Argos.

—¿Qué perro?

AnaBel habló antes que él.

—Uno muy parecido.

—¿Parecido a Argos?

—Sí.

—¿El mismo?

AnaBel negó.

—No voy a decirte algo que no puedo demostrar.

Agradecí esa respuesta.

—¿De dónde salió?

—Nadie lo vio entrar.

—¿Entonces?

—Cuando volvió la luz estaba junto a la puerta.

Argos se puso en pie.

Samuel extendió una mano.

El perro se acercó a él sin dudar.

Lo observé.

—¿Qué hizo aquel perro?

Sara sonrió.

—Se sentó junto a ti.

Un recuerdo atravesó mi cabeza.

No un rostro.

No una habitación.

Un pelaje.

Una mano pequeña hundiéndose en él.

—Yo estuve con un perro aquella noche.

Samuel asintió.

—Durante horas. No querías separarte.

—¿Qué pasó con él?

—Desapareció poco después de que te marcharas.

Miré a Argos.

—Y años después apareció aquí otro igual.

—Sí.

—Con la misma edad aproximada.

—Sí.

—Y nadie sabe si era el mismo.

—Exacto —dijo AnaBel.

Silencio.

Argos seguía recibiendo las caricias de Samuel como si aquello fuera la cosa más normal del mundo.

Por primera vez, la falta de una respuesta no me irritó.

Me pareció suficiente.

Volví a coger el papel de Ernest.

—Entonces él sabía que algún día reconstruiría todo esto.

AnaBel negó.

—No exactamente.

—Dejó mi nombre. Dejó la caja. El reloj. Las instrucciones.

—Esperaba que algún día preguntaras.

—¿Preparó las pistas?

—Algunas.

—¿Cuáles?

—La caja, seguramente. El reloj. Algunos documentos que aparecieron después.

—¿Y el primer libro verde?

—No.

—¿Está segura?

—Completamente.

Aquello me inquietó.

—¿Y las señales de los últimos meses?

AnaBel me miró.

—No todas proceden de Ernest.

—Marcos.

—Parte.

Recordé a Fina.

Camino… sí. La verdad… no.

—Marcos preparó el camino.

AnaBel asintió.

—Una parte de él.

—¿Cuánto?

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

—No vuelva a hacerme eso.

AnaBel sonrió ligeramente.

—No estoy esquivando la respuesta. Hay cosas que hizo Marcos y otras que no conozco. Y hay cosas que ni siquiera él entiende.

Miré a Argos.

—Como él.

—Como él.

—¿Y H.K.?

AnaBel tocó uno de los documentos.

—H.K. no te estaba esperando como una persona.

—Entonces ¿cómo?

—Como una responsabilidad.

No respondí.

—Tu padre dejó tu nombre junto a esas letras porque esperaba que un día aceptaras continuar lo que él no podía terminar.

—Eso no significa que H.K. sea yo.

—No.

—Entonces ¿qué significa?

—Que podrías serlo.

—¿Cuándo?

AnaBel sostuvo mi mirada.

—Cuando dejes de preguntarte quién llevaba esas letras antes que tú y empieces a decidir qué vas a hacer con lo que ahora sabes.

Miré alrededor.

Samuel.

Sara.

AnaBel.

Las cajas dentro de Valdemora.

Los nombres.

Los documentos.

Personas que habían pasado décadas intentando impedir que su historia desapareciera.

Y yo llevaba semanas tratándolo todo como un rompecabezas.

Como si el objetivo fuera resolverlo.

De repente entendí que quizá no era así.

—Quiero escribirlo.

Sara levantó la cabeza.

AnaBel no reaccionó.

—¿Qué?

—Las historias.

—Son muchas.

—Entonces empezaré por una.

—No podrás contarlas todas.

—Ya lo sé.

Samuel dejó de acariciar a Argos.

—¿Y qué vas a hacer con las que falten?

Miré el libro negro.

Lo saqué de la mochila.

Abrí la primera página en blanco.

Durante unos segundos sostuve el bolígrafo sin saber qué escribir.

Después recordé la frase que llevaba acompañándome desde el principio.

No exactamente igual.

Esta vez la escribí como yo quería recordarla.

Hay lugares donde las palabras siguen vivas, aunque quienes las pronunciaron ya no existan.

Debajo dejé un espacio.

Y escribí el primer nombre.

Sara comenzó a llorar.

No de forma escandalosa.

Solo bajó la cabeza y dejó que las lágrimas cayeran sobre sus manos.

Samuel miró hacia los árboles.

AnaBel permaneció inmóvil.

Yo seguí mirando aquella primera línea.

No había resuelto H.K.

Ni siquiera sabía todavía qué significaban literalmente aquellas dos letras.

Pero por primera vez comprendí algo más importante.

No necesitaba saber quién había sido el primero.

Bastaba con aceptar que alguien tenía que continuar.

Cerré el libro.

Argos volvió a tumbarse junto a mis pies.

El reloj de bolsillo seguía funcionando sobre la mesa.

Marcaba las 11:42.

Lejos de las 3:17.

Y por primera vez aquello me pareció una buena señal.