La historia olvidada CAPÍTULO XVI
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CAPÍTULO XVI

N os hicieron permanecer fuera de la habitación casi veinte minutos.

Cuando la enfermera salió nos aseguró que Fina estaba estable, solo agotada por el esfuerzo, y que no volverían a permitirnos entrar aquella tarde.

Naira y yo terminamos sentados en dos sillas de plástico del pasillo, separados por un espacio que durante años había sido mucho mayor que aquellos cincuenta centímetros.

Durante un rato ninguno dijo nada. Yo seguía con el sobre de mamá entre las manos.

Naira apoyó la cabeza contra la pared.

—Muy poco.

—Mamá dice que yo estuve en Valdemora.

Mi hermana me miró.

—Eso sí lo recuerdo.

Me incorporé.

—¿Qué?

—No recuerdo Valdemora. Ni sabía cómo se llamaba. Pero recuerdo que papá te llevó con él una noche.

—¿Una noche?

—Discutió con mamá antes de salir. Una discusión fuerte. Yo tenía catorce años y entendía bastante más de lo que vosotros pensabais. Mamá decía que no tenía derecho a llevarte, y él repetía que tenía que hacerlo.

Sentí un escalofrío.

—¿Y tú?

—Me quedé con una vecina.

—¿Cuándo volvimos?

Naira cerró los ojos intentando recordar.

—Muy tarde. O muy temprano. Depende de cómo quieras mirarlo.

—¿Cómo estaba yo?

La pregunta la hizo dudar.

—Raro.

—Eso me define bastante poco.

Casi sonrió.

—Callado. Tú nunca estabas callado de pequeño.

—Gracias por la aclaración.

—Y llevabas las manos manchadas.

Dejé de sonreír.

—¿De qué?

—Tinta.

Miré mis dedos. La pared blanca. El reloj. La manga oscura. Mis manos negras.

No eran imágenes construidas por mi cabeza después de encontrar las pistas. Habían ocurrido.

—¿Y papá?

Naira tardó un poco más.

—Peor que tú.

—¿Qué significa eso?

—Parecía… viejo.

—Ya era viejo.

—No me refiero a eso. Parecía haber envejecido de golpe. Como si hubiera salido de casa siendo una persona y hubiera vuelto siendo otra.

Saqué la tarjeta del sobre.

12 DE NOVIEMbrE DE 1987.

03:17.

—Mamá ha dicho que fue allí para pedir perdón.

—Eso me contó mucho después.

Me volví hacia ella.

—¿Tú sabías lo que había hecho?

—No todo. Mamá tampoco me lo contó de una vez. Fueron trozos, Arian. Frases durante años. Documentos que vi sin entenderlos, discusiones que escuché detrás de una puerta… Cuando crecí pude unir algunas cosas.

—Y nunca me dijiste nada.

Naira soltó una risa cansada.

—¿De verdad quieres saber por qué?

—Sí.

—Porque tú no escuchabas.

No respondí.

—Defendías a papá antes de que nadie terminara una frase —continuó—. Si mamá intentaba hablar, decías que estaba resentida. Si yo te contaba algo, me acusabas de ponerme de su parte. Llegó un momento en que dejé de intentarlo.

No había mucho que pudiera contestar a aquello.

Porque era verdad.

—Lo siento.

Naira me miró como si necesitara comprobar que lo había oído bien.

—¿Qué?

—Que lo siento.

—Repítelo, que voy a grabarlo.

—Tampoco abuses.

Esta vez sí sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, pero llevaba años sin verla dirigida hacia mí.

Después volvió a ponerse seria.

—Hay algo más.

—Últimamente esa frase nunca trae nada bueno.

—Cuando mamá y papá se separaron, ella guardó algunas cosas de Ernest.

—¿En su casa?

—No. Precisamente porque no quería verlas.

—¿Entonces?

—Alquiló un trastero en las afueras de Toledo. Guardó allí varias cajas. Ropa, libros, documentos… cosas que él no quiso llevarse o que ella no se atrevió a tirar.

La miré.

—¿Sigue existiendo?

—Sí.

—¿Tienes la llave?

Naira suspiró.

—Sabía que ibas a preguntar eso.

—¿La tienes?

—Hay una copia en casa de mamá.

Miré hacia el final del pasillo y entonces recordé que don Marcos seguía esperando fuera. Saqué el teléfono y le escribí.

No hace falta que espere. Me voy con Naira.

La respuesta llegó casi de inmediato.

De acuerdo. Hablaremos mañana.

Estuve a punto de escribirle que todavía teníamos demasiado de lo que hablar, pero guardé el teléfono. Ya habría tiempo para Marcos. Aquella noche necesitaba respuestas de mi propia familia.

Me levanté.

—Vamos.

—Arian…

—¿Qué?

Miró hacia la habitación de Fina.

—Son casi las diez.

—El trastero seguirá allí.

—Ese no era mi argumento.

—Entonces has elegido mal a tu hermano.

Negó con la cabeza.

—Sigues siendo insoportable.

—Algo tenía que conservar de la familia.

Por segunda vez aquella noche sonrió.

Recogimos la llave en casa de Fina y condujimos hasta una zona de naves y trasteros en las afueras de Toledo. La noche había caído por completo cuando llegamos. El lugar estaba casi vacío, iluminado por varios fluorescentes que convertían todo en demasiado blanco.

La puerta metálica del trastero se levantó con un ruido que debió de despertar a medio polígono.

—Discreto —dije.

—A estas alturas de tu vida, pedir discreción es optimista.

Encendimos la luz.

Había muebles viejos, dos lámparas, ropa cubierta con plástico, álbumes de fotografías y numerosas cajas de cartón. En varias aparecía, escrito con rotulador negro, un único nombre.

ERNEST.

Me quedé observándolas.

Mi padre seguía vivo, a menos de una hora de allí, y sin embargo estaba abriendo sus pertenencias como si investigara a un muerto.

Aquello me produjo una sensación desagradable.

—Podemos irnos —dijo Naira.

—No.

Abrimos la primera caja.

Papeles sin importancia, recibos, correspondencia antigua y varios libros en alemán. En la segunda encontramos una cartera, fotografías familiares y un viejo estetoscopio.

Lo sostuve unos segundos.

—Nunca me dijo que hubiera trabajado con esto.

—Papá no te dijo muchas cosas.

Lo dejé donde estaba.

La tercera caja contenía ropa. Chaquetas, camisas cuidadosamente dobladas y un abrigo oscuro que olía a cerrado. Cuando lo levanté apareció debajo una caja pequeña de madera.

Me detuve.

Naira también.

La madera era casi negra y tenía los bordes gastados. En la tapa había un símbolo grabado.

Un círculo incompleto atravesado por una línea.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Es el mismo.

Naira se acercó.

—¿El mismo que qué?

Saqué el libro negro de la mochila y busqué la marca.

Se lo enseñé.

—H.K.

Mi hermana miró primero el libro y después la caja.

—¿La habías visto antes?

—La caja sí.

—¿Cuándo?

—De niña. Estaba en el despacho de papá. Nunca nos dejaba tocarla.

La cerradura era pequeña. Busqué alrededor por si la llave estuviera guardada en la misma caja de cartón, pero no había nada. Probé a levantar la tapa.

Cedió.

Naira me miró.

—Para tanto misterio esperaba al menos un candado.

—Agradezcamos una facilidad por una vez.

Abrí.

En el interior había un reloj de bolsillo.

Nada más verlo supe que aquello no podía ser casual.

Lo cogí.

Era pesado, de metal envejecido. Pulsé el cierre y la tapa se abrió.

Las agujas estaban detenidas.

3:17.

Ninguno de los dos dijo nada.

Le di la vuelta.

En la parte posterior había una inscripción muy pequeña:

12-XI-87

—La misma fecha —murmuró Naira.

Debajo del reloj había una hoja doblada. En el exterior aparecían dos letras escritas a mano.

H.K.

La abrí con cuidado.

Solo contenía una frase:

«Cuando llegues hasta aquí, deja de buscar quién soy. Empieza a preguntarte por qué te estaba esperando.»

Debajo estaba escrito mi nombre.

ARIAN

Reconocí la caligrafía.

No porque la hubiera visto en los libros.

Porque había recibido tarjetas de cumpleaños con aquellas mismas letras durante toda mi vida.

—Es de papá.

Naira se agachó junto a mí.

No dijo nada.

Miré nuevamente la caja. El interior estaba forrado con una tela oscura y, en una de las esquinas, había un pequeño pliegue. Metí los dedos y noté algo debajo.

Otro papel.

Lo saqué.

Estaba doblado varias veces y mucho más deteriorado que el anterior. Solo había una frase.

«NO LE CUENTES LO QUE FUI. CUÉNTALE POR QUÉ VOLVÍ.»

Debajo figuraba una sola letra.

E.

Me senté sobre una caja.

—Esto no era para mí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque habla de mí.

Naira cogió el papel.

—Podía estar dirigido a mamá.

—O a AnaBel.

—O a cualquiera que lo encontrara antes que tú.

Miré el reloj.

Ernest había colocado allí una pista.

Eso ya no era una sospecha.

Era una certeza.

Pero había algo que seguía molestándome.

—Él sabía que algún día encontraría esto.

—Parece que sí.

—¿Cómo podía saberlo?

—Quizá no lo sabía.

La miré.

—Entonces ¿para qué dejarlo?

Naira se encogió de hombros.

—La gente escribe testamentos sin saber cuándo va a morir. Tal vez esto era parecido.

No me convenció del todo.

Pero al menos tenía sentido.

Mi hermana se sentó a mi lado.

—Arian, hay una cosa que no entiendo.

—Solo una sería una buena noticia.

No sonrió

—Papá está vivo.

Sabía lo que iba a decir antes de que continuara.

—Puedes coger el coche mañana, ir a su casa y preguntarle todo esto directamente.

Miré la caja abierta.

—Sí.

—Entonces ¿por qué no lo haces?

Tardé en responder.

Durante semanas había atravesado túneles, estaciones abandonadas, teatros, observatorios, un faro y un sanatorio oculto junto al mar. Había hablado con desconocidos, perseguido coordenadas y abierto puertas que cualquier persona sensata habría dejado cerradas.

Pero llevaba días evitando una casa modesta en un pueblo de Toledo.

—Porque me da miedo.

Naira no necesitó preguntar a qué.

—¿A qué te mienta?

Negué.

—A que me diga la verdad.

Nos quedamos callados.

Después cerré la caja.

—Todavía no.

—¿Qué vas a hacer?

—Volver a Valdemora.

—¿Otra vez?

—Hay gente allí que conoció al hombre que era Ernest antes de ser mi padre. Necesito saber qué ocurrió aquella noche antes de sentarme delante de él.

Naira asintió. Esta vez no intentó convencerme de lo contrario.

Cuando regresé a mi apartamento eran más de las doce. Argos me esperaba detrás de la puerta.

Su pata estaba mucho mejor y apenas cojeaba. En cuanto entré olfateó la bolsa que llevaba y después la caja de madera.

—No.

Volvió a olfatearla.

—He dicho que no.

Me miró.

—No pongas esa cara. Ya tengo suficiente con una familia que me oculta secretos como para añadirte a ti.

Fue directamente hacia el salón.

—Exactamente. Huye cuando la conversación se complica. Cada día eres más humano.

Dejé la caja sobre la mesa. Saqué el reloj, los dos papeles, la tarjeta de Fina y el libro negro. Argos se tumbó junto a mis pies mientras yo intentaba encontrar un orden que no existía.

3:17.

H.K.

ARIAN

Ernest.

Todo terminaba siempre en el mismo punto.

Cogí el reloj de bolsillo y abrí la tapa.

Las agujas seguían inmóviles.

Intenté darle cuerda.

Nada.

Volví a intentarlo con más cuidado.

Al principio ofreció resistencia, como si el mecanismo llevara demasiado tiempo negándose a moverse. Después la corona giró unos milímetros.

Escuché un sonido.

Tic.

Me quedé quieto.

Otro.

Tic.

La aguja de los segundos avanzó.

Miré el reloj sin respirar.

3:17 y diez segundos.

Quince.

Veinte.

Por primera vez en casi cuarenta años, aquel reloj acababa de abandonar las 3:17.

Argos levantó la cabeza.

—Ya era hora.

No ocurrió nada más.

No se apagaron las luces.

No apareció ningún mensaje.

Nadie llamó a la puerta.

El reloj simplemente siguió funcionando.

Y quizá por eso me impresionó más.

Durante semanas había pensado en las 3:17 como una señal que me indicaba hacia dónde debía avanzar. Una contraseña. Una puerta.

Ahora empezaba a entenderlo de otra manera.

Aquella hora no señalaba el comienzo de nada.

Era el momento en que todos se habían quedado atrapados.

AnaBel.

Samuel.

Sara.

Fina.

Ernest.

Incluso yo.

Cada uno por motivos diferentes.

Me incliné y acaricié la cabeza de Argos.

El reloj continuó avanzando.

3:18.

Sonreí.

No sabía todavía qué había ocurrido exactamente aquella noche de 1987, ni por qué mi nombre estaba relacionado con H.K. mucho antes de que yo entendiera siquiera qué significaban aquellas letras.

Pero por primera vez sentí que quizá mi papel en toda aquella historia no consistía en descubrir cómo regresar a las 3:17.

Quizá consistía precisamente en lo contrario.

En conseguir que, por fin, el tiempo siguiera avanzando.