CAPÍTULO XV
D on Marcos no intentó hablarme durante el resto del trayecto.
Yo llevaba varios minutos mirando el teléfono, aunque la llamada con Naira ya había terminado.
Mamá había despertado y quería verme. Tendría que haber sentido únicamente alivio, pero en el bolsillo llevaba la fotografía de Ernest con aquella bata clara, rodeado de hombres uniformados, y eso convertía cualquier emoción sencilla en algo mucho más difícil de manejar.
Cuando llegamos al hospital abrí la puerta antes de que Marcos terminara de aparcar.
—Arian.
Me volví.
—¿Qué?
—No juzgue a su madre demasiado deprisa.
Lo miré.
—¿También sabe lo que va a contarme?
—No todo.
—Entonces no me diga cómo tengo que reaccionar.
Cerré la puerta y atravesé el vestíbulo casi sin despedirme. El ascensor, el olor a desinfectante, los pasillos demasiado blancos… todo era igual que la última vez y, sin embargo, yo regresaba convertido en otra persona.
Naira estaba junto a una máquina de café. Al verme dejó el vaso sobre una repisa.
—Has tardado.
—He venido en cuanto he podido.
—Eso dices siempre.
No tenía fuerzas para entrar en aquella discusión.
—¿Cómo está?
Su expresión cambió.
—Despierta. Sigue muy débil. Hay palabras que no consigue decir y los médicos todavía no saben qué secuelas tendrá.
Miré hacia la habitación.
—¿Sabe que estoy aquí?
—Lleva preguntando por ti desde que abrió los ojos.
Durante años habría dado cualquier cosa por escuchar algo así. Ahora me daba miedo entrar.
—Naira…
—¿Qué?
Saqué la fotografía de Ernest.
Mi hermana la reconoció antes de que yo dijera nada. El color desapareció de su rostro.
—¿Dónde has conseguido eso?
—Da igual.
—No da igual.
—¿Tú lo sabías?
Desvió la mirada. Tardó demasiado.
—Sabía una parte.
Solté el aire.
—Claro. Todo el mundo sabe una parte.
—Quizá porque nadie conozca todo.
—¿Qué hizo papá?
Naira miró hacia la puerta de la habitación.
—Pregúntaselo a mamá.
—¿Tú no puedes decírmelo?
—Podría decirte lo que creo saber. Y quizá dentro de media hora descubramos que también era solo una parte.
Se acercó a la puerta.
—Pero recuerda algo antes de entrar. Ella lleva viviendo con esto muchos años. Tú acabas de descubrirlo.
Entré.
Fina estaba despierta.
Seguía rodeada de aparatos, aunque ya no llevaba la mascarilla completa. Una cánula descansaba bajo su nariz. Parecía pequeña, mucho más de lo que yo recordaba, como si la cama se hubiera hecho demasiado grande a su alrededor.
Cuando me vio, empezó a llorar.
Me acerqué.
—Mamá.
Movió una mano. La cogí.
—No te esfuerces.
Negó lentamente.
—A…rian.
—Estoy aquí.
Sus dedos apretaron los míos.
Durante unos segundos desaparecieron Ernest, las fotografías, H.K. y todo lo demás. Solo estaba mi madre respirando con dificultad y yo intentando recordar cuándo había sido la última vez que le había sostenido la mano.
—Me alegro de que hayas despertado.
Cerró los ojos. Una lágrima se deslizó hacia la almohada.
—Lo siento —dije.
Negó.
—Sí. Lo siento por todos estos años. Por no venir. Por no escuchar.
Volvió a negar y reunió fuerzas para hablar.
—No… pierdas… tiempo.
Aquellas palabras me llevaron inmediatamente a la visita anterior.
—Mamá, ¿me dijiste algo cuando vine la otra vez?
Me miró.
—¿Me dijiste que no dejara de buscar?
Sus dedos se tensaron alrededor de los míos.
Asintió.
No había sido una imaginación mía.
—¿Buscar qué?
Fina movió los ojos hacia la puerta.
—¿Quieres que entre Naira?
Asintió.
Mi hermana apareció segundos después. Fina señaló un pequeño armario junto a la ventana. Naira abrió la puerta y sacó el bolso que mi madre había utilizado prácticamente toda su vida. De uno de los compartimentos extrajo un sobre amarillento.
En la parte delantera estaba escrito mi nombre.
ARIAN
La letra era de Fina.
Lo miré.
—¿Desde cuándo existe esto?
Mamá intentó responder, pero apenas consiguió emitir sonido.
Naira habló por ella.
—Desde hace años.
—¿Y nadie pensaba entregármelo?
—Mamá dejó instrucciones. Si alguna vez empezabas a preguntar por Ernest, tenía que dártelo.
Miré a Fina.
—¿Sabías que acabaría haciéndolo?
Cerró los ojos durante unos segundos.
No supe interpretar si aquello significaba sí o simplemente cansancio. Abrí el sobre. Dentro había una fotografía, una hoja doblada y una pequeña tarjeta de cartón.
La fotografía mostraba a Ernest décadas atrás. Era distinta de la que AnaBel me había enseñado, aunque pertenecía a la misma época. Volvía a llevar una bata clara. En el reverso figuraba una fecha de los años cuarenta y varias palabras en alemán.
Desdoblé la hoja. Era una copia de un documento mecanografiado y, debajo, alguien había añadido una traducción manuscrita.
Ernest Klaus Fogelman Bauer.
Seguí leyendo. Colaborador civil adscrito a unidad médica. Más abajo aparecían varias palabras separadas.
Registro.
Identificación.
Marcaje.
Sentí que las manos me temblaban.
—¿Qué significa «marcaje»?
Naira bajó la mirada.
—Lo que parece.
—Dímelo.
—Tatuajes.
La palabra quedó suspendida en la habitación. Vi inmediatamente el brazo de Sara.
Las líneas. Los símbolos. La tinta.
—¿Papá hacía eso?
Fina comenzó a llorar. Naira se acercó.
—No sabemos exactamente qué hizo él con cada persona.
—Pero estaba allí.
—Sí.
—Y trabajaba en eso.
Mi hermana tragó saliva.
—Eso parece indicar el documento.
Me volví hacia Fina.
—¿Conocías a Sara?
Mamá abrió los ojos.
—Sara —consiguió decir.
Sentí un golpe en el pecho.
—La conoces.
Asintió.
—¿Papá le hizo aquellas marcas?
Fina negó inmediatamente, con demasiada fuerza para el estado en el que se encontraba.
—No… Sara.
—Entonces ¿a quién?
La máquina que controlaba su pulso aceleró el ritmo.
Naira me agarró del brazo.
—Basta, Arian.
Me senté de nuevo.
—Perdón.
Esperamos hasta que la respiración de Fina volvió a regularse.
Ella señaló el sobre. Todavía quedaba la tarjeta. La saqué.
En la parte superior había una fecha.
12 DE NOVIEMbrE DE 1987
Debajo, una dirección. Y una hora.
03:17
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Qué es esto?
Fina tragó saliva.
—Volvió.
—¿Quién?
—Ernest.
—¿Volvió dónde?
—A ellos.
Miré a Naira.
—¿A Valdemora?
Fina asintió.
—¿Por qué?
Le costó varios intentos.
—Perdón.
No entendí al principio.
—¿Fue allí para pedir perdón?
Volvió a asentir.
Recordé las palabras de AnaBel. El hombre que había llegado del otro lado.
—¿Tú fuiste con él?
Fina negó.
Después señaló hacia mí.
No comprendí.
—¿Yo?
Asintió.
Me quedé inmóvil.
—Mamá… yo tenía nueve años.
Sus dedos volvieron a cerrarse sobre los míos.
—Sí.
La habitación pareció encogerse.
Regresaron imágenes que había llevado toda mi vida interpretando como sueños: una pared blanca, un pasillo, una mano grande sujetando la mía, un reloj detenido, personas mayores, el olor de algo que entonces no había sabido identificar.
Tinta. Miré mis manos.
—Yo estuve allí.
Fina asintió muy despacio.
—¿Con papá?
—Sí.
—¿Por qué me llevó?
Intentó hablar, pero no pudo.
—¿Lo sabes?
Negó.
No insistí. Todavía no.
—¿Qué ocurrió a las 3:17?
Fina miró la tarjeta.
—Reloj.
—¿Un reloj se detuvo?
Asintió.
—¿Por qué?
Negó.
—No lo sabes.
Otra vez no.
Apoyé la frente sobre mi mano.
—¿Qué hizo papá cuando llegó a Valdemora?
Fina necesitó varios segundos.
—Leyó.
—¿Qué?
—Nombres.
Pensé en la habitación de archivos. En las cajas.
—¿Los nombres de las personas?
—Sí.
—¿Y después?
Sus labios se movieron, pero no salió nada.
—Mamá, no pasa nada. Déjalo.
Negó. Quería continuar.
—Libro.
Levanté la cabeza. —¿Qué libro?
—Vacío.
Noté un escalofrío.
—¿El libro verde?
No podía saberlo.
Su expresión me lo dejó claro.
—¿Había un libro vacío allí en 1987?
Asintió.
—¿Y estaba mi nombre?
Fina cerró los ojos. Esperé. Los abrió de nuevo.
—Sí.
—Pero yo ya me llamaba Arian.
Volvió a asentir.
—Entonces ¿qué tenía de extraño?
Sus labios se movieron.
—Ya… estaba.
—Samuel.
Ese nombre ya estaba escrito.
Me incliné.
—¿Antes de que papá lo leyera?
Fina asintió.
—¿Quién lo escribió?
No lo sabía.
—¿H.K.?
Su mirada cambió ligeramente. No fue reconocimiento claro, pero tampoco indiferencia.
—¿Has visto esas letras?
Fina respiró hondo.
—Marcos.
Me quedé quieto.
—¿Marcos conoce H.K.?
No consiguió responder directamente.
—Parte.
—¿Desde cuándo?
—Años.
Miré a Naira. Después otra vez a mi madre.
—¿Él ha preparado todo esto?
Fina negó.
—¿Nada?
Volvió a negar, como si quisiera corregirme.
Esperé.
—Camino… sí.
Sentí que el pulso se me aceleraba.
—¿El camino?
Asintió.
—¿Y la historia?
Negó.
—¿La verdad?
Cogió aire.
—No.
Aquello encajó con algo que don Marcos llevaba días evitando decirme.
No todo. El camino, sí. La verdad, no.
—¿Y el primer libro?
Fina cerró los ojos. No sabía nada. O ya no podía seguir.
La enfermera entró al escuchar uno de los avisos de la máquina.
—Necesita descansar.
Me levanté, pero Fina no soltó mi mano.
—Mamá…
Abrió los ojos una vez más.
—Arian.
Me acerqué.
—Estoy aquí.
Sus labios temblaron.
—No… igual que él.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Una lágrima volvió a aparecer.
—Tú… eliges.
La enfermera me hizo apartarme.
Salí de la habitación con aquellas dos palabras clavadas dentro. Tú eliges.
Naira salió detrás de mí y cerró suavemente la puerta. Nos quedamos en silencio junto a la pared.
Por primera vez entendí que descubrir quién había sido Ernest podía explicar parte de mi historia, pero no decidir quién era yo.
Miré el sobre que todavía llevaba en la mano.
Dentro estaban la fotografía, el documento y aquella tarjeta fechada el 12 de noviembre de 1987. Yo había estado allí.
Tenía tan solo nueve años.
Y alguien había escrito mi nombre en un libro antes de que yo pudiera recordarlo.
Pero había algo más. Don Marcos conocía una parte y había preparado un camino. No la verdad.
Y, por primera vez desde que todo comenzó, empecé a preguntarme no solo quién dejaba las pistas.
Sino cuánto tiempo llevaba haciéndolo.