La historia olvidada CAPÍTULO XIV
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CAPÍTULO XIV

L as dos letras siguieron resonando en mi cabeza incluso después de que Samuel desapareciera por el sendero.

H.K

Hasta aquel momento siempre había supuesto que pertenecían a alguien.

Un hombre, una mujer, quizá la persona que había escrito el primer libro o quien llevaba semanas empujándome de un lugar a otro.

Ahora sabía que aquellas letras habían aparecido durante décadas, escritas por manos diferentes, y que las personas que convivían con ellas desde mucho antes de que yo naciera tampoco podían decirme qué significaban.

Sara volvió a sentarse junto a la mesa. Parecía cansada. AnaBel permaneció unos segundos mirando hacia el lugar por el que Samuel se había marchado y después volvió hacia mí.

—Durante años buscamos nombres —dijo Sara—. Apellidos, médicos, oficiales, trabajadores… cualquier persona cuyas iniciales coincidieran.

—¿Y encontraron algo?

—Demasiadas personas.

—Entonces no encontraron nada.

—Exactamente.

Miré a don Marcos.

—¿Usted también investigó?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde mucho antes de que encontrara el libro.

Aquella respuesta volvió a producirme la misma sensación: todos parecían haber comenzado aquella historia antes que yo y yo simplemente había llegado tarde.

—¿Y qué descubrió?

—Nada concluyente.

—Qué sorpresa.

AnaBel me reprendió con la mirada.

—No seas injusto con él.

—No sabe la cantidad de cosas que me ha ocultado.

—Sí la sé.

Me callé.

Aquello no me lo esperaba.

AnaBel apartó la manta de sus piernas y se levantó despacio.

—Ven conmigo.

—¿Adónde?

—Dentro.

Miré a Sara. Samuel ya no estaba y la tercera mujer permanecía algo más lejos, junto a unos rosales.

—¿Y ellos?

—Han contado suficiente por hoy.

Don Marcos hizo ademán de acompañarnos.

—Tú no —dijo AnaBel.

Marcos se detuvo.

—Abuela…

—Hay cosas que no te corresponde explicar.

Por primera vez desde que lo conocía vi a don Marcos aceptar una orden sin discutir.

Aquello sí que empezaba a resultar inquietante.

Seguimos hasta la casa. AnaBel caminaba despacio, pero sin ayuda y me condujo por un corredor distinto al de la entrada. Subimos unos pocos escalones y llegamos hasta una puerta de madera que no tenía ningún cartel.

Sacó una pequeña llave que llevaba colgada al cuello.

—¿Qué hay ahí?

—Nombres.

Aquella palabra me hizo recordar inmediatamente la frase de la entrada de Valdemora.

Nadie debería morir dos veces. La segunda ocurre cuando nadie recuerda su nombre.

AnaBel introdujo la llave y abrió.

El olor a tinta negra regresó de golpe.

Esta vez era imposible ignorarlo.

La habitación no era especialmente grande, pero estaba llena hasta el último espacio disponible. Había archivadores metálicos, cajas de cartón, carpetas, fotografías y cuadernos; las estanterías cubrían prácticamente todas las paredes y llegaban casi hasta el techo.

Entré despacio.

—¿Qué es todo esto?

—Lo que conseguimos salvar.

Sobre una mesa había pequeñas cajas etiquetadas con nombres y fechas. Algunas mostraban solamente un número. Otras no tenían nada.

AnaBel pasó los dedos sobre una de ellas.

—Durante mucho tiempo estas personas no existieron para nadie.

—¿Los supervivientes?

—Ellos y los que no sobrevivieron.

Cogió una carpeta y la abrió.

Dentro había varias fotografías.

—Cuando terminó la guerra, muchos regresaron a lugares que ya no existían. Otros no tenían ningún lugar al que regresar. Habían perdido padres, hermanos, hijos… y algunos habían perdido incluso la certeza de quiénes eran.

Miré las estanterías.

—¿Por eso existe Valdemora?

—Por eso terminó convirtiéndose en lo que es ahora. Mi familia empezó recogiendo documentos, cartas y fotografías. Después llegaron personas. Algunas solo estuvieron un tiempo. Otras nunca se marcharon.

—¿Todos estuvieron en Alemania?

AnaBel tardó en contestar.

—No todos estuvieron en el mismo lugar.

—¿Campos de concentración?

—Algunos.

—¿Y los demás?

—En sitios de los que apenas quedó documentación.

Me acerqué a una caja abierta. Había fotografías de adultos y niños, grupos enteros mirando a la cámara. En algunas imágenes aparecían uniformes alemanes. En otras no había nada que permitiera saber dónde habían sido tomadas.

Pensé en Sara.

—¿Quién les hizo aquellas marcas?

AnaBel bajó la mirada.

—Varias personas.

—¿Médicos?

—Algunos se hacían llamar así.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué intentaban hacer?

—Cada lugar tenía sus métodos y cada persona recuerda una parte diferente.

—Sara ha dicho que querían borrarles el nombre.

—Sara recuerda fragmentos.

La miré.

—¿Y usted?

AnaBel permaneció en silencio.

Entonces lo entendí.

—Usted también estuvo allí.

No fue una pregunta.

Apoyó una mano sobre la mesa.

—Sí.

Durante unos segundos no supe qué decir. Hasta entonces había visto a AnaBel como la mujer que cuidaba de aquellas personas, la que había protegido sus documentos y mantenido aquella residencia en pie.

No era solo eso.

Era una de ellas.

—¿Cuántos años tenía?

—Nueve.

La respuesta me dejó quieto.

Pensé en una niña de nueve años.

Y, sin querer, pensé en mí.

En mis propios nueve años.

En aquel vacío de memoria que empezaba exactamente allí.

—¿También le hicieron esas marcas?

Miré sus brazos. AnaBel comprendió inmediatamente.

—No.

—Entonces…

—Cada uno tuvo una historia distinta, Arian. Y no todas deben contarse hoy.

Estuve a punto de seguir preguntando, pero me detuve.

Por primera vez comprendí algo que hasta entonces no me había planteado: hacer preguntas también podía convertirse en una forma de violencia.

Miré nuevamente las estanterías.

—¿Está aquí todo?

—No.

—¿Qué falta?

—Muchísimo.

—¿Se perdió?

AnaBel negó.

—Se destruyó.

—¿Quién?

—Personas que tenían buenos motivos para que nadie recordara.

H.K. volvió inmediatamente a mi cabeza.

—¿Las iniciales aparecen aquí?

—Sí.

Noté cómo se aceleraba mi pulso.

—Quiero verlas.

AnaBel dudó. Después se acercó a una de las estanterías y sacó una caja estrecha. La colocó sobre la mesa. Los documentos estaban protegidos dentro de fundas transparentes.

Sacó el primero.

—1944.

Era una hoja mecanografiada en alemán. Apenas entendía una palabra, pero AnaBel señaló la esquina inferior.

H.K

—¿Una firma?

—Eso pensamos durante años.

Sacó otro documento.

H.K

Después otro. Lo mismo.

Continuó.

Finalmente colocó uno de 1987.

En todos aparecían las dos letras.

Me incliné sobre ellos.

—No tienen la misma caligrafía.

—No.

—Entonces no puede haberlos escrito una sola persona.

—Exacto.

—¿Y por qué creen que están relacionados?

AnaBel señaló junto a las iniciales.

Había una pequeña marca, tan discreta que casi parecía una imperfección del papel: un círculo incompleto atravesado por una línea.

Sentí que ya lo había visto.

Saqué el libro negro.

Comencé a pasar las páginas despacio hasta que encontré algo que hasta entonces había confundido con una mancha.

El mismo símbolo.

Lo miré más de cerca.

—¿Qué significa?

—No lo sabemos.

Solté el aire.

—Todo termina siempre igual.

—¿Cómo?

—Con alguien diciéndome que no lo sabe.

AnaBel esbozó una sonrisa triste.

—Porque algunas respuestas desaparecieron con las personas que las conocían.

Cerré el libro.

—Entonces dígame por qué estoy aquí.

La sonrisa desapareció.

AnaBel comenzó a guardar los documentos.

—Porque en 1987 ocurrió algo.

Otra vez aquella fecha.

—¿Qué?

—Llegó un hombre a Valdemora.

—¿Uno de los supervivientes?

—No.

—¿Quién era?

Tardó unos segundos.

—Alguien del otro lado.

Sentí un frío lento en la espalda.

—¿Qué significa «del otro lado»?

AnaBel me miró.

—Que no había sido una víctima.

No respondí.

—Había participado en algunas de las cosas que estas personas intentaban olvidar.

—¿Y vino aquí?

—Sí.

—¿Para qué?

AnaBel respiró profundamente.

—Decía que quería pedir perdón.

Me quedé mirándola.

—¿Después de tantos años?

—Hay personas que necesitan toda una vida para reunir valor suficiente para reconocer quiénes fueron. Y otras que esperan hasta que ya casi no queda tiempo para sufrir las consecuencias.

La segunda parte de la frase me pareció mucho más importante.

—¿Lo perdonaron?

—Algunos ni siquiera quisieron verlo.

—¿Y usted?

AnaBel no respondió.

—¿Cómo se llamaba?

Se dirigió hacia un archivador metálico y abrió uno de los cajones inferiores. Sacó una carpeta gruesa y la sostuvo durante unos segundos contra el pecho.

—Antes tienes que entender algo.

—Últimamente todo requiere que entienda algo antes.

No hizo caso.

—Un hijo puede conocer a su padre durante toda una vida y no conocer al hombre que existió antes de convertirse en su padre.

Sentí que algo se cerraba dentro de mí.

—¿Qué quiere decir?

AnaBel dejó la carpeta sobre la mesa.

—Exactamente lo que has oído.

—No.

No sabía por qué había dicho aquello.

Todavía no había pronunciado ningún nombre.

Pero algo en mi cabeza ya estaba intentando apartar una posibilidad.

—Arian…

—Abra la carpeta.

AnaBel lo hizo.

Había documentos, cartas y varias fotografías antiguas. Extrajo una de ellas y la colocó delante de mí.

La imagen era mucho más vieja que las demás.

Cuatro hombres miraban hacia la cámara. Tres vestían uniforme. El cuarto llevaba una bata clara.

No era joven.

La fotografía sí lo era.

El rostro pertenecía a un hombre de muchos años atrás, pero reconocí algunos rasgos antes de querer admitirlo. La forma de los ojos. La nariz. La manera de mantener los labios apretados.

Cogí la fotografía.

La acerqué.

Y entonces dejé de tener dudas.

—No.

AnaBel permaneció callada.

—Ese no es mi padre.

—Sí, Arian.

Negué.

—No.

Volví a mirar.

Ernest.

Mi padre.

Décadas más joven de como yo lo conocía, vestido con una bata clara y rodeado de hombres uniformados.

—¿Cuándo se hizo esto?

—Durante la guerra.

La garganta se me secó.

—Pero ha dicho que llegó aquí en 1987.

—Llegó a Valdemora en 1987. La fotografía es mucho anterior.

Eso tenía sentido.

O, al menos, cronológicamente.

Todo lo demás dejó de tenerlo.

—Mi padre nunca me habló de esto.

AnaBel no respondió.

—Él me dijo que…

La frase murió antes de terminar.

Pensé en Fina.

En las discusiones.

En la forma en que mi madre evitaba hablar de Ernest.

En Naira.

En todos aquellos años en los que yo había defendido a mi padre convencido de que los demás eran quienes estaban siendo injustos con él.

—¿Qué hacía?

Mi voz sonó distinta.

—No conozco toda su historia.

Apreté la fotografía.

—¿Qué hacía mi padre con esos hombres?

—Arian…

—Quiero saberlo.

—No puedo contarte lo que no sé.

—¿Entonces quién puede?

AnaBel sostuvo mi mirada.

—Tu madre.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Fina?

—Sí.

—¿Ella sabía esto?

No respondió.

No hacía falta.

Me aparté de la mesa.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace muchos años.

Recordé las veces que había defendido a Ernest frente a ella.

Las ocasiones en que había acusado a mi madre de no perdonar, de vivir anclada en cosas que nunca quería explicar.

Recordé también a Naira y la distancia que se había abierto entre nosotros después de que yo decidiera ponerme del lado de mi padre.

—Por eso lo odiaba.

—No sé si lo odiaba.

—Yo sí sé lo que pensaba de él.

—Eso no significa que conozcas todos sus motivos.

Me giré hacia AnaBel.

—Y usted sí.

—Algunos.

—Marcos también.

No contestó.

Aquello fue respuesta suficiente.

Abrí la puerta.

Don Marcos estaba al otro lado del pasillo.

No supe cuánto había escuchado.

Lo miré.

—¿Desde cuándo sabe quién soy?

No apartó los ojos.

—Desde hace bastante tiempo.

La misma respuesta que me había dado en el coche.

Esta vez no me bastó.

—¿Preparó todo esto?

—¿Todo qué?

—El libro. La sala. Cartagena. Los lugares a los que he ido. Las pistas.

Marcos miró un instante hacia su abuela.

Después volvió hacia mí.

—No todo.

Aquellas dos palabras me hicieron más daño que una negación.

—¿Qué parte?

—No es el momento.

Solté una risa sin humor.

—Claro que no.

—Arian…

—Quiero irme.

—Déjeme explicarle…

—He dicho que quiero irme.

AnaBel apareció detrás de mí.

—Marcos.

Él calló.

—Llévalo.

Don Marcos asintió.

Atravesamos Valdemora sin hablar. Al cruzar el jardín vi a Samuel sentado bajo la pérgola. Levantó los ojos cuando pasé junto a él, pero no dijo nada.

Sara tampoco.

Tuve la sensación de que todos sabían algo sobre mi familia excepto yo.

Y aquello me resultó insoportable.

Subimos al coche. Durante los primeros minutos no dije una sola palabra. La fotografía de Ernest seguía conmigo; no recordaba en qué momento la había guardado.

La saqué.

Bata clara.

Uniformes.

Mi padre.

El hombre al que yo había defendido durante años.

Mi teléfono vibró.

No hice caso.

Volvió a hacerlo unos segundos después.

Lo saqué del bolsillo.

Tenía varias llamadas perdidas.

Una de Abel.

Dos de un número que no reconocía.

Tres de Naira.

Mientras las miraba, la pantalla volvió a iluminarse.

Era Naira.

Don Marcos echó un vistazo fugaz.

—Conteste.

—No se meta.

El teléfono continuó sonando.

Pensé en dejarlo terminar.

Lo había hecho muchas veces.

Demasiadas.

Pero aquella fotografía acababa de cambiar algo.

Deslicé el dedo por la pantalla.

—¿Qué ocurre?

Durante unos segundos solo escuché su respiración.

—Es mamá.

Todo lo demás dejó de importar.

—¿Qué le pasa?

—Ha despertado.

Cerré los ojos.

—¿Está bien?

—No. Sigue muy débil. Apenas puede hablar, pero está consciente por momentos.

Me apoyé contra el asiento.

—¿Ha dicho algo?

Naira tardó un poco.

—Tu nombre.

Miré nuevamente la fotografía.

—Naira…

—¿Qué?

—Necesito preguntarle una cosa a mamá.

—¿Sobre qué?

Observé a Ernest.

Su rostro.

La bata.

Los hombres que tenía al lado.

—Sobre papá.

El silencio al otro lado fue tan largo que tuve que comprobar que la llamada seguía conectada.

—Ven al hospital —dijo finalmente.

—¿Tú sabes algo?

Otra pausa.

—Sé que mamá llevaba muchos años esperando que tú dejaras de defenderlo lo suficiente para poder escucharla.

Aquello dolió.

—Naira…

—Ven, Arian. Está muy débil. No sé cuánto tiempo podrá hablar.

La llamada terminó.

Guardé el teléfono.

Durante el resto del trayecto don Marcos no dijo nada y se lo agradecí por primera vez desde que lo conocía.

Volví a mirar la fotografía.

Hasta aquella mañana creía que la historia que estaba persiguiendo pertenecía a personas desconocidas, a nombres escondidos en archivos, a ancianos que habían pasado media vida intentando que alguien recordara lo que les ocurrió.

Ahora uno de aquellos nombres había entrado en mi propia casa.

Ernest Fogelman.

Mi padre.

Y mi madre acababa de despertar.