La historia olvidada CAPÍTULO XIII
64%

CAPÍTULO XIII

E l olor a tinta desapareció casi en cuanto entré del todo en la residencia.

O quizá fui yo quien dejó de percibirlo.

El vestíbulo era amplio y luminoso, con un mostrador de madera a la derecha, dos sillones junto a una ventana y una escalera que ascendía hacia la planta superior.

Nada recordaba a un hospital ni tampoco a la imagen que yo tenía de una residencia convencional.

No había televisores encendidos a todo volumen, carros con medicación cruzando de un lado a otro ni ancianos sentados en fila mirando hacia ninguna parte.

Había silencio, sí, pero no era el silencio muerto del sanatorio. Aquel lugar estaba vivo.

Una mujer de unos cincuenta años salió de detrás del mostrador. Vestía pantalón oscuro y una chaqueta beige, sin uniforme ni identificación visible.

—Buenos días, Marcos.

—Buenos días, Clara.

La mujer me miró.

—¿Él es Arian?

Giré la cabeza hacia don Marcos.

—Veo que aquí también saben quién soy.

Clara sonrió ligeramente.

—Llevamos algún tiempo oyendo hablar de usted.

—Eso empieza a preocuparme.

—No debería.

Marcos dejó las llaves sobre el mostrador.

—¿Cómo está mi abuela?

La expresión de Clara cambió.

—Hoy está bien. Ha desayunado en el jardín.

—¿Y los demás?

—Casi todos fuera. Hace buen día.

No me pasó desapercibido aquel los demás.

—¿Podemos verla?

Clara volvió a mirarme antes de responder.

—Lleva toda la mañana preguntando si habíais llegado.

Aquello consiguió que me sintiera todavía más incómodo.

—¿Sabía que veníamos?

—Desde anoche.

Don Marcos recogió las llaves.

—Gracias.

Lo seguí por un pasillo lateral que desembocaba en una galería acristalada.

Desde allí podía verse el jardín trasero de Valdemora, mucho más grande de lo que había imaginado desde fuera.

Había senderos de piedra, bancos, árboles frutales y una pérgola cubierta de enredaderas.

Varias personas paseaban acompañadas por cuidadores o permanecían sentadas al sol.

—No parece una residencia —dije.

—Porque no nació como tal.

—¿Qué era?

—Una finca privada.

—¿De quién?

Marcos continuó caminando.

—De mi familia.

—¿Desde cuándo?

—Mi abuelo la compró después de la guerra.

—¿Qué guerra?

Me miró.

—La Segunda Guerra Mundial.

No añadió nada más.

Al fondo del jardín distinguí una mujer sentada bajo una higuera. La reconocí antes de verle bien el rostro.

Era ella.

La mujer de la fotografía.

AnaBel.

Tenía una manta fina sobre las piernas y sostenía una taza entre ambas manos. Junto a ella había una silla vacía.

Don Marcos se acercó.

—Abuela.

La mujer levantó la mirada. Primero observó a su nieto y después a mí.

No pareció sorprendida.

—Has tardado.

No supe a quién de los dos se dirigía.

—Hemos venido en cuanto hemos podido —respondió Marcos.

AnaBel negó suavemente.

—No hablaba contigo.

Su mirada continuaba fija en mí.

—Buenos días —dije.

—Para algunos.

Don Marcos acercó una silla.

—Arian, ella es AnaBel.

La anciana dejó la taza sobre la mesa.

—No hace falta que me presentes. Sé quién es.

Me senté frente a ella.

—Entonces lleva ventaja.

—No tanta como cree.

Su voz era mucho más firme de lo que esperaba.

—¿Cómo está Argos?

La pregunta llegó tan rápido que tardé un momento en reaccionar.

—Mejor.

Sus ojos cambiaron.

—¿Mejor?

—Se hizo un corte en una pata.

AnaBel miró a Marcos.

—No me lo habías dicho.

—No.

Volvió hacia mí.

—¿Dónde ocurrió?

Dudé.

—En Cartagena.

—Eso ya lo sé.

—¿Cómo?

—Marcos me dijo dónde estaba trabajando.

—Pero no le contó lo del sanatorio.

La anciana no respondió.

—¿Sabía que terminaríamos allí?

—Sabía que el lugar existía.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y sabía que Argos lo conocía?

AnaBel bajó la mirada hacia sus manos.

—Argos conoce demasiados lugares.

Solté el aire lentamente.

—Esa clase de respuesta empieza a cansarme.

Marcos quiso intervenir.

—Arian…

—Déjalo —dijo AnaBel—. Tiene derecho.

Me incliné hacia delante.

—No estoy enfadado porque ustedes sepan cosas. Estoy enfadado porque todos parecen decidir cuándo tengo derecho a saberlas yo.

La anciana asintió.

—Eso también lo entiendo.

Saqué la fotografía del sanatorio y la dejé sobre la mesa.

—Empecemos por algo sencillo. ¿Cuándo se hizo?

AnaBel la observó sin tocarla.

—Hace tres años.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Argos vivía con usted entonces?

Pasó un dedo por el borde de la fotografía.

—Vivía aquí.

—¿Con usted?

—Con todos.

—¿Qué significa eso?

Levantó la mirada.

—Que Argos nunca perteneció a una sola persona.

—Los perros pertenecen a alguien.

—Ese no.

Miré a Marcos.

Permaneció callado.

—¿De dónde salió?

AnaBel tardó en responder.

—Marcos me dijo que usted lo encontró.

—Eso no es del todo cierto.

Don Marcos frunció el ceño.

—Abuela…

Ella levantó una mano.

—Ya hemos esperado bastante.

Volvió hacia mí.

—Yo no encontré a Argos.

Esperé.

—Él llegó aquí.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Desde dónde?

—Nunca lo supimos.

—¿Cuándo?

AnaBel miró hacia las ramas de la higuera.

—Una noche de invierno.

—Eso sigue sin ser una fecha.

Entonces me miró directamente.

—1987.

Por un momento creí haber entendido mal.

—¿Qué ha dicho?

—Que llegó en 1987.

Miré a Marcos.

Después otra vez a ella.

—Eso es imposible.

—Sí.

La facilidad con la que aceptó la contradicción me irritó.

—Un perro no puede tener el mismo aspecto durante casi cuarenta años.

—Lo sé.

—Entonces no era Argos.

AnaBel guardó silencio unos segundos.

—Eso mismo pensé yo.

—¿Qué aspecto tenía?

—El mismo.

—No puede ser.

—También se lo he dicho.

Me recliné en la silla tratando de ordenar la conversación.

—Podría haber sido otro perro parecido.

—Eso pensamos durante años.

—Entonces ¿por qué está convencida de que era él?

La mirada de AnaBel se volvió más difícil de interpretar.

—Porque regresaba.

—¿Regresaba?

—A lugares que ya conocía. A personas que habían cambiado. A habitaciones a las que nadie lo llevaba.

Sentí un escalofrío.

—Explíquese.

—Se quedó aquí varios meses aquella primera vez. Después desapareció.

—¿Se escapó?

—Eso creímos.

—¿Volvió?

—Once años después.

No dije nada.

—¿Con el mismo aspecto?

—Prácticamente.

—Eso no tiene sentido.

—Nunca he dicho que lo tenga.

—¿Lo vio un veterinario?

—Más de uno.

—¿Y qué edad calculaban?

AnaBel sonrió sin humor.

—Cinco o seis años. Siete como mucho.

Miré a Marcos.

—¿Usted vio alguno de esos regresos?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Mucho después. Yo era bastante más joven.

—¿Y era el mismo perro?

Marcos me sostuvo la mirada.

—Yo no puedo demostrar eso.

Aquella respuesta me gustó más que una certeza imposible.

—Pero ¿qué piensa?

Tardó unos segundos.

—Que cada vez que aparecía todos decían que no podía ser el mismo. Y cada vez hacía algo que nos obligaba a volver a dudar.

Pensé en la estación, el sanatorio, la manta azul, la forma en que Argos parecía reconocer lugares en los que supuestamente jamás había estado conmigo.

—¿Hay fotografías?

AnaBel señaló hacia el edificio.

—Muchas.

—Quiero verlas.

—Las verá.

—Ahora.

Negó.

—Primero debe conocer a otras personas.

Estaba a punto de protestar cuando vi que tres ancianos se aproximaban por el sendero. Dos mujeres y un hombre caminaban lentamente hacia nosotros. Ninguno parecía especialmente interesado hasta que estuvieron lo bastante cerca para verme bien.

El hombre se detuvo.

Era muy delgado, con el cabello completamente blanco y una chaqueta marrón que no parecía adecuada para la temperatura. Me observó durante varios segundos.

—No es él.

Sentí que la piel de los brazos se me erizaba.

Una de las mujeres le tocó suavemente el brazo.

—Samuel.

Él negó.

—No. No es él.

Marcos se adelantó.

—Tranquilo.

Samuel no apartó los ojos de mí.

—Pero se parece.

—¿A quién? —pregunté.

Nadie respondió.

Samuel dio un paso más.

—Los ojos.

Noté un frío repentino.

—Tiene los mismos ojos.

Don Marcos se colocó ligeramente entre nosotros.

—Vamos dentro.

Samuel levantó una mano.

No parecía asustado.

Parecía emocionado.

—¿Cómo se llama?

Contesté sin pensar.

—Arian.

Su rostro cambió.

Los labios comenzaron a temblarle.

—No.

La mujer que estaba a su lado lo sujetó.

—Samuel…

—No puede ser.

Se llevó una mano a la boca.

—No puede llamarse así.

Mi respiración se aceleró.

—¿Por qué?

Samuel me miró con los ojos húmedos.

—Porque ese nombre ya estaba escrito.

Durante unos segundos nadie habló.

—¿Dónde?

Señaló hacia el edificio.

—En el libro.

Sentí que algo se contraía dentro de mí.

—¿Qué libro?

Samuel negó lentamente.

—No tenía palabras.

Me levanté.

—¿Un libro vacío?

Abrió mucho los ojos.

Aquello fue suficiente.

—¿Era un libro vacío?

La mujer intentó llevárselo.

—Samuel, vamos.

—Espere.

Marcos me agarró suavemente del brazo.

—Déjelo.

Me solté.

—Llevo semanas dejando a todo el mundo marcharse antes de responder.

AnaBel habló desde detrás.

—Y tendrá respuestas.

Me giré.

—¿Cuándo?

Miró a los tres ancianos.

—Cuando ellos estén preparados para contarlo.

—¿Ellos?

AnaBel respiró profundamente.

—No están aquí simplemente porque sean mayores.

Miré a los tres.

—Entonces ¿por qué?

Fue la mujer que sostenía a Samuel quien respondió. Antes de hacerlo, soltó lentamente su brazo y se acercó un paso hacia mí.

—Me llamo Sara.

Era la primera vez que escuchaba su nombre.

Levantó la manga de la camisa.

En su antebrazo había marcas.

No eran un único número limpio ni un tatuaje aislado. Había líneas, símbolos, cifras parcialmente borradas y marcas superpuestas sobre otras, como si distintas manos hubieran trabajado sobre la misma piel en momentos diferentes.

Sara volvió a cubrirse.

—Porque sobrevivimos.

No necesité preguntar a qué se refería.

Pero aun así lo hice.

—¿A qué?

AnaBel no apartó los ojos de mí.

—A una época en la que hubo hombres que creyeron que podían borrar una persona empezando por su nombre.

Mi garganta se cerró.

Las imágenes de las personas vestidas de blanco volvieron a mi cabeza. Los brazos. La tinta negra. Las agujas. Los nombres sustituidos por números.

—¿Alemania?

Sara bajó la mirada.

Samuel fue quien habló.

—También.

Aquella palabra me desconcertó.

—¿También?

AnaBel intervino.

—Lo que les hicieron empezó allí para algunos. Para otros continuó después, en lugares diferentes y bajo nombres distintos. Esa parte tendrá que escucharla despacio.

No insistí.

Todavía.

Samuel seguía mirándome.

—Hay dos letras —dijo.

Sentí que algo se tensaba dentro de mí.

—¿Qué letras?

—Aparecían una y otra vez.

Ya sabía la respuesta antes de que la pronunciara.

— H.K .

Nadie se movió.

—¿Qué significan?

Samuel negó.

—Si lo supiéramos, muchas cosas habrían sido más fáciles.

—¿Dónde las veían?

Sara respondió.

—En documentos. En algunas paredes. En hojas que después desaparecían.

—¿Siempre escritas por la misma persona?

Los tres ancianos se miraron.

Samuel negó.

—No.

Aquello llamó mi atención.

—¿Cómo qué no?

—La letra cambiaba.

Recordé inmediatamente los mapas del observatorio.

Fechas diferentes.

Caligrafías diferentes.

—¿Y aparecían también en libros?

Samuel me miró.

—Sí.

Pensé en el libro verde desaparecido.

Después en el libro negro que todavía llevaba conmigo.

Lo saqué de la bolsa.

Samuel fijó los ojos en él.

—Ese también.

Sentí un escalofrío.

—¿Ha visto este libro antes?

—No ese.

—Entonces ¿por qué dice «también»?

Samuel se acercó lo suficiente para rozar la cubierta con los dedos.

—Porque los libros eran diferentes.

Me quedé mirándolo.

—¿Y qué tenían en común?

El anciano retiró la mano.

—Que esperaban.

—¿Esperaban qué?

Samuel tardó en responder.

—A alguien que escribiera lo que faltaba.

La frase me dejó inmóvil.

—¿Quién?

Negó lentamente.

—Nunca lo supimos.

Miré a AnaBel.

Después a Sara.

—Entonces H.K. no era una persona.

AnaBel inclinó ligeramente la cabeza.

—No he dicho eso.

—Pero las letras aparecen durante décadas, con caligrafías diferentes.

—Sí.

—Eso significa que no puede ser una sola persona.

—Significa exactamente eso —respondió—. Que no puede ser una sola mano.

No era lo mismo.

Y comprendí la diferencia.

Observé el libro negro entre mis manos.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

Samuel volvió a mirar mi rostro.

Luego mis manos.

—Eso es lo que queremos saber nosotros.

—Ha dicho que mi nombre estaba escrito.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

El anciano abrió la boca, pero AnaBel lo interrumpió.

—Por hoy es suficiente.

Me volví hacia ella.

—Para usted quizá.

—También para ellos.

Miré a Samuel. Parecía agotado de repente. Sara volvió a sujetarlo por el brazo y la tercera mujer, que todavía no había pronunciado una palabra, permanecía unos pasos atrás con la mirada clavada en el suelo.

No podía obligarlos.

Por mucho que quisiera.

Samuel empezó a alejarse y, después de unos pasos, volvió la cabeza.

—El libro no sirve para leerlo.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces para qué sirve?

El anciano me miró durante unos segundos.

—Para terminarlo.

Se marchó.

Bajé la mirada hacia el libro negro.

H.K

Durante semanas había supuesto que aquellas letras eran una firma. El nombre abreviado de alguien que había iniciado el recorrido, escondido libros, preparado lugares y dejado mensajes para mí.

Por primera vez contemplé otra posibilidad.

Quizá H.K. no identificaba a quien había comenzado la historia.

Quizá identificaba a quien aceptaba continuarla.

Y, por algún motivo que todavía no entendía, mi nombre llevaba décadas esperando dentro de ella.