CAPÍTULO XII
A la mañana siguiente Argos apoyaba mejor la pata.
Seguía cojeando ligeramente, pero la herida parecía limpia y no protestó cuando le cambié el apósito Cumplí las instrucciones de la veterinaria y lo saqué apenas unos minutos a pasear.
Por primera vez desde que habíamos llegado a Cartagena no busqué pistas, no abrí el libro negro ni intenté interpretar ninguna señal.
Compré algo de comida, regresé al hostal y pasé buena parte del día sentado junto a él.
Aquella calma obligada me dio demasiado tiempo para pensar.
Había trabajado a pocos metros de don Marcos durante años y nunca me había parecido un hombre especialmente misterioso.
Autoritario, sí. Reservado, bastante. Incapaz de admitir que pudiera equivocarse, casi siempre.
Pero hasta hacía unas semanas mi mayor preocupación al entrar en su despacho era averiguar si había colocado mal una caja o perdido algún documento.
Ahora sabía que conocía a Argos, que su abuela también y que ambos estaban relacionados con una historia que había comenzado mucho antes de que yo encontrara aquel libro de tapas verdes.
Marcos no había aparecido después.
Ya estaba allí. En la biblioteca.
Cerca de la Sala de los Libros Olvidados.
Cerca de mí.
Aquello convertía demasiadas casualidades en algo diferente.
El domingo regresamos a Toledo. Argos pasó gran parte del trayecto tumbado y yo aprovechaba cualquier parada para darle agua y comprobarle la pata.
Parecía bastante mejor y había recuperado aquella costumbre de mirar por la ventanilla como si conociera mejor que yo cada carretera por la que pasábamos.
Cuando entramos en casa sentí una sensación extraña. Habíamos estado fuera poco más de una semana, pero parecía mucho más. Dejé la mochila en el suelo, abrí las ventanas y Argos fue directamente a su rincón habitual.
La manta azul continuó dentro de la mochila.
No sabía por qué, pero todavía no quería sacarla.
Tenía dos mensajes de don Marcos.
El primero había llegado aquella mañana.
Avíseme cuando llegue .
El segundo, una hora después:
No hay prisa. Que Argos descanse .
No respondí hasta después de comer.
Ya estamos en Toledo .
La respuesta llegó casi inmediatamente.
¿Puede venir mañana a las once?
Miré a Argos.
¿Dónde?
Esta vez tardó algo más.
A la biblioteca. Después iremos juntos.
No me gustaba. Había esperado una dirección, no otra visita a su despacho, y estuve a punto de recordarle que me había prometido dármela si no quería ir con él. Finalmente acepté. Quizá porque, aunque me costara reconocerlo, prefería tenerlo delante cuando empezara a explicar ciertas cosas.
A las diez y media del lunes estaba frente al Alcázar mirando hacia la octava planta observando la biblioteca.
Verla me produjo una tranquilidad absurda: el mismo ascensor, las mismas escaleras, las mismas ventanas, la misma entrada.
Ningún faro encendido, ninguna estación escondida ni túneles que aparecieran al bajar la marea.
Solo mi lugar de trabajo.
Abel estaba en recepción.
—Mira quién ha decidido regresar al mundo de los vivos.
—No exageres.
Se inclinó ligeramente para mirar detrás de mí.
—¿Y Argos?
—En casa.
—Eso sí que es raro.
—Tiene una pata herida.
Su expresión cambió.
—¿Qué le ha pasado?
—Se cortó.
—¿Dónde?
La pregunta era sencilla.
La respuesta bastante menos.
—En una excursión.
Abel me observó.
—Tú no haces excursiones.
—Estoy descubriendo nuevas aficiones.
No pareció convencido, pero tampoco insistió.
—Don Marcos te espera.
—Qué sorpresa.
Subí. Antes de entrar en el despacho miré hacia el corredor que conducía a la Sala de los Libros Olvidados . Bastó hacerlo para que regresara el principio de todo: el libro verde, el verso, las iniciales H.K . y aquella puerta que nunca debería haber despertado tanto mi interés.
Llamé.
—Adelante.
Don Marcos estaba sentado detrás de su mesa. Tenía varios documentos abiertos delante, aunque los cerró cuando entré.
—Siéntese.
—Prefiero saber primero adónde vamos.
Me observó por encima de las gafas.
—Buenos días para usted también.
—Buenos días.
Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa exactamente como había imaginado durante nuestra conversación telefónica.
—¿Cómo está Argos?
—Mejor.
—¿Ha tenido que volver al veterinario?
—No.
Asintió.
—Me alegro.
Esperé.
—¿Y bien?
Don Marcos abrió un cajón y sacó un sobre.
—Antes de ir quiero enseñarle algo.
—Preferiría que empezara hablando.
—Lo haré.
—Lleva diciéndome eso bastante tiempo.
No pareció ofenderse.
—Mi abuela se llama AnaBel Allende. Tiene noventa y dos años y vive desde hace casi siete en una residencia a las afueras de Toledo.
—AnaBel.
—Sí.
No sé por qué aquel nombre se quedó unos segundos flotando en mi cabeza.
—Argos estuvo con ella durante varios años —continuó.
—Eso ya me lo dijo.
—Lo que no le dije es que nadie sabe exactamente de dónde llegó Argos.
Aquello consiguió que me callara.
Don Marcos señaló la silla.
Esta vez me senté.
—Continúe.
—Mi abuela lo encontró.
—¿Dónde?
—Creo que esa respuesta debería dársela ella.
Suspiré.
—Marcos…
Era la primera vez que eliminaba el «Don». Él también lo advirtió.
—No intento evitar la pregunta, Arian. Sé algunas cosas porque mi abuela me las contó y otras porque las fui descubriendo después. Pero hay partes de aquella historia de las que nunca ha querido hablar conmigo.
Miré el sobre.
—¿Qué contiene?
Lo deslizó hacia mí.
—Una fotografía.
—Últimamente me sobran.
—Esta es distinta.
—Eso espero.
Abrí el sobre. La imagen era antigua, en blanco y negro, con los bordes ligeramente curvados. Varias personas posaban delante de un edificio que no reconocí: cuatro mujeres, dos hombres y varios niños. Una de las niñas, de unos diez o doce años, permanecía seria junto a una mujer adulta.
—Esa es mi abuela —dijo Marcos.
Volví a mirar.
—¿Cuándo se hizo?
—A finales de los años cuarenta.
Uno de los niños sostenía algo oscuro entre las manos. Acerqué la fotografía.
Parecía un libro.
—¿Qué lleva ese niño?
—No lo sabemos.
—Parece un libro.
—También me lo parece.
Giré la fotografía.
En el reverso había una frase escrita con tinta descolorida:
Hay lugares donde las palabras siguen vivas, aunque quienes las escribieron hayan muerto .
Sentí un escalofrío.
Conocía aquella frase.
No exactamente igual, pero demasiado cerca de la que había aparecido en otra de las pistas.
Don Marcos me observaba.
—¿La había visto antes?
—Algo parecido.
—¿Dónde?
—Ahora mismo no importa.
—Creo que importa bastante.
—Entonces por una vez estamos de acuerdo.
Guardé la fotografía dentro del sobre.
—¿Su abuela conoce H.K.?
La reacción de Marcos fue mínima.
Pero la vi.
—¿Quién le ha hablado de esas iniciales?
—No ha respondido.
—No.
—¿Las conoce?
Tardó demasiado.
—Las he visto.
Me incliné hacia delante.
—¿Dónde?
—En documentos antiguos que pertenecían a mi abuela.
—¿Qué documentos?
—Registros. Listas. Notas.
—¿De qué?
—Nombres, fechas, lugares.
—¿De quién?
Marcos guardó silencio.
—Otra vez no —dije—. No vuelva a decirme exactamente lo suficiente para conseguir que siga avanzando y después se calle.
—No intento conseguir que avance.
—Pues se le da de maravilla.
Se colocó nuevamente las gafas.
—Los documentos pertenecen a personas que mi abuela conoció hace mucho tiempo. Algunas siguen vivas.
—¿Dónde?
Recogió las llaves del coche.
—En el lugar al que vamos.
Me quedé mirándolo.
—Pensaba que íbamos a visitar a su abuela.
—Y vamos a hacerlo.
—¿Hay más gente?
—Sí.
—¿Quiénes?
Don Marcos se levantó.
—Personas que llevan demasiado tiempo esperando que alguien pregunte por ellas.
No me gustó aquella frase.
Nada.
Salimos del despacho. Abel nos vio atravesar la recepción.
—¿Reunión de jefes?
Marcos continuó caminando.
—Volveré después de comer.
Abel me señaló con la barbilla.
—¿Y este?
El director me miró.
—Dependerá de cuántas preguntas haga.
—Entonces no lo espero —respondió Abel.
—Por una vez has dicho algo inteligente.
Salimos a la calle.
Antes de subir al coche saqué el móvil. Tenía una fotografía de Argos dormido aquella misma mañana.
—¿Puedo preguntarle una cosa?
Marcos abrió la puerta.
—Lleva semanas haciéndolo.
—¿Su abuela sabe que Argos está conmigo?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lo adoptó.
Me detuve.
—¿Cómo pudo saberlo?
Don Marcos apoyó una mano sobre el techo del coche.
—La protectora me llamó cuando formalizaron la adopción.
—¿Por qué a usted?
—Porque yo figuraba como contacto anterior.
Aquella respuesta encajaba con algunas cosas y complicaba otras.
—Entonces supo desde el principio que yo había adoptado a Argos.
—Sí.
—¿Usted hizo algo para que acabara conmigo?
Marcos respondió inmediatamente.
—No.
Lo miré tratando de encontrar alguna duda.
No la hubo.
—¿Nadie me eligió?
—Nadie, Arian.
—Entonces explíqueme por qué la protectora lo tenía si estaba con su abuela.
Don Marcos miró hacia la calle antes de contestar.
—Porque Argos desaparecía.
—¿Desaparecía?
—A veces durante días. Otras durante mucho más tiempo. Siempre terminaba regresando, hasta que un día no lo hizo.
—¿Y acabó en la protectora?
—Tiempo después. Cuando nos avisaron de que estaba allí, mi abuela ya no podía hacerse cargo de él como antes. Pensamos que encontrarle una familia sería lo mejor.
—¿Pensaron?
—Nos equivocamos dos veces.
No entendí.
—¿Qué quiere decir?
—La primera familia vivía a casi veinte kilómetros de la protectora. Tres días después de llevárselo, Argos volvió a aparecer delante de la puerta.
Lo miré.
—¿Lo devolvieron?
—No. Volvió solo.
Sentí una incomodidad difícil de explicar.
—¿Y la segunda?
—Prácticamente igual.
—¿También regresó?
—Sí.
Guardé el teléfono.
—¿Y conmigo por qué no?
Marcos me sostuvo la mirada.
—Eso, Arian, no lo sabe nadie.
Abrió la puerta del coche.
—Ni siquiera mi abuela.
Aquella respuesta me inquietó más que cualquier explicación preparada.
Durante los primeros minutos apenas hablamos. Toledo fue quedando atrás mientras tomábamos una carretera secundaria. Yo miraba por la ventanilla sin prestar demasiada atención al paisaje.
AnaBel.
Los registros.
H.K.
Las personas de la residencia.
Y Argos.
Siempre Argos.
—Hay algo que sigo sin entender —dije.
—Solo una cosa sería una mejora considerable.
Ignoré el comentario.
—Si usted vio H.K. en esos documentos, ¿por qué no me dijo nada cuando todo empezó?
Marcos mantuvo la vista en la carretera.
—Porque al principio no sabía hasta dónde había llegado usted.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que demasiado lejos para fingir que no ocurre nada.
—Eso tampoco responde.
—Lo sé.
Giré hacia él.
—¿Desde cuándo sabe quién soy?
Sus manos se tensaron ligeramente alrededor del volante.
Muy poco.
Lo suficiente para que lo viera.
—Desde hace bastante tiempo.
Esperé.
No añadió nada.
—Qué raro. Una respuesta de Marcos que genera otra pregunta.
—Tendrá oportunidad de hacerla.
—¿Cuándo?
—Pronto.
Volví a mirar hacia la carretera.
No insistí.
Pero aquella frase se quedó conmigo.
Desde hace bastante tiempo.
Después de unos veinte minutos redujo la velocidad y tomó un camino bordeado por árboles.
Al fondo apareció una construcción grande de piedra clara.
No parecía una residencia moderna, sino una antigua finca restaurada, de dos plantas, con una pequeña capilla lateral y un jardín enorme rodeado de cipreses.
Don Marcos aparcó.
—¿Cómo se llama?
Señaló hacia la entrada.
Junto a la puerta había una placa discreta.
RESIDENCIA VALDEMORA
Debajo no aparecía ningún teléfono ni nombre de empresa.
Solo una frase:
Nadie debería morir dos veces. La segunda ocurre cuando nadie recuerda su nombre.
La leí dos veces.
—¿Quién escribió eso?
Don Marcos se quedó a mi lado.
—Una mujer que sobrevivió a un lugar donde hicieron todo lo posible para que olvidara el suyo.
Me volví hacia él.
No dijo nada más.
Introdujo una llave en la puerta.
Antes de entrar miré hacia el coche. Durante un instante deseé haber llevado conmigo a Argos. Después recordé su pata y sentí alivio de haberlo dejado descansando en casa.
Marcos sostuvo la puerta.
—Arian.
Entré.
El interior olía a madera, café y otra cosa que no identifiqué inmediatamente. No era desagradable, pero me resultaba demasiado familiar.
Me detuve.
Inspiré de nuevo.
Entonces lo reconocí.
Tinta. Tinta negra.
La misma clase de olor que llevaba semanas acompañándome desde que todo aquello había comenzado.
Miré a don Marcos.
—Esto no es solo una residencia, ¿verdad?
No respondió.
A lo lejos escuché unas voces.
Una mujer rio.
Después alguien pronunció un nombre.
No conseguí entender cuál.
Don Marcos cerró la puerta detrás de nosotros.
Y comprendí que no habíamos ido allí únicamente para visitar a una anciana.
Habíamos llegado al lugar donde algunas de las personas que aparecían en aquellos documentos todavía podían contar su propia historia.
Y quizá, por primera vez, también la mía.