La historia olvidada CAPÍTULO XI #2
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CAPÍTULO XI #2

Esta vez respondió.

—Sí.

Me quedé quieto. No hubo ninguna visión.

Ningún ruido extraño. Ningún reloj detenido.

Solo aquella palabra.

Sí.

Me senté lentamente en la cama.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

—Porque sabía que me preguntaría cómo había llegado hasta usted.

Sentí un frío lento recorriéndome el estómago.

—¿Y cómo llegó hasta mí?

—Eso tenemos que hablarlo en persona.

Solté una risa seca.

—Claro, pienso exactamente lo mismo.

—Entiendo que esté enfadado.

—No. No creo que lo entienda.

Argos levantó la cabeza al escuchar mi tono y bajé la voz.

—Usted sabía dónde estaba yo. Sabía lo de Argos. ¿Qué más sabe?

Don Marcos tardó unos segundos.

—Lo suficiente para deberle una explicación.

Volví a mirar la fotografía.

—¿Quién es la mujer que está sentada con él?

Hubo un pequeño ruido al otro lado.

—Mi abuela.

Me quedé inmóvil. Miré el rostro de la anciana.

El cabello blanco recogido. La mano descansando sobre el lomo de Argos.

La abuela de don Marcos.

—¿Está viva?

—Sí.

Apoyé una mano sobre la manta y Argos me rozó los dedos con el hocico.

—¿Él vivía con ella?

—Pasaba casi todo el tiempo a su lado.

Por primera vez desde que lo conocía, la voz de don Marcos perdió parte de aquella firmeza habitual.

—Entonces ¿por qué terminó en una protectora?

—Arian…

—No me diga otra vez que tenemos que hablar.

Nos quedamos callados.

Desde la habitación contigua llegó el sonido de un televisor y una carcajada grabada. Alguien cambió de canal.

Don Marcos habló finalmente.

—Regrese a Toledo. Lo esperaré el domingo y lo llevaré a verla, si usted quiere.

—¿A su abuela?

—Sí.

Miré a Argos.

—¿Y si no quiero ir con usted?

—Le daré la dirección.

Aquella respuesta me desconcertó más que cualquiera de sus evasivas.

—Puede decidirlo cuando haya descansado. No hace falta que me conteste ahora.

Estuve a punto de preguntarle por H.K., por la habitación 317, por Cartagena, por la Sala de los Libros Olvidados. Tenía tantas preguntas que no conseguía elegir una sin que otra se interpusiera.

Pero estaba agotado.

—No voy a volver al sanatorio.

—Me parece bien.

—Y no voy a llevar a Argos a ningún otro sitio sin saber primero adónde vamos.

—De acuerdo.

Aceptaba todo con demasiada facilidad. Eso también me hizo desconfiar.

Nos despedimos sin despedirnos realmente. don Marcos dijo mi nombre cuando yo ya estaba a punto de colgar, pero no esperé a escuchar qué quería añadir.

Dejé el teléfono sobre la mesilla y durante unos segundos permanecí sentado en el borde de la cama, mirando la pantalla apagada como si de algún modo fuera a encenderse sola y ofrecerme todas las respuestas que él acababa de negarme.

Argos seguía observándome desde la manta.

Me deslicé hasta el suelo y me senté junto a él, apoyando la espalda contra la cama. Le acaricié suavemente detrás de la oreja y enseguida cerró los ojos, aunque no llegó a dormirse. De vez en cuando movía el hocico, quizá reconociendo todavía algún olor atrapado entre las fibras de aquella manta.

No sabía cuánto de todo aquello había organizado don Marcos ni desde cuándo.

Tampoco sabía qué relación podía existir entre su abuela, una habitación oculta en un sanatorio abandonado, H.K.

, la Sala de los Libros Olvidados y aquel inmenso vacío que comenzaba en mis recuerdos cuando tenía nueve años.

Lo único que tenía claro era que Marcos había dejado de ser un personaje secundario en aquella historia.

Había estado cerca desde el principio, mucho antes de que yo encontrara el libro verde, y ahora sabía que también formaba parte del pasado de Argos.

Aquello cambiaba demasiadas cosas.

Durante semanas había imaginado que alguien desconocido iba dejando pistas a mi paso, una figura escondida que conocía mis movimientos y parecía adelantarse a cada decisión.

Era más sencillo pensar en un extraño. Los extraños no te saludan cada mañana, no firman tus vacaciones ni te preguntan por qué has colocado mal una caja. don Marcos sí.

Y Abel siempre estaba cerca de él.

Pensé en la biblioteca, en la llave de la Sala de los Libros Olvidados, en los días de descanso, en la vacante de Cartagena y en la facilidad con la que Marcos había aceptado que Argos viajara conmigo.

Por primera vez contemplé todas aquellas cosas no como acontecimientos separados, sino como partes de algo mayor.

Me incomodó la idea.

La fotografía permanecía sobre la cama. Intenté no mirarla, aunque sabía perfectamente dónde estaba. Bastaba cerrar los ojos para verla: el jardín, los ancianos alrededor de la mesa, Marcos sosteniendo una jarra y aquella mujer con una mano apoyada sobre el lomo de Argos.

Su abuela.

No sabía su nombre. Ni cuánto tiempo había convivido con él.

Ni por qué Argos había acabado en una protectora si alguien parecía quererlo de aquella manera.

Miré la manta azul y recordé cómo la había reconocido nada más entrar en la habitación 317. No había dudado. No había necesitado observarla durante minutos ni explorar la estancia. Había sabido inmediatamente lo que era.

Aquel perro recordaba.

Quizá mucho más de lo que yo era capaz de recordar.

—¿Quién eres tú, compañero?

Argos abrió los ojos.

—No me refiero a que hables ahora. Eso sería lo que me faltaba.

Movió ligeramente la cola.

Sonreí por primera vez desde que habíamos salido del sanatorio.

Después apoyé la mano sobre su lomo y permanecí allí mientras la habitación se iba quedando en silencio. En el pasillo dejaron de escucharse puertas y el televisor de al lado se apagó. Solo quedaron las tuberías, algún coche lejano y la respiración pausada de Argos.

Pensé en la mujer de la fotografía y en aquella silla junto a una ventana. Imaginé a alguien esperando escuchar nuevamente sus uñas por un pasillo, llamándolo al entrar en una habitación y compartiendo con él tardes que yo nunca conocería.

Me dolió pensar que quizá habían apartado a Argos de una persona que lo necesitaba.

Pero había otra posibilidad. Quizá no lo habían apartado.

Quizá había sucedido algo que todavía no comprendía.

Apoyé la cabeza contra el colchón y cerré los ojos. Al día siguiente regresaríamos a Toledo. Después tendría que decidir si aceptaba la propuesta de don Marcos y visitaba a su abuela.

En realidad, sabía que iba a hacerlo.

Necesitaba respuestas.

Aunque comenzaba a temer que cada una trajera consigo una pregunta peor.

Argos se movió y apoyó la cabeza sobre mi muslo.

Bajé la mirada y le acaricié lentamente el cuello.

Pensé que hacía apenas unas semanas había trazado un semicírculo alrededor de aquel mismo perro en un parque oscuro antes de salir corriendo como un idiota.

Desde entonces había entrado conmigo en estaciones olvidadas, teatros abandonados, observatorios, faros, cuevas y un sanatorio oculto junto al mar.

Siempre detrás de mí. O delante. Según le convenía.

Y entonces apareció un pensamiento distinto a todos los anteriores. No tenía nada que ver con H.K., con las 3:17 ni con el 12 de noviembre de 1987. Era mucho más pequeño y bastante más egoísta, y precisamente por eso me avergonzó sentirlo.

Si la mujer de la fotografía seguía viva, Argos podía reconocerla.

Podía querer quedarse con ella.

Miré al perro dormido sobre mis piernas.

Hasta ese momento había tenido miedo de descubrir quién había preparado aquel camino.

Por primera vez tuve miedo de lo que podía perder al final de él.

Si lo llevaba de vuelta con ella, ¿querría Argos regresar conmigo?