CAPÍTULO XI
—Está aquí. Nos la llevamos.
La olió y continuó andando.
Dejé la puerta entornada y el tablero apoyado contra la pared, con los cuatro tornillos en el suelo. No tenía tiempo ni ganas de fingir que nadie había entrado allí. Además, empezaba a sospechar que quien hubiera preparado aquello sabía perfectamente que acabaríamos encontrándolo.
Atravesamos el pasillo despacio. Argos caminaba muy cerca de mi pierna y, por primera vez desde que lo conocía, no parecía tener ninguna intención de adelantarse. Cada pocos pasos levantaba ligeramente una de las patas delanteras.
Me detuve.
—A ver eso.
Se sentó mientras me arrodillaba y le sujeté la pata con cuidado. Al acercar la linterna descubrí un pequeño corte junto a una de las almohadillas. Apenas sangraba, pero cuando toqué cerca retiró la pata y me dedicó una mirada bastante clara.
—Vale, vale. Mensaje recibido.
Saqué la poca agua que me quedaba y limpié la herida lo mejor que pude. Argos aguantó sin moverse y después bebió directamente de mi mano, con tanta prisa que terminó derramando la mitad.
Le dejé acabar la botella.
Mientras lo veía beber pensé en las horas que llevaba arrastrándolo de un sitio a otro: carreteras, túneles, barro, acantilados, cuevas y edificios abandonados.
Yo había convertido aquella búsqueda en algo que no sabía abandonar y había supuesto, sin preguntármelo demasiado, que él estaba dispuesto a seguirme siempre.
Guardé la botella vacía.
—Se acabó por hoy.
Bajamos los escalones con mucha más lentitud que al entrar y, en el último tramo, terminé cogiéndolo en brazos.
Pesaba bastante más de lo que parecía cuando dormía hecho un ovillo junto a mi cama, pero se dejó llevar sin protestar.
Apoyó la cabeza contra mi pecho y durante unos segundos sentí su respiración atravesando el abrigo.
Cuando llegamos a la planta baja lo dejé en el suelo. Me dolía la espalda y todavía nos quedaba lo peor.
Afuera empezaba a oscurecer. El sanatorio seguía resultando enorme e inquietante, pero ahora conseguía fijarme en detalles absurdamente normales: una tubería rota, las grietas de la fachada, una ventana sin cristal. Quizá necesitaba que el edificio volviera a parecer simplemente un edificio.
El reloj de la torre seguía marcando las 3:17 .
Esta vez ni siquiera me detuve.
Nos internamos en la cueva y aceleré al escuchar el mar, aunque enseguida tuve que reducir el paso por Argos. La abertura continuaba despejada cuando llegamos; la marea había comenzado a subir, pero todavía nos quedaba margen.
No estaba dispuesto a averiguar cuánto.
El ascenso por el acantilado fue mucho peor que la bajada. Descender por un sitio peligroso tiene una ventaja: todavía puedes engañarte pensando que quizá exista otro camino para volver. Nosotros ya sabíamos que no.
Subí agarrándome a las piedras mientras buscaba dónde apoyar las botas.
Argos elegía cada paso con mucho más cuidado que antes y, en los tramos complicados, subía yo primero, dejaba la mochila y regresaba a ayudarlo.
Hubo un momento en el que me senté sobre una roca y no fui capaz de levantarme a la primera.
Argos se volvió.
—No me mires así. Tú tampoco estás precisamente fresco.
Movió la cola débilmente.
Esperé hasta recuperar el aliento. Debajo de nosotros el mar empezaba a confundirse con la oscuridad y, sin darme cuenta, metí la mano en el bolsillo interior del abrigo para comprobar que la fotografía seguía allí.
Había repetido aquel gesto tantas veces que una de sus esquinas comenzaba a doblarse.
Cuando por fin alcanzamos el sendero saqué el móvil. Me quedaba muy poca batería, pero todavía tenía cobertura. Llamé al mismo taxista que nos había llevado hasta allí.
Reconoció mi voz inmediatamente.
—¿Siguen por el acantilado?
Miré mis pantalones cubiertos de barro.
—Acabamos de volver al camino.
Hubo un pequeño silencio.
—Les dije que procuraran regresar con luz.
—Sí. Ahora me acuerdo.
Me indicó dónde podía recogernos y, antes de colgar, le pregunté si conocía alguna clínica veterinaria que siguiera abierta.
—Voy a intentar buscarles alguna, pero a estas horas estará complicado.
—Gracias.
Argos se sentó junto a mi bota mientras esperábamos.
No miró una sola vez hacia el faro.
La veterinaria tuvo que apartarle el pelo alrededor de la almohadilla para poder examinar bien el corte. Argos permanecía sobre una mesa metálica mientras yo le sujetaba la cabeza y le hablaba casi al oído.
—Ya está, compañero. Un momento y nos vamos.
La mujer levantó la mirada.
—Puede acariciarlo, pero no necesita sujetarlo tan fuerte.
Aflojé las manos.
—Perdón.
Me sentí bastante inútil.
Limpió cuidadosamente la herida y comprobó que no hubiera quedado ningún fragmento dentro. Después lo hizo bajar para observar cómo apoyaba la pata.
—No parece grave, pero necesita descanso. Paseos cortos durante unos días y nada de volver a meterlo por las rocas hasta que esto cicatrice.
—No estaba en mis planes.
Argos me miró.
—Bueno, ahora no.
La veterinaria sonrió.
—Ha hecho bien en traerlo.
No tuve valor para preguntarle si también había hecho bien en llevarlo hasta allí.
Me explicó cómo limpiar el corte y me entregó una hoja con las indicaciones. La doblé y guardé con más cuidado del que había dedicado a cualquiera de los mapas relacionados con H.K .
En recepción preguntaron por su cartilla.
La había dejado en el hostal.
Mientras comprobaban los datos del microchip recordé las primeras hojas sustituidas de aquella cartilla, la respuesta apresurada de la muchacha de la protectora y la residencia privada de la que procedía Argos.
Durante unos segundos pensé en preguntar si podían averiguar algo sobre sus anteriores propietarios, pero lo vi apoyado contra mis piernas, agotado, y decidí que por una vez una respuesta podía esperar.
Salimos de la clínica con una pequeña bolsa de curas y bastante menos dinero del que había calculado gastar durante aquella semana.
No me importó.
De regreso en el hostal extendí la manta azul en el espacio que quedaba entre la cama y la pared. Argos la olió despacio, dio un par de vueltas sobre sí mismo y terminó tumbándose encima, dejando la pata herida hacia fuera.
Me senté en el suelo junto a él.
Durante varios minutos no hice nada. Solo escuché su respiración, el ruido de las tuberías de la habitación contigua, una puerta cerrándose en el pasillo y las sillas del bar arrastrándose en la planta baja.
Todo seguía funcionando con absoluta normalidad.
Después de lo ocurrido aquel día, casi me resultaba ofensivo.
Saqué la fotografía y la dejé sobre la cama.
La mujer.
Los ancianos.
El jardín.
Don Marcos sosteniendo una jarra de agua.
Miré a Argos.
—Podías haberme avisado de que conocías al jefe.
Abrió un ojo.
—Claro. Tú no te metes en asuntos laborales.
Volvió a cerrarlo.
Intenté sonreír, pero no me duró demasiado.
Volví a examinar la fotografía. don Marcos no parecía estar posando. Estaba ligeramente inclinado hacia uno de los ancianos, como si escuchara algo que ocurría fuera del encuadre. La mujer que acariciaba a Argos miraba hacia un lado y el resto parecía simplemente disfrutar de una tarde cualquiera.
Una escena completamente normal.
Eso era precisamente lo que más me inquietaba.
Le di la vuelta.
Nada.
Ni fecha, ni nombre, ni dirección. Solo las marcas del papel fotográfico.
La acerqué a la lámpara y después la fotografié con el móvil para ampliar algunos detalles. Busqué alguna placa en el edificio, una matrícula, cualquier referencia que pudiera decirme dónde había sido tomada.
Nada.
El teléfono avisó de que apenas quedaba batería. Lo conecté y fui al baño. El agua salió marrón durante unos segundos. Tenía pequeños cortes en los nudillos y una marca en la frente del golpe contra el armario de la habitación 317 .
Me miré en el espejo.
Si don Marcos me hubiera visto así probablemente habría encontrado motivos para concederme otras dos semanas de descanso.
Regresé a la habitación. Cogí el teléfono y busqué su número.
Casi nunca lo llamaba directamente; la mayoría de las cuestiones de trabajo pasaban por Abel. Aun así, allí estaba su contacto, guardado desde alguna gestión que ni siquiera recordaba.
Pulsé.
Con el primer tono me arrepentí.
Con el segundo pensé en colgar.
Al tercero respondió.
—Dígame.
Su voz sonaba exactamente igual que en su despacho.
—Soy Arian.
—¿Ha ocurrido algo en la biblioteca?
Miré la fotografía.
—No.
Esperó.
Conocía tan bien aquellos silencios suyos que podía imaginarlo quitándose las gafas y dejándolas sobre la mesa.
—Quería preguntarle una cosa.
—Lo escucho.
Miré a Argos.
Seguía dormido.
—¿Desde cuándo conoce a mi perro?
Durante unos segundos no hubo respuesta. Escuché un leve ruido al otro lado, quizá una silla.
—¿Dónde está usted, Arian?
Me incorporé.
—En el hostal.
—¿Y Argos?
Aquello me molestó.
—Aquí conmigo. No ha contestado a mi pregunta.
Don Marcos tomó aire.
—¿Está bien?
Miré la pata vendada.
—Tiene un corte. Lo he llevado al veterinario.
El silencio que siguió fue diferente. O quizá yo necesitaba que lo fuera.
—¿Qué le han dicho?
—Que descanse.
—Bien.
Me puse de pie.
—No. Bien no. Tengo una fotografía suya con él, don Marcos. En un jardín. Hay varios ancianos y una mujer sentada junto a Argos. Usted está detrás.
No respondió.
—La he encontrado en el sanatorio.
En cuanto lo dije sentí que quizá acababa de entregarle información que debía haberme guardado.
Su voz regresó mucho más baja.
—¿Han salido los dos de allí?
—Ya le he dicho que estamos en el hostal.
—Necesitaba asegurarme.
Aquella frase terminó de encenderme.
—¿Por qué? ¿Sabía que acabaríamos allí? ¿Por eso me mandó a Cartagena?
Escuché una voz de mujer al fondo. don Marcos apartó momentáneamente el teléfono y respondió algo que no pude entender.
Después volvió.
—Arian, hay cosas que debo explicarle.
—Pues empiece.
Silencio.
Llevaba semanas haciendo preguntas a personas que desaparecían antes de contestarlas. No estaba dispuesto a tolerar lo mismo de mi propio jefe a través de un teléfono.
—Solo quiero una respuesta. ¿Conocía a Argos antes de que yo lo adoptara?