La historia olvidada CAPÍTULO X #2
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CAPÍTULO X #2

Quizá alguien lo había querido tanto como yo empezaba a quererlo. Y quizá él todavía recordaba a esa persona.

Me aparté de la silla y abrí la mesilla. Encontré una cucharilla, una goma reseca y un peine roto. Nada extraordinario. Objetos pequeños que alguna vez habían pertenecido a alguien y que ahora parecían más tristes precisamente por eso.

Después abrí el armario.

Estaba vacío.

Solo quedaban restos de cinta adhesiva en la puerta y un pedazo de papel amarillento.

Me acerqué.

Todavía podían leerse dos palabras:

Me llamo…

El resto había sido arrancado.

Pasé un dedo por el borde.

Pensé en los mapas del observatorio.

Nombres tachados. Números sustituyéndolos.

Personas reducidas a documentos incompletos.

Saqué el móvil e hice una fotografía.

Fue entonces cuando vi unas marcas cerca del suelo, en uno de los laterales del armario. Eran pequeños trazos hechos con lápiz y un dibujo infantil: una especie de casa con el tejado redondeado y una escalera que salía de una ventana sin llegar a ninguna parte.

Me incliné.

Sentí presión detrás de los ojos.

Y la habitación desapareció.

Vi unos zapatos pequeños sobre baldosas blancas. Una rodilla manchada de suciedad. Una mano infantil sujetando torpemente un lápiz.

Mi mano.

Escuché el roce de una tela.

Una voz muy cerca.

—Aquí no, Arian.

Me incorporé tan rápido que golpeé la cabeza contra la puerta del armario.

—¡Joder!

El dolor hizo desaparecer la imagen.

Argos estaba sentado junto a mí.

Apoyé la espalda contra la pared e intenté recuperar el aliento.

Volví a iluminar el dibujo.

Seguía allí.

Exactamente igual.

—Yo he estado aquí.

No sabía si era cierto.

Pero por primera vez la posibilidad no me pareció absurda.

Quizá aquel recuerdo no había surgido porque alguien quisiera enseñarme algo.

Quizá era realmente mío.

Me senté en el borde de la cama.

—No sé qué está pasando.

Argos apoyó la cabeza sobre mi rodilla.

Le acaricié el cuello.

Entonces vi su pata.

Tenía una pequeña herida en una de las almohadillas, seguramente producida durante el descenso entre las rocas.

—¿Cuándo te has hecho esto?

La revisé con cuidado. No parecía grave, pero me sentí culpable por no haberlo advertido antes.

Miré hacia la ventana.

La luz comenzaba a desaparecer.

La marea podía cerrar nuevamente el acceso a la cueva y todavía nos esperaba el ascenso del acantilado.

No podíamos quedarnos.

—Nos vamos.

Argos se levantó.

Pero en lugar de dirigirse hacia la puerta volvió hasta la silla y empujó la manta con el hocico.

—No.

Volvió a empujarla.

—La manta no es nuestra.

Me miró.

Después volvió a hacerlo.

—Eres insoportable.

Cogí la manta para doblarla.

Algo rígido cayó al suelo.

Una fotografía.

Me agaché.

No era antigua. Ni siquiera parecía llevar mucho tiempo allí. Era una impresión en color bastante reciente.

Mostraba un jardín amplio frente a un edificio de dos plantas, con grandes ventanales y un porche lleno de macetas. Varias personas mayores estaban sentadas alrededor de una mesa.

Al principio miré los rostros.

Después vi al perro.

Sentí un vacío en el estómago.

Era Argos.

No se parecía.

Era él.

Pelaje mayoritariamente blanco, cabeza y orejas marrones, las mismas marcas oscuras alrededor del hocico y aquella expresión que ya conocía demasiado bien. Parecía un poco más delgado y llevaba un collar diferente.

Miré la fotografía.

Después al perro que tenía delante.

Otra vez la fotografía.

—Argos…

Se acercó.

En la imagen estaba tumbado junto a una mujer mayor. Ella tenía una mano apoyada sobre su lomo y, sobre las piernas, descansaba una manta azul.

Con un remiendo blanco en uno de los bordes.

La misma manta.

Noté que me temblaban las manos.

Argos olfateó la fotografía y dejó escapar un gemido muy suave.

—La conoces.

No era una pregunta.

Seguí observando la imagen.

Había varias personas mayores. Una mujer miraba hacia fuera del encuadre. Un hombre sostenía una taza entre las manos.

Y detrás de ellos, de pie, había otro hombre.

Llevaba las mangas de la camisa remangadas y sostenía una jarra de agua mientras sonreía hacia uno de los ancianos.

No lo reconocí inmediatamente porque jamás lo había visto sonreír de aquella manera.

Después me fijé en las cejas.

En la forma de la cabeza.

En el gesto.

Y sentí que todo encajaba de golpe.

Don Marcos Allende Rojas.

Me quedé inmóvil.

Volví a mirar la fotografía buscando cualquier detalle que me permitiera decirme que estaba equivocado.

No lo estaba.

Era él.

Mi jefe.

El director de la biblioteca.

El hombre que me había enviado a Cartagena.

Miré a Argos.

—Tú conoces a Marcos.

Se sentó frente a mí.

Recordé la protectora y aquella explicación vaga sobre una residencia privada.

Recordé a don Marcos deteniendo el bolígrafo cuando le pregunté si podía llevarme a Argos.

Recordé la conversación que había escuchado con Abel y aquella vacante aparecida precisamente cuando yo llevaba días sin encontrar el faro.

Hasta entonces había seguido las pistas convencido de que alguien desconocido me estaba empujando a avanzar.

Ahora, por primera vez, aquel alguien tenía un rostro conocido.

Doblé la manta y la guardé en la mochila. Después metí la fotografía en el bolsillo interior del abrigo.

Antes de salir miré una última vez la habitación 317: la cama vacía, el dibujo infantil, aquel fragmento de papel que solo conservaba las palabras Me llamo…

Había llegado hasta allí buscando a H.K .

Pero la pregunta que me acompañó mientras abandonábamos el sanatorio era mucho más sencilla.

Y mucho más peligrosa.

¿Por qué don Marcos nunca me había dicho que conocía a Argos?