CAPÍTULO X
P asamos bastante tiempo buscando algún acceso que permitiera descender desde el faro hasta el punto que señalaba la luz, pero resultó imposible.
Las rocas caían casi en vertical y la oscuridad empezaba a cubrir el acantilado, así que terminé aceptando algo que mi sentido común llevaba un buen rato intentando explicarme: bajar de noche era una magnífica forma de convertir aquella investigación en una noticia breve de sucesos.
Regresamos al hostal.
A la mañana siguiente cumplí con mis obligaciones laborales, que consistieron básicamente en seguir demostrando un talento extraordinario para encerar suelos.
Por la tarde volvimos al faro. Argos parecía algo más cansado que los días anteriores.
Caminaba con normalidad, pero se detenía más y jadeaba con frecuencia.
Volví a pensar en su edad. En la protectora habían calculado seis o siete años, aunque cada vez tenía más dudas de que alguien conociera realmente su historia.
—Hoy nos lo tomamos con calma.
Me miró y siguió andando.
—Eso significa que tú también.
Naturalmente, no me hizo caso.
Pasamos casi dos horas recorriendo los alrededores del acantilado sin encontrar nada. A plena luz del día no podía verse el haz del faro, pero recordaba perfectamente el punto hacia el que había señalado la noche anterior.
Fue Argos quien encontró el acceso.
Desapareció detrás de unos arbustos y, cuando fui tras él, descubrí un estrecho sendero parcialmente oculto por una enorme roca. En algún momento debió de ser transitable, aunque el abandono y la vegetación lo habían convertido en algo bastante parecido a una invitación al accidente.
Miré mis zapatillas.
Después el desnivel.
—Hoy no.
Argos inclinó la cabeza.
—Necesitamos equiparnos.
Por una vez logré convencerlo.
Nos quedaban solo dos días antes de regresar a Toledo, así que pedí permiso para salir antes del trabajo y compré calzado adecuado, agua, algo de comida, una cuerda, un pequeño botiquín y algunas herramientas.
No tenía intención de escalar el Everest, pero empezaba a aprender que mis excursiones solían terminar siendo bastante menos sencillas de lo previsto.
Volvimos al día siguiente. El Taxista nos dejó en el mismo lugar recordándonos que debíamos regresar antes de que cayera la noche.
El cielo estaba cubierto y el mar golpeaba con fuerza contra la base del acantilado.
El primer tramo del descenso resultó relativamente sencillo, pero pronto el sendero comenzó a inclinarse hasta obligarme a utilizar las manos en algunos puntos.
La roca estaba húmeda y resbaladiza, y cada pocos metros descubríamos que el siguiente tramo era todavía más vertical que el anterior.
Argos avanzaba agachado, midiendo cada paso. Ya no parecía tan entusiasmado.
—No hacía falta que demostraras que podías bajar.
Se volvió hacia mí.
—Podíamos estar en el hostal viendo la televisión.
Continuó descendiendo.
—Eso pensaba.
Después de más de una hora llegamos a una pared de roca que cortaba por completo el camino.
No había sendero. No había entrada. No había nada.
Me dejé caer sobre una piedra.
—Fantástico.
Argos se tumbó junto a mí.
Aquello me preocupó.
Normalmente necesitaba convencerlo para que descansara. Esta vez cerró los ojos casi inmediatamente. Le pasé una mano por el lomo y noté su respiración más agitada de lo habitual.
—¿Estás bien, compañero?
Abrió los ojos, pero no se levantó.
Nos quedamos allí unos minutos. El mar golpeaba las rocas debajo de nosotros y la espuma llegaba casi hasta la pared frente a la que habíamos terminado. Consulté la hora y comencé a calcular cuánto tardaríamos en subir. No podíamos permitir que anocheciera durante el regreso.
Estaba a punto de ordenar la retirada cuando advertí algo.
El nivel del agua estaba bajando.
Me incorporé.
Cada nueva ola llegaba un poco menos lejos que la anterior y, lentamente, comenzó a aparecer una abertura en la base de la pared.
Una entrada.
—No puede ser.
Argos levantó la cabeza.
Esperamos.
La marea continuó descendiendo hasta dejar al descubierto una boca estrecha excavada en la roca.
Argos se puso en pie de inmediato y empezó a mover la cola.
—Hace treinta segundos estabas moribundo.
Se acercó a la abertura.
—Eres un manipulador.
Esperamos hasta que el acceso pareció seguro y entramos.
Encendí la linterna. La cueva no era completamente natural.
A lo largo de las paredes había viejos focos rotos y restos de cableado, prueba de que en algún momento aquel paso había estado iluminado.
El túnel avanzaba casi en línea recta y no tardamos demasiado en distinguir claridad al otro extremo.
Cuando salimos, me detuve.
Ante nosotros se levantaba un edificio enorme.
Cinco plantas, cientos de ventanas y una torre central que sobresalía por encima del resto de la construcción. El lugar estaba rodeado de roca, árboles y niebla, oculto de tal manera que desde el mar habría resultado difícil imaginar que existía.
En lo alto de la torre había un reloj.
No necesitaba acercarme para saber qué hora marcaba.
3:17
Sentí que algo se cerraba dentro de mi pecho.
Habíamos seguido la luz de un faro abandonado, descendido un acantilado y esperado a que la marea descubriera una entrada escondida para terminar frente a otro reloj detenido exactamente a la misma hora.
Aquello ya no parecía un camino. Parecía una obsesión.
Nos acercamos.
La verja principal estaba abierta. No había cadenas ni candados, solo un cartel deteriorado por el tiempo:
SANATORIO SANTA AMALIA
Debajo, alguien había grabado directamente sobre la madera:
Las enfermedades desaparecen. Los secretos esperan .
—Qué tranquilizador.
Argos cruzó primero.
No ladró.
Se quedó unos segundos olfateando el aire y después continuó.
El interior estaba cubierto por una capa gruesa de polvo.
Los pasillos eran largos y estrechos, con puertas abiertas a habitaciones donde todavía permanecían camas metálicas oxidadas.
Encontramos varias sillas de ruedas abandonadas, vitrinas vacías y documentos esparcidos por el suelo.
La sensación no era exactamente de abandono. Era más incómoda.
Parecía que todos se hubieran marchado de repente.
Fuimos subiendo plantas.
Entonces advertí las pequeñas placas junto a las puertas.
Habitación 12.
La numeración continuaba siguiendo un orden normal hasta el tercer piso.
Allí se interrumpía.
316.
Después:
318.
Me detuve.
—Falta una.
Argos ya estaba frente al espacio entre ambas habitaciones.
Aparentemente solo había pared.
Se acercó y apoyó el hocico contra ella.
Olfateó.
Después movió la cola una única vez y se sentó.
Lo miré.
—¿Qué pasa?
Volvió a acercar la nariz a la pared.
Había algo extraño en su comportamiento. No parecía estar buscando un olor nuevo.
Parecía reconocerlo.
Me agaché.
Bajo varias capas de pintura distinguí una línea vertical. Después otra.
El contorno de una puerta.
Argos arañó suavemente la parte inferior, exactamente como hacía en casa cuando quería que le abriera.
—¿Has estado aquí?
La pregunta salió antes de que pudiera evitarlo.
Por supuesto no respondió.
Golpeé la pared con los nudillos.
Sonó hueca.
Aquello no era un muro. Habían colocado un tablero sobre la antigua entrada y lo habían pintado del mismo color que el pasillo. El polvo y los años habían terminado ocultándolo.
Saqué de la mochila el destornillador que había comprado para el descenso y busqué las sujeciones. Encontré cuatro tornillos casi enterrados bajo la pintura. Tres estaban completamente oxidados.
El cuarto tenía una marca metálica brillante en el centro.
Me quedé mirándolo.
Alguien había introducido una herramienta allí recientemente o, al menos, mucho después de que aquella entrada hubiera sido sellada.
—No somos los primeros.
Argos miró hacia el fondo del pasillo.
Me detuve. Escuché.
Nada.
Solo el viento atravesando alguna ventana rota.
Tardé bastante en soltar los tornillos. Cuando retiré el último, el tablero cedió hacia mí y tuve que sujetarlo para evitar que cayera al suelo. Lo apoyé contra la pared.
Detrás había una puerta estrecha de madera.
Sobre ella, una pequeña placa.
317.
Sentí un escalofrío.
Hasta entonces el 3:17 había sido una hora, o eso me parecía.
Allí los mismos números señalaban una habitación que alguien había intentado borrar.
Giré el pomo.
La puerta rozó contra el suelo y tuve que empujar con el hombro para abrirla.
Dentro había una cama de hierro, una pequeña mesilla, un armario y una silla junto a la ventana. La humedad había oscurecido las esquinas y en la pared del fondo quedaba la marca rectangular de algún cuadro o fotografía que ya no estaba.
Esperé.
Nada ocurrió.
Ninguna voz. Ningún hombre misterioso. Ninguna aparición vestida de blanco.
Me descubrí decepcionado y aquello me pareció preocupante.
—Bueno. Parece que esta vez nos toca buscar.
Argos entró.
Olfateó una pata de la cama y después se dirigió directamente hacia la silla.
Sobre ella había una manta doblada.
Era azul, de lana gruesa, con uno de los bordes remendado con hilo blanco.
Argos bajó la cabeza.
La olió durante varios segundos.
Después apoyó el hocico encima.
No movió la cola.
Me acerqué y le acaricié el lomo. Estaba tenso, aunque respiraba despacio. Toqué la manta.
Estaba seca.
Eso me sorprendió. Toda la habitación olía a humedad y prácticamente todo estaba deteriorado por los años, pero aquella manta no parecía llevar allí tanto tiempo.
La levanté ligeramente. Debajo había polvo. Mucho menos que en el resto de la silla.
Argos siguió el movimiento con la nariz.
—Tranquilo. No voy a llevármela.
La dejé de nuevo y se tumbó junto a ella.
Me quedé observándolo.
Desde que había llegado a mi vida había asumido que nuestro vínculo era sencillo. Yo le había dado una casa, comida y compañía; él había decidido quedarse conmigo. Una explicación razonable.
Pero sentado en aquella habitación comprendí algo que hasta entonces no había querido pensar.
Argos tenía una vida anterior.
Alguien había conocido la forma en que dormía. Sus manías. El ruido de sus patas por un pasillo. La manera de pedir que le abrieran una puerta.