La historia olvidada CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

P asaron varios días sin que consiguiera averiguar dónde estaba el faro de la fotografía.

Busqué imágenes, localizaciones antiguas, torres costeras abandonadas y cualquier construcción que pudiera parecerse a aquella silueta castigada por el mar, pero encontré demasiadas y ninguna coincidía lo suficiente.

Por primera vez desde que había comenzado todo, el camino parecía haberse detenido.

Aquello me afectó más de lo que esperaba.

Volví una y otra vez sobre las pistas anteriores, revisé el mapa, las fotografías y el libro negro, incluso llegué a pensar que quizá había interpretado mal algo en el observatorio.

La posibilidad de abandonar empezó a parecerme razonable, o al menos eso intentaba convencerme.

Entre mi madre en el hospital, la distancia con Naira y aquellas semanas persiguiendo lugares que no deberían existir, comenzaba a sentirme agotado.

Tuve que reincorporarme a la biblioteca y allí todo seguía exactamente igual.

La Sala de los Libros Olvidados me esperaba con sus estanterías a medio organizar con sus cientos de ejemplares anónimos, textos acéfalos y manuscritos sin identificar.

Pero hasta aquello había perdido parte de su atractivo.

Durante los primeros días había sentido que cada libro podía esconder una respuesta; ahora empezaba a sospechar que podía pasarme la vida entera buscando preguntas.

Una mañana iba hacia la sala cuando escuché la voz de don Marcos procedente de su despacho.

—Yo lo despedía de inmediato.

Me detuve.

No sé por qué, pero escuchar la palabra despedir dentro de mi lugar de trabajo tenía la capacidad de convertir cualquier conversación ajena en asunto personal.

—Por favor, don Marcos, baje la voz —respondió Abel.

La puerta estaba entreabierta.

Naturalmente, me quedé allí.

Solo para asegurarme de que no hablaban de mí.

Investigación preventiva.

—Si aceptó el puesto, ahora no puede echarse atrás —continuó don Marcos—. Yo ya he dado mi palabra.

—Lo sé. He hablado con él dos veces, pero dice que no puede ir. Además, solo sería una semana.

—Pues tenemos un problema, Abel. Y bastante serio.

Escuché papeles sobre la mesa.

—Me comprometí a cubrir esa vacante y voy a hacerlo.

Decidí que ya había oído suficiente y traté de alejarme con toda la naturalidad posible.

—¡Arian!

Cerré los ojos.

Mi capacidad para pasar desapercibido seguía siendo extraordinaria.

—¿Sí?

El director apareció en la puerta.

—A mi despacho.

Abel salió cuando yo entraba. Al cruzarse conmigo me dedicó una mirada extraña, una mezcla entre resignación y algo que no supe interpretar.

—Suerte —murmuró.

—Muy tranquilizador.

Entré.

Don Marcos volvió a sentarse detrás de la mesa y ojeó varios documentos mientras yo esperaba frente a él.

—Necesito pedirte un favor.

Aquello era mejor que un despido.

—Depende.

Levantó la mirada.

—No he terminado.

—Perdón.

—Un amigo dirige una pequeña biblioteca municipal en Cartagena. Uno de sus trabajadores estará ausente la próxima semana y necesitaban a alguien para cubrir temporalmente el puesto. Habíamos llegado a un acuerdo con Joao, pero acaba de echarse atrás.

—Y yo soy el afortunado.

—Eres la solución que tengo más cerca.

—Eso suena mucho mejor.

Don Marcos dejó los papeles sobre la mesa.

—No había pensado en ti porque el trabajo que estás realizando aquí es importante y, sinceramente, últimamente tampoco te veo demasiado centrado.

—Gracias otra vez.

—No pretendía halagarte.

—Lo imaginaba.

Se recostó ligeramente en la silla.

—Serían solo unos días. Viaje y alojamiento cubiertos. Después regresarías aquí y continuarías con la sala.

La propuesta no me pareció tan mala como habría imaginado. Necesitaba cambiar de ambiente, alejarme unos días de Toledo y, sobre todo, descansar de la sensación de que cada esquina escondía una nueva pista.

Entonces pensé en Argos.

—¿Puedo llevarme a Argos?

Los dedos de don Marcos, que jugueteaban con un bolígrafo, se detuvieron un instante.

Solo un instante.

—¿Al perro?

—Si claro, como comprenderá no puedo dejarlo solo.

Sonrió débilmente.

—Supongo que no habrá problema. Tendrás que buscar un alojamiento que acepte animales.

—Entonces voy.

—Perfecto.

Me levanté.

Cuando estaba a punto de salir, don Marcos añadió:

—Quizá te venga bien alejarte unos días.

Me volví.

—Eso espero.

Él bajó nuevamente la vista hacia los documentos.

—A veces cambiar de lugar ayuda a encontrar lo que uno no consigue ver estando siempre en el mismo sitio.

No supe si aquello era una frase hecha o simplemente Marcos siendo don Marcos.

No le di demasiada importancia.

Todavía.

El domingo preparé una maleta, las cosas de Argos y lo imprescindible para una semana fuera. Viajamos en tren hasta Cartagena y, después de varias búsquedas y alguna llamada bastante desesperante, encontré un hostal que aceptaba perros.

La habitación era pequeña, con una cama, una mesilla, un armario que parecía haber sobrevivido a varias generaciones y una ventana que daba a un patio interior donde no ocurría absolutamente nada.

—Bienvenido al lujo.

Argos recorrió la habitación olfateándolo todo y después se tumbó junto a la cama.

—A ti te sirve cualquier cosa.

Antes de salir para conocer la biblioteca llamó Laura. Quería saber cómo seguía mi madre.

—Sin cambios, que yo sepa.

—¿No has hablado con Naira?

—Todavía no.

Hubo un silencio al otro lado.

—Deberías hacerlo, Arian.

—Lo sé.

—No esperes a que vuelva a pasar algo grave para hablar con tu familia.

Laura tenía esa desagradable costumbre de decir cosas que yo ya sabía, pero no quería escuchar.

—La llamaré.

—Hazlo.

Preguntó por Argos y después por el viaje. No le conté nada del faro, del observatorio ni de hombres que desaparecían de sillas cuando dejaba de mirarlos. Nuestra relación era buena, pero incluso una exmujer comprensiva tiene sus límites.

Al día siguiente me presenté en la Biblioteca Bartolomé Calvo. Era mucho más pequeña que la de Toledo y el trabajo resultó exactamente tan emocionante como había imaginado: limpieza, mover algunas cajas, colocar material y ayudar con lo que hiciera falta.

Después de varias semanas atravesando estaciones abandonadas y observatorios en ruinas, volver a encerar un suelo casi resultaba terapéutico. Casi.

Pasamos la tarde en el hostal. Sobre la mesilla encontré varios folletos turísticos que había ignorado el día anterior. Los fui hojeando mientras Argos dormía junto a mí.

Teatro romano.

Museo romano.

Barrio del Foro Romano.

—Aquí les gustaban bastante los romanos.

Argos abrió un ojo.

Continué pasando folletos hasta que encontré uno diferente.

Batería Militar de San Juan de Podadera.

Había fotografías de antiguos emplazamientos defensivos junto al mar y de varios senderos costeros. No parecía un mal sitio para pasar la tarde.

—Mañana hacemos turismo normal.

Argos movió ligeramente la cola.

—Sin libros. Sin H.K. Sin personas vestidas de blanco. Turismo.

No sé por qué todavía hacía ese tipo de promesas.

A la tarde siguiente un taxi nos dejó cerca del comienzo de un sendero pedregoso.

El conductor señaló hacia delante.

—Desde aquí tendrán que continuar andando. Sigan el camino y llegarán sin problema.

—¿Está lejos?

—No demasiado.

La expresión no demasiado adquirió un significado bastante flexible después de los primeros veinte minutos.

El sendero discurría entre piedra húmeda y vegetación baja, con el mar golpeando las rocas varios metros más abajo. El viento arrastraba olor a sal y Argos caminaba inquieto, deteniéndose de vez en cuando para olfatear el aire.

Aquello me llamó la atención.

—¿Qué pasa?

Siguió adelante.

El sonido de las olas aumentó a medida que nos acercábamos al final del camino hasta que la vegetación se abrió y apareció la antigua batería.

Me detuve para contemplarla.

La entrada coincidía con las fotografías del folleto.

Habíamos llegado.

Entonces Argos empezó a jadear con más fuerza.

—¿Estás bien?

No me miraba.

Tenía la cabeza levantada hacia algo situado por encima de las fortificaciones.

Seguí la dirección de sus ojos.

Y dejé de respirar.

Sobre el acantilado se alzaba una torre.

Vieja.

Gris.

Agrietada.

Durante unos segundos mi cabeza se negó a aceptar lo que estaba viendo.

Metí la mano en la cartera y saqué la fotografía encontrada en el observatorio.

Miré la imagen.

Miré la torre.

Después otra vez la fotografía.

—No puede ser.

Era el faro.

El mismo.

Incluso la grieta principal de la torre coincidía con la imagen.

Sentí que las piernas me fallaban y terminé apoyando una rodilla en el suelo.

Había viajado cientos de kilómetros para cubrir durante una semana una vacante en una biblioteca y, en mi primer paseo turístico al azar, acababa de encontrar exactamente el lugar que llevaba días buscando.

Aquello ya no era una casualidad difícil de explicar.

Era una casualidad imposible.

Miré a Argos.

Él observaba el faro.

—¿Tú sabías que estaba aquí?

Movió una oreja.

—Claro. Pregunta estúpida.

Guardé la fotografía.

Tenía que subir.

Aunque solo fuera para demostrarme que desde lejos me había parecido igual y que todo aquello podía tener una explicación razonable.

La torre estaba en peor estado de lo que aparentaba. Era de piedra gris, no demasiado alta, y varias grietas recorrían la fachada. Las ventanas estaban rotas y la puerta principal apenas se sostenía sobre sus bisagras.

Por un instante creí distinguir un destello en la parte superior.

Una luz.

Parpadeé.

Había desaparecido.

—Un reflejo.

Argos gruñó.

—Eso. Un reflejo.

Empujé la puerta.

Dentro olía a sal, humedad y hierro oxidado. Había arena acumulada en el suelo, restos de muebles, viejas cuerdas, herramientas roídas y fotografías esparcidas entre la suciedad.

Encendí la linterna del móvil.

El haz recorrió las paredes.

Nombres.

Fechas.

Frases incompletas.

Y un número repetido varias veces con tiza:

3:17

—Por supuesto.

Argos olfateó una fotografía parcialmente enterrada bajo la arena. En cuanto acercó el hocico retrocedió y dejó escapar un gemido.

Me agaché.

Durante unos segundos pensé en recogerla.

No lo hice.

Había llegado un punto en el que empezaba a respetar las decisiones del perro más que las mías.

Continuamos.

Bajo la escalera de caracol que ascendía hacia la linterna del faro había una puerta casi oculta. Una cadena vieja rodeaba los tiradores y, en el centro, alguien había escrito:

H.K

Saqué del bolsillo la llave de la tienda de antigüedades.

La seguía llevando conmigo.

—Esto sería demasiado fácil.

La introduje en el candado.

No giró.

Volví a intentarlo.

Nada.

—Gracias.

Por una vez, una llave antigua no atravesaba mágicamente todo lo que encontraba.

Me di la vuelta dispuesto a revisar el resto de la sala cuando escuché un golpe metálico.

La cadena cayó al suelo.

Argos estaba junto a la puerta.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué has hecho?

Había tirado de uno de los extremos. La cadena llevaba años rodeando los pomos, pero en realidad no estaba cerrada alrededor de ellos.

Miré el candado.

Después al perro.

—No digas nada.

Empujé la puerta.

Del otro lado surgía una escalera de piedra que descendía hacia el interior del acantilado. El aire era mucho más frío y el ruido del mar parecía venir directamente desde las paredes.

Bajamos despacio.

El túnel estaba excavado en la roca y cubierto de sal y musgo. A medida que descendíamos, el sonido de las olas se hacía más fuerte hasta convertirse en un golpe constante.

Al final encontramos una pequeña sala circular.

Parecía una cripta.

En el centro había una mesa de piedra.

Y sobre ella descansaba un libro.

Sentí que se me aceleraba el pulso.

—No.

Me acerqué.

La luz del móvil apenas permitía distinguirlo.

Por un instante pensé que podía ser el libro verde.

Entonces Argos comenzó a gruñir.

No miraba hacia la mesa.

Miraba detrás de ella.

Dirigí la linterna hacia allí.

Había un hombre sentado en una silla.

Di un paso atrás.

Llevaba un abrigo largo y oscuro, desgastado, parecido al que usaría un viejo farero. Las manos descansaban tranquilamente sobre sus rodillas y el rostro quedaba parcialmente oculto por la sombra.

No necesitaba verlo.

Reconocí la voz cuando habló.

—Has tardado mucho en venir.

El pianista.

O el hombre de la tienda.

O el desconocido del observatorio.

A aquellas alturas ya no sabía qué nombre darle.

Argos se colocó delante de mí.

—¿Quién eres?

No respondió.

Señaló el libro.

—Ábrelo. No es el que buscas.

Lo miré.

—¿Cómo sabes qué libro estoy buscando?

—Ábrelo.

Había algo en aquella voz que volvió a resultarme incómodamente familiar.

Obedecí.

El libro era antiguo, pero sus páginas no estaban en blanco. En el centro había un sobre.

Lo abrí.

Dentro encontré una hoja doblada, húmeda y parcialmente deteriorada. Todavía podía leerse una frase:

Si has encontrado esta carta, no busques en la torre. La verdad nunca estuvo arriba. Está bajo el agua, donde nadie quiso volver a mirar.

Levanté la cabeza.

—¿Qué significa…?

La silla estaba vacía.

No hubo ruido.

Ni pasos.

Nada.

Me acerqué.

Solo estaba el asiento.

Pasé la luz por las paredes buscando alguna salida.

No había ninguna.

—Algún día uno de vosotros va a tener que explicarme cómo hacéis eso.

Argos seguía mirando la silla.

Guardé la carta y volvimos a subir.

Cuando salimos al interior del faro me detuve.

Había luz.

Una claridad blanca atravesaba las ventanas.

Alcé la mirada hacia la torre.

La linterna del faro estaba encendida.

—No.

Subí varios escalones de la escalera de caracol para comprobarlo.

El haz giraba lentamente.

Una vuelta.

Otra.

Aquello no tenía sentido. El edificio llevaba décadas abandonado y no había electricidad.

Entonces advertí algo todavía más extraño.

El haz no barría el horizonte de forma regular. Cada vez que completaba una vuelta se detenía durante varios segundos apuntando hacia el mismo lugar.

Un punto del acantilado.

Salimos.

Subí a una roca para obtener mejor perspectiva.

La luz volvió a pasar sobre nosotros y se detuvo enfocando hacia abajo. Muy por debajo del faro, sobre unas rocas golpeadas por las olas.

Recordé la carta.

Está bajo el agua, donde nadie quiso volver a mirar .

Argos se colocó a mi lado.

Yo observé el acantilado.

Desde allí era imposible bajar.

Tendríamos que encontrar otro acceso.

Y mientras la luz del faro seguía señalando el mismo punto una y otra vez, una pregunta empezó a ocupar todo mi pensamiento.

No era cómo había encontrado aquel lugar.

Era otra mucho peor.

¿Quién había conseguido traerme hasta allí?