CAPÍTULO VIII
D esperté con los lametazos de Argos en la cara.
Me había quedado dormido en algún momento de la madrugada y, a juzgar por la cantidad de luz que atravesaba la ventana, habían pasado bastantes horas.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba ni por qué tenía el cuello completamente destrozado; después vi el libro negro sobre la mesa y todo volvió de golpe.
El observatorio.
Después del paseo obligatorio de Argos preparé una mochila con agua, algo de comida, una linterna, una batería externa y un par de cosas más que fui metiendo sin demasiado criterio. Introduje las coordenadas en el GPS y partimos.
Las indicaciones no tardaron en volverse extrañas.
El navegador insistía en que debía tomar una salida que no existía o que había desaparecido hacía años.
Tuve que seguir unos kilómetros más hasta encontrar un desvío estrecho que parecía conducir directamente hacia ninguna parte.
Durante unos instantes dudé si continuar, pero después de todo lo que había recorrido hasta entonces abandonar porque una carretera tuviera mal aspecto habría resultado hasta ridículo.
Argos viajaba con la cabeza asomada por la ventanilla, dejando que el aire le sacudiera las orejas y le deformara ligeramente los mofletes. Parecía feliz. Lo observé de reojo y sonreí.
—Tú no tienes ningún problema, ¿verdad?
Movió la cola sin retirar la cabeza.
—Envidia me das.
A medida que avanzábamos, el asfalto se estrechaba y el paisaje se volvía más abrupto. Dejamos atrás las últimas casas y poco después comenzó a caer una lluvia fina. Los barrancos aparecieron a ambos lados de la carretera y las montañas fueron oscureciéndose a medida que el día avanzaba.
La niebla llegó casi sin avisar.
Primero apareció entre los árboles, en pequeñas manchas, y después terminó envolviéndonos hasta reducir la visibilidad a pocos metros. Conduje cada vez más despacio. En algunos tramos el asfalto estaba roto y en otros prácticamente desaparecía bajo las piedras desprendidas de la ladera.
Después de más de una hora encontré el final.
Literalmente.
Una acumulación de piedras, ramas y maleza bloqueaba la carretera. Junto al obstáculo había una señal oxidada:
CARRETERA CORTADA NO PASAR
Apagué el motor.
—Pues hasta aquí.
Argos me miró.
Más allá de las piedras comenzaba un camino de tierra que ascendía entre los árboles. Aquel bloqueo no parecía completamente natural; las rocas estaban demasiado agrupadas y algunas ramas parecían colocadas de manera deliberada.
Miré el cielo.
El atardecer empezaba a caer.
—Solo un poco.
Argos ya estaba de pie en el asiento.
—He dicho un poco.
Saltó del coche en cuanto abrí la puerta.
—Negociar contigo es agotador.
Cogí la mochila y sorteamos el montículo. A Argos le bastó un salto. Yo necesité bastante más dignidad de la que finalmente conseguí conservar.
El camino ascendía de forma constante. La llovizna apenas molestaba, pero el aire se volvía cada vez más frío y el olor a tierra mojada y pino llenaba el ambiente.
Caminamos durante un buen rato sin encontrar ninguna señal que confirmara que íbamos en la dirección correcta y empecé a pensar seriamente en regresar.
Entonces vi algo entre la niebla.
Una abertura oscura en las rocas.
Parecía la boca de un túnel.
Nos acercamos y distinguí un cartel de madera, torcido y parcialmente cubierto de musgo. La pintura negra apenas se conservaba, pero todavía podía leerse:
OBSERVATORIO SIERRA NEGRA 3KM
—Tres kilómetros, joder.
Argos olisqueó el cartel.
—Claro, a ti te da igual.
El túnel se abría delante de nosotros como una garganta negra. Alumbré el interior con la linterna. El suelo parecía transitable, aunque las paredes estaban agrietadas y rezumaban humedad.
Argos me dejó pasar primero.
—Eso sí que no me gusta.
Entramos.
El sonido del exterior desapareció enseguida. Solo se escuchaban nuestras pisadas y el goteo continuo del agua. Cuanto más avanzábamos, más profundas parecían las grietas del techo.
—Como se venga esto abajo, quiero que conste que la idea fue tuya.
Argos no respondió.
Casi al final del túnel distinguí algo en el suelo.
Dos letras. Pintadas.
H.K
Me agaché.
La pintura parecía mucho más reciente que el resto del lugar.
Pasé un dedo cerca, sin tocarla.
—Alguien ha estado aquí.
Argos siguió adelante.
El último tramo fue mucho más duro. El camino se inclinó hasta convertirse en una pendiente de barro en la que tuve que ayudarme varias veces con las manos. Argos clavaba las patas y avanzaba sin detenerse, aunque a los pocos metros se volvía para comprobar que yo seguía detrás.
El viento soplaba con fuerza en aquella zona. Las nubes pasaban tan bajas que por momentos parecía que caminábamos dentro de ellas.
Y entonces lo vimos.
El observatorio.
La cúpula se alzaba sobre la colina, oxidada y parcialmente cubierta por la niebla. Desde aquella distancia parecía el cráneo de un gigante abandonado. Varias ventanas estaban rotas y algunas puertas colgaban torcidas de sus bisagras.
Me detuve. Era el dibujo del libro. La cúpula, la escalera y el cielo.
Todo estaba allí. No exactamente igual. Pero demasiado parecido.
Subimos los últimos metros hasta la entrada. Sobre la puerta principal había una placa de piedra partida por un extremo:
OBSERVATORIO ASTRONÓMICO SIERRA NEGRA -1912-
Debajo, alguien había escrito con la misma pintura negra que habíamos visto en el túnel:
H.K
Argos se adelantó.
—Espera.
No esperó.
Empujé la vieja puerta metálica y el chirrido del hierro resonó por todo el edificio.
El interior olía a humedad, polvo y madera podrida. Había papeles esparcidos por el suelo, estanterías volcadas, mapas estelares rasgados y un enorme telescopio apuntando hacia una grieta abierta en la cúpula.
La linterna recorrió la sala.
Y terminó sobre un reloj.
Colgado en la pared.
Detenido.
3:17
Ya no me sorprendió.
Eso fue quizá lo más preocupante.
Debajo del reloj había una fecha escrita directamente sobre la pared:
12 DE NOVIEMbrE DE 1987
Me acerqué.
La tinta parecía más reciente de lo que debería.
Pasé los dedos por la pared y noté la superficie rugosa.
—Esto no lleva aquí cuarenta años.
Argos se puso rígido.
Escuchamos un ruido.
Me giré.
Junto a unas escaleras metálicas había un hombre sentado en una silla.
No lo había visto al entrar.
Llevaba un abrigo largo y oscuro, guantes y un sombrero apoyado sobre las rodillas. La sombra ocultaba buena parte de su rostro.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
—¿Quién es usted?
No respondió.
Levantó un brazo y señaló hacia una puerta metálica situada al otro lado de la sala.
Seguí la dirección con la linterna.
—¿Qué hay ahí?
Esta vez habló.
—Mapas.
Su voz me resultó familiar.
Demasiado.
—¿Mapas de qué?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—No somos lo que recordamos, Arian. Somos lo que no pudimos olvidar.
Me quedé inmóvil. No por la frase. Por la voz.
Era casi idéntica a la del pianista del teatro.
—¿Nos hemos visto antes?
Argos comenzó a caminar hacia la puerta indicada.
—Argos.
No me hizo caso tampoco esta vez.
Volví a iluminar al hombre. La silla estaba vacía.
Di un paso atrás.
—No.
Moví la linterna por toda la sala.
Nada. Solo la silla. Vacía.
—Esto no puede estar pasando.
Seguí a Argos.
La sala contigua estaba algo más iluminada porque parte del techo se había derrumbado y dejaba pasar la claridad de la luna. Las paredes estaban cubiertas por enormes paneles de papel amarillento sujetos con chinchetas, cuerdas y pequeños objetos.
Me acerqué a uno.
No eran mapas de ciudades.
Ni de países.
Eran mapas de personas.
Cada panel reunía nombres, fechas, fotografías, cartas, recortes de periódico, billetes de tren, llaves, flores secas, dibujos infantiles y relojes detenidos. Parecía que alguien hubiera intentado reconstruir vidas enteras utilizando únicamente lo que quedaba de ellas.
Recorrí lentamente la sala.
Había historias de personas que no conocía. Una mujer que había perdido a su hijo. Un marinero que llevaba décadas buscando a alguien cuya única existencia parecía ser una fotografía. Un hombre cuyo nombre había sido tachado y sustituido por un número.
No entendía qué relación tenían entre sí.
Hasta que descubrí un patrón.
En varios documentos aparecían las mismas iniciales.
H.K
Una y otra vez.
En fechas distintas.
Con caligrafías diferentes.
Me acerqué a uno de los mapas.
La K tenía un trazo ligeramente torcido.
La caligrafía volvía a resultarme muy familiar.
Sentí una punzada detrás de los ojos.
—¿Qué demonios eres?
No esperaba respuesta.
En el centro de la habitación había un tragaluz incrustado en el suelo. De la planta inferior llegaba una luz blanca muy débil.
Me acerqué.
El cristal reflejó la linterna y no pude distinguir nada, así que la apagué.
Esperé unos segundos.
Mis ojos se adaptaron.
Debajo había una sala.
Y alrededor de una mesa circular caminaban varias personas vestidas de blanco. Me quedé inmóvil.
Eran muchas.
Avanzaban despacio, de forma sincronizada, alrededor de la mesa. Había velas, frascos oscuros y recipientes que desde arriba parecían llenos de tinta.
Sentí cómo se me erizaba la piel.
Una de las figuras levantó la cabeza.
Miró directamente hacia el tragaluz.
Retrocedí de golpe.
—Joder.
Argos apareció a mi lado.
Me agaché y, después de unos segundos, volví a mirar.
No había nadie.
La sala inferior estaba vacía.
Sin personas.
Sin velas.
Sin frascos.
Solo permanecía la mesa.
Me quedé observando el hueco durante un buen rato.
—Estoy perdiendo la cabeza.
Argos me miró.
—No hace falta que estés de acuerdo.
Regresamos a la estancia anterior y bajamos por las escaleras metálicas. La silla seguía vacía. No había ninguna prueba de que alguien hubiera estado sentado allí.
La escalera descendía en espiral hacia la oscuridad. A medida que bajábamos desaparecieron el viento y los ruidos del edificio hasta que solo quedó el sonido de nuestras pisadas sobre el metal.
Terminaba frente a una puerta estrecha de madera negra.
No tenía pomo. Ni cerradura.
Solo una pequeña placa de latón.
No somos lo que recordamos, somos lo que no pudimos olvidar
La misma frase.
Empujé la puerta.
La sala del otro lado estaba vacía.
Completamente.
Ni túnicas ni velas.
Nada.
La linterna comenzó a parpadear.
—Estupendo.
Solo había una estantería apoyada contra la pared. Estaba llena de atlas, viejos diarios, tratados de astronomía y cuadernos cubiertos de polvo. En el centro, separado de los demás objetos, había un pergamino enrollado y una brújula.
Abrí el pergamino.
Contenía las iniciales H.K . y un antiguo dibujo relacionado con navegación marítima.
Miré la brújula.
La aguja estaba inmóvil.
No señalaba al norte.
Apuntaba hacia una fotografía apoyada en la estantería.
La cogí.
Mostraba un faro construido sobre un acantilado, rodeado de olas y niebla. La torre estaba agrietada y ennegrecida por el tiempo.
Le di la vuelta.
En el reverso había una frase:
Hay luces que siguen brillando mucho después de que quienes las encendieron hayan desaparecido
La leí en silencio.
La linterna se apagó.
—Perfecto.
Saqué el móvil.
Nos marchamos casi a oscuras.
Antes de abandonar el observatorio miré una última vez hacia la cúpula y después hacia el interior, esperando quizá volver a ver al hombre.
No apareció.
Guardé la fotografía en el bolsillo.
Habíamos encontrado otra pista.
Un faro.
Y, una vez más, alguien parecía habernos dejado exactamente lo necesario para continuar.
Lo que empezaba a inquietarme ya no era encontrar las señales.
Era pensar cuánto tiempo llevaban allí esperándome.