CAPÍTULO VII
A l día siguiente desperté aturdido. Había dormido, aunque no habría sabido decir cuánto, y durante varios minutos permanecí tumbado intentando ordenar todo lo ocurrido en los últimos días. Cada vez que creía encontrar cierta lógica aparecía una nueva pieza que desbarataba las anteriores.
Argos dormía tranquilamente a pocos metros de mí.
Lo observé durante un rato y volví a hacerme una pregunta que hasta entonces no me había preocupado demasiado: ¿qué edad tenía realmente?
En la protectora habían hablado de seis o siete años, aunque sin demasiada convicción.
Se movía como un perro mucho más joven, corría durante horas y parecía no cansarse nunca, pero había momentos en los que su mirada cambiaba y entonces resultaba difícil imaginarlo como un animal joven.
Parecía cansado de otra manera, como si hubiera visto demasiado.
Aparté aquella idea y cogí el libro negro que habíamos encontrado en el teatro.
Lo más inquietante era otra cosa.
Alguien parecía haber preparado un camino.
La tienda de antigüedades, la estación, el teatro…
Cada lugar conducía al siguiente con demasiada precisión como para tratarse de una sucesión de casualidades.
Lo que todavía ignoraba era quién lo había hecho, cuánto tiempo llevaba preparándolo y, sobre todo, por qué había decidido que fuera yo quien lo recorriera.
Volví a examinar el libro. En la contraportada seguían el dibujo de la cúpula, la escalera y aquel cielo lleno de estrellas, junto a las coordenadas incompletas:
39.4__ N 4.3__ O
La fecha aparecía justo debajo.
12 de noviembre de 1987
Las letras con la que estaban escritas esas coordenadas seguían provocándome una sensación difícil de explicar.
Había algo familiar en aquellos trazos, algo que me recordaba vagamente a algunos cuadernos que conservaba de niño.
No podía asegurar que fueran iguales y, de hecho, preferí no comprobarlo.
Empezaba a tener suficientes problemas sin añadir la posibilidad de que mi propia letra apareciera en un libro que no recordaba haber visto jamás.
Pasé buena parte de la mañana buscando el dibujo en Internet. Probé con catedrales, edificios antiguos, observatorios, iglesias, palacios e incluso estadios. Nada coincidía completamente.
Cerré el portátil.
—Estoy bloqueado.
Argos levantó la cabeza.
—Sí. Ya sé que tú encontrarías la respuesta oliendo una esquina.
Se levantó.
—No lo decía literalmente.
Cinco minutos después estábamos en la calle.
El día era completamente distinto al anterior. El cielo estaba despejado y la temperatura resultaba agradable, así que decidí dar un paseo largo y olvidarme durante un rato de H.K. Argos caminaba ligeramente por delante, aunque cada pocos metros se giraba para comprobar que yo seguía detrás.
El móvil sonó.
No reconocí el número.
—¿Sí?
Durante un segundo solo escuché respiración.
—Hola, Arian.
Era una voz femenina.
Conocida.
Demasiado conocida.
—Perdona… ¿quién eres?
Hubo una pausa.
—Soy Naira.
Me detuve.
Argos siguió dos pasos más y regresó hacia mí.
Hacía tanto tiempo que no hablaba con mi hermana que ni siquiera conservaba su número en el teléfono.
—Naira…
No se me ocurrió nada mejor.
—Cuánto tiempo. ¿Cómo estás?
—Tienes que venir al hospital.
Su tono eliminó cualquier intento de mantener una conversación normal.
—¿Qué ha pasado?
—Mamá está muy mal.
Sentí que algo se hundía dentro de mí.
—¿Qué quieres decir con muy mal?
—Ha sufrido un ictus, Arian. Uno fuerte.
Guardé silencio.
Naira me indicó el hospital y la planta. Después colgó sin despedirse.
Me quedé en mitad de la acera con el móvil todavía pegado a la oreja.
Argos apoyó el hocico contra mi mano.
—Tenemos que volver.
La separación de mis padres había terminado rompiendo mucho más que un matrimonio.
Naira jamás me perdonó que yo tomara partido por Ernest y, con el tiempo, aquella decisión también me alejó de mi madre.
Durante años no conseguí comprender el desprecio con el que Fina hablaba de él.
Ernest nunca la había tratado mal delante de nosotros y, cuando preguntaba qué había ocurrido realmente entre ambos, mi madre respondía con evasivas o simplemente guardaba silencio.
Yo era joven.
Y muy terco.
Terminé interpretando aquel silencio como una injusticia hacia mi padre.
Me equivocará o no, aquello tuvo consecuencias. Mi relación con Fina se fue apagando y con Naira prácticamente desapareció.
Si mi hermana había sido quien me había llamado después de tantos años, la situación tenía que ser grave.
Dejé a Argos en casa. No sabía cuánto tiempo estaría en el hospital ni me apetecía imaginarlo esperando durante horas fuera del edificio. Llegué lo más rápido que pude y seguí las indicaciones de Naira hasta la planta.
La encontré junto a la puerta de una habitación.
Durante un instante apenas reconocí a la muchacha que había tirado de mi mano durante toda nuestra infancia. Como ya te he contado anteriormente era cinco años mayor que yo y el tiempo había hecho su trabajo en ambos.
Me miró cuando me acerqué. Solo un segundo.
Después apartó la vista.
—¿Cómo está?
Naira respiró profundamente.
—Muy mal. El ictus ha sido importante y los médicos todavía no saben cuánto daño ha provocado.
—¿Está consciente?
—A ratos parece reaccionar, pero muy poco. Puedes entrar, aunque no estés mucho tiempo. No quieren que se altere.
Asentí.
No sabía qué decirle.
Entré.
Y de repente todas las pistas, todos los libros y todos mis absurdos juegos de detective dejaron de tener importancia.
Mi madre estaba rodeada de máquinas. Varios cables desaparecían bajo la sábana y una mascarilla de oxígeno cubría buena parte de su rostro.
Siempre había recordado a Fina como una mujer fuerte, incluso cuando estábamos enfrentados.
Verla allí, pequeña entre toda aquella tecnología, me produjo una sensación que no estaba preparado para soportar.
Me acerqué despacio.
No abrió los ojos.
Me senté a su lado y le cogí la mano.
Seguía caliente.
Aquello fue suficiente para devolverme de golpe recuerdos que creía olvidados: sus manos abrochándome un abrigo cuando era niño, apartándome el pelo de la frente cuando tenía fiebre, agarrándome con fuerza al cruzar una carretera.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Hola, mamá.
No respondió.
—Soy Arian.
Sentí una presión muy leve sobre mis dedos.
Tan pequeña que podría haber sido involuntaria.
Me acerqué un poco más.
—Siento haber tardado tanto.
Los párpados de mi madre no se movieron, pero una lágrima apareció en el borde de uno de sus ojos y descendió lentamente hacia la sien.
Ya no pude contenerme.
—Lo siento mucho.
Durante unos segundos creí que intentaba decir algo. Sus labios se movieron bajo la mascarilla y acerqué el oído.
—Arian…
Su voz fue apenas un soplo.
Le apreté la mano.
—Estoy aquí, mamá.
Eso fue todo.
La respiración volvió a ocupar la habitación junto al pitido constante de las máquinas.
Me quedé sentado a su lado sin hablar. No sé cuánto tiempo pasó. Quizá veinte minutos. Quizá media hora. Por primera vez en muchos años no necesitaba que mi madre explicara nada. Solo quería sentir que seguía allí.
Naira apareció en la puerta y me hizo una pequeña señal.
Entendí que debía salir.
Me incliné y besé a Fina en la frente.
—Volveré.
Cuando intenté soltarle la mano sentí otra presión.
Esta vez algo más firme.
Me detuve.
Mi madre abrió los ojos apenas unos milímetros.
Me miró.
O eso creí.
Sus labios volvieron a moverse.
—No…
Me acerqué.
—¿Qué dices, mamá?
Escuché algo.
Tan débil que durante mucho tiempo no estuve seguro de haberlo oído realmente.
—No dejes… de buscar.
Me quedé paralizado.
—¿Qué?
—¡Arian!
La voz de Naira llegó desde la puerta.
Me giré.
—Me ha hablado.
Mi hermana entró y miró a nuestra madre.
—¿Qué dices?
—Ha abierto los ojos. Me ha dicho…
No terminé la frase.
Fina estaba exactamente igual que antes.
Ojos cerrados.
Mascarilla perfectamente colocada.
Respiración lenta.
Naira me observó.
—Está sedada, Arian.
—Te digo que me ha hablado.
No respondió. Su expresión era una mezcla de agotamiento y compasión que me molestó más de lo que debería.
Volví a mirar a mi madre.
Quizá Naira tenía razón.
Quizá mi cabeza estaba intentando unirlo todo, convirtiendo cualquier gesto o sonido en una nueva señal. Llevaba días durmiendo mal, siguiendo pistas absurdas y viendo cosas que no sabía explicar.
No volví a mencionar lo ocurrido.
Salí de la habitación después de acordar con Naira que me avisaría inmediatamente si había algún cambio. Nos despedimos con una distancia incómoda. No hubo abrazo ni beso. Ni siquiera un «hasta luego» que sonara verdadero.
Caminé hacia el ascensor pensando que aquella familia se había acostumbrado tanto a estar separada que ya ni siquiera sabíamos cómo acercarnos cuando realmente lo necesitábamos.
Aquella noche tampoco conseguí dormir.
Argos sí.
Estaba tumbado a los pies de la cama emitiendo uno de aquellos ronquidos secos que variaban según la postura. Normalmente me hacían gracia; aquella noche me parecieron casi reconfortantes. Al menos uno de los dos era capaz de descansar.
Me levanté y preparé un café.
Sabía perfectamente que tomar café de madrugada no iba a ayudarme a dormir, pero a aquellas alturas el sueño ya me parecía un problema menor.
Me senté junto a la ventana. La calle estaba prácticamente vacía y el cielo despejado dejaba ver una luna enorme. Pensé en mi madre, en Naira, en Ernest y en todo el tiempo que habíamos desperdiciado evitando conversaciones que quizá deberíamos haber tenido años atrás.
Después pensé las palabras de Fina.
No dejes de buscar .
¿Las había pronunciado realmente?
No lo sabía.
Miré hacia la mesa.
El libro negro seguía allí.
Lo cogí y volví a estudiar la contraportada.
La cúpula, la escalera y aquel cielo lleno de estrellas.
Ya había pensado que podía tratarse de un observatorio, pero hasta entonces había sido solo una intuición.
Ahora, con la mente algo más despejada, comprendí que esas estrellas no eran un simple detalle decorativo, sino una pista: debían de ser la clave para identificar cuál.
Me quedé mirando el dibujo durante unos segundos.
—Todo encaja —murmuré.
Argos abrió un ojo.
—Una cúpula, una escalera… y un cielo de estrellas. Esta vez la frase no era una pregunta, sino la confirmación de lo que ya sospechaba—. Un observatorio.
Se incorporó.
—Ahora solo falta saber cuál.
Abrí el portátil y comencé a buscar observatorios antiguos o abandonados en la provincia de Toledo. No tardé demasiado en encontrar uno que me hizo acercarme a la pantalla.
Observatorio Astronómico Sierra Negra. 1912.
Seguí leyendo.
Estaba situado en los Montes de Toledo, en una zona aislada, y llevaba abandonado décadas. Había tenido distintos usos a lo largo de su historia y apenas quedaban referencias claras sobre su acceso.
Hasta ahí podía ser una coincidencia.
Entonces busqué y encontré las coordenadas.
39.462 N 4.347 O
Cogí el libro.
Volví a mirar los números incompletos grabados en el cuero:
39.4__ N 4.3__ O
Encajaban.
Sentí un escalofrío.
Argos se acercó y apoyó la cabeza sobre mi pierna.
—Creo que ya sabemos dónde vamos mañana.
Movió la cola.
Y por primera vez desde que había salido del hospital sentí algo distinto a culpa y miedo.
No sabía si mi madre me había hablado realmente. Pero sí sabía una cosa.
El camino continuaba.