CAPÍTULO VI
C uando abrí los ojos me encontraba completamente desorientado.
Durante unos segundos me limité a observar el techo de mi habitación, intentando recordar cómo había llegado hasta allí.
Giré la cabeza y vi a Argos dormido en su lugar habitual, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Aquello, lejos de tranquilizarme, me produjo una sensación de angustia.
No quería que la estación, el vagón y aquellas personas vestidas de blanco hubieran sido un sueño.
Me incorporé de golpe y fui hacia el abrigo. Revolví los bolsillos hasta encontrar lo que buscaba.
La fotografía.
Seguía allí.
Me senté en el borde de la cama y la observé de nuevo. El edificio de la imagen continuaba resultándome familiar sin que pudiera explicar por qué. Le di la vuelta.
«Hay lugares donde las palabras siguen vivas, aunque quienes las pronunciaron ya no existan».
Estaba dispuesto a comenzar inmediatamente a buscar información cuando sonó el móvil.
Miré la pantalla.
Mi padre.
—Buenos días.
—Arian.
Ernest nunca necesitaba demasiadas palabras para que una conversación pareciera una citación judicial.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Entonces me tranquilizas muchísimo.
Ignoró el comentario.
—Ven a comer.
Miré la fotografía que todavía tenía entre las manos.
—¿Hoy?
—Si te he llamado hoy, imagino que sí.
Sonreí.
—Sigues siendo encantador.
—A las dos.
Y colgó.
Tan inoportuno como siempre.
Aunque quizá hablar con él no fuera una pérdida de tiempo.
De mi infancia conservo muchos recuerdos, pero también existe un periodo del que apenas queda nada.
Nací cuarenta y cinco años atrás en Extremadura y durante parte de mi niñez vivimos en Pedroso de Acim, un pueblo diminuto en el que todos parecían saber lo que habías hecho antes incluso de que tú mismo fueras consciente de ello.
Recuerdo la escuela, el frío de los inviernos, las calles casi vacías y a Naira tirando de mi mano cuando yo caminaba demasiado despacio.
Después aparece un vacío.
Comienza, aproximadamente, cuando yo tenía nueve años.
De aquellos meses solo regresan imágenes sueltas, sin un orden claro: un edificio junto al mar, una mujer vestida de blanco, un pasillo, una mano sujetando la mía. Nada desagradable pero tampoco nítido.
Durante años pensé que serían recuerdos mezclados con sueños infantiles. Nunca llegué a preguntar demasiado. En mi familia había una norma no escrita bastante eficaz: si un tema resultaba incómodo, simplemente dejábamos de hablar de él hasta que pareciera que nunca había existido.
Ernest tampoco ayudaba.
Su pasado profesional siempre había sido tan confuso como algunos detalles de su vida en Alemania.
Había trabajado como médico en distintos centros privados hasta jubilarse, aunque nunca conseguí recordar todos los lugares.
Cuando intentaba preguntarle por fechas concretas, respondía con vaguedades o cambiaba de tema.
A veces decía haber llegado a España a comienzos de los años cincuenta; en otras ocasiones aseguraba que casi una década después.
Cuando yo señalaba la contradicción, sonreía y culpaba a la edad.
Durante mucho tiempo aquella explicación me bastó.
A las dos llegué a su casa.
Era una vivienda modesta que parecía haberse detenido en otra época. No necesitaba demasiada ayuda para alguien que pasaba los cien años. Una mujer acudía unas horas al día para la limpieza, la compra y algunas tareas, pero él seguía empeñado en hacer prácticamente todo por su cuenta.
Argos vino conmigo.
Cuando mi padre abrió la puerta y lo vio, levantó una ceja.
—¿Eso es tuyo?
—Se llama Argos.
—No te he preguntado cómo se llama.
—Entonces sí. Es mío.
Ernest observó al perro durante unos segundos más de lo que me pareció necesario.
Argos también lo observó a él.
—No sabía que tuvieras un perro.
—Yo tampoco hasta hace unos días.
Mi padre se apartó para dejarnos pasar.
—Espero que sepa comportarse mejor que tú.
—No necesita esforzarse demasiado.
Por primera vez aquella mañana sonrió.
Comimos en la cocina. Ernest había preparado algo sencillo, aunque me sorprendió que hubiera cocinado él mismo.
Durante un rato hablamos de asuntos sin importancia: la biblioteca, el pueblo, el tiempo, alguna noticia.
Argos permanecía tumbado cerca de la mesa, aunque de vez en cuando levantaba la cabeza y miraba a mi padre.
No sé en qué momento empecé a notar algo extraño en Ernest.
Parecía cansado.
No físicamente.
Era otra cosa.
Sus silencios eran más largos de lo habitual y, en varias ocasiones, se quedó mirando hacia la ventana como si hubiera olvidado que yo estaba allí.
—¿Estás bien?
Volvió la vista.
—Claro.
—No lo parece.
—Tengo cien años. Supongo que tengo derecho a parecer cansado.
—No hablo de eso.
Ernest dejó el tenedor sobre el plato.
—La casa se ha quedado demasiado grande.
Aquello me sorprendió. Mi padre no era un hombre acostumbrado a reconocer emociones.
—Podrías mudarte.
Negó despacio.
—No es la casa, Arian.
No dijo nada más.
Entendí entonces que hablaba de la soledad.
Por alguna razón pensé en mi madre. En Naira. En todos aquellos años durante los que cada uno había seguido su vida intentando fingir que la ruptura familiar no había dejado nada detrás.
Argos se levantó y se acercó a Ernest.
Mi padre lo miró.
El perro apoyó el hocico sobre su rodilla.
Ernest permaneció inmóvil unos segundos antes de acariciarle lentamente la cabeza.
—Parece buen perro.
—Lo es.
—Cuídalo.
—Eso intento.
Su mano permaneció sobre Argos.
—Hay cosas que cuando se van no vuelven.
Lo miré.
—Eso ha sonado muy dramático.
Retiró la mano.
—Será la edad.
No insistí.
Todavía no sabía que había preguntas que debería haberle hecho aquel día.
Regresé a casa con la sensación de haber dejado algo pendiente en aquella cocina. No conseguía explicar qué, pero la expresión de mi padre se me quedó grabada durante todo el camino.
Por la tarde volví a la fotografía.
El edificio. Las galerías. Los palcos. La frase.
Empecé buscando antiguos teatros y salas de ópera en Toledo y sus alrededores.
Pasé horas saltando de una página a otra sin encontrar nada que coincidiera realmente con la imagen.
Entonces recordé algo que había visto en el pasillo que conducía a la estación olvidada: uno de aquellos viejos carteles mostraba un teatro abarrotado de público. Encima aparecía un nombre.
Teatro Real de las Sombras.
Lo busqué.
Existía.
O había existido.
Según la escasa información que encontré, cerró definitivamente durante los años cuarenta después de una larga etapa de decadencia y mala gestión. El edificio permanecía abandonado en los Montes de Toledo, apartado de cualquier núcleo importante.
Comparé una fotografía antigua con la que llevaba en el bolsillo.
No eran idénticas.
Pero se parecían demasiado.
Miré a Argos.
—Mañana tenemos excursión.
Movió la cola.
—Y no, no voy a ponerte el impermeable rosa.
Dejó de moverla.
—Qué rencoroso eres.
La mañana siguiente amaneció gris. Una lluvia fina caía sobre la ciudad y la niebla cubría buena parte del paisaje. Intenté colocarle a Argos su jersey impermeable, pero en cuanto lo vio comenzó a retroceder.
—No empieces.
Gruñó.
—Es por tu bien.
Volvió a gruñir.
Guardé el jersey.
—Muy bien. Mójate.
Pareció satisfecho.
El teatro se encontraba al final de una carretera estrecha que se internaba entre árboles y maleza. Cuanto más avanzábamos, menos sentido tenía imaginar que en otro tiempo cientos de personas hubieran llegado hasta allí para asistir a una representación.
El edificio apareció de repente entre la niebla.
Era enorme.
La fachada de piedra estaba agrietada y cubierta de hiedra, con manchas oscuras de humedad que descendían desde las ventanas. Sobre la entrada principal todavía sobrevivían algunas letras doradas, torcidas y medio desprendidas.
TEATRO REAL DE LAS SOMbrAS
Aparqué a cierta distancia.
—Pues parece acogedor.
Argos salió del coche.
Las grandes puertas de madera estaban entreabiertas. Todo indicaba que nadie había pisado aquel lugar en años y, sin embargo, una tenue claridad parecía escapar desde el interior.
Subimos los escalones de piedra.
Llevaba la fotografía guardada en el bolsillo.
Empujé una de las puertas con cuidado. El olor a madera vieja, polvo y terciopelo húmedo nos envolvió de inmediato.
El vestíbulo conservaba algo de la elegancia que debió tener en otro tiempo. Grandes espejos agrietados colgaban de las paredes, varias lámparas de cristal cubiertas de polvo pendían del techo y una alfombra desgastada recorría el suelo hasta las puertas de la sala principal.
Avanzamos.
Nuestros pasos resonaban sobre el mármol.
Entonces lo escuché.
Música.
Me detuve.
Argos también.
Era un piano.
La melodía llegaba desde el interior de la sala, suave y triste, como si alguien hubiera estado tocando la misma canción durante años esperando que alguien volviera a escucharla.
—No me gusta.
Argos levantó las orejas.
—Pero vamos a entrar igualmente, claro.
Seguimos el sonido.
En cuanto cruzamos las puertas de la sala principal, la música se detuvo.
Las filas de butacas descendían hacia un escenario cubierto por un enorme telón rojo descolorido. Algunas lámparas proyectaban una luz débil sobre el polvo suspendido en el aire.
Y sobre el escenario había un hombre.
Sentado frente a un viejo piano negro.
De espaldas a nosotros.
No se movió cuando entramos.
Bajamos lentamente por el pasillo central. Argos caminaba pegado a mi pierna.
Cuando estuvimos cerca del escenario, el hombre levantó una mano.
—Llegáis tarde.
Su voz me produjo una sensación extraña.
Familiar.
No sabía de dónde.
—¿Nos estaba esperando?
—En cierto modo.
Subí al escenario.
Argos hizo lo mismo.
El hombre continuaba sin girarse. Sobre el piano había una vela encendida y, junto a ella, un pequeño reloj de bolsillo.
Las agujas estaban detenidas.
3:17
—¿Quién es usted?
El pianista apoyó lentamente las manos sobre las teclas.
—Alguien que sabe lo que ocurre cuando un lugar conserva demasiados recuerdos.
Giró ligeramente la cabeza.
No lo suficiente como para que pudiera verle el rostro.
Su silueta me recordó al hombre de la tienda de antigüedades.
También su voz.
Pero algo no terminaba de encajar.
—¿Nos hemos visto antes?
No respondió.
En su lugar volvió a presionar algunas teclas, apenas un acorde.
—Este teatro está lleno de voces. Cada aplauso, cada despedida y cada promesa que se hizo aquí continúa en algún sitio.
Miré las butacas.
—Eso suena muy poético.
—Las paredes recuerdan más de lo que imaginas.
—Yo preferiría que me dijera qué estoy buscando.
El pianista levantó una mano y señaló hacia la parte superior del teatro.
Seguí la dirección con la mirada.
Había un palco distinto a los demás, más oscuro, situado casi sobre el escenario. En la barandilla podían distinguirse dos letras talladas en la madera.
H.K
—La siguiente pista está allí arriba.
—Por supuesto.
—Pero ten cuidado con lo que escuches.
Lo miré.
—¿Por qué?
Pulsó una única tecla.
Una nota grave recorrió la sala.
—Porque no todas las voces quieren ser recordadas.
No sé qué iba a responder, porque en aquel instante alguien susurró mi nombre.
Muy cerca.
—Arian.
Me giré.
No había nadie.
Recordé entonces la frase escrita detrás de la fotografía.
«Hay lugares donde las palabras siguen vivas, aunque quienes las pronunciaron ya no existan».
Durante unos segundos no se oyó nada más. Ni piano, ni viento, ni el crujido de la madera.
Subimos por las escaleras laterales que conducían a los palcos superiores. Argos olisqueaba cada peldaño y, de vez en cuando, se detenía para mirar hacia atrás.
Cuando llegamos al pasillo superior, todos los palcos estaban abiertos.
Todos excepto uno.
El marcado con las iniciales.
La cortina permanecía entrecerrada.
Desde el interior llegaban murmullos. No eran conversaciones completas, sino fragmentos: palabras sueltas, alguna risa, tímidos aplausos.
Aparté la cortina. El palco estaba vacío.
Había dos butacas cubiertas de polvo, una pequeña mesa y un antiguo gramófono. El disco giraba lentamente, aunque no había ningún cable conectado ni electricidad en aquella parte del teatro.
Me acerqué.
Del altavoz comenzaron a salir voces.
Una risa infantil.
Me quedé inmóvil.
La conocía.
Era mi risa.
Después escuché a una mujer.
—Cierra los ojos.
Sentí un escalofrío.
Otra voz, masculina, grave:
—No mires, Arian.
Mi padre.
O alguien que sonaba exactamente igual.
Después apareció otra voz.
La del pianista.
—Hay cosas que solo se encuentran cuando dejas de buscarlas.
El disco siguió girando unos segundos y después la aguja saltó.
Silencio.
—Esto empieza a cansarme.
Argos ladró.
Me giré.
Estaba mirando debajo de una de las butacas.
Asomaba algo. Un libro. Me agaché y lo saqué.
Durante un instante pensé que había encontrado el libro verde desaparecido.
No. Era distinto.
Estaba encuadernado en cuero negro y cubierto de polvo.
Lo abrí.
Todas las páginas estaban en blanco.
Todas menos la última.
En el centro aparecía una frase:
«Las bibliotecas guardan libros, pero algunos libros guardan recuerdos».
Seguí examinándolo. En el borde interior de la contraportada había un grabado tan tenue que apenas podía distinguirse: una cúpula, una escalera que ascendía hacia ella y, sobre ambas, un cielo cubierto de estrellas.
Me acerqué el libro un poco más.
—¿Un observatorio?
No podía asegurarlo, pero aquella era la primera imagen que me vino a la cabeza. Debajo del grabado aparecía una fecha.
12 de noviembre de 1987
Y unas coordenadas incompletas.
Me quedé inmóvil.
Yo tenía nueve años entonces.
Una punzada me atravesó la cabeza.
Durante un instante vi una pared blanca. La manga de un abrigo oscuro. Mis propios dedos manchados de tinta.
Después desapareció.
Cerré el libro de golpe.
—Nos vamos.
Argos se acercó.
Guardé el libro bajo el brazo y aparté la cortina.
Entonces el gramófono volvió a ponerse en marcha.
La aguja descendió sola sobre el disco.
Una voz dijo:
—Nunca lo olvides.
Y después comenzó a recitar:
«Cuando el viento frío venga a buscarte, siéntate a mi lado y no le hables. Cuando el viento álgido quiera llevarte, cierra los ojos y no te levantes. Cuando el viento helado finalmente te atrape, abre los ojos; quizás al otro lado encuentres la llave».
Me quedé inmóvil hasta que terminó.
Después bajamos. El escenario estaba vacío. El pianista había desaparecido. Solo quedaba el piano.
Sobre él seguía el pequeño reloj de bolsillo.
3:17
No lo toqué.
Argos y yo salimos del teatro mientras la lluvia continuaba cayendo sobre los árboles.
Antes de subir al coche miré hacia el edificio.
Una de las cortinas del piso superior se movió.
Quizá por el viento. Quizá no.
Lo único que sabía era que llevaba un nuevo libro conmigo y que, por primera vez desde que había comenzado todo, una de aquellas pistas señalaba directamente hacia un momento de mi propia infancia.
12 de noviembre de 1987.
Yo había estado allí. En algún lugar.
Y alguien parecía empeñado en que lo recordara.