CAPÍTULO V
M i cansancio empezaba a ser preocupante. A la mañana siguiente de visitar la tienda de antigüedades me costó muchísimo levantarme de la cama. Tenía la sensación de no haber dormido en toda la noche, aunque apenas recordaba haberme despertado.
Rebusqué en uno de los cajones de la cocina hasta encontrar el pequeño frasco que Abel me había recomendado días atrás.
Unas vitaminas, según él. Nunca me había gustado demasiado tomar medicamentos, pero aquellas pastillas parecían ayudarme.
El problema era que el frasco no tenía marca, prospecto ni nada parecido; solo una etiqueta blanca pegada torcidamente. Muy tranquilizador.
Me tomé dos.
No preguntes. A veces uno toma decisiones cuestionables antes del primer café.
La Sala de los Libros Olvidados empezaba a presentar un aspecto bastante más digno.
Los ejemplares más delicados estaban ya protegidos y buena parte de las estanterías comenzaba a recuperar cierto orden.
Aun así, cada día me resultaba más difícil mantener el interés.
El libro verde seguía sin aparecer y, cuanto más ordenaba aquella sala, más claro tenía que nunca había estado allí. Al menos no entre aquellos libros.
Una vez por semana tenía que reunirme con don Marcos para informarle de los avances, pero aquel día no acudió a la biblioteca. En su lugar apareció Abel.
—Tienes mala cara, Arian.
—Gracias.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Se quedó observándome unos segundos antes de decirme que debería tomarme unos días.
Fruncí el ceño.
—¿Eso lo dices tú o don Marcos?
—Los dos.
Cada vez entendía menos cómo un simple conserje disfrutaba de tanta confianza por parte del director.
—No puedo dejar esto a medias.
Abel miró hacia la puerta de la Sala de los Libros Olvidados.
—El trabajo puede esperar.
—Qué raro oírte decir eso.
—No todo el trabajo.
Aquella frase me llamó la atención.
—¿Qué quieres decir?
—Que hay cosas más importantes que ordenar libros.
Me quedé mirándolo, esperando que añadiera algo más, pero se limitó a encogerse de hombros.
—Tómate una semana.
—¿Y don Marcos está de acuerdo?
—Ha sido idea suya.
Eso terminó de convencerme. O de preocuparme. No sabía muy bien cuál de las dos.
Estuve a punto de negarme, pero la idea tenía una ventaja evidente: podría concentrarme en las pistas sin tener que inventar enfermedades silenciosas cada dos días.
—Vale.
—Bien. Descansa.
Abel se dio la vuelta, aunque antes de salir se detuvo.
—Y ten cuidado con lo que encuentres.
Me incorporé.
—¿Perdona?
Pero ya estaba cerrando la puerta.
Me quedé mirándola durante unos segundos. Aquel hombre empezaba a parecerme bastante menos sencillo de lo que aparentaba.
Pasé buena parte de la tarde estudiando el viejo mapa de la Línea Gris.
Lo había doblado, desplegado y vuelto a doblar tantas veces que empezaba a conocer cada arruga.
Había algo que parecía bastante claro: la línea terminaba bajo la estación de ferrocarril de Toledo.
Una estación completamente normal, en funcionamiento, con trenes llegando y saliendo todos los días y, supuestamente, con otra estación olvidada escondida debajo.
—Muy lógico todo.
Argos, tumbado a mis pies, levantó la cabeza.
—Tú no opines. Ya bastante tienes con tu impermeable rosa.
Volvió a apoyar el hocico sobre las patas.
Decidí ir al anochecer, cuando hubiera menos gente. Llegamos cuando empezaba a caer la luz y, para mi desgracia, la estación estaba bastante más concurrida de lo que había imaginado. Viajeros, maletas, avisos por megafonía, pantallas luminosas. Todo absolutamente normal.
Demasiado normal.
Llevaba la llave guardada en el bolsillo interior del abrigo y el mapa doblado bajo el brazo. Argos caminaba a mi lado. Él no parecía nervioso. Yo sí.
Esperamos. Poco a poco el tránsito fue disminuyendo. Un tren salió, después otro, y los andenes quedaron casi vacíos.
Fue entonces cuando la vi.
Al fondo, detrás de una columna, parcialmente oculta por un cartel publicitario y una máquina expendedora apagada, había una puerta metálica verde.
Me quedé inmóvil.
Era igual.
Exactamente igual a la que había visto durante aquella extraña visión en la tienda.
La pintura estaba desconchada y la humedad había oxidado parte del marco. Sobre ella podía distinguirse todavía un cartel:
ACCESO RESTRINGIDO PROHIBIDO EL PASO
—Claro.
Me acerqué. Argos hizo lo mismo.
La puerta estaba cerrada mediante una gruesa cadena y, en el centro, había un candado. Saqué la llave y durante unos segundos no hice nada.
Podía marcharme. Todavía.
Volver a casa, olvidarme del libro, de H.K., de la tienda y de aquella absurda Línea Gris. Seguir con mi vida. Una vida bastante mediocre, sí, pero segura.
Miré a Argos.
Él permanecía sentado a mi lado, esperando.
—No me mires así.
Introduje la llave.
Encajó.
Sentí un vuelco en el estómago. La giré y el candado cedió con un sonido seco. La cadena cayó al suelo.
—Perfecto.
Abrí la puerta y una corriente de aire frío salió del interior. Al otro lado había unas escaleras estrechas que descendían hacia la oscuridad.
Encendí la linterna del móvil.
—Tú primero.
Argos me miró.
—Era broma.
Comencé a bajar y él vino detrás. Cada peldaño parecía alejarnos un poco más del sonido de la estación. Primero desapareció la megafonía, después el murmullo de los viajeros y finalmente incluso el ruido de los trenes.
Solo quedaron nuestras pisadas.
Llegamos a un pasillo largo. Las paredes estaban revestidas con antiguos azulejos agrietados y cubiertos de humedad. Había carteles medio arrancados, destinos que no conocía, anuncios de otra época y palabras escritas en idiomas que no conseguía identificar.
Seguimos avanzando mientras el silencio se hacía cada vez más pesado.
—Como aparezca alguien a cobrarme billete me voy a enfadar.
Argos continuó caminando sin prestar atención.
El pasillo parecía no terminar nunca hasta que desembocó en un espacio enorme.
Me detuve.
Ante mí se extendía un andén vacío y olvidado, con bancos de madera alineados bajo lámparas apagadas, columnas cubiertas de polvo y carteles cuyos destinos hacía tiempo que habían dejado de significar algo.
Lo más inquietante, sin embargo, eran los relojes repartidos por las paredes y las columnas.
Todos estaban detenidos exactamente a la misma hora.
3:17.
Sentí que el frío del pasillo se me metía bajo la ropa.
Al otro lado del andén descansaba un viejo vagón inmóvil, cubierto de polvo y telarañas, como si hubiera llegado allí hacía décadas y nadie hubiera vuelto a preocuparse por él.
Entonces vi algo más.
En el centro del andén había dos enormes letras apoyadas en el suelo, de casi un metro de altura cada una.
H.K.
—Empiezo a echar de menos las pistas discretas.
Argos avanzó y lo seguí.
Nos acercamos al vagón. Intenté ver el interior a través del cristal, pero solo distinguí oscuridad.
Entonces el vidrio empezó a empañarse desde dentro.
Retrocedí un paso.
Argos avanzó otro y soltó un gruñido bajo.
—Tranquilo.
El vaho continuó extendiéndose y, sobre él, empezó a aparecer una frase lentamente, como si alguien estuviera escribiendo desde el interior con la punta de un dedo.
TODAVÍA ESTÁS A TIEMPO DE MARCHARTE
Contuve la respiración.
Argos dejó de gruñir.
—Pues muchas gracias por avisar ahora.
Miré hacia atrás. El pasillo por el que habíamos llegado parecía muchísimo más lejano de lo que recordaba.
Un crujido metálico me obligó a volver la vista.
La puerta del vagón se había abierto unos centímetros.
Entonces escuché una voz, baja y cercana, procedente del interior.
—Si subes… quizá recuerdes cosas que alguien decidió que olvidaras.
Sentí que se me secaba la boca.
—¿Quién está ahí?
Nadie contestó.
Metí la mano en el bolsillo y cerré los dedos alrededor de la llave. No sé por qué. Como si aquel trozo de hierro pudiera protegerme de algo.
Respiré hondo y empujé la puerta.
Argos entró de un salto.
—¡Argos!
Desapareció en la oscuridad.
—Perfecto.
Subí tras él y la puerta se cerró de golpe a mi espalda.
—Eso era totalmente innecesario.
Entonces una luz se encendió al fondo. Amarillenta. Débil.
Después otra.
Y otra.
Hasta que una fila de pequeñas bombillas fue iluminando lentamente el interior del vagón.
Lo que apareció ante mí no tenía ningún sentido.
El tren estaba impecable. Los asientos de cuero oscuro no tenían polvo, las ventanas estaban limpias por dentro y el suelo parecía recién barrido. Incluso había un reloj funcionando sobre una de las paredes.
O eso pensé.
Me acerqué.
Las agujas no se movían.
3:17.
—Otra vez.
Argos estaba unos metros por delante. Había dejado de avanzar y miraba hacia el final del vagón.
Seguí su mirada.
Al principio pensé que los últimos asientos estaban vacíos, pero después distinguí las cabezas.
Personas. Sentadas.
Muchas.
Avancé muy despacio, con Argos delante de mí y el cuerpo rígido.
Cuando llegamos a su altura sentí cómo se me cerraba el estómago.
Había decenas de hombres y mujeres vestidos con una especie de túnica blanca, todos descalzos y la mayoría de edad avanzada. Permanecían inmóviles, mirando al frente, sin hablar ni moverse.
—Hola.
No hubo respuesta.
Seguí avanzando hasta que una mano me agarró la muñeca.
Ahogué un grito.
La mano era fría. No fuerte, pero firme.
Miré hacia mi izquierda.
Una anciana me sujetaba. Tenía el cabello completamente blanco, el rostro surcado de arrugas y unos ojos agotados que se clavaron en los míos.
Y el vagón desapareció.
Vi una habitación blanca.
Un hospital.
Escuché gritos, personas suplicando y explosiones lejanas.
Después apareció un sonido mecánico y repetitivo.
El zumbido de una aguja perforando piel.
Quise soltarme, pero no podía.
Vi brazos.
Tinta negra.
Marcas.
Números.
Y entonces aparecieron otras imágenes.
Personas abrazándose.
Risas.
Cartas.
Despedidas.
Voces repitiendo nombres una y otra vez, como si temieran que el silencio pudiera borrarlos.
Todo terminó de golpe.
Abrí los ojos.
Estaba de pie en medio del vagón. Solo.
La anciana había desaparecido.
Todos habían desaparecido.
—¿Qué…?
Argos seguía conmigo. Se acercó al asiento donde había estado sentada la mujer y apoyó el hocico sobre el cuero.
Después gimió muy bajo.
No parecía asustado.
Me acerqué.
—¿La conocías?
Me resultó absurdo formular aquella pregunta, pero todavía más absurda me resultó la sensación de que la respuesta podía ser sí.
Argos comenzó a olfatear otro asiento y movió la cola. Me acerqué y vi una fotografía antigua en blanco y negro.
La recogí.
Mostraba un edificio enorme y elegante, con largas galerías, lámparas de cristal y techos altísimos.
Parecía un teatro.
O quizá una antigua ópera.
Le di la vuelta.
En el reverso había una frase escrita a mano:
«Hay lugares donde las palabras siguen vivas, aunque quienes las pronunciaron ya no existan».
La leí dos veces. Después tres.
El vagón empezó a girar.
O quizá era yo.
Apoyé una mano sobre uno de los respaldos.
—Argos…
Mi visión comenzó a nublarse. Guardé la fotografía en el bolsillo como pude.
Lo último que recuerdo fue verlo acercándose hacia mí.
Después, oscuridad.