CAPÍTULO IV
A rgos no se separó de mí mientras preparábamos la documentación de la adopción.
Y cuando digo que no se separó, hablo literalmente. Si daba dos pasos hacia la derecha, él daba dos pasos hacia la derecha; si me sentaba, se tumbaba junto a mis pies y, en cuanto volvía a levantarme, se ponía en pie como si temiera que pudiera desaparecer de un momento a otro.
Supongo que yo todavía no entendía muy bien qué acababa de ocurrir. Había entrado en aquella protectora sin intención alguna de adoptar un perro y estaba a punto de marcharme acompañado de uno.
Muy propio de mí.
La muchacha me entregó su cartilla sanitaria y los certificados de vacunación. Los revisé por encima.
—¿Qué edad tiene?
Ella dudó. No mucho, quizá apenas un segundo, pero lo suficiente para que me diera cuenta.
—No podemos asegurarlo con exactitud.
—¿Aproximadamente?
—El veterinario calcula que unos seis o siete años.
Volví a mirar la cartilla. Las primeras hojas parecían más nuevas que el resto, como si hubieran sido sustituidas. Tampoco aparecía información clara sobre su procedencia.
—¿Y antes de llegar aquí?
—Estuvo en una residencia privada.
—¿Cuál?
La muchacha bajó la mirada y comenzó a ordenar unos documentos.
—Nos lo trasladaron hace tiempo.
No había respondido realmente a mi pregunta.
—¿Y no tenéis más información?
—Muy poca —contestó con una sonrisa—. Pero ahora eso ya no importa demasiado.
No sé por qué, pero tuve la sensación de que quería cambiar de tema.
Y lo consiguió.
Le colocaron a Argos un collar nuevo del que pendía una chapa metálica con forma de hueso. Todo iba maravillosamente bien hasta que apareció la correa.
Argos la miró.
Después me miró a mí.
Luego volvió a mirar la correa.
—No me digas que nunca has usado una.
La cuidadora intentó engancharla y el animal se quedó completamente inmóvil. Ni un paso. Nada. Parecía haberse convertido en una estatua.
Tiré suavemente.
Argos continuó mirándome.
—Vamos.
Nada.
La muchacha reprimió una sonrisa.
—Deberá tener paciencia.
—Fantástico.
Miré al perro.
—Tú y yo vamos a llevarnos de maravilla.
Argos jadeó.
No sé si aquello fue una respuesta o simplemente se estaba riendo de mí. Tenía la impresión de que nos esperaba bastante trabajo.
Los siguientes días fueron extrañamente tranquilos. Biblioteca, casa, paseos y nuevamente biblioteca. No aparecieron nuevas pistas. Tampoco H.K.
Durante unas jornadas llegué incluso a pensar que toda aquella historia había terminado en el momento en que adopté a Argos y, si soy sincero, tampoco me habría importado demasiado.
El perro había alterado por completo mi rutina. Me obligaba a salir cuando no me apetecía, a caminar más de lo que acostumbraba y a organizar mis horarios alrededor de sus necesidades. Curiosamente, aquello no me molestaba.
Cada día caminaba algo mejor con la correa, aunque en cuanto encontrábamos un espacio amplio y solitario me pedía, con esa forma suya de mirar, que lo dejara correr. Y corría. Muchísimo.
Pero siempre volvía hacia mí.
En casa era diferente. Mientras yo leía o escuchaba música, se tumbaba a mi lado y permanecía allí durante horas. Bastaba con que me levantara para que abriera los ojos, como si necesitara saber constantemente dónde estaba.
Una tarde comenzó a comportarse de una manera extraña. Intentaba rascarse el collar con una de las patas traseras.
—¿Qué te pasa?
Siguió forcejeando.
Me agaché.
—Ven aquí.
Intenté comprobar si el collar le apretaba demasiado y entonces vi algo. Debajo del cuero había una marca más clara, una zona donde parecía haber descansado durante bastante tiempo algún objeto distinto a la chapa nueva.
Giré el collar y la placa con forma de hueso quedó entre mis dedos.
—A ver qué escondes aquí.
En el reverso había algo grabado. Tuve que acercarlo a la luz para distinguirlo.
La tienda de antigüedades. Charles Dickens.
Lo leí en voz alta.
Argos dejó de forcejear de inmediato.
Lo miré.
—No.
Movió la cola.
—Ni se te ocurra empezar tú también con las pistas.
Me observó con aquella cara que empezaba a conocer demasiado bien.
Volví a leer la inscripción.
La tienda de antigüedades. Charles Dickens .
Al menos tenía algo por donde empezar.
La cuestión era averiguar qué demonios significaba.
A la mañana siguiente dejé a Argos en casa después de su paseo y me dirigí a la biblioteca.
Mi primera idea fue bastante evidente: Charles Dickens.
En una biblioteca con cientos de miles de ejemplares, encontrar al escritor británico no representaba precisamente un desafío. Localicé varios títulos, cogí el primero que me pareció adecuado y lo revisé.
Nada.
Pasé las páginas una por una. Miré las cubiertas, la última página, el lomo e incluso debajo de las solapas.
Nada.
Lo intenté con otro.
Después con otro.
Al cuarto libro empezaba a sentirme bastante estúpido.
Al quinto confirmé mis sospechas: estaba buscando donde no debía.
Volví a pensar en la inscripción.
La tienda de antigüedades.
Quizá aquello no indicara un libro.
Quizá indicara exactamente lo que decía.
Una tienda.
Busqué en Internet: tiendas de antigüedades en Toledo.
Aparecieron demasiadas.
—Claro.
Seguí probando combinaciones hasta que, después de varios intentos, apareció una referencia antigua en un directorio prácticamente abandonado:
Tienda de antigüedades — Charles Dickens Calle del Ángel, s/n
Me quedé observando la pantalla.
No aparecía teléfono, página web ni horario. Tampoco una fotografía.
Solo aquella dirección incompleta.
Calle del Ángel. Sin número.
—Por supuesto.
¿Por qué iba algo en aquella historia a resultar sencillo?
Regresé a casa más cansado de lo habitual. Toda aquella tensión empezaba a pasarme factura.
Paseé a Argos, me duché y decidí que buscaría la tienda al día siguiente.
O eso pensaba.
La lluvia empezó poco después, primero débil y luego acompañada de relámpagos. Argos comenzó a caminar de un lado a otro del salón.
—Tranquilo.
No parecía asustado. De hecho, ocurría justamente lo contrario: se acercaba continuamente a la puerta.
—Acabamos de volver.
Argos me miró.
Después miró la puerta.
—No.
Se sentó.
—No me pongas esa cara.
Continuó mirándome.
Diez minutos después estaba consultando la dirección en el móvil.
Tengo poca autoridad.
El GPS indicaba que la calle del Ángel no quedaba demasiado lejos. Suspiré.
—Vale.
Argos se levantó inmediatamente.
—Eso es manipulación emocional.
Me puse un abrigo y saqué el impermeable que había comprado para él. Era rosa, con un enorme perezoso estampado en uno de los costados.
No me preguntes por qué lo compré.
A mí me hacía gracia. A Argos, claramente, no.
Cuando se lo coloqué me dirigió una mirada que todavía hoy interpreto como una amenaza.
—Estás guapísimo.
No opinaba lo mismo.
La lluvia caía suavemente cuando salimos. Las calles parecían cubiertas por una fina cortina de agua que deformaba las luces de las farolas y convertía los escaparates en manchas amarillentas. A aquellas horas casi todos los comercios estaban cerrados.
Llegamos a la calle del Ángel y la recorrimos una vez.
Nada.
Volvimos en dirección contraria.
Nada.
—Sin número. Excelente pista.
Argos olisqueaba cada esquina. Después de varias vueltas comencé a pensar que la tienda ya no existiría.
Entonces vi una luz.
Procedía de un pequeño callejón situado entre una librería cerrada y una relojería cuyo escaparate parecía no haber cambiado en cincuenta años.
Nos acercamos.
Había un establecimiento al fondo. El cristal estaba cubierto de polvo y sobre él sobrevivían unas letras doradas casi borradas por el tiempo.
EL RINCÓN DE LAS HORAS OLVIDADAS
Me detuve.
Horas olvidadas.
Libros olvidados.
No aparecía por ninguna parte el nombre de Charles Dickens, pero a esas alturas ya había aprendido a desconfiar bastante de las casualidades.
En la puerta había un pequeño cartel:
NO SE ADMITEN ANIMALES
—Lo siento, compañero.
Argos me miró.
El toldo cubría buena parte de la entrada, así que al menos no se mojaría.
—Un minuto.
No pareció convencido.
Empujé la puerta.
Una campanilla sonó en algún lugar del interior. Grave, apagada, como si llevara años sin anunciar la entrada de nadie.
El olor me golpeó inmediatamente.
Madera vieja, cuero, polvo, papel húmedo, barniz.
Había relojes detenidos, cuadros sin firma, máscaras, brújulas oxidadas, lámparas de aceite y vitrinas repletas de objetos cuya utilidad era imposible adivinar. Aquello parecía menos una tienda de antigüedades que el lugar donde acababan las cosas que nadie quería recordar.
Exactamente igual que mi querida sala.
Avancé unos pasos y miré hacia atrás. A través del cristal distinguí a Argos sentado bajo el toldo, observándome.
Su impermeable rosa destruía buena parte de la atmósfera misteriosa.
Me hizo sentir algo mejor.
—Sabía que acabarías entrando.
La voz llegó desde el fondo.
Me giré.
Detrás de un viejo mostrador había un hombre. No sabría calcular su edad. Podía tener sesenta años o bastantes más. Era delgado, vestía un chaleco oscuro sobre una camisa gris y mantenía parte del rostro fuera del alcance de la luz.
Sus manos, apoyadas sobre la madera, estaban manchadas de tinta.
Había algo en su voz que me resultó extrañamente familiar.
Pero no conseguí recordar de qué.
—¿Nos conocemos?
Sonrió apenas.
—No.
Esperé.
—Pero conozco a los que buscan.
Fantástico.
—Estoy buscando algo.
—No.
Fruncí el ceño.
—¿Perdone?
—No buscas algo.
Salió lentamente de detrás del mostrador.
—Buscas a alguien. O quizá buscas algo que perdiste hace tanto tiempo que ni siquiera recuerdas haberlo tenido.
Aquellas palabras me hicieron perder durante un instante las ganas de bromear.
—He seguido unas señales que me han traído hasta aquí.
El hombre no preguntó cuáles. Simplemente señaló hacia el fondo de la tienda.
—La siguiente está allí.
Lo miré.
—¿Cómo sabe que estoy buscando una señal?
No respondió.
Por supuesto.
Caminé entre muebles cubiertos por sábanas y vitrinas empañadas hasta llegar a una esquina casi oculta.
Sobre una pequeña mesa de nogal descansaba una caja negra. Tenía los bordes quemados y en la tapa aparecían grabadas dos letras.
H.K.
El corazón me golpeó con fuerza.
Miré hacia el mostrador.
El hombre continuaba observándome.
Abrí la caja.
No había documentos, fotografías ni monedas.
Solo una llave.
Antigua. Pesada. De hierro oscuro.
Atada a ella había una pequeña etiqueta amarillenta. La acerqué.
Una frase escrita a mano:
«A veces la puerta no está al final del camino. A veces eres tú quien debe convertirse en la puerta».
—Cada vez sois más claros —murmuré.
Tomé la llave. Estaba helada.
Mucho más de lo que debería.
La sostuve durante unos segundos.
Y entonces ocurrió.
Una imagen atravesó mi cabeza, tan rápida que apenas pude comprenderla.
Un andén vacío.
Un reloj.
3:17.
Un pasillo cubierto de azulejos antiguos.
Una puerta verde.
Después, un olor.
Desinfectante.
Y una mano enorme cerrándose alrededor de la de un niño.
Mi mano.
Solté la llave sobre la mesa y respiré profundamente.
La tienda volvió a aparecer ante mis ojos.
—¿Qué significa esto?
El hombre se había acercado.
No lo había oído caminar.
—Significa que ya has llegado demasiado lejos para fingir que no quieres saberlo.
—¿Qué abre la llave?
Me miró durante unos segundos.
—Un lugar que lleva mucho tiempo esperándote.
—¿Dónde?
En lugar de contestar, señaló la pared.
Había decenas de relojes, todos detenidos en horas distintas.
Excepto uno que llamó inmediatamente mi atención.
Grande.
De madera oscura.
Sus agujas marcaban las 3:17.
Sentí nuevamente el escalofrío.
—Busca una estación abandonada.
Lo miré.
—¿Una estación?
—Una que ya no aparece en los mapas, pero que sigue existiendo bajo la ciudad.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Los lugares no desaparecen porque dejemos de utilizarlos —respondió mientras se volvía hacia mí—. A veces solo dejamos de recordarlos.
—¿Y cómo se supone que voy a encontrarla?
—Busca la Línea Gris.
Tardé unos segundos en reaccionar.
—No existe ninguna Línea Gris.
El hombre sonrió.
—Por eso resulta tan difícil encontrarla.
Muy útil.
Volví a mirar la llave.
Entonces distinguí algo grabado en el metal. Unas letras minúsculas que no había advertido antes.
Las acerqué a la luz.
ÚLTIMO TREN. ANDÉN 3.
Me quedé mirándolas.
Podía jurar que antes no estaban allí.
—¿Esto estaba…?
Levanté la cabeza.
El hombre ya no estaba frente a mí.
—¿Hola?
Miré hacia el mostrador.
Vacío.
—¿Señor?
Silencio.
Me acerqué. No había ninguna puerta detrás, solo una cortina oscura que debía comunicar con otra estancia.
—Esto es absurdo.
No pensé perseguirlo.
Entonces vi algo sobre una mesa cercana.
Entre una brújula rota y la fotografía de una mujer con sombrero había un viejo plano.
Lo desplegué. Parecía un mapa ferroviario antiguo.
Muy antiguo.
Varias líneas recorrían la ciudad y una de ellas había sido dibujada posteriormente a lápiz. Gris.
Seguí su recorrido con el dedo.
Terminaba en una estación sin nombre.
Junto a ella aparecían dos iniciales.
H.K.
Miré nuevamente hacia el fondo de la tienda.
Nada.
Guardé la llave y doblé el mapa.
Y por primera vez desde que había comenzado todo aquello tuve la certeza de algo: ya no estaba encontrando pistas por casualidad.
Alguien quería que siguiera avanzando.