La historia olvidada CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

N o tenía ni idea de qué esperaba encontrar al otro lado de aquella puerta.

Quizá, llevado por el nombre, había imaginado una estancia solemne, con enormes estanterías de madera, sillones de cuero y ese aire melancólico que tienen los lugares donde parece haberse detenido el tiempo.

La realidad fue bastante menos romántica.

La puerta se frenó a mitad de recorrido. Empujé con más fuerza. Algo al otro lado impedía que se abriera por completo.

—Empezamos bien.

Conseguí hacerme hueco y entré de lado.

No veía absolutamente nada.

Palpé la pared con la mano izquierda buscando algún interruptor hasta que mis dedos encontraron uno. Lo accioné. Durante un par de segundos no ocurrió nada. Después, una vieja bombilla suspendida del techo comenzó a parpadear.

Una vez. Dos. Finalmente se encendió.

Y entonces entendí qué había impedido abrir la puerta.

Libros.

Había libros por todas partes. Decenas. Cientos, probablemente.

Apilados unos sobre otros, abiertos, cerrados, boca abajo, amontonados sin ningún orden aparente. Algunos ocupaban incluso parte de la entrada. Varias estanterías metálicas, cubiertas de óxido, recorrían las paredes y apenas contenían unos pocos ejemplares.

Levanté la vista. La bombilla oscilaba ligeramente al final de un cable remendado con cinta aislante.

—Fantástico.

No sé cuánto tiempo permanecí allí mirando aquel desastre. Lo que sí tuve claro fue que, antes de ordenar un solo libro, necesitaba poder verlos.

Cerré nuevamente la puerta y fui en busca de Abel.

—Necesito una bombilla.

Me miró.

—¿Ya has roto algo?

—Acabo de entrar.

—Contigo nunca se sabe.

Me entregó una bombilla nueva y conseguí también una escalera de tijera.

Cuando regresé tuve que abrirme camino entre los libros de nuevo hasta situarla debajo del cable. Cambié la bombilla y, por primera vez, pude contemplar la sala con una iluminación decente.

Casi habría preferido no hacerlo.

Desde lo alto de la escalera el panorama era todavía peor.

Había libros hinchados por la humedad, otros con las cubiertas deformadas, algunos prácticamente deshechos por el paso del tiempo. Ciertos ejemplares parecían haber sobrevivido allí durante décadas esperando que alguien se acordara de ellos.

Libros olvidados.

Por primera vez el nombre de aquella sala me pareció completamente apropiado.

Bajé de la escalera. No tenía la menor idea de por dónde empezar.

Así que recurrí al método científico más antiguo de la humanidad: hacer lo primero que se me ocurriera.

Decidí devolver los libros a las estanterías uno a uno, clasificándolos por temática. Para saber qué criterio debía seguir, comencé revisando los pocos ejemplares que permanecían colocados en las baldas.

El primero no me lo puso precisamente fácil.

Evangelisch-Lutherischer Katechismus.

—Perfecto.

Estaba escrito en alemán.

Las tapas, ásperas y de un rojo apagado, parecían muy antiguas. No había dibujo alguno, nombre de editorial ni autor. Revisé las primeras páginas y tampoco encontré ninguna firma.

Religión.

Ya tenía mi primera categoría, inventada por supuesto.

Pasé varias horas clasificando ejemplares. Había poesía, novelas de intriga, historias románticas, fábulas, libros de cocina y textos cuyo contenido resultaba imposible de identificar a primera vista.

Algunos, debía manejarlos con muchísimo cuidado, porque parecía que fueran a deshacerse entre mis dedos.

Pero poco a poco descubrí algo extraño.

Ninguno tenía autor.

No me refiero a que todos estuvieran firmados como anónimos. Simplemente no aparecía ningún nombre. Ni firma ni referencia.

Era como si alguien hubiera reunido allí cientos de historias a las que les habían arrancado a las personas que las escribieron.

No sé por qué, pero aquello me inquietó.

Cuando consulté el reloj, descubrí que la mañana se me había escapado casi sin darme cuenta y apenas había conseguido ordenar treinta ejemplares.

A aquel ritmo terminaría aproximadamente cuando mi padre cumpliera ciento cincuenta años.

Decidí dejarlo por ese día. Entonces vi un libro tirado en el suelo.

Estaba abierto boca abajo aproximadamente por la mitad. Las tapas presentaban un aspecto envejecido y bastante deteriorado, pero las hojas interiores eran sorprendentemente nuevas.

Demasiado nuevas.

Lo recogí.

El fascinante mundo de los animales prehistóricos

—Otro candidato fácil.

No había encontrado todavía ningún libro sobre animales, así que pensé dejarlo provisionalmente en una balda vacía.

Antes de hacerlo recordé el detalle de los autores.

Abrí las primeras páginas.

Nada.

Fui directamente a la última, y sentí un escalofrío.

Había algo escrito a mano.

Acerqué el libro a la luz.

«El camino marrón en un instante fue blanco, la lengua muda un grito de repente lanzó»

Debajo:

H.K.

Me quedé inmóvil.

—No puede ser.

H.K. Otra vez.

Miré hacia la estantería donde había colocado los libros ya revisados y empecé a sacarlos. Uno. Otro. Otro.

Los abrí, miré las últimas páginas, revisé las cubiertas, las primeras hojas.

Nada.

Ninguno contenía aquellas iniciales.

Solo ese.

Volví a leer la frase.

El camino marrón en un instante fue blanco, la lengua muda un grito de repente lanzó .

—¿Qué demonios significa eso?

La puerta se abrió de golpe detrás de mí.

Casi lancé el libro por los aires.

—¡Arian!

Me giré.

Abel estaba en la entrada.

—Joder Abel, que susto por dios.

—Tu turno terminó hace bastante rato. Pensaba que te había pasado algo.

Miré el móvil.

Tenía razón.

—Se me fue la hora entre tanta letra.

Intenté sonreír.

Abel miró el desastre que todavía cubría media habitación.

—Mañana será otro día. Vete a descansar.

Su tono no admitía demasiadas discusiones.

Cerré el libro y lo dejé separado de los demás.

Antes de marcharme volví a mirar aquellas dos letras.

H.K.

Creo que ha llegado el momento de hablarte algo más de mi padre.

Su nombre completo es Ernest Klaus Fogelman Bauer.

Si me preguntaras dónde nació, no podría darte una respuesta segura.

Durante años aseguró que había nacido en Berlín. Sin embargo, recuerdo haber visto una documentación antigua donde figuraba Núremberg.

Tampoco sus fechas encajaban siempre.

Lo único que nunca variaba era su fecha de nacimiento: 5 de julio de 1925.

Según la versión que más veces le había escuchado, llegó a España a comienzos de los años cincuenta. Otras veces había situado su llegada casi una década después.

Nunca le pedí demasiadas explicaciones.

Mi padre tenía una habilidad extraordinaria para cerrar una conversación con una sola mirada.

Hablaba muy poco de su infancia y todavía menos de Alemania. Cuando alguna vez aparecía el tema de la guerra se limitaba a contar que su familia había colaborado con la resistencia alemana y que aquello había terminado obligándolo a huir.

Yo nunca tuve motivos para dudar de él.

O quizá nunca quise tenerlos.

Mi madre, Josefina —Fina para prácticamente todo el mundo—, se separó de él cuando yo rondaba los veinte años.

Aquello me afectó más de lo que entonces estaba dispuesto a reconocer.

Hasta ese momento siempre los había considerado una pareja extraordinariamente sólida. De repente, prácticamente de un día para otro, todo terminó.

Mi madre nunca quiso explicarnos el verdadero motivo. Solo recuerdo perfectamente una discusión.

Ernest estaba a punto de marcharse.

Fina lo miró de una manera que yo no le había visto jamás.

No era tristeza. Era odio.

Y antes de que mi padre cruzara la puerta le dijo:

—Algún día tendrás que contarles quién eres.

Durante años pensé que era simplemente una frase pronunciada durante una ruptura dolorosa. Nada más.

Ernest vivía desde entonces en una modesta casa de un pequeño pueblo de Toledo. Pasaba uno de los cien años y, pese a su edad, conservaba una autonomía sorprendente, aunque alguien acudía diariamente para ayudarlo con determinadas tareas.

Yo lo visitaba menos de lo que debería.

Hablábamos por teléfono con cierta frecuencia, pero nuestras visitas solían acabar de la misma manera: los dos sentados, casi en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos.

Curiosamente, de toda mi familia era con quien mejor me entendía.

Aquella noche tampoco dormí demasiado.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la misma frase.

El camino marrón en un instante fue blanco, la lengua muda un grito de repente lanzó . H.K

No conseguía encontrarle sentido.

A la mañana siguiente llegué antes de lo habitual, una vez mas.

Me cambié y fui directamente a la Sala de los Libros Olvidados.

Cogí el libro. Lo revisé nuevamente de principio a fin.

Nada.

Ni una fecha, ni una firma, ni una pista que explicara aquellas palabras.

Estaba a punto de cerrarlo cuando vi algo bajo la solapa de la contraportada.

Unas letras minúsculas.

Me acerqué aún más el libro.

Protectora Animal La Sagra

Me quedé mirando aquellas palabras.

Saqué el móvil y busqué inmediatamente. Existía.

Una protectora de animales relativamente cercana.

Aquello no tenía ningún sentido.

El libro parecía muchísimo más antiguo que la propia asociación. No aparecía fecha de edición, pero el deterioro de las tapas y el lenguaje utilizado daban la impresión de que llevaba allí décadas.

La protectora, en cambio, apenas llevaba unos años funcionando.

Miré a mi alrededor.

Aquella sala supuestamente llevaba muchísimo tiempo prácticamente abandonada.

Entonces ¿quién había escrito aquel nombre dentro del libro?

Pasé buena parte del día ordenando ejemplares mientras buscaba cualquier otra anomalía.

Nada.

Bueno, nada importante.

Encontré una especie de Kama Sutra antiguo cuyas ilustraciones parecían haber sido realizadas por alguien con serios problemas de anatomía.

Después de darle varias vueltas llegué a la conclusión de que no tenía ni idea de dónde clasificarlo.

Lo dejé apartado. Problemas del Arian del día siguiente.

Durante toda la tarde no pude dejar de pensar en la protectora.

Intenté convencerme de que quizá aquel libro no tuviera relación alguna con el primer ejemplar que había encontrado.

Pero había un pequeño inconveniente.

H.K.

Demasiada casualidad.

Y sí, antes de que me lo preguntes, busqué las iniciales en Internet.

Probé todas las combinaciones que se me ocurrieron: autores, libros, personajes históricos, empresas, organizaciones…

Nada que pudiera relacionarse remotamente con lo que estaba buscando.

Aquella noche, ya en la cama, tomé una decisión.

Al día siguiente iría a la protectora. Probablemente no encontraría nada.

Pero a esas alturas ya había empezado a comprender que hacer preguntas extrañas era mejor que pasarme la vida preguntándome qué habría ocurrido si no las hubiera hecho.

A primera hora llamé a Abel.

—Estoy indispuesto.

Silencio.

—¿Indispuesto?

—Sí.

—¿Mucho?

—Bastante.

—No tienes voz de estar enfermo.

—Es una enfermedad silenciosa.

No respondió.

—Se lo comunicaré a don Marcos.

—Gracias.

—No puedo adelantarte cuál será su reacción.

—Abel, solo voy a faltar una mañana.

—Díselo a él.

Colgó.

El viejo gruñón empezaba a caerme bien. Un poco.

La protectora abría a las nueve, pero a las ocho ya estaba aparcando frente a la entrada.

Ansiedad o curiosidad llámalo como quieras.

Y una preocupante incapacidad para comportarme como una persona normal.

El recinto parecía bastante moderno. Una gran puerta presidía la entrada y sobre ella podía leerse:

PROTECTORA ANIMAL LA SAGRA

Esperé.

A las nueve en punto apareció una muchacha sonriente.

—¡Buenos días!

—Buenos días.

—Pase, caballero.

Entré intentando mirar todo sin que pareciera que estaba mirando todo. Mi plan era sencillo. O absurdo.

Dependía de cómo quisieras verlo.

Fingiría estar interesado en adoptar un perro y, mientras tanto, intentaría descubrir qué relación podía existir entre aquel lugar y un libro viejo escondido en una biblioteca.

Sorprendentemente, en mi cabeza sonaba bastante mejor.

—¿Está pensando en adoptar? —preguntó.

—Sí.

Mentí con una naturalidad que incluso me preocupó.

La muchacha comenzó a explicarme el funcionamiento de la asociación mientras avanzábamos hacia las instalaciones interiores.

A medida que nos acercábamos comenzaron a escucharse ladridos.

Muchos.

—Es la hora de su paseo.

Su sonrisa aumentó.

Atravesamos una puerta de reja y entramos en un espacio enorme.

—Espere aquí.

Me quedé quieto.

Ella se acercó a unas grandes puertas opacas y las abrió.

Lo que ocurrió a continuación fue un espectáculo.

Decenas de perros salieron corriendo.

Grandes. Pequeños. Negros. Blancos. Marrones.

Algunos corrían sin rumbo. Otros se perseguían entre ellos. Varios saltaban alrededor de la cuidadora moviendo el rabo como si llevaran años sin verla.

Instintivamente hice ademán de agacharme.

—¡Quieto!

Me incorporé inmediatamente.

—¿Perdón?

—No haga nada.

—¿Nada?

—Nada.

La muchacha cruzó los brazos.

—Son ellos quienes deben elegirle a usted.

Aquello me hizo gracia. Pero obedecí.

Durante los siguientes minutos varios perros se acercaron a olerme. Uno me examinó los zapatos. Otro decidió que yo no merecía ni dos segundos de su atención. Un cachorro dio un par de vueltas alrededor de mis piernas antes de salir corriendo detrás de otro.

Ninguno mostró especial interés. Pasó casi media hora.

La mayoría había regresado ya al interior.

Y yo empezaba a sentirme extrañamente rechazado pese a que ni siquiera había ido allí para adoptar. Tiene mérito.

—No se preocupe —me dijo la muchacha—. A veces ocurre.

—Sí. Claro.

Solo quedaban cinco o seis perros jugando a cierta distancia.

Decidí marcharme.

Mi fantástica investigación había consistido en dejar que una docena de perros me olisquearan.

—Lo siento —dije.

—Otra vez será. Le acompaño.

Nos dirigimos hacia la salida.

Entonces escuché unas pisadas detrás de mí.

Me detuve.

Había algo en aquel sonido. Algo familiar.

Me giré.

Y se me heló el cuerpo.

—Es él.

La muchacha me miró.

—¿Qué?

No respondí.

A pocos metros de nosotros había un perro sentado.

Cuerpo blanco.

Cabeza y orejas marrones.

Los mismos ojos enormes.

La misma mirada.

Era el perro del parque. El que había aparecido entre la niebla.

El que había observado cómo yo hacía un ridículo semicírculo a su alrededor antes de salir corriendo.

El animal abrió la boca, dejó caer aquella enorme lengua y comenzó a jadear.

Después movió el rabo.

Una vez.

Dos.

Y soltó un único ladrido seco.

La muchacha sonrió.

—Vaya.

Yo seguía sin poder apartar los ojos de él.

—¿Cómo se llama?

—Argos.

El perro volvió a mover el rabo.

—Es Argos —repitió ella—. Y acaba de elegirle.

Entonces recordé la frase.

La comprendí de golpe.

El camino marrón en un instante fue blanco .

Miré su cabeza marrón.

Después su cuerpo blanco.

La lengua muda un grito de repente lanzó.

Argos abrió la boca.

Su enorme lengua quedó colgando hacia un lado.

Y volvió a ladrar. Sentí un escalofrío. Miré al perro.

Él seguía mirándome como si hubiera estado esperando que, por fin, entendiera algo. Y en aquel preciso instante supe que no iba a marcharme solo.