CAPÍTULO II
M e quedé mirando aquella puerta durante unos segundos, con el cubo en una mano y la escoba en la otra, intentando decidir qué resultaba más absurdo: que existiera una sala con aquel nombre o que yo hubiera encontrado, apenas unos días antes, esas mismas palabras escritas en la última página de un libro que no debería haber estado allí.
SALA DE LOS LIbrOS OLVIDADOS .
Volví a leer el cartel. No cambió.
A veces uno espera que las cosas incomprensibles desaparezcan con solo apartar la vista un instante. Por desgracia, casi nunca funciona.
Dejé el cubo en el suelo y me acerqué. La puerta era de madera oscura, prácticamente idéntica a las demás, salvo por aquel pequeño letrero que ahora parecía reclamar toda mi atención. Apoyé la mano sobre el pomo y lo giré con cuidado. Nada.
Probé otra vez, esta vez ejerciendo algo más de fuerza.
Cerrada.
—Claro —murmuré—. Habría sido demasiado fácil.
Me agaché para observar la cerradura, aunque no sé exactamente qué esperaba descubrir.
No soy cerrajero y mis conocimientos sobre abrir puertas sin llave proceden exclusivamente de las películas, donde basta con una horquilla y treinta segundos para entrar en cualquier sitio. Yo no llevaba horquillas.
Y, aunque las hubiera llevado, probablemente habría terminado llamando a mantenimiento para que me sacaran de allí.
Me incorporé y eché un vistazo al pasillo. Seguía vacío.
Durante unos segundos tuve la tentación de regresar al lugar donde había encontrado el libro verde, cogerlo y comprobar una vez más aquellas palabras.
No lo hice. Si don Marcos me encontraba husmeando donde no debía, tendría que explicarle demasiadas cosas y ninguna de ellas sonaría especialmente inteligente.
Recogí el cubo y regresé a la planta principal.
Pero la puerta vino conmigo.
No literalmente, claro. Eso habría simplificado bastante esta historia.
Durante el resto de la jornada fui incapaz de quitármela de la cabeza. Intenté concentrarme en el trabajo, pero cada vez que me detenía un instante aparecían las mismas tres cosas: el libro de tapas verdes, aquellas iniciales — H.K .— y el cartel.
SALA DE LOS LIbrOS OLVIDADOS
Quizá todo tuviera una explicación sencilla. Una colección antigua, un proyecto abandonado, una sección de libros pendientes de catalogación… Cualquier posibilidad razonable habría bastado para tranquilizarme.
El problema era que ninguna terminaba de convencerme.
Aquella noche apenas dormí.
No porque tuviera miedo. Todavía no. Era curiosidad.
Una curiosidad bastante estúpida, si quieres que sea sincero, porque mi vida había transcurrido razonablemente bien durante cuarenta y cinco años sin necesidad de averiguar qué escondían las habitaciones cerradas.
Sin embargo, bastó una puerta para que de pronto aquello se convirtiera en una cuestión casi personal.
A las cinco de la mañana ya estaba despierto.
Intenté volver a dormirme, pero después de veinte minutos mirando el techo acepté la derrota. Me levanté, preparé café y me quedé sentado en la cocina pensando en cómo conseguir una llave.
Las dependencias restringidas estaban bajo el control de Abel.
Y eso era un problema.
Abel debía de rondar los sesenta y muchos, aunque nunca me había atrevido a preguntárselo.
Llevaba tantos años trabajando en la biblioteca que, según algunas bromas entre los empleados, el Alcázar se había construido alrededor de él.
Era un hombre tranquilo, delgado, con el rostro surcado por arrugas y una manera de caminar ligeramente arrastrada que permitía reconocerlo antes incluso de verlo.
También tenía las llaves. Todas.
Un manojo enorme que llevaba casi siempre consigo y que sonaba al caminar como si arrastrara media ferretería.
Mi relación con él era cordial, aunque bastante escasa. Abel hablaba poco y yo, por aquel entonces, todavía no había descubierto que sus silencios podían decir bastante más que algunas conversaciones.
Pedirle directamente la llave estaba descartado.
«Buenos días, Abel. ¿Podrías prestarme la llave de una sala restringida en la que no tengo autorización para entrar porque he encontrado un libro misterioso y me estoy obsesionando un poco?».
Sí. Un plan impecable.
Terminé el café y decidí salir a caminar antes de ir a trabajar.
La ciudad aún dormía. Toledo a aquellas horas parecía distinto, como si durante unas horas se deshiciera del ruido y de los turistas y recuperase algo antiguo que durante el día permanecía escondido.
Hacía frío y una fina humedad se había instalado sobre las calles, desdibujando las luces de las farolas.
Caminé sin rumbo durante casi media hora hasta terminar atravesando un pequeño parque.
La niebla se había vuelto más espesa allí. Apenas distinguía unos metros por delante y los árboles aparecían y desaparecían entre aquella bruma como figuras mal dibujadas.
Fue entonces cuando escuché algo detrás de mí.
Pasos.
Continué andando.
Volví a escucharlos.
Me detuve.
El sonido cesó.
Permanecí quieto durante unos segundos, intentando distinguir algo entre la niebla. Nada. Solo los troncos oscuros, algún banco vacío y la luz amarillenta de una farola que apenas conseguía atravesar la humedad.
Seguí caminando.
Los pasos regresaron.
Esta vez más cerca.
Noté esa desagradable sensación que aparece cuando sabes que alguien te observa, aunque no puedas verlo. Aceleré un poco. El sonido también pareció hacerlo.
—Estupendo…
No había nadie a quien pedir ayuda y tampoco me apetecía descubrir hasta dónde pensaba seguirme quienquiera que estuviese detrás de mí. Frené en seco, respiré profundamente y me di la vuelta.
—¿Qué quieres?
Silencio.
No vi a nadie.
Esperé.
Entonces algo se movió entre la niebla.
Retrocedí instintivamente.
La figura apareció despacio.
Era un perro.
Me quedé mirándolo fijamente, bastante menos valiente de lo que me habría gustado reconocer.
El animal permaneció inmóvil a unos metros de distancia. Era de tamaño mediano, de pelaje blanco con manchas oscuras alrededor de la cabeza y las orejas. No llevaba correa y, desde donde estaba, no conseguí distinguir ningún collar.
—¿En serio?
El perro inclinó ligeramente la cabeza.
—Me has dado un susto de muerte.
No pareció especialmente arrepentido.
Miré alrededor buscando a su dueño.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Volví a observar al animal. Seguía allí, con la mirada clavada en mí, sin gruñir ni enseñar los dientes. En realidad, no parecía agresivo, pero tampoco mostraba intención alguna de marcharse.
Di un paso hacia un lado.
El perro giró la cabeza.
Otro.
Volvió a seguirme con la mirada.
—Tú quédate ahí y yo me voy por aquí. Todos contentos.
Comencé a rodearlo lentamente, describiendo un amplio semicírculo para mantener la distancia. Él no se movió ni un centímetro. Solo giraba la cabeza siguiéndome mientras yo realizaba aquella ridícula maniobra evasiva.
Cuando conseguí dejarlo atrás avancé unos metros sin volverme.
Después aceleré.
Y finalmente eché a correr.
No me siento especialmente orgulloso de esa parte.
Cuando alcancé la salida del parque me detuve para recuperar el aliento y miré hacia atrás.
La niebla cubría el sendero. El perro había desaparecido.
Llegué al Alcázar bastante antes de mi hora habitual. Después de subir hasta la octava planta me dirigí hacia los vestuarios, todavía pensando en aquel animal, cuando un olor conocido me hizo detenerme.
Cera.
El suelo acababa de ser pulido.
Fruncí el ceño.
Solo dos personas nos ocupábamos habitualmente de la limpieza: Joao, un muchacho brasileño del turno de tarde, y yo. Joao llevaba varios días fuera por motivos familiares, así que no entendía quién demonios había decidido adelantarme el trabajo.
La respuesta apareció unos segundos después.
Un hombre al que no había visto en mi vida avanzaba hacia mí montado sobre mi enceradora.
Sí, mi enceradora.
No es que figurara mi nombre en los papeles, pero después de tantas horas juntos habíamos desarrollado cierta intimidad.
Me quedé plantado en mitad del pasillo.
—Señor, por favor, apártese.
El desconocido tuvo que detener la máquina.
—Perdón.
Me aparté sin dejar de mirarlo.
Aquello empezaba a ponerse interesante y todavía no eran ni las siete de la mañana.
—Arian.
Reconocí la voz de Abel a mi espalda.
Me volví.
—¿Qué está pasando?
—Don Marcos quiere verte.
—¿Ahora?
—Ahora.
Señalé discretamente al hombre de la enceradora.
—¿Y ese?
Abel miró hacia él.
—Está trabajando.
—Eso ya lo había deducido.
Por un instante creí distinguir una sonrisa.
—Don Marcos te lo explicará.
—¿Tengo que cambiarme?
—No hace falta.
Aquello sí consiguió preocuparme.
Si alguien estaba haciendo mi trabajo y mi jefe quería verme antes de que me pusiera siquiera el uniforme, las posibilidades no parecían especialmente alentadoras.
—Abel…
—Ve, Arian.
Y se marchó.
Me quedé unos segundos observándolo alejarse.
Después miré al desconocido.
Después la enceradora.
—Cuídala —murmuré.
El hombre me miró como si estuviera loco.
No podía culparlo.
El despacho de don Marcos se encontraba en una zona reservada de la planta. Caminé hasta allí intentando recordar cualquier cosa que pudiera justificar un despido.
El libro. La puerta.
Mis pequeños paseos por zonas que no me correspondían. Cuanto más pensaba, peor me parecía todo.
Al llegar me encontré con una placa metálica la cual anunciaba con letras doradas…
SR. DIRECTOR MARCOS ALLENDE ROJAS
Llamé tres veces.
—Pase.
Abrí la puerta.
—Buenos días, don Marcos.
Levantó brevemente la mirada del ordenador.
—Fogelman. Pase y cierre, por favor.
Mal empezábamos.
Cerré y avancé hasta la mesa.
—Siéntese.
Obedecí.
Don Marcos continuó trabajando.
Yo esperé.
Un minuto.
Quizá dos.
A partir del tercero empecé a plantearme confesar cosas que probablemente ni siquiera había hecho.
Finalmente cerró el portátil, se quitó las gafas y apoyó las manos sobre la mesa.
—Supongo que estará algo confundido.
—Un poco.
—Le pido disculpas por no haberle informado antes, pero todo se ha precipitado.
Asentí.
—Hay ocasiones en las que tomamos decisiones que no son las correctas y, tarde o temprano, esas decisiones tienen consecuencias.
Aquello sonaba cada vez peor.
—Por eso tengo que comunicarle algo muy a mi pesar…
No le dejé terminar.
—Por Dios, don Marcos, no me despida.
El hombre parpadeó.
—¿Cómo dice?
—No sé qué he hecho, pero sea lo que sea le pido disculpas. Tengo dos hijos, una pensión que pagar y una capacidad extraordinaria para encontrar trabajos horribles. Le prometo que no volverá a ocurrir.
Don Marcos permaneció mirándome.
El silencio fue tan largo que empecé a arrepentirme de haber mencionado lo de los trabajos horribles.
—¿Despedirle? —preguntó finalmente—. ¿De qué demonios está hablando, Fogelman?
Me quedé callado.
—¿No va a despedirme?
—Siéntese.
Solo entonces descubrí que me había levantado de la silla.
Volví a sentarme intentando conservar la poca dignidad que me quedaba.
—Le pido disculpas si le he dado esa impresión —continuó—. La semana pasada tuvimos una auditoría de la Comunidad de Castilla-La Mancha. Los resultados fueron prácticamente perfectos, pero a mí el «prácticamente» no me sirve.
Eso sí sonaba a don Marcos.
—La única incidencia señalada fue la falta de una persona que se encargue de clasificar, ordenar y mantener varias dependencias que llevan años prácticamente abandonadas.
Hizo una breve pausa.
—Y ahí entra usted.
Lo miré.
—¿Yo?
—Usted, Fogelman.
Esperé alguna explicación más.
—Durante estos años ha demostrado ser meticuloso y responsable con su trabajo. Es cierto que también es algo despistado, pero nadie es perfecto.
—Gracias… supongo.
—No se emocione.
Tuve que contener una sonrisa.
—A partir de hoy dejará temporalmente sus tareas habituales y se encargará de esas dependencias.
Por primera vez desde que había entrado en aquel despacho respiré con normalidad.
—No sé qué decir, don Marcos.
—No le he pedido que diga nada. Vaya a ver a Abel. Él le dará las instrucciones y las llaves necesarias.
Abrió de nuevo el portátil.
La conversación había terminado.
Me levanté.
—Muchas gracias.
Creo que hice algo parecido a una reverencia. Prefiero no recordarlo con demasiado detalle.
Salí del despacho intentando contener las ganas de celebrar aquello en mitad del pasillo. No sabía si podía considerarse un ascenso, pero durante una temporada iba a olvidarme del mocho, del plumero y, muy a mi pesar, de mi querida enceradora.
Entonces recordé algo.
Las salas. Me detuve.
¿Estaría entre ellas la Sala de los Libros Olvidados?
Encontré a Abel en su pequeña garita, de espaldas a mí.
—Abel…
—Sí, ya lo sé. Dame un segundo.
Me quedé con la boca abierta.
Se agachó, abrió uno de los cajones y sacó un sobre.
—Toma.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Lo hice.
Dentro había una llave. Una solamente.
La sostuve entre los dedos.
—¿Y las demás?
—De momento no hay más. don Marcos quiere que empieces por esa.
—¿Solo una sala?
—Yo empezaría cuanto antes. Me da que vas a tener trabajo para unos días.
Volvió a darme la espalda.
Observé la pequeña etiqueta sujeta a la anilla.
S. L. O.
Sentí algo extraño en el estómago.
—Abel…
—Sala de los Libros Olvidados.
Levanté la mirada.
Él seguía de espaldas.
—¿Cómo sabías lo que iba a preguntarte?
Se encogió ligeramente de hombros.
—Porque llevas un rato mirando la etiqueta como si acabara de insultarte.
No pude evitar sonreír.
—Gracias.
—De nada.
Di unos pasos y volví a detenerme.
—Abel.
—¿Qué?
—¿Qué hay dentro de la sala?
Esta vez tardó un poco más en responder.
—Libros, Arian.
—Muy útil.
—Trabajamos en una biblioteca.
Seguí caminando.
No vi la expresión de Abel cuando me marché.
Para llegar hasta aquella zona tenía que pasar relativamente cerca de la estantería donde había encontrado el libro verde.
Intenté ignorarlo.
Duré aproximadamente diez segundos. Me desvié.
Llegué al lugar exacto y busqué el ejemplar.
No estaba.
Aparté algunos libros. Nada.
Revisé la balda inferior y después la superior. Nada.
El libro había desaparecido.
Me quedé mirando el hueco con una sensación difícil de explicar. Quizá alguien lo hubiera recolocado. Quizá perteneciera a otra sección. Quizá todo aquello tuviera una explicación perfectamente lógica.
Últimamente utilizaba demasiado la palabra quizá. Metí la mano en el bolsillo. La llave seguía allí.
Continué hasta el pasillo inferior y me detuve frente a la puerta.
SALA DE LOS LIbrOS OLVIDADOS
Esta vez no tuve que tocar el pomo para comprobar si estaba cerrada. Saqué la llave.
Durante unos segundos la sostuve frente a mí.
Había pasado días preguntándome qué habría al otro lado y, ahora que podía averiguarlo, una parte de mí empezaba a pensar que quizá —otra vez aquella maldita palabra— habría sido mejor quedarse con la duda.
Introduje la llave.
Giré.
El mecanismo cedió con un chasquido seco.
Apoyé la mano sobre el pomo.
Respiré profundamente y abrí la puerta.