CAPÍTULO I
«Cuando el viento frío venga a buscarte, siéntate a mi lado y no le hables. Cuando el viento álgido quiera llevarte, cierra los ojos y no te levantes. Cuando el viento helado finalmente te atrape, abre los ojos; quizás al otro lado encuentres la llave».
M e quedé pensativo intentando analizar las líneas que acababa de leer, pero a los pocos segundos desistí, dando por hecho que lo leído se trataba de unas simples palabras más.
Cerré el viejo libro y lo deposité en su lugar.
Instintivamente volví a cogerlo abriéndolo por la misma página, buscando si debajo de aquella leyenda se ubicaba la firma de algún autor.
H.K. rezaba la signatura. Nada más. Dos misteriosas iniciales que no arrojaban más información de lo que representaban.
Me entraron unas ganas terribles de ojear todo el libro en busca de alguna referencia más que me orientara sobre la identidad del escritor, pero muy a mi pesar, tenía totalmente prohibido excederme en mis labores más allá del orden y la limpieza y créeme, no llevaba una vida precisamente sobrada de oportunidades laborales como para jugarme aquella por dos letras escritas en un libro viejo.
Disculpa mi torpeza, estás teniendo el detalle de ojear estos primeros párrafos y ni siquiera me he presentado.
Me llamo Arian Fogelman Olmo. Arian, sin acento. Nombre raro, ¿verdad?
Imagino que estarás pensando que mis padres lo eligieron por algún personaje bíblico, una tradición familiar o cualquier otra razón con cierta profundidad.
Nada más lejos de la realidad. Mi hermana nació cinco años antes que yo y la llamaron Naira, con i latina.
Naira, como podrás comprobar si miras en internet es de origen canario, aunque también he encontrado alguna teoría bastante peregrina que pretende relacionarlo con los incas. Lo sé porque yo también lo he buscado.
La idea de mi nombre fue de mi padre, Ernest, alemán recto donde los haya, aunque dotado de una especie de alma andaluza, posee un humor muy suyo, tan acentuado como difícil de descifrar, que nunca he terminado de comprender.
Con la simpatía que le caracteriza decidió llamarme Arian, que no es otra cosa que Naira escrito al revés.
Al menos, esa es la explicación con la que crecí.
Porque, para cualquier otro asunto cotidiano, mi padre era un hombre serio, inflexible y poco dado a las bromas. Supongo que reservaba su sentido del humor para esas cosas que únicamente le hacían gracia a él.
Pero ya tendremos tiempo de hablar de Ernest.
Antes, y para no aburrirte mucho, voy a explicarte por qué recuerdo el enigmático verso del inicio. Intentaré comenzar por el principio o, al menos desde el momento en que yo creía que todo había comenzado.
Actualmente trabajo, gracias a la bendición divina en la Biblioteca de Castilla-La Mancha, situada en la octava planta del mismísimo Alcázar de Toledo. Un verdadero privilegio, tanto por emplazamiento como por satisfacción personal.
Siempre me ha gustado leer, aunque durante mi jornada laboral, paradójicamente, no debería hacerlo.
No pienses que soy bibliotecario. Nada más lejos de la realidad. Mi trabajo consiste básicamente en mantener el orden y la limpieza del lugar. Un simple bedel, para entendernos.
Me considero afortunado de tener este empleo porque a mis cuarenta y cinco años he acumulado un sinfín de trabajos y oficios, la mayoría fueron precarios, jornadas interminables y ocupaciones que, lejos de enseñarme algo, terminaban alimentando una desidia que llevaba demasiado tiempo instalada en mi vida.
El último, antes de llegar al Alcázar, había sido en un matadero industrial. Doce horas diarias. O, como decía el desgraciado de mi encargado, «media jornada».
Aquello terminó de hundir la poca autoestima que me quedaba. Una mañana decidí que ya había tenido suficiente y me marché sin mirar atrás. Sin indemnización. Sin nada. Y en aquel momento, también sin fuerzas para pelear por conseguirlo.
Pasé cerca de seis meses sin trabajo ni ingreso alguno hasta que la suerte por fin se apiadó de mí y me salió este empleo.
Fue a través del novio de mi exmujer, así como lo estás leyendo.
Supongo que Laura no movió los hilos por lástima.
Probablemente tuvo bastante más que ver con el hecho de que yo hubiera dejado de poder pagar la pensión de nuestro hijo menor.
En aquel momento aceptar aquella ayuda me produjo una humillación difícil de explicar; con el tiempo, sin embargo, la vergüenza fue dejando paso a la gratitud.
Probablemente nunca podré agradecerle del todo haberme dado la oportunidad de volver a sentirme útil.
Las instrucciones en la biblioteca eran bastante claras: nada de leer durante el horario de trabajo, ni siquiera abrir un libro por simple curiosidad; nada de entrar en salas restringidas; nada de perder el tiempo hablando con lectores o compañeros mientras el centro estuviera abierto.
Y así, unas cuantas prohibiciones más.
Ahora estarás pensando: «Pues vaya privilegio»
Pues sí. Para mí lo era.
Trabajaba ocho horas sin destrozarme físicamente, cobraba lo suficiente para cumplir con mis obligaciones y conseguía llegar a final de mes sin demasiado agobio.
Incluso tenía vacaciones, aunque viajar era otro asunto porque mis ahorros podían resumirse en una sola palabra: inexistentes.
Y, sobre todo, no tenía a mi jefe respirándome en la nuca durante toda la jornada, aunque el pájaro poseía la desconcertante habilidad de parecer estar vigilando incluso cuando no se encontraba cerca.
Quizá también estés pensando que soy un triste conformista. No descartes esa posibilidad.
Mi vida fuera del trabajo tampoco ayudaba demasiado. Hablo en pasado porque desde que entré en el Alcázar todo comenzó a cambiar.
Como probablemente habrás deducido, estoy separado.
Estuve casado con Laura durante veintitrés años y tenemos dos hijos: Clara, de dieciocho, y Daniel, de dieciséis.
No voy a entretenerte ahora con los motivos de nuestra separación, aunque puedo adelantarte que una buena parte de la culpa fue mía.
Mi conformismo, aquella capacidad casi profesional para contemplar cómo la vida sucedía sin hacer demasiado por cambiarla, terminó desgastándonos.
Con Laura mantengo una relación razonablemente buena.
Con mis hijos… bueno, ya sabes lo que son los adolescentes.
Al menos dejaron de pedirme dinero cuando descubrieron que, normalmente, yo tenía menos que ellos.
El resultado fue que nuestro trato terminó siendo bastante más escaso de lo que debería.
Con mi madre, Fina, la relación también era distante por motivos que comprenderás más adelante. La quiero con toda mi alma, pero el orgullo tiene una facilidad asombrosa para levantar muros cuando dos personas se empeñan en colocar ladrillos desde lados opuestos.
Con mi hermana Naira llevaba muchísimo tiempo sin hablar.
Y ahora probablemente estés pensando: «A ver si al final el problema vas a ser tú»
Empiezo a sospechar que llevas razón.
Con mi padre, Ernest, sin embargo, las cosas eran diferentes. Mi infancia a su lado no había sido precisamente sencilla, pero los años consiguieron acercarnos hasta convertir nuestra relación, curiosamente, en la más estrecha de toda mi familia.
Pero ya llegaremos a él.
Volvamos a la biblioteca.
El centro abre al público a las ocho y media de la mañana, aunque yo comienzo dos horas antes. Durante ese tiempo apenas hay nadie y puedo moverme con cierta libertad entre los más de cuatrocientos mil ejemplares que guarda la biblioteca.
Sí, has leído bien: más de cuatrocientos mil.
Y sí, también sé qué hace unas líneas te he contado que tenía prohibido curiosear entre ellos.
Nunca he afirmado ser especialmente obediente.
La lectura siempre ha sido una de mis pocas debilidades.
El género me importa bastante poco: novela, novela negra, terror, suspense, fantasía, relatos, poesía…
Autores tan distintos como Pérez-Reverte, Nietzsche, Austen o Bukowski me habían acompañado durante años.
Por eso encontrarme de pronto rodeado por cientos de miles de historias —reales o inventadas, hermosas o terribles— se parecía bastante a entrar cada mañana en un lugar construido expresamente para mí.
Todavía recuerdo perfectamente la primera vez que crucé sus puertas.
Sobre todo, el olor: papel, madera, polvo antiguo.
Si acercas la nariz al libro que tienes ahora mismo entre las manos podrás hacerte una ligera idea ya que allí, ese aroma parecía multiplicarse por un millón. Se adhería a la ropa, a las manos, incluso a la memoria.
Siempre estaba presente. Nunca terminaba de desaparecer.
Al día siguiente de encontrar aquel extraño verso regresé al mismo lugar. La limpieza del centro se organizaba por zonas y aquella mañana, en teoría, no me correspondía pasar por allí, pero a primera hora ya estaba buscando el libro.
Don Marcos Allende Rojas, flamante director de la Biblioteca de Castilla-La Mancha, no llegaba hasta las siete y media, así que disponía de casi una hora para satisfacer mi curiosidad sin correr demasiado riesgo.
El ejemplar parecía antiguo. Tendría más de doscientas páginas, aunque ninguna estaba numerada. Las tapas, desgastadas por el tiempo, conservaban un tono verdoso y no había título, autor ni referencia alguna en el lomo.
Sin embargo, lo verdaderamente extraño estaba en el interior.
Las hojas parecían nuevas. Blancas. Demasiado blancas.
Como si los años hubieran castigado las cubiertas y, por alguna razón, hubiesen decidido perdonar todo lo que escondían dentro.
Lo abrí y comencé a pasar páginas.
Una.
Otra.
Otra más.
Nada.
El libro estaba completamente vacío.
Excepto por aquel verso.
«Cuando el viento frío venga a buscarte, siéntate a mi lado y no le hables. Cuando el viento álgido quiera llevarte, cierra los ojos y no te levantes. Cuando el viento helado finalmente te atrape, abre los ojos; quizás al otro lado encuentres la llave»
H.K.
No entendía nada.
¿Qué diablos hacía un libro vacío entre obras históricas y novelas de reconocido prestigio?
Volví al principio y pasé las páginas una a una, esta vez con mucha más calma. Tenía la absurda sensación de que debía de haber algo que se me estaba escapando.
No encontré nada. Todas estaban en blanco. Todas excepto la última.
Allí había unas palabras que no había visto la primera vez, tan tenues que parecían trazadas con un lápiz a punto de desaparecer. A simple vista apenas conseguía distinguirlas, así que saqué el móvil, activé la cámara y amplié la imagen.
Entonces pude leerlas.
LIbrOS OLVIDADOS
Me quedé observando aquellas dos palabras.
—¿Libros olvidados?
Si antes estaba perdido, aquello acababa de empeorar las cosas.
Durante unos minutos intenté convencerme de que el ejemplar habría terminado en aquella estantería por error.
Con más de cuatrocientos mil libros, tampoco parecía imposible.
Pero había algo que se resistía a encajar.
Don Marcos era probablemente la persona más meticulosa que había conocido cuando se trataba de mantener cada cosa exactamente donde debía estar.
Y aquel libro no parecía estar allí por casualidad.
Aun así, tenía trabajo que hacer. Si alguien me descubría perdiendo el tiempo con un ejemplar que ni siquiera debería haber abierto, mi privilegiada carrera en el Alcázar podía terminar antes de que tuviera ocasión de averiguar nada.
Lo devolví a su lugar. Durante los días siguientes no ocurrió nada.
Horas rutinarias, tardes interminables y noches demasiado cortas se sucedieron unas detrás de otras. Mis tardes eran eternas porque, fuera del trabajo, apenas tenía obligaciones. Mi vida podía resumirse en comer, ordenar un poco el piso y esperar a que llegara la hora de acostarme.
Las noches, en cambio, desaparecían enseguida.
Siempre he dormido profundamente. Apenas soñaba o, al menos, nunca conseguía recordar los sueños al despertar.
Hasta que un día me reclamaron en uno de los pasillos inferiores de la biblioteca.
Aquella zona se encontraba un nivel por debajo de la planta principal y permanecía cerrada al público. Allí no había estanterías repletas de libros, sino despachos, almacenes y varias salas cuyo contenido desconocía por completo.
Yo no tenía autorización para entrar en ninguna. Por mí, perfecto. Menos trabajo.
El motivo por el que me habían llamado resultó bastante menos interesante. El encargado de encerar el suelo había vertido tal cantidad de producto que aquello se había convertido prácticamente en una pista de patinaje. Así que allí estaba yo.
Serrín, barrer, más serrín y vuelta a empezar.
Cuando terminé, recogí los utensilios y me dispuse a regresar a la planta superior. Fue entonces cuando reparé en algo que hasta aquel momento me había pasado inadvertido.
Todas las puertas del pasillo estaban identificadas mediante números. Todas menos una. Pasé junto a ella. Me detuve. Retrocedí lentamente.
Durante unos segundos pensé que habría leído mal, pero al acercarme comprobé que las palabras estaban perfectamente claras.
Un sencillo cartel descansaba sobre la madera oscura.
Y en él podía leerse:
SALA DE LOS LIbrOS OLVIDADOS
Me quedé inmóvil. No sé cuánto tiempo.
Solo recuerdo que, por primera vez desde que había encontrado aquel extraño libro de tapas verdes, dejé de pensar que todo podía ser una casualidad.