CAPÍTULO XX #3
Todos aquellos que habían esperado durante años que alguien se sentara junto a ellos sin mirar el reloj, sin apartar la vista y sin decidir de antemano cuánto dolor estaba dispuesto a escuchar.
No le hables. Escucha. Antes de preguntar. Antes de juzgar. Antes de escribir.
Cierra los ojos y no te levantes. Quédate. Incluso cuando recordar duela.
Incluso cuando lo que descubras cambie la forma en que miras a las personas que amas.
Y cuando el viento finalmente te atrape…
Abre los ojos. Mira de frente aquello que otros intentaron ocultar.
Y encuentra la llave.
No una llave de hierro. No una puerta. No una estación abandonada. Ni siquiera un libro.
La llave eran los nombres. Contarlos antes de que el olvido se los llevara.
Me quedé mirando el manuscrito.
Por primera vez comprendí que aquel verso solo podía entenderse al final del camino.
Entonces escuché un pequeño golpe procedente del pasillo. Me levanté. Abrí la puerta del apartamento. No había nadie.
Miré hacia el ascensor. Vacío. Volví al salón y me detuve.
Sobre la mesa había un libro. No el negro. Ese estaba a mi derecha. El otro, el de las tapas verdosas.
Sin título. El primer libro. El que había desaparecido de la biblioteca.
Permanecí de pie durante varios segundos. No tuve miedo. Tampoco intenté encontrar una explicación inmediata. Me acerqué y abrí la cubierta.
Las más de doscientas páginas seguían completamente en blanco. En la primera continuaba el verso.
Y debajo:
H.K.
Pasé hasta la última. La inscripción seguía allí, casi borrada:
LIbrOS OLVIDADOS
Nada más. No había ninguna carta. Ninguna explicación final. Ninguna firma. Sonreí.
—Por supuesto.
Después de todo lo ocurrido, casi habría resultado decepcionante que alguien hubiera dejado un manual de instrucciones.
Cerré el volumen y lo coloqué junto a mi manuscrito.
Entonces miré la portada de este último.
Seguía sin título. Cogí un bolígrafo.
Escribí:
LA HISTORIA OLVIDADA
Debajo dejé un espacio.
Pensé en H.K.
Había pasado meses intentando convertir aquellas letras en un nombre. Después comprendí que nunca habían necesitado uno.
Quizá alguna vez significaron palabras concretas. Quizá no.
Ya no importaba.
H.K. era el lugar que ocupaba quien recibía una historia que otra persona no había podido terminar y decidía no dejarla morir.
Había pasado por muchas manos.
Ahora estaba en las mías.
Escribí:
H.K.
Debajo añadí:
Arian Fogelman Olmo
Y cerré el libro.
Meses después regresé temprano a la biblioteca. Todavía no habíamos abierto.
Subí solo en el ascensor hasta la octava planta. Cuando las puertas se abrieron, durante un instante esperé ver a Abel al otro lado con alguna de sus frases absurdas.
No había nadie.
Atravesé el corredor hasta la Sala de los Libros Olvidados.
Había decidido que mi manuscrito no terminaría allí escondido.
Existirían copias. Laura tenía una.
Clara había exigido otra antes incluso de que estuviera corregida.
Daniel había empezado a leerla y, para mi sorpresa, no se había dormido en las diez primeras páginas.
Naira quería una para Fina cuando pudiera leer durante más tiempo.
Y Valdemora conservaría siempre otra.
La Sala de los Libros Olvidados ya no debía guardar libros para que nadie los encontrara.
Debía impedir que volvieran a ser olvidados.
Coloqué el viejo volumen de tapas verdes en la estantería, después dejé La historia olvidada a su lado.
Di un paso atrás. No ocurrió nada.
—Mejor.
Apagué la lámpara.
Cuando me disponía a salir escuché un sonido suave detrás de mí.
Un roce. Como uñas sobre el suelo. Me detuve. No me giré inmediatamente. Sentí que sonreía.
—Ya está, viejo.
Silencio.
—La terminé.
Esperé unos segundos. Después me volví. No había nadie. Claro que no. Miré hacia el suelo. Junto a la estantería había una pequeña huella. La marca húmeda de una pata. Me agaché y la toqué con un dedo. Había una mezcla de agua y barro.
Quizá Abel había entrado antes. Quizá alguna ventana.
Quizá existiera una explicación perfectamente razonable pero no la busqué. Me puse de pie.
—Descansa compañero.
Salí de la sala y cerré la puerta.
Desde los ventanales de la octava planta comenzaba a verse amanecer sobre Toledo. Permanecí unos segundos observándolo.
Durante meses había pensado que mi historia empezó el día en que encontré un libro vacío. Me equivocaba.
Había comenzado mucho antes, cuando alguien decidió que un nombre merecía sobrevivir a quien intentaba borrarlo. Y probablemente tampoco terminaba conmigo.
Pensé en Samuel. En Sara. En AnaBel. En mi madre. En Naira. En mis hijos. En Ernest. En Argos. Especialmente en Argos. Después caminé hacia el ascensor.
El aire frío de la mañana entraba por una ventana entreabierta.
Esta vez no cerré los ojos. No necesitaba hacerlo.
El viento podía venir. Siempre terminaría viniendo.
Lo importante era que, cuando se marchara, todavía quedaran nombres detrás.
Las puertas del ascensor se abrieron. Entré. Antes de que se cerraran miré una última vez hacia el corredor.
Por un instante habría jurado que escuchaba unas uñas rozando el suelo alejándose despacio. Sonreí.
Y pulsé el botón de la planta baja.
-FIN-