Charles Babbage contra los organilleros
Con la música a otra parte
Charles Babbage está inclinado sobre una mesa cubierta de cálculos, planos y engranajes de latón, en pleno diseño de la máquina que décadas después algunos llamarían el primer ordenador de la historia. Y entonces, desde la calle, entra un sonido que le hace perder el hilo: un organillo, desafinado, insistente, tocando la misma melodía una y otra vez bajo su ventana. Levanta la vista. Cierra los ojos. Cuenta hasta diez. El hombre de la manivela no tiene ninguna intención de irse de allí.
Un genio con muy poca paciencia para el estrépito
Babbage había dedicado su vida a diseñar máquinas capaces de calcular con una precisión que ningún ser humano podía igualar. Su motor diferencial y, más tarde, el motor analítico, sentaron las bases conceptuales de lo que hoy entendemos por informática, mucho antes de que existiera la electricidad para hacerlo posible. Era metódico, exigente y profundamente intolerante con cualquier cosa que le sacara de sus cálculos.
Y el Londres de mediados del siglo XIX estaba lleno de jaleo callejero. Organillos, trompetas, tambores, violines desafinados: músicos ambulantes plantados frente a las casas hasta que alguien les pagara por marcharse, o se rindiera y les diera una moneda para que fueran a ofrecer su serenata involuntaria a otra ventana.
Para la mayoría de los vecinos aquello era, como mucho, un fastidio ocasional. Para Babbage se convirtió en una cruzada.
Una guerra librada a base de denuncias y cálculos
Babbage empezó entonces a documentar el problema con el mismo rigor que aplicaba a sus máquinas: llevó la cuenta de las interrupciones, calculó las horas de trabajo perdidas y estimó que una parte nada desdeñable de su tiempo productivo se esfumaba por culpa de aquella música no solicitada. Escribió cartas, presentó denuncias ante la policía y llevó su reclamación hasta la prensa, convencido de que el ruido callejero era un problema serio que la ciudad debía tomarse en serio.
Las autoridades no compartieron su urgencia, y los músicos ambulantes, lejos de amedrentarse, encontraron en Babbage un blanco perfecto. Empezaron a hacer justo lo contrario de lo que él pedía: algunos organilleros se plantaban expresamente bajo su ventana, atraídos por la certeza de que aquel hombre iba a reaccionar, y de que su reacción era, para ellos, parte de la diversión. Cuanto más protestaba Babbage, más gracia les hacía seguir tocando.
Vecinos y curiosos empezaron a seguir el enfrentamiento como quien sigue una rivalidad de barrio, y la prensa de la época no tardó en encontrarle la gracia al asunto: el hombre que pretendía calcular el futuro de la máquina no lograba resolver el problema, mucho más simple en apariencia, de un tipo con un acordeón.
El genio que perdió contra el barrio
El motor analítico de Babbage nunca llegó a construirse por completo en vida de su creador; sus ideas tardarían más de un siglo en materializarse en máquinas reales. Los organilleros siguieron tocando en las calles de Londres durante décadas después de su muerte, con la misma manivela de siempre, bajo la misma ventana de siempre, ajenos por completo a haber ganado la única guerra de la que se tiene constancia de que Charles Babbage salió derrotado.