La Historia, fuera de guion Pitágoras y las habas prohibidas
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Pitágoras y las habas prohibidas

El hombre que convirtió a una legumbre en un problema filosófico

El campo se extiende justo delante, hileras verdes hasta donde alcanza la vista, con las vainas ya hinchadas en la planta. Detrás, el ruido de los perseguidores se acerca. Pitágoras, ya anciano, tiene delante la salida más rápida hacia la libertad y, sin embargo, se para en seco frente a las primeras matas. Da media vuelta y encara a quienes vienen a por él.

Así cuenta la tradición el final de uno de los pensadores más influyentes de la Antigüedad: acorralado, eligiendo enfrentarse a sus enemigos antes que pisar un sembrado de habas.

Un maestro con más normas que dudas

Pitágoras de Samos fundó en el sur de Italia una comunidad cerrada y estrictamente jerarquizada, con un fundador venerado casi como un oráculo viviente y un reglamento que entraba en los detalles más pequeños de la vida diaria: qué comer, cómo vestir, en qué orden hablar, qué palabras evitar pronunciar. Entre todas esas normas hubo una que se hizo tan famosa como difícil de explicar: la prohibición de comer habas.

Nada de guisos, nada de sopas, nada de acercarse siquiera a la planta. Algunos relatos posteriores llegan incluso a asegurar que ni pisar un campo sembrado de ellas estaba permitido.

Los discípulos guardaban silencio durante años antes de poder intervenir en las reuniones, ponían sus bienes en común y trataban cada palabra del maestro con una devoción casi religiosa. En ese contexto, una restricción alimentaria más pasaba fácilmente desapercibida de puertas adentro. Lo llamativo es que esta en concreto sobreviviera durante siglos en la memoria colectiva, mientras el resto de la doctrina pitagórica quedaba arrinconado en manuales especializados.

Explicaciones para todos los gustos

Nadie se pone de acuerdo sobre el motivo real de aquella aversión, y las hipótesis van de lo místico a lo médico sin transición.

Ciertos autores antiguos, que escribieron mucho después de la muerte del propio Pitágoras, apuntan a creencias sobre la transmigración de las almas: si un espíritu podía renacer en cualquier ser vivo, comer habas equivalía en cierto modo a comerse el alma de un antepasado, porque a la planta se le atribuían formas que la emparentaban simbólicamente con lo humano. Otros relatos, igual de tardíos, hablan de vínculos con el inframundo o con rituales de purificación en los que el haba ocupaba un lugar incómodo.

La medicina actual ofrece una explicación mucho más terrenal: el favismo, una reacción adversa al consumo de habas que provoca anemia grave en personas con una alteración genética bastante extendida en el Mediterráneo. Si Pitágoras o parte de su comunidad la padecían, la prohibición dejaría de sonar a capricho esotérico para convertirse en una medida de sentido común disfrazada, con el paso del tiempo, de precepto sagrado. Ninguna de las dos hipótesis se impone del todo sobre la otra, y ambas siguen conviviendo en los libros que tratan el tema.

Un final construido a posteriori

La escena del filósofo acorralado ante el sembrado de habas aparece en textos escritos varios siglos después de los hechos, cuando la figura de Pitágoras ya circulaba envuelta en anécdotas sobre su sabiduría y sus rarezas. El contexto histórico tiene un fondo bastante más prosaico: la comunidad pitagórica se ganó enemigos poderosos en las ciudades del sur de Italia, y en algún momento sufrió ataques violentos que acabaron con la quema de sus locales y la persecución de sus miembros. Que Pitágoras muriera huyendo de esa violencia resulta perfectamente creíble. Que su último gesto fuera negarse a cruzar un campo de legumbres por fidelidad a una norma dietética tiene bastante más pulso narrativo que respaldo documental.

Empédocles, filósofo de la misma escuela, dejó por escrito una frase que resume bien el fervor que despertaba el asunto entre los seguidores: pedía mantener las manos alejadas de las habas con la misma solemnidad con la que se invoca cualquier tabú sagrado. Ese fragmento sobrevivió mejor que casi cualquier otra enseñanza pitagórica sobre números, música o geometría.

Del filósofo quedó, sobre todo, el teorema que todavía hoy se estudia en cualquier aula de matemáticas. De la comunidad que fundó, en cambio, quedaron sus normas más extrañas: el silencio inicial de sus discípulos, los bienes compartidos, y esa prohibición sobre una legumbre que ni sus propios seguidores supieron explicar del todo.