La Historia, fuera de guion Nikola Tesla el hombre que iluminó al mundo
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Nikola Tesla el hombre que iluminó al mundo

Enamorado de una paloma y aterrorizado por las perlas

En sus últimos años en Nueva York, Nikola Tesla dedicaba más atención a las palomas que muchos ministros a sus expedientes. Salía de su habitación de hotel, cruzaba unas manzanas hasta Bryant Park o los alrededores de la Biblioteca Pública, y allí, entre taxis, transeúntes y ruido de ciudad, repartía semillas con la misma concentración con la que antes había calculado voltajes.

Entre aquella nube de plumas grises había una que, según la versión más repetida por quienes lo trataron en esa etapa, ocupaba un lugar especial: una paloma blanca a la que Tesla parecía reconocer entre cientos y a la que dedicaba un cuidado casi ceremonial. El hombre que había soñado con enviar electricidad a través del aire terminaba sus tardes pendiente del vuelo de un ave.

Y, sin embargo, sería un error verlo solo como un anciano solitario con manías. Detrás de aquel señor de abrigo oscuro y modales impecables había uno de los ingenieros que más contribuyó a cambiar la vida cotidiana del siglo XX, aunque su nombre tardara décadas en ocupar el lugar que hoy se le reconoce.

Tesla nació en 1856 en Smiljan, un pueblo que entonces formaba parte del Imperio austríaco, en el seno de una familia serbia. Estudió ingeniería con un talento evidente, aunque su trayectoria académica fue irregular y estuvo marcada por episodios de agotamiento que él mismo relacionó, años después, con la intensidad de su trabajo. Tras pasar por Europa, emigró a Estados Unidos en 1884, con poco más que una carta de recomendación y una cabeza llena de ideas sobre motores, campos magnéticos y corrientes eléctricas.

Trabajó brevemente para Thomas Edison, en una colaboración que terminó pronto y mal. Las versiones difieren sobre los detalles exactos del desencuentro, pero el resultado fue claro: Tesla siguió su camino por su cuenta, que es una forma elegante de decir que dos egos eléctricos no siempre caben en el mismo laboratorio.

Ese camino lo llevó hasta George Westinghouse, con quien impulsó el desarrollo de la corriente alterna en un momento en que Edison defendía, con no poco entusiasmo comercial, las virtudes de la corriente continua. Tesla aportó ideas clave para el motor de inducción y para los sistemas que permitían transportar electricidad a distancias mucho mayores de lo que hasta entonces parecía razonable.

La Exposición Colombina de Chicago de 1893, iluminada con corriente alterna ante los ojos de miles de visitantes, y el posterior aprovechamiento hidroeléctrico de las cataratas del Niágara funcionaron casi como certificados públicos de que aquel sistema, y aquel ingeniero, habían ganado una partida decisiva.

Con ese currículum, cualquiera esperaría un personaje solemne, ajeno a las pequeñeces. Y, sin embargo, quienes coincidieron con Tesla en hoteles y restaurantes de Nueva York recogieron después un catálogo de costumbres tan minucioso que parecía sacado de un reglamento interno redactado por él mismo y aprobado por nadie más.

Se le atribuye una fijación notable por el número tres y sus múltiplos. Se cuenta que daba tres vueltas a la manzana antes de entrar en ciertos edificios, que prefería habitaciones de hotel cuyo número fuera divisible por tres y que usaba una cantidad muy precisa de servilletas en cada comida. No hace falta tomar cada detalle como un hecho documentado al milímetro, porque muchas de estas historias llegan filtradas por biógrafos, periodistas y recuerdos de terceros. Pero la idea de fondo se queda: Tesla no vivía solo entre ideas; vivía también entre reglas.

Entre esas reglas privadas destaca una que sus contemporáneos recordaron con especial sorpresa: su aversión a las perlas. Según las versiones que han llegado hasta nosotros, no soportaba verlas de cerca y podía evitar la conversación con mujeres que las llevaban puestas. El hombre que podía enfrentarse a bobinas, motores y descargas tenía muchas papeletas de ver arruinada una velada si en la mesa de al lado brillaba un collar de perlas.

Nadie ha explicado nunca de forma convincente el origen de aquel rechazo tan concreto, y quizá sea mejor dejarlo donde está: en el terreno de la anécdota curiosa, no en el del diagnóstico fácil. Tesla podía imaginar sistemas capaces de llevar energía a grandes distancias, pero su vida cotidiana se decidía a menudo en detalles minúsculos. La corriente alterna podía cruzar ciudades; las perlas, en cambio, mejor que no cruzaran su campo de visión.

También se le atribuyen hábitos muy estrictos de limpieza y un cuidado extremo respecto al contacto con determinados objetos o superficies. No sabemos con precisión qué combinación de temperamento, cansancio acumulado, manías personales y circunstancias vitales explica aquellas rutinas. Reducir a Tesla a un caso de manual contemporáneo dice más de nuestras ganas de clasificar que de la propia historia.

Lo que sí parece claro es que, con los años, su vida se fue estrechando. De los grandes laboratorios, las conferencias y los proyectos ambiciosos pasó a una existencia de habitaciones de hotel, cada vez más modesta económicamente, en la que las palomas ocuparon un espacio que otros habrían llenado con familia, fortuna o reconocimiento público.

Después de tantos proyectos pensados para enviar energía por el mundo, acabó dedicando parte de sus días a unas criaturas que solo necesitaban migas de pan y algo de compañía silenciosa. La imagen tiene algo de extraña ternura: Tesla, que había imaginado un futuro atravesado por ondas, cables y motores, pendiente de que una paloma concreta volviera a aparecer entre las demás.

Con el tiempo, Tesla se ha convertido casi en un personaje de leyenda. Circulan sobre él historias exageradas, frases dudosas, inventos atribuidos de más y teorías que lo presentan como una mezcla de profeta eléctrico y mago incomprendido. No hace falta tanto decorado. Su aportación real a la electricidad moderna ya es suficiente motivo de asombro.

Murió en Nueva York en 1943, en una habitación de hotel, rodeado de los objetos y costumbres que habían definido sus últimos años. Nikola Tesla ayudó a imaginar un mundo recorrido por corrientes invisibles, motores y cables capaces de llevar energía cada vez más lejos. Pero en aquella etapa final, buena parte de su universo cabía en una habitación, en unas rutinas repetidas con precisión de relojero y en el vuelo torpe de unas palomas sobre la acera.