La mentira tiene las patas muy cortas
El Daily Chronicle y otros periódicos participaron en el desmontaje. Las dudas fueron creciendo, y la identidad de Louis de Rougemont empezó a resquebrajarse. Poco a poco, detrás del aventurero fabuloso apareció Henri Louis Grin, el suizo de vida cambiante, oficios variados y pasado australiano real, pero no tan novelesco como el que había vendido por entregas.
La revelación no apagó la historia de inmediato. Al contrario: cuando la aventura empezó a hundirse, todavía servía para vender periódicos. Ese fue uno de los aspectos más redondos del caso. Primero se vendió la hazaña. Después, el derrumbe. En términos de negocio, puede que el viaje no estuviera claro, pero el recorrido comercial era bastante directo.
Rougemont quedó marcado como impostor, sí, pero también como personaje. Y, una vez que el público ya no podía tomarlo en serio como explorador, encontró otra forma de seguir en escena: presentarse como el mayor mentiroso del mundo.
En 1899 actuó en escenarios de music-hall en Sudáfrica con esa etiqueta. La caída, al menos, tuvo sentido teatral. Si ya no podía sostener la máscara del aventurero auténtico, podía explotar la del farsante célebre. No era exploración. Era aventura por entregas con botas prestadas.
En Australia, una gira posterior no fue recibida con el mismo entusiasmo. Allí el decorado resultaba menos cómodo, porque había demasiada gente capaz de mirar sus relatos con menos paciencia y más conocimiento del terreno. Lo que en Londres podía parecer remoto, ilustrado y disponible para la fantasía, en Australia tenía vecinos, mapas y memoria.
Aun así, Rougemont no desapareció sin ofrecer un último detalle digno de su propio personaje. En 1906 llegó a demostrar en Londres sus habilidades para montar tortugas, como si quisiera cerrar el círculo de una de sus afirmaciones más famosas. Después de tanto viaje imposible, tanta aventura inflada y tanta geografía rebelde, el explorador seguía aferrado a la imagen que mejor podía resumirlo.
Murió en Londres en 1921, con menos gloria de la que sus relatos habían prometido y mucha más notoriedad de la que quizá habría alcanzado con una vida discreta. No conquistó Australia, ni descifró sus desiertos, ni vivió las hazañas que vendió por entregas. Pero, durante un tiempo, hizo algo casi igual de útil para un aventurero de papel: consiguió que Londres esperara el siguiente número.