Louis de Rougemont aventurero incansable
La mentira vendía ejemplares
Sobre la mesa no había brújula, ni salitre, ni arena del desierto australiano. Había una revista ilustrada, unas páginas recién impresas y un explorador que prometía haber vivido más aventuras de las que cabían razonablemente en una sola vida.
En Londres, en 1898, un lector podía abrir The Wide World Magazine y encontrarse con un mundo entero dispuesto a dejarse exagerar. Allí estaban los grabados, los mapas sugerentes, los territorios remotos y esa promesa tan cómoda de la prensa de aventuras: salir de casa sin moverse del sillón. Entre una portada y la última página podían caber naufragios, perlas, oro, selvas, desiertos, animales improbables y hombres que regresaban de lugares donde, convenientemente, casi nadie había estado para corregirles la ruta.
Uno de esos hombres se llamaba Louis de Rougemont. O, al menos, así se presentó.
La revista era nueva, británica, ambiciosa y perfectamente adaptada a una época en la que el mundo parecía inmenso. Wide World Magazine había nacido como escaparate del asombro: relatos de viajes, aventuras supuestamente reales, experiencias al límite y testimonios de personas que afirmaban haber visto lo que el lector solo podía imaginar. Su apuesta era sencilla y eficaz: la verdad podía ser más extraña que la ficción, sobre todo si venía bien ilustrada.
En ese contexto, Louis de Rougemont era oro puro para cualquier redacción. Llegaba con una vida que parecía escrita pensando en la siguiente entrega. No ofrecía una anécdota curiosa ni un viaje interesante. Ofrecía un continente entero convertido en memoria personal.
El problema era que Louis de Rougemont no se llamaba Louis de Rougemont.
Su nombre real era Henri Louis Grin. Había nacido en Gressy, en el cantón suizo de Vaud, en 1847, y su vida auténtica ya había tenido movimiento suficiente como para no necesitar demasiada decoración. Había sido sirviente, ayuda de cámara, mayordomo, fotógrafo, hombre de pequeños negocios y viajero con experiencia. También había pasado por Australia y había trabajado durante un tiempo como mayordomo del gobernador de Australia Occidental, sir William Robinson. Es decir, no era un completo desconocedor del mundo que decía contar. Había viajado, había visto cosas, había cambiado de oficio y sabía lo suficiente como para que sus invenciones no nacieran de la nada. Pero entre haber tenido una vida movida y presentarse como explorador casi legendario hay una distancia considerable. De Rougemont decidió recorrerla a lomos de una revista.
Llegó a Inglaterra en 1898 con su nueva identidad y pronto entró en contacto con The Wide World Magazine, que empezó a publicar sus aventuras por entregas entre 1898 y 1899. Los relatos se anunciaban como experiencias reales, y ahí estaba parte de la gracia del asunto. La aventura no necesitaba estar comprobada si llegaba bien ilustrada.
Rougemont decía haber vivido historias extraordinarias en Australia, Nueva Guinea y Australasia. Hablaba de búsquedas de perlas y oro, de naufragios, de años perdidos en zonas remotas y de una larga convivencia con pueblos indígenas australianos. Conviene dejar claro que esas afirmaciones pertenecían a su relato, no a una descripción fiable de culturas reales. El interés del caso no está en tomar al pie de la letra lo que decía sobre aquellos pueblos, sino en observar cómo un narrador europeo fue envolviendo sus supuestas experiencias en un decorado cada vez más difícil de sostener.
Porque De Rougemont no se conformaba con sobrevivir. Parecía decidido a no dejar una sola maravilla sin reclamar para la siguiente entrega.
Sus aventuras empezaron a crecer como crecen las historias cuando alguien descubre que el público sigue leyendo. Un naufragio pedía otro peligro. Un territorio remoto exigía una escena aún más remota. Una hazaña necesitaba otra que la superase. La revista no vendía solo relatos: vendía expectación. Y Rougemont sabía alimentarla.
Y entonces llegaron las tortugas.
Entre las afirmaciones que despertaron burlas y dudas estuvo la idea de cabalgar o desplazarse sobre tortugas marinas. Era una imagen poderosa, desde luego. También era el tipo de imagen que, una vez aparece en una historia, se niega a desaparecer. Puede que un lector perdone un mapa impreciso, una fecha movediza o un episodio convenientemente adornado. Pero un explorador montado sobre una tortuga marina exige una generosidad zoológica que no todo el mundo está dispuesto a conceder.
La geografía real empezó a mostrarse menos flexible que la imaginación del narrador.
Algunos lectores, periodistas y personas que conocían Australia comenzaron a detectar incoherencias. Había afirmaciones que no encajaban con la experiencia de quienes habían estado allí. Otras resultaban dudosas desde el punto de vista geográfico o naturalista. Y cuando alguien pidió más precisión, el gran aventurero empezó a tener problemas con una herramienta imprescindible para cualquier explorador: el mapa.