La Historia, fuera de guion De campesina a princesa en un abrir y cerrar de ojos
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De campesina a princesa en un abrir y cerrar de ojos

En abril de 1817, una joven apareció en Almondsbury hablando una lengua que nadie entendía. La joven no traía documentos, ni equipaje digno de una corte, ni una explicación que pudiera seguirse de principio a fin. Traía ropa extraña para los vecinos, gestos difíciles de interpretar y una palabra que parecía repetir con insistencia: Caraboo.

En un lugar acostumbrado a reconocer a la gente por su familia, su oficio o su parroquia, aquello descolocaba bastante. Nadie sabía si estaba ante una extranjera perdida, una mujer sin recursos, una víctima de alguna desgracia o algo mucho más novelesco. La joven fue entonces llevada ante las autoridades locales. Allí entraron en escena Samuel Worrall, magistrado de la zona, y su esposa, Elizabeth Worrall. Al principio, nadie consiguió descifrar quién era aquella desconocida ni de dónde venía. La lengua que hablaba no se parecía a nada que los presentes pudieran reconocer, y precisamente por eso empezó a crecer alrededor de ella un espacio perfecto para la imaginación.

Y apareció el supuesto intérprete.

Un marinero portugués, Manuel Eynesso o Enes, afirmó entenderla. A partir de ahí, la historia empezó a tomar. Según aquella versión, la joven era la princesa Caraboo, originaria de Javasu, una isla lejana del océano Índico. Había sido capturada por piratas y había conseguido escapar saltando al mar en el canal de Bristol. Después, de algún modo, había llegado hasta Almondsbury, donde su destino había querido que acabara ante una familia acomodada dispuesta a escuchar una historia bastante mejor que la de una desconocida sin papeles.

Los Worrall la acogieron, y la desconocida empezó a transformarse en invitada exótica. Durante varias semanas, Caraboo se convirtió en una curiosidad social. Recibió ropa más adecuada a su supuesto rango, fue observada con atención, retratada y comentada. Sus gestos, sus rezos, su forma de moverse y de comportarse fueron interpretados como signos de una cultura remota. Incluso sus rarezas empezaron a jugar a su favor, porque si una princesa viene de una isla que nadie conoce, casi cualquier detalle puede parecer perfectamente razonable.

Pero detrás de la princesa Caraboo estaba Mary Willcocks.

Mary procedía de Witheridge, en Devon. Era hija de un zapatero y había trabajado como criada o sirvienta. Su vida real estaba bastante lejos de los palacios del océano Índico, pero también era mucho más comprensible: una joven con pocos recursos, experiencia de servicio doméstico y una existencia inestable en una sociedad que no ofrecía demasiadas salidas a quienes nacían sin fortuna. En algún momento, Mary construyó una lengua inventada, una identidad nueva y un personaje capaz de abrir puertas que su nombre verdadero probablemente no habría abierto jamás.

Durante unas semanas, la isla imaginaria, Javasu, tenía la ventaja perfecta de los lugares inventados: estaba lo bastante lejos como para que casi nadie pudiera llevar la contraria. Pero mantener una mentira depende de que nadie mire desde el ángulo adecuado. En el caso de Caraboo, ese ángulo llegó a través de la prensa. Su retrato y su historia circularon lo suficiente como para que alguien la reconociera. Una mujer que la había conocido anteriormente, Mrs. Neale o Neal, identificó a la supuesta princesa como Mary Willcocks.

La princesa desapareció en cuanto apareció Mary. Lo llamativo es que el desenlace no fue tan cruel como podría haber sido. Elizabeth Worrall, lejos de castigarla con dureza, ayudó a Mary a viajar a Estados Unidos. Allí intentó aprovechar brevemente la fama de Caraboo, aunque el encanto del personaje no funcionó igual lejos del escenario que lo había hecho posible.

Con el tiempo regresó a Inglaterra, ya sin reino imaginario al que volver. Más tarde vivió de forma más discreta como Mary Baker y acabó dedicándose a la venta o suministro de sanguijuelas en Bristol, una ocupación bastante menos principesca, pero mucho más real.