Perkin Warbeck el príncipe que apareció cuando convenía
(E hizo sudar a Enrique VII)
Para un rey recién instalado, pocas cosas resultan tan molestas como que aparezca un muerto reclamando el trono.
En el siglo XV, Enrique VII había ganado la corona en Bosworth, había derrotado a Ricardo III y había inaugurado una dinastía nueva, la Tudor, que necesitaba presentarse como respuesta definitiva a décadas de guerras civiles. Sobre el papel, Inglaterra empezaba una etapa distinta. En la práctica, el trono seguía teniendo demasiados fantasmas alrededor.
Y entonces llegó la noticia: un joven decía llamarse Ricardo de York.
No era un nombre cualquiera. Ricardo de Shrewsbury, duque de York, había sido el hijo menor de Eduardo IV y hermano de Eduardo V. Ambos habían entrado en la Torre de Londres en 1483, durante el ascenso al poder de Ricardo III. Después, el silencio. Los dos niños pasaron a la Historia como los príncipes de la Torre, y lo más inquietante de aquella historia no era solo que hubieran desaparecido, sino que su desaparición nunca quedó del todo cerrada.
La versión más aceptada sostiene que los príncipes murieron en la Torre, probablemente asesinados, aunque la responsabilidad exacta sigue siendo una de esas sombras históricas que han dado trabajo a cronistas, historiadores y novelistas durante siglos. Pero a finales del siglo XV lo importante no era únicamente lo que había ocurrido, sino lo que podía creerse, insinuarse o utilizarse.
Si uno de aquellos niños seguía vivo, Enrique VII tenía un problema enorme: un posible heredero de la Casa de York, con un apellido capaz de reunir a nobles descontentos, enemigos extranjeros y nostálgicos de una causa que aún no se resignaba a desaparecer.
Y apareció Perkin Warbeck.
Según la versión oficial inglesa, era un joven de origen flamenco, nacido en Tournai, hijo de una familia sin sangre real. Según la confesión que se le atribuyó más tarde, su identidad principesca era una impostura cuidadosamente construida. Pero buena parte de lo que sabemos de él pasó por filtros Tudor, y los Tudor tenían motivos de sobra para demostrar que aquel muchacho no era más que un farsante.
El supuesto Ricardo empezó a moverse por escenarios donde una identidad dudosa podía convertirse en una herramienta muy práctica. Fue recibido en círculos europeos, protegido por quienes tenían interés en incomodar a Enrique VII y tratado, al menos en determinados momentos, como si su historia mereciera ser escuchada.
Una figura clave fue Margarita de York, duquesa viuda de Borgoña y hermana de Eduardo IV. Para los Tudor, Margarita era una fábrica de problemas dinásticos. Reconoció a Warbeck como Ricardo de York, y aquello bastó para darle a la impostura un barniz peligrosamente respetable. Si una hermana de Eduardo IV decía que aquel joven era su sobrino, o al menos actuaba como si pudiera serlo, el asunto dejaba de parecer un rumor de taberna y empezaba a parecer diplomacia.
Francia también lo encontró útil en ciertos momentos de tensión con Inglaterra. Carlos VIII lo acogió mientras le convenía presionar a Enrique VII, y dejó de necesitarlo cuando la política cambió de prioridad. Escocia hizo lo mismo con más entusiasmo. Jacobo IV recibió a Warbeck, lo trató con honores y llegó a casarlo con Catherine Gordon, una joven noble escocesa emparentada con la alta aristocracia.
No hace falta imaginar que todos creyeran sinceramente en él. Algunos quizá lo hicieron. Otros, sencillamente, lo encontraron útil. La pregunta no era solo si Warbeck era Ricardo de York. La pregunta era a quién le convenía tratarlo como si lo fuera.
Para Enrique VII, aquello era una molestia especialmente difícil de gestionar. Si lo ignoraba, podía parecer que no se atrevía a enfrentarse a él. Si lo perseguía con demasiada energía, le regalaba importancia. Warbeck supo ocupar ese espacio incómodo. Durante años recorrió cortes, reunió simpatías y permitió que distintos enemigos de Enrique proyectaran sobre él sus propias esperanzas. Para algunos, podía ser el heredero perdido. Para otros, bastaba con que fuera una piedra lanzada contra la ventana Tudor.
El problema llegó cuando la diplomacia tuvo que convertirse en acción. Warbeck podía tener nombre, relato y padrinos, pero le faltaba lo más difícil: un país dispuesto a jugarse la vida por él.
Su intento de desembarco en Kent, en 1495, acabó mal. Más tarde, con respaldo escocés, participó en una incursión en el norte de Inglaterra que tampoco logró provocar el levantamiento esperado. Aun así, siguió intentándolo. En 1497 apareció en Cornualles, aprovechando el descontento provocado por impuestos y tensiones internas. Allí fue proclamado por sus partidarios y trató de convertir una protesta fiscal en una causa dinástica. Era una jugada ambiciosa: entrar por la puerta de atrás de una rebelión y salir saludando como rey legítimo.
No salió bien.
Warbeck fue capturado en la abadía de Beaulieu, y Enrique VII optó al principio por algo más útil que la ejecución inmediata: convertirlo en propaganda. Se le obligó a confesar públicamente que no era Ricardo de York, sino un impostor. El rey no solo quería neutralizarlo: quería vaciarlo de misterio.
La confesión oficial presentó a Warbeck como un farsante de origen humilde, fabricado por enemigos de Inglaterra y alimentado por ambiciones extranjeras. Puede que esa versión contenga mucho de verdad. También contiene, inevitablemente, la voz de un poder que necesitaba cerrar el caso de manera definitiva.
El problema era que Warbeck ya había durado demasiado. Había sido recibido en cortes europeas, había sido tratado como príncipe, se había casado con una noble escocesa y había obligado al rey de Inglaterra a vigilarlo, perseguirlo y desmontar su relato pieza por pieza. Aunque nunca estuvo realmente cerca de gobernar, sí estuvo lo bastante cerca de incomodar. Y en una monarquía recién fundada, eso ya era mucho.
Su final llegó tras nuevos problemas. Después de intentar escapar y verse implicado en otra conspiración, esta vez junto a Eduardo, conde de Warwick, Warbeck fue ejecutado en 1499. Pero antes de ese final, Perkin Warbeck había conseguido algo extraordinario. Durante años sostuvo una identidad imposible de comprobar del todo y demasiado conveniente para ser ignorada. No necesitó convencer a todos. Le bastó con convencer a algunos y resultar útil a otros.