Se vende Torre Eiffel. Razón chatarra
Victor Lustig: un timador monumental
En una elegante sala del Hotel de Crillon, varios empresarios de la chatarra escuchan con atención a un hombre que habla en nombre del Estado francés. Sobre la mesa hay papeles oficiales, discreción absoluta y una propuesta difícil de rechazar: comprar la Torre Eiffel.
El hombre se presenta como alto funcionario del Ministerio de Correos y Telégrafos, y explica, con la solemnidad de quien comparte un secreto de Estado, que el gobierno ha decidido desmontar la torre. El mantenimiento resulta cada vez más costoso, el edificio ya no goza del favor unánime que tuvo en su día, y las autoridades prefieren gestionar el desmantelamiento con la máxima discreción posible, antes de que la opinión pública se entere y el asunto se convierta en un escándalo. Por eso los ha convocado a ellos, y no a cualquiera: necesita chatarreros de confianza, capaces de guardar silencio y de ofrecer el mejor precio por varios miles de toneladas de hierro.
La Torre Eiffel sigue en pie, exactamente donde siempre ha estado. Pero en aquella habitación, alguien acaba de ponerle precio por toneladas: Un hombre que sabía leer a la gente rica.
El falso funcionario se llama Victor Lustig, aunque ese tampoco es su nombre real. Había nacido como Robert V. Miller en Bohemia, dentro del entonces Imperio austrohúngaro, y con los años había ido puliendo una versión de sí mismo hecha de idiomas dominados con soltura, modales impecables y un título nobiliario que se atribuía según le conviniera. Antes de convertirse en el hombre que vendería la torre más famosa de Europa, se había ganado la vida en transatlánticos que cruzaban entre Europa y Estados Unidos, un entorno perfecto para entrenar la habilidad que después explotaría durante toda su carrera: identificar, entre cientos de pasajeros adinerados, a quienes tenían dinero de sobra y ganas de sentirse parte de algo exclusivo.
La Torre Eiffel le dio la oportunidad de su vida casi por casualidad. Corría 1925, y Lustig leyó un artículo que mencionaba el elevado coste de mantenimiento del monumento y cierto debate público sobre su futuro. No hacía falta mucho más para que su cabeza empezara a trabajar: si de verdad se hablaba de lo cara que resultaba conservarla, ¿por qué no fingir que el Gobierno había decidido, en secreto, deshacerse de ella?
Una estafa que necesitaba parecer un privilegio
Lustig falsificó la papelería oficial necesaria para resultar convincente, se hizo pasar por el funcionario encargado de gestionar el asunto, y convocó a un grupo selecto de chatarreros parisinos a aquella reunión confidencial en el Crillon. La clave de todo el montaje no estaba solo en los papeles falsos, sino en algo más sutil: la sensación de estar accediendo a información que el resto de la ciudad desconocía. Nadie desconfía tanto de una oportunidad cuando cree que muy pocos han sido invitados a conocerla.
Entre los convocados estaba André Poisson, un empresario ambicioso que llevaba tiempo buscando el negocio capaz de situarlo entre los grandes nombres de su sector, y que veía en aquella reunión algo más que una operación comercial: la posibilidad de entrar, por fin, en un círculo que hasta entonces se le había resistido. Lustig no necesitó engañar a un ingenuo: necesitó encontrar a alguien con el deseo suficiente de que aquella historia fuera cierta, y Poisson, con su ambición y su temor a dejar pasar una oportunidad única, encajaba a la perfección.
El golpe maestro llegó después, cuando Lustig detectó que Poisson dudaba. En vez de insistir con más papeles o más explicaciones, cambió de estrategia: dejó caer, con la incomodidad fingida de quien confiesa algo vergonzoso, que su sueldo de funcionario no daba para mucho, y que agradecería algún tipo de gesto personal para agilizar la asignación del contrato. Poisson, lejos de sospechar, interpretó aquel soborno como la prueba definitiva de que todo era real: ningún farsante se atrevería a pedir un incentivo tan descarado en mitad de una operación falsa. Pagó la chatarra imaginaria y pagó, además, el soborno, unos setenta mil francos según la versión más repetida, y se fue de aquella reunión convencido de haber cerrado el negocio de su vida.
La vergüenza, la mejor caja fuerte
Lustig cobró y desapareció rumbo a Viena. Poisson no denunció de inmediato, y es fácil entender por qué: admitir públicamente que había comprado la Torre Eiffel a un desconocido con papeles falsos no era, precisamente, la clase de anécdota que un empresario deseoso de prestigio social quería que corriera por París. La vergüenza fue la mejor caja fuerte de Lustig, más eficaz que cualquier huida.
Y aquí conviene matizar algo que la leyenda suele exagerar: no vendió la Torre Eiffel dos veces con éxito. La vendió una vez, y tuvo el descaro de volver a intentarlo. Al comprobar que su primera víctima no había dado la voz de alarma, regresó a París dispuesto a repetir la jugada con otro grupo de compradores. Esta vez, sin embargo, las autoridades ya estaban sobre aviso, y Lustig tuvo que huir precipitadamente hacia Estados Unidos antes de que la policía le diera alcance.
No se conformaba con cualquier cosa
Lo que vino después confirma que aquello no fue un golpe de suerte aislado. En Estados Unidos, Lustig se hizo célebre por la llamada "caja rumana", un artilugio que supuestamente duplicaba billetes de verdad, con el que estafó a inversores incautos durante años. Llegó incluso a timar a Al Capone: le pidió cincuenta mil dólares con la excusa de una inversión, guardó el dinero sin tocarlo durante meses, y después se lo devolvió íntegro alegando que el negocio se había frustrado, un gesto de aparente integridad que le valió, de premio, una generosa propina del propio Capone, agradecido por la honradez de quien, en realidad, jamás había invertido un solo dólar.
Montó después una red de falsificación de billetes que funcionó durante años, hasta que fue detenido en 1935. Ni siquiera la cárcel logró contenerlo del todo: se fugó de la prisión neoyorquina de The Tombs anudando sábanas y haciéndose pasar por un limpiador de ventanas, aunque la libertad le duró poco. Fue recapturado, condenado y enviado a Alcatraz. Allí pasó sus últimos años de prisión, hasta que su salud empeoró y fue trasladado al centro médico federal de Springfield, en Misuri, donde murió en 1947, registrado, esta vez sí, bajo su nombre auténtico: Robert V. Miller.
Victor Lustig no necesitó desmontar la Torre Eiffel para convertirla en chatarra. Le bastó con hacer creer a alguien que podía comprarla en secreto. El monumento siguió en pie, París no perdió ni un remache y, sin embargo, durante unos días de 1925, la torre más famosa de Francia tuvo algo parecido a un comprador.