Sócrates ante el tribunal
Solo sé que no sé nada… salvo cómo irritar a 501 jueces
Quinientos un ciudadanos atenienses, elegidos por sorteo esa misma mañana, ocupan sus asientos en el tribunal. Frente a ellos, un hombre de más de setenta años, vestido con la misma sencillez con la que lleva paseando por el ágora media vida, espera a que empiece la votación que va a decidir si sigue con vida.
No hay abogados en el sentido moderno. No hay jueces togados dictando sentencia desde una altura solemne. Hay ciudadanos con una ficha en la mano y un veredicto que se decide por mayoría simple, voto a voto. Atenas ha inventado muchas cosas importantes, pero en aquel momento la que más le importa a Sócrates es una bastante concreta: contar bien.
Cuando se recuentan las fichas, el resultado es estrecho: 280 votos por la condena frente a 221 por la absolución. Un cambio de apenas treinta votos habría bastado para que Sócrates saliera de aquella sala como un hombre libre.
No fue posible.
La frase más famosa que se le atribuye, “solo sé que no sé nada”, resume bastante bien el problema. Sócrates había construido buena parte de su vida pública alrededor de una idea peligrosa para cualquier ciudad segura de sí misma: preguntar hasta que los demás descubrieran que tampoco sabían tanto. Aquello podía resultar estimulante en una conversación. Ante 501 ciudadanos irritados, tenía menos encanto.
Atenas no llegó a ese juicio en calma. Para entender por qué llevó a Sócrates ante un tribunal en el año 399 a. C., hay que retroceder unos años, a un periodo que la propia ciudad prefería no remover demasiado.
De aquellos lodos, estos barros
En 404 a. C., Atenas había perdido la Guerra del Peloponeso frente a Esparta. La derrota no solo acabó con su poder imperial; abrió la puerta a algo peor dentro de sus propias murallas. Esparta impuso un gobierno oligárquico formado por treinta ciudadanos, recordados después como los Treinta Tiranos. Gobernaron poco tiempo, entre 404 y 403 a. C., pero les bastó para dejar una memoria de ejecuciones, exilios, confiscaciones y miedo. Al frente de aquel régimen estaba Critias, un aristócrata brillante, violento y peligroso. Y Critias había estado vinculado a Sócrates.
No era el único nombre incómodo. Cármides, otro miembro del entorno oligárquico, también pertenecía al círculo asociado al filósofo. Sócrates no fue uno de los Treinta, no dirigió el régimen ni puede cargarse sobre él la responsabilidad directa de sus crímenes. Pero en política, y más aún en una ciudad recién salida del terror, la distancia entre “culpable” y “demasiado cerca de los culpables” puede volverse muy estrecha.
Durante el gobierno de los Treinta, Sócrates permaneció en Atenas. Sus defensores recordarían después que desobedeció una orden de los tiranos para participar en el arresto del demócrata León de Salamis. Aquello jugaba a su favor. También era cierto que no avisó a León del peligro, y León acabó capturado y ejecutado por otros enviados del régimen. Para algunos atenienses, el balance no era suficiente para limpiarlo del todo. Sócrates no había sido un verdugo, pero tampoco parecía el tipo de ciudadano ejemplar que una democracia restaurada podía asumir.
Vuelve la democracia, y todo empeora para el filósofo
Cuando la democracia volvió en 403 a. C., los vencedores impulsaron una amnistía general. La medida tenía sentido: si cada ciudadano empezaba a reclamar cuentas por todo lo ocurrido durante la oligarquía, Atenas podía quedar atrapada en una guerra civil interminable. La ciudad necesitaba recordar lo justo para no repetirse, y olvidar lo suficiente para seguir existiendo.
Esa amnistía, sin embargo, planteaba un problema a quienes querían sentar a Sócrates en el banquillo. No podían acusarlo directamente de colaboración política con los Treinta ni de traición por hechos anteriores a la restauración democrática. La puerta principal estaba cerrada. Así que la acusación entró por otra.
Meleto, Ánito y Licón presentaron cargos de impiedad y corrupción de la juventud. La acusación sostenía que Sócrates no reconocía a los dioses de la ciudad, introducía nuevas divinidades y corrompía a los jóvenes. Dicho así, el proceso parece religioso y moral. Debajo latía otra incomodidad: Sócrates había sido una influencia visible sobre jóvenes aristócratas, algunos de ellos fascinados por Esparta, la disciplina oligárquica y las ideas menos amables con la democracia ateniense.
La ley permitía hablar de impiedad y juventud corrompida. La política estaba sentada en la sala, aunque no figurara sola en la acusación.
Tampoco ayudaba demasiado la imagen pública de Sócrates. Décadas antes, Aristófanes lo había caricaturizado en Las nubes como un pensador extraño, colgado de especulaciones absurdas y capaz de enseñar a los jóvenes a darle la vuelta a cualquier argumento. La comedia no era un acta judicial, pero las burlas, cuando son buenas, tienen la mala costumbre de quedarse. Para cuando llegó el juicio, Sócrates ya llevaba años convertido en personaje incómodo de la ciudad: el hombre que preguntaba, desmontaba certezas y dejaba a ciudadanos respetables con cara de haber olvidado su propia respuesta.
Las principales defensas que conservamos proceden de Platón y Jenofonte. Son textos fundamentales, pero no transcripciones neutrales del proceso. Platón era discípulo de Sócrates y escribió para defender su memoria. Jenofonte también presenta una versión favorable. De poco sirvió.
Aun así, la figura que aparece en esas fuentes encaja con el resultado: Sócrates no se comportó como alguien decidido a ablandar al jurado. Reivindicó su daimonion, esa señal interior de carácter divino que, según él, lo disuadía de hacer ciertas cosas. Negó haber tenido discípulos en sentido formal, porque no cobraba como los sofistas ni se presentaba como maestro profesional. Defendió su forma de vida interrogadora. No llevó a sus hijos para conmover a los jueces, ni suplicó clemencia, ni intentó presentarse como un anciano inofensivo arrepentido de haber molestado demasiado.
Llega la sentencia
Después de la primera votación llegó el momento procesal más delicado. En Atenas, cuando el acusado era declarado culpable, la acusación proponía una pena y la defensa otra. El jurado no podía inventar una tercera vía razonable, templada y cómoda para todos. Tenía que escoger entre las dos propuestas.
Meleto pidió la muerte. Sócrates podía haber propuesto el destierro, una multa seria o cualquier castigo que permitiera al jurado salvar la situación sin mancharse demasiado las manos. En lugar de eso, sugirió inicialmente que merecía ser mantenido a costa pública en el Pritaneo, el edificio donde la ciudad alimentaba a sus grandes benefactores.
El tribunal esperaba una pena. Sócrates empezó proponiendo un honor.
Solo después, presionado por sus amigos, ofreció pagar una multa. Pero el daño ya estaba hecho. Aquella respuesta pudo sonar a ironía, desafío o desprecio hacia los ciudadanos que acababan de declararlo culpable. Si el objetivo era que 501 atenienses reconsiderasen la dureza de la condena, pedir comida gratis en el Pritaneo no fue exactamente una caricia diplomática.
La segunda votación fue más dura. El jurado eligió la pena de muerte.
La ejecución no se produjo de inmediato. Una nave sagrada había zarpado hacia Delos en una misión ritual, y durante ese periodo Atenas no podía ejecutar condenas. Sócrates permaneció en prisión varias semanas. Según la tradición platónica, sus amigos organizaron la posibilidad de una fuga, pero él la rechazó por respeto a las leyes de la ciudad, incluso después de haber sido condenado por ellas. Cuando la nave regresó, Sócrates bebió la cicuta rodeado de sus allegados.
Sócrates no fue condenado solo por hacer preguntas, ni Atenas votó en el vacío. Había una guerra perdida, una tiranía reciente, una amnistía que impedía decir ciertas cosas en voz alta y un acusado que, cuando pudo pedir una pena prudente, propuso comer gratis en el Pritaneo. Después llegaron la segunda votación, la prisión y la cicuta.