Soltero y con recargo
El impuesto por no casarse
En la Inglaterra de finales del siglo XVII, casarse podía costar dinero. Nacer también. Morir, por supuesto. Pero lo verdaderamente brillante —desde el punto de vista del recaudador— fue descubrir que incluso no casarse podía tener tarifa.
En la sacristía de cualquier parroquia inglesa, un clérigo mojaba la pluma y añadía una línea más al registro oficial. No apuntaba solo el nombre del niño bautizado o registrado, ni el de la pareja que acaba de casarse, ni el del vecino al que enterraron la semana pasada. Anotaba también algo más incómodo: quién seguía soltero pasados los veinticinco años y quién había enviudado sin descendencia. El recaudador no necesitaba saber si alguien era feliz, desgraciado, prudente o indeciso. Le bastaba con una pregunta mucho más útil para el Tesoro: ¿estaba casado?
Una guerra cara y un Estado con imaginación
Todo esto tiene una explicación bastante menos romántica de lo que parece. En 1694, el Parlamento inglés aprobó la Marriage Duty Act, que entró en vigor el 1 de mayo de 1695, bajo el reinado de Guillermo III. El país estaba metido de lleno en la Guerra de los Nueve Años contra la Francia de Luis XIV, y las guerras, entonces como ahora, se pagaban con dinero que había que sacar de algún sitio. El Estado inglés decidió que ese sitio podían ser los acontecimientos más personales de la vida de sus súbditos: nacer, casarse, morir, y también permanecer soltero.
No era, conviene aclararlo, una ley pensada para empujar moralmente a nadie al altar. Su propósito era doble y bastante más prosaico: recaudar fondos para la guerra y, de paso, poner algo de orden en los registros parroquiales de nacimientos, matrimonios y entierros, que hasta entonces se llevaban con la disciplina que cada párroco quisiera aplicarles.
Tarifas para todo
El Estado organizó entonces una escala de tasas que cubría prácticamente cualquier hito vital. Un matrimonio corriente podía suponer dos chelines y seis peniques. Un nacimiento, dos chelines. Un entierro, cuatro. Y quien seguía soltero pasados los veinticinco años, o quien había enviudado sin hijos, pagaba una carga anual, no un pago único: una especie de suscripción fiscal a la propia soltería.
Las cifras, eso sí, no eran iguales para todos. Cuanto más alto el rango social, más disparada la tarifa: la boda o el entierro de un duque podía costar cifras muy superiores a las de cualquier campesino. El sistema, en teoría, buscaba cierta progresividad: que pagara más quien más tenía. En la práctica, el problema era que buena parte de lo gravado no eran lujos ni decisiones voluntarias, sino acontecimientos que a nadie se le ocurriría posponer por motivos fiscales. Nadie deja de nacer para ahorrarse impuestos.
Hasta la ausencia de boda podía convertirse en dato fiscal. No era exactamente una multa por estar soltero, pero se le parecía lo suficiente como para que el título se escriba solo.
Había, claro, algunas excepciones: los más pobres de cada parroquia quedaban exentos, o la carga recaía directamente sobre la propia parroquia en su nombre. Estudiantes y profesores de Oxford y Cambridge también tenían un trato distinto, en parte porque los propios estatutos universitarios de la época ya les imponían restricciones para casarse, así que la ley no iba a añadir una capa más de complicación a algo que las universidades ya regulaban por su cuenta.
Para hacer cumplir la ley, se exigió a los clérigos que llevaran registros formales en papel oficial, con sanciones considerables si no lo hacían. El resultado, con el tiempo, fue un conjunto de listas parroquiales de un valor histórico notable: una especie de fotografía administrativa de la población inglesa de la época, aunque llamarlo censo sería un poco engañoso: su función original era fiscal, no estadística. La ley resultó impopular casi de inmediato y no tardaron en aparecer las estrategias para esquivarla: algunas familias dejaron de registrar nacimientos para no pagar la tasa correspondiente, lo cual tiene la ironía añadida de que una ley pensada para mejorar los registros parroquiales terminó empeorándolos en la práctica.
Un mercado paralelo cada vez más rentable
Casarse tenía coste. No casarse, también. La neutralidad sentimental no estaba garantizada, y en ese contexto no sorprende que ganara fuerza un fenómeno que ya existía antes de la ley, pero que esta ayudó a hacer todavía más atractivo: los matrimonios clandestinos.
Alrededor de la prisión de Fleet, en Londres, operaban clérigos conocidos como Fleet parsons, muchos de ellos encarcelados por deudas y, por tanto, con poco que perder si les sancionaban por oficiar bodas fuera de los cauces habituales: sin amonestaciones previas, sin licencia formal, sin las tasas que la ley exigía. Tabernas y locales de la zona ofrecían el escenario perfecto para ceremonias rápidas, baratas y discretas.
El fenómeno alcanzó proporciones considerables. Según algunas estimaciones, en la década de 1740 se celebraban en la zona de Fleet varios miles de matrimonios clandestinos al año, cifras que en algunas referencias llegan a rondar los seis mil o seis mil quinientos, y que según ciertos cálculos podían suponer más de la mitad de todas las bodas celebradas en Londres en aquellos años. Pocas leyes han entendido tan bien que, para recaudar, no siempre hace falta que la gente haga algo: a veces basta con que no lo haga. El problema es que, si existe una alternativa más barata a la vuelta de la esquina, la gente suele encontrarla.
Un final discreto y una herencia duradera
La Marriage Duty Act no cumplió las expectativas recaudatorias que la habían justificado. Generó fraude, evasión y registros incompletos, y terminó caducando en 1706, después de haber recaudado menos de lo esperado y de haber generado más resistencia que entusiasmo.
Pero el problema de fondo que había ayudado a alimentar —los matrimonios clandestinos— siguió dando quebraderos de cabeza durante décadas, hasta que el Parlamento aprobó en 1753 la Ley de Matrimonios de Hardwicke, que endureció los requisitos para casarse en Inglaterra y Gales. La consecuencia, previsible para cualquiera que conozca cómo funcionan estas cosas, fue que algunas parejas simplemente cruzaron la frontera hacia Escocia, donde las normas eran más laxas. Así se consolidó la fama de lugares como Gretna Green, todavía hoy asociados a bodas rápidas y fugas matrimoniales.