La Historia, fuera de guion Zapatero, a tus dos pulgadas
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Zapatero, a tus dos pulgadas

Un cortesano cruza el patio de palacio con un andar extraño, casi ceremonial, levantando las rodillas más de lo necesario. No es una nueva moda de caminar: es la única forma de no pisarse él mismo. La punta de su zapato, curvada hacia arriba y tan larga que necesita un cordoncillo atado a la rodilla para no arrastrarla por el suelo, avanza con vida propia, como si el calzado hubiera decidido llegar antes de tiempo a cualquier sitio al que se dirigiera su dueño. En la actualidad, es imposible imaginarse la escena sin una sonrisa en la cara. En la Inglaterra del siglo XV, aquello era, sencillamente, la moda.

Un calzado que dejó de vestir el pie para adelantarse a él

Aquellos zapatos se llamaban poulaines, también conocidos como crakows, y llevaban ya un tiempo triunfando entre los hombres de clases acomodadas de media Europa. La característica que los definía era precisamente esa punta alargada, que en los ejemplares más exagerados podía sobrepasar con creces la longitud natural del pie. Para mantener la forma, algunos artesanos rellenaban el interior de la punta con musgo, pelo u otros materiales, de manera que el zapato conservara su silueta puntiaguda incluso cuando nadie lo llevaba puesto.

No eran, desde luego, un simple capricho estético sin más consecuencias. La moda había dejado de vestir el pie para adelantarse a él: cuanto más larga y afilada la punta, más evidente resultaba que su dueño pertenecía a un estrato social donde correr, trabajar la tierra o moverse con agilidad no formaba parte de las tareas diarias. Un mensaje social que se leía a simple vista antes de cruzar una sola palabra.

Cuando la punta empieza a preocupar a los moralistas

Con el tiempo, aquellas puntas cada vez más extremas empezaron a atraer la atención de clérigos y moralistas de la época, que veían en ellas un síntoma más de un lujo excesivo, vanidoso y moralmente sospechoso. En algunos textos de la época se llegó a asociar la longitud del zapato con el pecado, el orgullo desmedido o la corrupción de las buenas costumbres, dentro de una mentalidad que entendía la apariencia externa como reflejo directo del estado del alma. No conviene juzgar esa mentalidad con una sonrisa fácil desde el presente: para buena parte de la sociedad medieval, la apariencia exterior no era un detalle superficial, sino una señal visible de su orden moral.

Pero las críticas religiosas no fueron las únicas. En una época en la que el estatus social dependía en buena medida de la ropa, los colores y los adornos que correspondían a su clase, la moda de las poulaines chocaba con algo más profundo que el gusto estético: las llamadas leyes suntuarias, normas que regulaban con detalle qué tejidos, qué colores o qué accesorios podía lucir cada estamento social. La ropa decía quién eras, y la ley quería asegurarse de que no dijera más de la cuenta.

El año en que Inglaterra sacó la regla

En 1463, durante el reinado de Eduardo IV, esa preocupación se tradujo en una norma concreta: en Londres, la longitud de la punta del zapato quedó limitada a menos de dos pulgadas para determinados grupos sociales, con restricciones que también afectaban a los zapateros encargados de fabricar aquellas puntas cada vez más ambiciosas. La ley no prohibía caminar; solo recordaba que cada rango tenía derecho a una cantidad concreta de punta, ni un centímetro más.

Es difícil no encontrarle la gracia a la imagen: una autoridad real, con asuntos de guerra, sucesión y gobierno sobre la mesa, dedicando parte de su energía legislativa a establecer cuántas pulgadas de cuero podía sobresalir del dedo gordo de un zapatero antes de convertirse en un problema de orden público.

Una moda que no era tan uniforme como parece

No hay que imaginarse, sin embargo, calles enteras llenas de zapatos con puntas imposibles. No todo el mundo llevaba las versiones más extremas de la moda, y buena parte de las descripciones más exageradas sobre puntas larguísimas proceden precisamente de los moralistas más críticos, interesados en subrayar el disparate para reforzar su argumento sobre la decadencia de las costumbres. Como suele ocurrir con este tipo de historias, el núcleo es real —la moda existió, las puntas se alargaron, la ley llegó a limitarlas—, pero hay que tomar con cierta cautela los relatos más pintorescos sobre zapatos capaces de impedir arrodillarse o caminar con normalidad. Con el paso de las décadas, como toda moda extrema, las poulaines acabaron perdiendo terreno frente a otros estilos de calzado más discretos, y aquella carrera silenciosa por ver quién apuntaba más lejos con los pies se fue apagando por sí sola, sin que hiciera falta ninguna ley nueva para sepultarla. Pero, como todo el mundo sabe, la moda siempre vuelve… Nunca se sabe.