La Historia, fuera de guion Ratas en busca y captura
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Ratas en busca y captura

Autun, cebada y una defensa brillante

El tribunal estaba preparado. Los demandantes también. La acusación era clara: destrucción de cebada. Solo faltaba un detalle menor para que el procedimiento pudiera avanzar con normalidad: las acusadas no acudieron. En la sala, los vecinos esperaban una respuesta; fuera, el campo seguía teniendo el mismo problema de siempre: cebada mordida, graneros amenazados y demasiadas huellas pequeñas que delataban a las culpables.

En Autun, a comienzos del siglo XVI, un grupo de campesinos había presentado una denuncia formal contra las ratas de la región, acusadas de haber arrasado buena parte de la cosecha de cebada de aquel año. No era solo una queja desesperada de campesinos ante una plaga: era una acusación formal, tramitada ante la autoridad eclesiástica competente.

Las acusadas, evidentemente, no se presentaron. Lo que en cualquier casa se habría resuelto con una escoba y un par de trampas, allí exigía una explicación procesal.

En la lógica jurídica y religiosa de la época, estos procedimientos no eran una escena teatral. Las plagas podían entenderse como una alteración del orden comunitario, y el lenguaje del derecho ofrecía una forma de nombrar, ordenar y enfrentar aquello que el campo sufría como una amenaza real.

Un abogado a la altura del disparate

La defensa de las ratas recayó en Barthélemy Chassenée, un jurista con fama de brillante que años más tarde llegaría a ocupar cargos de gran prestigio en la magistratura francesa. Lejos de presentarse ante el tribunal a admitir la derrota antes de empezar, Chassenée construyó un argumento procesal tan meticuloso como involuntariamente cómico visto desde hoy, apoyado en los propios principios del derecho de la época.

Su primera línea de defensa fue puramente técnica: no bastaba con citar de forma genérica a "las ratas" de la comarca, como si se tratara de un colectivo con domicilio conocido. Sus clientas estaban dispersas por un territorio amplio, viviendo en múltiples localidades, y el edicto de citación debía notificarse adecuadamente a cada una de ellas, concediéndoles el tiempo necesario para enterarse y poder acudir. Y es que, un tribunal que pretendiera juzgar con seriedad a una población tan extensa y dispersa, no podía limitarse a fijar un cartel y dar el trámite por cumplido.

El argumento que ha hecho historia

La segunda línea de defensa, la que ha convertido este caso en legendario dentro de la tradición jurídica, fue todavía más “audaz”. Aunque las ratas hubieran recibido la citación en debida forma, Chassenée argumentó que el viaje hasta el tribunal representaba un peligro real y considerable para sus clientas, dado que el camino estaba sembrado de enemigos naturales dispuestos a impedir su llegada por métodos bastante más expeditivos que cualquier objeción legal. Los gatos, en particular, constituían una amenaza que ningún tribunal razonable podía pasar por alto a la hora de valorar si la incomparecencia estaba justificada. No se puede exigir puntualidad procesal a quien debe atravesar una ciudad llena de enemigos.

Chassenée no necesitó demostrar que las ratas eran inocentes de los daños en la cebada; le bastó con demostrar que exigirles acudir al tribunal, en esas condiciones, resultaba jurídicamente temerario. La justicia humana había citado a las ratas, pero no había despejado el camino.

Un caso más famoso que documentado al detalle

Buena parte de la fama del caso llegó hasta nosotros a través de recopilaciones jurídicas posteriores, entre ellas la que realizó E. P. Evans siglos después sobre los procesos judiciales contra animales en la Europa moderna, que fijaron la anécdota en la forma en que hoy la conocemos. Eso no obliga a descartar el núcleo del caso, pero sí invita a contarlo con prudencia, sabiendo que los detalles más precisos —qué se dijo exactamente, en qué orden, con qué palabras— pertenecen más a la tradición jurídica transmitida que a un acta que podamos consultar línea por línea.

Lo que sí parece bien establecido es que el caso convirtió a Chassenée en una figura memorable dentro del derecho francés, no por haber ganado una batalla imposible contra unos roedores, sino por haber demostrado hasta qué punto el formalismo jurídico de la época podía aplicarse con total seriedad a cualquier situación, por disparatada que resultara de entrada. Pocas excusas procesales han tenido tantos bigotes alrededor.

Lo que queda de todo aquello

Las ratas de Autun pasaron a la Historia porque alguien consiguió convertir su ausencia en un argumento jurídico. Y porque, puestos a buscar una excusa para no acudir a juicio, pocas han sido tan difíciles de rebatir como una calle llena de gatos.

En barba ajena nadie manda… salvo el zar Pedro el Grande

En una calle rusa de comienzos del siglo XVIII, un hombre podía llevar encima dinero, documentos y abrigo. Pero si llevaba barba, más le valía llevar también una prueba de que aquella barba estaba pagada, porque un funcionario podía acercarse en cualquier momento, revisarle el rostro con la misma atención con la que otro habría revisado un pasaporte, y esperar. No buscaba contrabando ni papeles falsificados. Buscaba una ficha metálica, del tamaño de una moneda grande, que certificara que aquel vello facial contaba con el permiso correspondiente del zar. Si el hombre no la llevaba encima, tenía un problema. Si la llevaba, podía seguir su camino, barba y todo, tranquilo hasta el próximo control.

Un zar que quería cambiarle la cara al país

Para entender cómo se llega a este punto, hay que remontarse a Pedro I y a su viaje por Europa occidental durante la Gran Embajada. Allí se mezcló en talleres, astilleros y ambientes técnicos para estudiar de cerca cómo funcionaban aquellos países, convencido de que Rusia necesitaba aprender de ellos si quería competir con las grandes potencias. Volvió decidido a una transformación radical, y no se conformó con reformar el ejército, la administración o el calendario: quiso también cambiar el aspecto de sus súbditos, empezando literalmente por la cara.

En 1698, poco después de su regreso, Pedro impulsó la obligación de afeitarse para buena parte de los hombres sometidos a las nuevas normas cortesanas y urbanas, con excepciones como el clero y los campesinos, para quienes las reglas eran distintas. La medida no era un capricho estético aislado, sino una pieza más de un programa reformista mucho más amplio que buscaba acercar Rusia a los modelos occidentales, tanto en instituciones como en apariencia.

El problema es que, en la Rusia de la época, la barba tenía un componente religioso y cultural profundo: se consideraba una marca de piedad y de fidelidad a la propia identidad rusa frente a las modas extranjeras. Afeitarse no era, para muchos, un simple cambio de estilo, sino algo que tocaba cuestiones de conciencia y de pertenencia.

Pedro, sin embargo, veía la barba como uno de esos símbolos de atraso que, a sus ojos, convenía eliminar si Rusia quería sentarse a la mesa de las grandes potencias europeas. Y como tenía poder suficiente para imponer su proyecto, no se limitó a pedir el cambio: lo convirtió en ley.

Cuando conservar la barba se convierte en un trámite fiscal

Para quienes no querían o no podían afeitarse, la solución llegó en forma de impuesto. Pagando una cantidad determinada —que variaba según la condición social del contribuyente, siendo más elevada para los comerciantes y las clases acomodadas—, un hombre podía conservar su barba de forma legal. A cambio del pago, recibía una ficha o token metálico, con inscripciones alusivas a la propia barba, que debía llevar consigo como comprobante ante cualquier inspección.

La ficha convertía el rostro en una especie de documento ambulante. No bastaba con tener barba: había que poder demostrar que aquella barba estaba regularizada. Algunos de aquellos tokens se conservan todavía hoy en museos y colecciones, pequeñas piezas metálicas que sirven como testimonio curioso de una época en la que el vello facial llegó a tener valor fiscal propio.

Una reforma que no gustó a todo el mundo

La medida generó, como cabía esperar, un malestar considerable entre amplios sectores de la población, que vivieron la exigencia de afeitarse —o de pagar por no hacerlo— como una imposición que rozaba lo personal y lo religioso. No fue una simple anécdota de corte que pasara desapercibida: para muchos rusos, aquella navaja o aquel impuesto representaban hasta dónde estaba dispuesto a llegar el poder del zar para remodelar el país a su imagen de lo que debía ser la modernidad.

Pedro el Grande quería acercar Rusia a Europa y decidió que una parte de esa distancia podía medirse en centímetros de barba. No fue la reforma más importante de su reinado, pero sí una de las más visibles.