El juicio contra los gorgojos
Encima, reincidentes
Corría el año 1587 en Saint-Julien-de-Maurienne, una pequeña comunidad de viñadores en los Alpes, y unos insectos diminutos —llamados en la documentación de la época verpillions o amblevins, una especie de gorgojo o escarabajo verde asociado a las viñas— estaban arrasando las cosechas de las que dependía todo el pueblo. No era la primera vez. Ya en 1545 habían circulado quejas parecidas, y la respuesta de entonces no había pasado por ningún tribunal: en 1546 la comunidad organizó oraciones, misas y procesiones para pedir el fin de la plaga, y según las transcripciones posteriores del acta, los insectos desaparecieron poco después. Cabe imaginar que aquello dejó a más de un vecino convencido de que el procedimiento había funcionado exactamente como se esperaba.
Cuatro décadas después, la plaga volvió. Y esta vez, la comunidad decidió no conformarse con rezos: reabrió el expediente y llevó el asunto ante la autoridad eclesiástica competente, con toda la seriedad que semejante crisis agrícola merecía.
Una defensa para quien no puede comparecer
El 13 de abril de 1587, los representantes de Saint-Julien solicitaron formalmente retomar el caso contra los insectos. No conviene imaginar un juicio moderno con togas y banquillo, sino un procedimiento eclesiástico enmarcado en la lógica de su época, una época en la que los procedimientos contra animales o plagas, por extraños que hoy nos parezcan, no eran una rareza absoluta.
Lo verdaderamente singular de Saint-Julien es el nivel de detalle procesal que se conservó. Según la documentación conservada, se nombraron representantes legales para los propios insectos: Antoine Filliol como procurador y Pierre Rembaud como abogado defensor, ambos con honorarios moderados. Los gastos y honorarios fueron asumidos dentro del propio procedimiento por la comunidad demandante, según la lógica jurídica de la época, no por ningún fondo público en el sentido que hoy le daríamos a la expresión.
Los gorgojos no comparecieron, pero sus representantes sí, y con un argumento que merece ser tomado en serio dentro de su propio marco: los insectos eran criaturas de Dios, habían sido creados antes que los seres humanos según el relato bíblico, y por tanto tenían un derecho natural a alimentarse de lo que la tierra producía. No actuaban por malicia ni como culpables conscientes sometidos al derecho humano, sino por instinto y por la ley natural que regía su existencia.
La parte demandante, representando a los viñadores, replicó con un argumento igualmente coherente dentro de la teología de la época: aunque los animales fueran, en efecto, criaturas de Dios, debían subordinarse al ser humano y al uso que este hiciera de la creación. Dios había puesto la tierra al servicio del hombre, y las viñas de Saint-Julien no eran una excepción.
Un realojo que los gorgojos no aceptaron
El 29 de junio de 1587, los vecinos se reunieron y acordaron ofrecer a los insectos una alternativa: un terreno situado fuera de las viñas, conocido como La Grand Feisse, que según se describía contaba con pasto, fuentes y vegetación suficiente para que los gorgojos pudieran alimentarse sin seguir arrasando las viñas cultivadas.
No fue una sentencia firme del juez obligando a nada, sino una propuesta negociada, presentada como solución de compromiso. Y aquí llega el giro que ha hecho célebre este expediente: el abogado de los insectos rechazó la oferta, alegando que el terreno propuesto era estéril o insuficiente para alimentar adecuadamente a sus representados. El acuerdo, si se le puede llamar así, fracasó por una razón impecablemente agrícola: el terreno no convenció a la defensa.
Un final que ni el mejor guionista habría mejorado
¿Y cómo terminó todo? Aquí es donde la historia se vuelve, si cabe, todavía más absurda. La decisión final del proceso no se conserva. Según las transcripciones posteriores del expediente, recopiladas primero por Léon Ménabréa en 1846 y después por E. P. Evans en 1906, la última página del documento fue destruida, probablemente por ratas o por algún tipo de insecto que se la comió con el tiempo. No hay que decir que el juicio "sigue abierto": simplemente, el desenlace documental se perdió, devorado, con una ironía que ningún notario de la época podría haber planeado.
El juicio contra los gorgojos de Saint-Julien no terminó con una gran sentencia conservada para la posteridad. Terminó, al menos para nosotros, con una última página devorada por ratas o insectos. Pocas veces un expediente judicial ha tenido un final tan coherente con sus acusados.