Cacareco, la rinoceronte que arrasó en las urnas
Cien mil razones para votar a un animal
En una mesa electoral de São Paulo, alguien abrió una papeleta y encontró un nombre que no figuraba en ningún cartel de campaña: Cacareco. El problema fue que no apareció una vez, sino miles.
Al principio pudo parecer una broma aislada, una papeleta suelta, un votante con ganas de dejar claro su hartazgo, un funcionario mirando dos veces para asegurarse de haber leído bien. Luego apareció otra. Y otra. Y otra más. Corría octubre de 1959, y en la ciudad de São Paulo una rinoceronte estaba haciendo, sin moverse del zoológico, la campaña electoral más eficaz de todo el proceso.
Un descontento que necesitaba un nombre
Aquellas elecciones municipales llegaban en un ambiente que cualquier persona con algo de memoria política reconocería sin dificultad: demasiados candidatos, demasiadas promesas repetidas y una ciudadanía cansada de que ninguna de las opciones disponibles pareciera representar gran cosa. En ese contexto, un grupo de votantes decidió que la mejor forma de expresar su hartazgo no era abstenerse ni anular el voto de la manera habitual, sino escribir en la papeleta el nombre de un animal del zoológico, un rinoceronte hembra que llevaba un tiempo siendo una de las atracciones más populares del recinto.
Lo que empezó como una ocurrencia puntual se extendió con una velocidad que ni sus propios impulsores debieron esperar. Cacareco no hizo campaña; le bastó con existir en el momento político adecuado. No prometió obras imposibles, no dio discursos, no repartió sonrisas de campaña. Y quizá ahí estaba, precisamente, parte de su ventaja.
Cuando se contaron los votos, la cifra resultó difícil de ignorar: alrededor de cien mil personas habían escrito el nombre de Cacareco en su papeleta. Para una ciudad del tamaño de São Paulo, aquello no era una anécdota marginal, sino un mensaje colectivo de proporciones considerables, mucho más numeroso que muchos de los votos obtenidos por candidatos de carne y hueso que sí figuraban legalmente en las listas.
Cacareco no era candidata legal, no cumplía ningún requisito para presentarse a un cargo público, y sus votos no fueron contabilizados como una opción válida dentro del proceso electoral. No ganó ningún escaño, no tomó posesión de nada, y desde luego nunca llegó a saber que su nombre estaba circulando por las mesas electorales de toda la ciudad. Los votos a su nombre se trataron, a efectos legales, como votos nulos.
Y, sin embargo, aquello fue de todo menos nulo en términos de mensaje político.
Una papeleta con cuernos y sin promesas
Los votantes no estaban eligiendo a un animal para gobernar; estaban usando a un animal para decir algo sobre los humanos que querían gobernar. No era una candidata: era una papeleta de protesta con cuernos, un gesto que resumía el descontento con más contundencia que cualquier discurso de campaña, precisamente porque no necesitaba explicarse. Escribir "Cacareco" en la papeleta era una forma directa de decir que, de entre todas las opciones disponibles, ninguna resultaba mejor que confiarle el voto a un animal que, como mínimo, no había prometido nada que después tuviera que incumplir.
Lo que quedó después de aquel voto masivo
Cacareco continuó su vida en el zoológico, ajena por completo a haber protagonizado uno de los episodios más comentados de la política brasileña del siglo XX. La anécdota, sin embargo, no se quedó encerrada en aquellas elecciones: con el tiempo, gestos parecidos de votos de protesta dirigidos a animales han vuelto a repetirse en distintos países, y el espíritu de aquel gesto encontró incluso una versión organizada años después en Canadá, donde surgió un partido satírico que tomó como símbolo, no por casualidad, al rinoceronte.
Cacareco no ganó un escaño, ni redactó ordenanzas, ni necesitó pronunciar un solo discurso. Pero durante unas elecciones de 1959 consiguió algo que muchos candidatos humanos habrían envidiado: que miles de votantes vieran en ella la forma más clara de decir basta.